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ACANTILADO
Quaderns Crema, S.A.U.

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© 1970 by J. G. Farrell
© del prólogo, 2002
by John Banville
Con el permiso de New York Review Books
© de la traducción, 2011
by José Manuel Álvarez Flórez
© de esta edición, 2011
by Quaderns Crema, S.A.U.

Derechos exclusivos de edición
en lengua castellana:
Quaderns Crema, S.A.U.

ISBN: 978-84-15277-20-0

DEPÓSITO LEGAL: B. 33 012-2011

PRIMERA EDICIÓN DIGITAL

mayo de 2011

  

Bajo las sanciones establecidas por las leyes, quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro—incluyendo las fotocopias y la difusión a través de Internet—, y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler o préstamo públicos.

1   Swine significa ‘cerdo’ en inglés. (N. del T.).

PRÓLOGO

En el gran poema de Derek Mahon «A Disused Shed in Co. Wexford», un par de viajeros se adentran en las ruinas «de un hotel quemado, | entre las bañeras y las palanganas»; al forzar una puerta que lleva mucho tiempo cerrada, se encuentran con una hueste de hongos que se amontonan en la oscuridad. El poeta imagina que llevan allí décadas, esperando a que la luz bendita irrumpa sobre su mundo fétido y liminar:

«Save us, save us,» they seem to say,«Let not the god abandon usWho have come so far in darkness and in pain.We too had our lives to live…».

[—Salvadnos, salvadnos—parecen decir—. | No dejéis que el dios nos abandone | a los que tan lejos hemos llegado en la oscuridad y en el dolor. | También nosotros teníamos vidas que vivir…].

El poema es un treno a mundos desaparecidos («¡Gente perdida de Treblinka y Pompeya!»)…, sobre todo, aunque no lo mencione directamente, al mundo de la aristocracia anglo-irlandesa. Este linaje obstinado, que había resistido unos ocho siglos, alcanzó su súbito agostamiento en la guerra de Independencia irlandesa, que terminó con el tratado que firmaron el gobierno británico y el IRA de Michael Collins en 1922. De acuerdo con ese tratado se dividió Irlanda en veintiséis condados sureños convertidos en un Estado libre, y seis condados norteños que siguieron bajo soberanía británica. El resultado fue la guerra civil.

El país quedaba dividido en la práctica entre los protestantes del norte y los católicos del sur. Parecía en la época, tanto para el belicoso Collins como para el primer ministro británico Lloyd George, la única solución posible a un problema insoluble. Uno de los resultados de la partición fue que tanto en el norte como en el sur se dejaba que una minoría religiosa se defendiese como mejor pudiese en medio de una mayoría más o menos hostil. En el norte, esa defensa continúa hasta el día de hoy; en el sur, los protestantes, un cinco por ciento de la población, quedaron en su mayoría apartados de la vida pública, motivo de amargo pesar para muchos de los más perspicaces, desde W. B. Yeats («¡No somos personas insignificantes!») a Hubert Butler. Butler, un ensayista de talento, nunca dejó de lamentar la pérdida para la vida de la Irlanda meridional de la energía, la intransigencia y el, a menudo feroz, radicalismo que caracterizaban a la tradición protestante, sobre todo en el norte.

El poema de Mahon está dedicado a su amigo J. G. Farrell. Farrell fue un hombre esquivo y sumamente reservado, una especie de enigma no sólo para el público lector, sino para muchos de los que le conocieron bien. Era por su ascendencia una mezcla de inglés e irlandés. Nació en Liverpool en 1935, y pasó gran parte de su juventud en el Lejano Oriente. En su primer curso en Oxford contrajo la polio, que le dejó parcialmente impedido de un brazo. Era, sin embargo, muy atractivo (tenía cierto parecido físico con Marcel Duchamp, y también algo de su actitud fríamente juguetona) y tuvo relaciones con un impresionante número de mujeres, como reveló Lavinia Greacen en 1999 en su biografía. Escribió siete novelas, las más conocidas de las cuales son las tres que forman la llamada «Trilogía del Imperio», El sitio de Krishnapur, La defensa de Singapur y Disturbios.

En la primavera de 1979, Farrell se instaló en Irlanda, en una casa de campo situada en un promontorio remoto de la bahía de Bantry. Cuatro meses después, en agosto, cuando pescaba con un tiempo tormentoso en unas rocas próximas a su casa, una ola le arrastró al mar y se ahogó. Su muerte a los cuarenta y cuatro años, una muerte trágicamente prematura, sobre todo para un novelista, condujo a su fama a un ocaso inexplicable. Es indudable que habría hecho maravillas si no hubiese muerto, teniendo en cuenta que en el curso relativamente breve de su carrera edificó un monumento literario perdurable, cuyo punto culminante es Disturbios. Aunque El sitio de Krishnapur ganó el Booker Prize en 1973, Disturbios es sin duda alguna su obra maestra, y un libro que es seguro que perdurará.

Los «disturbios» del título es el eufemismo que los irlandeses (campesinos, comerciantes o aristócratas protestantes) aplicaban a la guerra desigual, esporádica pero brutal que se inició en 1919 entre el Sinn Féin / IRA y el ejército británico de ocupación. En realidad, esa guerra podría decirse que empezó tres años antes, con la abortada Insurrección de Pascua de 1916, que duró una semana y concluyó con la ejecución sumaria de catorce de sus dirigentes. El levantamiento había sido profundamente impopular entre la mayoría del pueblo irlandés (según la leyenda, las damas que pasaban agredieron con sus paraguas a los miembros de las fuerzas rebeldes que entraban a ocupar la Oficina Central de Correos de Dublín aquel domingo de Pascua por la mañana) y tanto los ingleses como los anglo-irlandeses lo consideraron una puñalada por la espalda de una chusma ingrata en un momento en que miles de jóvenes, muchos de ellos irlandeses, estaban muriendo en defensa de la libertad en los campos de matanza de Francia. Sin embargo, la precipitación y la brutalidad de las ejecuciones de los dirigentes de la Insurrección provocaron una oleada de resentimiento entre la población nativa, que no se aplacaría hasta que terminase el dominio británico, al menos en los Veintiséis Condados.

Aunque Disturbios, que se publicó en 1970, se desarrollaba cincuenta años antes, resultó involuntariamente oportuna y misteriosamente profética. Ese año se inició con sangrienta resolución una nueva tanda de Disturbios que es de esperar que esté llegando definitivamente a su fin. La batalla se desarrolló en ambos casos entre dos tribus caracterizadas por su incomprensión mutua: en 1970, entre la clase obrera protestante y la católica de Irlanda del Norte, con el ejército británico en medio; en 1920, entre el campesinado católico y la clase rectora protestante, con una fuerza de irregulares británicos, los Black and Tans, supuestamente encargados de mantener la paz, pero que, en realidad, tomaban represalias punitivas contra un esquivo ejército de rebeldes. Farrell capta en Disturbios con sobrecogedora penetración el carácter brutal, pero de una comicidad peculiarmente grotesca, de aquella guerra que nunca fue del todo una guerra. En parte alguna del libro vemos un solo miembro del IRA; incluso cuando uno de los personajes principales, el comandante Archer, está siendo enterrado hasta el cuello en una playa para que se ahogue al subir la marea, los tipos que cavan el agujero y le meten en él son anónimos, y, por la descripción de sus trabajos, podrían estar salvándole en vez de intentar asesinarle. El único atisbo que tenemos de un rebelde es de uno muerto, en una de las escenas finales más atrozmente cómicas: el cadáver del joven ha sido colocado en una mesa de una sala de armas, donde su verdugo, Edward Spencer, deja vagar la mirada por los trofeos de cabezas de animales salvajes de las paredes y «Al comandante se le ocurrió por un instante el pensamiento terrible de que Edward se había vuelto ya completamente loco y estaba buscando un sitio en la pared para instalar al feniano». Edward Spencer (un nombre que tendrá un eco alusivo para cualquiera que conozca la historia de la Irlanda isabelina) es uno de los grandes retratos cómicos de la literatura moderna. Es el propietario, si es ésa la palabra, del hotel Majestic, un edificio que se desmorona situado en algún lugar de la costa del condado de Wexford. Es al Majestic adonde llega el atribulado veterano de guerra, el comandante Archer, con cierta leve renuencia, a pedir la mano de Angela, hija de Edward. Pero Angela no se casará, y mientras las semanas se convierten en meses y los meses en años, el comandante se demorará allí, un espectro sólo un poco más vivo entre los espectrales inquilinos del hotel, señoras ancianas, en su mayor parte, que han establecido su residencia permanente en la antigua magnificencia tambaleante del Majestic, con una colonia de gatos medio salvajes en constante crecimiento que vagan por las plantas más altas, como las pesadillas del edificio. Y mientras, las hijas supervivientes de Edward, las terribles gemelas Faith y Charity (otra invención maravillosa y curiosamente erótica) van creciendo también medio salvajes, el personal y los sirvientes acechan como duendecillos, el joven Padraig se convierte en travestido y el mayordomo Murphy va volviéndose callada pero peligrosamente loco.

Todo esto puede parecer una parodia de lo gótico al estilo de Cold Comfort Farm, o los absurdos deliciosamente crueles del primer Evelyn Waugh, pero la visión y la voz de Farrell son únicas, inimitables. Si hay leves ecos aquí, son los más delicadamente armoniosos: la obra maestra de Elizabeth Bowen The Last September, tal vez la hipnótica Loving de Henry Green. El tono de Disturbios es de principio a fin un tono de desesperación vaga y desvalida, mientras que el ingenio es seco hasta el punto del chasquido. Como la mayor parte de la acción se ve a través de la sensibilidad del comandante, dañada por la guerra, hay un aire de vago y permanente desconcierto ante los prosaicos misterios de la vida irlandesa.

Sin embargo, el libro es terrible, irresistible, dolorosamente divertido, incluso, o sobre todo, cuando es más violento o más patético. El amor condenado del comandante hacia Sarah, la hija insatisfecha de un banquero (católico) de un pueblo próximo a Kilnalough, es al mismo tiempo desgarrador y cómico. La habilidad de Farrell es robusta pero delicada, y siempre segura. En medio de una descripción magistral de un baile en el Majestic que pretende ser grandioso y se vuelve truculento, hay un instante fugaz de pena exquisita en que Sarah, harta de la presencia muda y suplicante a su lado del comandante, baja la vista hacia su copa: «[…] dio un golpecito ociosamente con la uña en el cristal y extrajo de él una nota fina y clara, de una belleza dolorosa, sobre la que los melosos suspiros de los violines de la orquesta no tenían dominio alguno».

Si Disturbios es la expresión del final de un mundo, es probable que sea uno de los lamentos más delicadamente modulados y mágicamente cómicos que haya podido encontrar nunca el lector.

JOHN BANVILLE

J. G. FARRELL

DISTURBIOS

PRÓLOGO
DE JOHN BANVILLE

TRADUCCIÓN DEL INGLÉS
DE J. M. ÁLVAREZ FLÓREZ


ACANTILADO

BARCELONA  2011

I.
UN MIEMBRO
DE LA CLASE DISTINGUIDA

II.
DISTURBIOS

El comandante se enfrentaba ahora a la alternativa de abandonar a Angela y cruzar a Inglaterra o regresar a Kilnalough para asumir sus pesadas pero nebulosas responsabilidades con su prometida. Incapaz de decidirse a hacer una de las dos cosas, era igualmente incapaz de decidirse a hacer la otra. Así que por el momento seguía indeciso allí en Dublín.

Un día, cuando regresaba en tranvía de Kingstown, donde había pasado la tarde mirando los yates y sentado en los salones de té, se encontró de pronto en medio de un disturbio. El tranvía se había detenido al final de Northumberland Road justo al lado del puente del canal. Se había formado una densa multitud y los automóviles habían parado a ambos lados del puente. Todos los pasajeros estaban de pie intentando ver lo que pasaba. Impaciente por la dilación, el comandante decidió caminar y se abrió paso entre la multitud hasta el puente. De pronto sonaron disparos muy cerca y se produjo una convulsión en la multitud que le obligó a retroceder hacia el pretil. Estuvo a punto de caer, pero consiguió aferrarse al pretil e incorporarse. Al otro lado del canal había dos hombres de trinchera corriendo en dirección a los muelles. Tras ellos avanzaba pesadamente un individuo alto muy corpulento, sus movimientos obstaculizados por dos tablones de hombre anuncio que le llegaban hasta las rodillas; llevaba un revólver en la mano derecha. Detrás de la pared meridional del canal el comandante atisbó los uniformes caqui de soldados británicos. Una descarga de fusiles y el hombre anuncio se vio zarandeado por un viento invisible. Unos metros más allá se detuvo, alzó el revólver y disparó a los soldados que estaban al otro lado del canal; luego se apresuró de nuevo a alejarse. Más tiros de fusil. El hombre corpulento se vio zarandeado una vez más y luego corrió torpemente unos cuantos metros. Gritaba algo. Por entonces sus compañeros habían desaparecido. Y de pronto se desplomó dentro de las tablas del anuncio, se hundió lentamente hasta caer de rodillas y se quedó colgado allí, la cabeza inclinada, los brazos colgando, sostenido aún por las tablas, como un muñeco abandonado.

La multitud empezó a moverse de nuevo lentamente, cautelosa y anonadada, liberando al comandante. Éste avanzó unos cuantos pasos hasta que pudo ver lo que había detenido el tráfico del puente. Había un hombre viejo (bigote blanco, cara gris salpicada de escarlata) tumbado de espaldas, los ojos vueltos hacia arriba bajo los párpados de manera que sólo se veía la esclerótica. En la palma de su mano derecha, rodeado de largas uñas de marfil, había aún un reloj de oro, unido por una leontina al ojal de arriba del chaleco.

El comandante, conmovido, se abrió camino entre la multitud en dirección a Mount Street. El hombre grande aún seguía sostenido como un muñeco de trapo entre los dos tablones del anuncio. El comandante estaba lo bastante cerca ya para leer en letras negras «¡SANTA MADRE DE DIOS, RUEGA POR NOSOTROS PECADORES!». Las dos supuestas tablas del anuncio no eran de madera sino de hierro; el metal, con profundas muescas de balas, brillaba a través del papel roto. El hombre grande había estado utilizándolo como una armadura.

El comandante empezó a subir rápidamente por Mount Street. Las ventanas de las casas, grises y maltrechas, le miraban furiosas. La acera estaba salpicada de gotas escarlata. ¡Qué escarlata tan brillante! ¡Qué nueva parecía la sangre de un hombre viejo! No estaba en absoluto descolorida, agotada, disecada como el propio hombre. No tardó en llegar a Leinster Street y después de girar entró en College Park. De pronto todo estaba en paz; apenas se oían los automóviles y los carros que seguían desplazándose al otro lado del alto muro. Allí no había ningún peatón de gorra de tela que pudiese separarse de los otros transeúntes y preguntarte la hora. «Y cómo los reconoce uno—pensó—. No llevan uniforme. Son como espías. Habría que fusilarlos igual que a los espías. Tienen el mismo aspecto que cualquier otro. Es absurdo», pensó, caminando por la tranquila extensión de verde con cicatrices aquí y allá de los sectores pardos de los campos de críquet abandonados; era absurdo que en Irlanda se tuviese que matar a un viejo cuando estaba mirando el reloj. En época de guerra se mataba a ancianos inocentes, pero Irlanda era un país en paz.

Al día siguiente leyó una descripción del suceso. El anciano era un inglés, por supuesto, un oficial del ejército retirado que trabajaba en el Departamento de Inteligencia del Castillo de Dublín. Era viudo y vivía cerca de allí, en Northumberland Road. Cuando regresaba a casa de la oficina después del trabajo, un hombre que llevaba un tablón de anuncios le había abordado y le había preguntado la hora. Y alguien había oído decir a aquel hombre: «¡Pues entonces ha llegado tu hora!». Y tras decir eso le había puesto al viejo un revólver en la cabeza y había apretado el gatillo. Pero el asesino había tenido mala suerte. Un grupo de soldados ingleses acababan de registrar una casa al lado de la iglesia, en la esquina, y estaban alerta por si había problemas. El hombre anuncio había muerto sin decir su nombre. ¿Quién era? Nadie lo sabía. El asesino desconocido llevaba un tablón de anuncios con un mensaje religioso (el comandante lo oyó comentar entre risas en el Jury) porque se pensaba que los ingleses, protestantes, apartarían la vista del nombre de Nuestra Señora, y últimamente se paraba a tanta gente y se la registraba buscando armas…

El comandante leyó esta descripción en la prensa y al día siguiente encontró unas cuantas menciones más. Pero aunque se mencionase de pasada una o dos veces, el asesinato del viejo había sido archivado y aceptado. Era extraño, pensó. Un viejo es abatido en la calle de un disparo y al cabo de un par de días este acto insensato es al mismo tiempo normal e inevitable. Daba la impresión de que aquellos artículos de prensa fuesen cataplasmas aplicadas a inflamaciones súbitas de violencia. En un día o dos ya se había extraído de ellas todo el veneno. Se convertían en sucesos accidentales del año 1919, inevitables, sin maldad, parte de la historia. El viejo tumbado en el puente con el reloj en la mano era una parte de la historia. Y así se forma (reflexionó el comandante, contemplando por la ventana de su cuarto el denso tráfico de Dame Street, los caballeros de bombín, las damas elegantes con sus vestidos abombados, los vendedores de flores y frutas, y las mujeres andrajosas con bebés en brazos y niños descalzos colgando de sus faldas pidiendo en la calle «Por el amor de Dios»…, «¡Por la santísima Virgen!»…, los relumbrantes automóviles, los rostros amistosos, los tílburis irlandeses con sus caballos cabeceantes y todas las demás cosas que no serían reseñadas) una partícula de la historia de este año. Un asalto a un cuartel, el asesinato de un policía en una carretera rural solitaria, un dirigible que cruza el Atlántico, el discurso de un hombre desde una tribuna, o cualquier otro de los actos accidentales, la mayoría violentos, sobre los que uno lee a diario: eso era la historia del período. El resto era sólo el «estar vivo» que es algo que toda época tiene que hacer.

Ese pensamiento debió de incomodarle, porque se dijo: «Me iré esta noche y volveré a Londres. Y luego quizá me vaya al extranjero y pase el invierno en Italia. —El tren que llevaba hasta el barco salía de Westland Row a las siete y diez. Estaría en Euston a las cinco y media de la mañana—. Tengo tiempo de sobra. Llamaré para que alguien se encargue de las maletas».

Pero en ese momento llamaron a la puerta. Era la camarera con su uniforme negro y su bata y su gorra blancas. Tenía un telegrama para él. Era de Edward para decir que Angela había muerto la noche anterior y que si podía volver a Kilnalough lo antes posible.

Con los ángeles. El comandante pensó en ella en el tren que le llevó de vuelta a Kilnalough. Pensó en el momento en que tomaron el té el día que él había llegado a Kilnalough unas cuantas semanas antes; de hecho, era su único recuerdo de ella. No tenía ninguno más. Y la verdad es que no pudo evitar sonreír con tristeza cuando recordó la fiera nostalgia de ella en la penumbra tropical del Patio de las Palmas.

Y ahora Angela se había ido para unirse a los antiguos poetas prerrafaelitas y a los exploradores de mirada firme que habían entregado sus envoltorios carnales (como suele decirse). Había ido a unirse a sus jóvenes remeros de Cambridge y Oxford muertos (era muy probable que figurasen entre aquellos miembros borrosos del monumento a los caídos de Edward) que habían bebido el champán de preguerra en sus zapatillas. Se había ido al lugar adonde va toda la gente famosa, y también las personas vulgares y corrientes en realidad.

«Me estoy muriendo—le había dicho a él—de aburrimiento», y hasta ese comentario recordado parecía carecer de patetismo o tragedia. Era casi como si se esperase encontrar «de aburrimiento» escrito en su certificado de defunción. «Bueno—pensó—, no pretendo reírme de ella, pobre chica. Debía de estar enferma ya». De hecho, pensar en ella ahora le hacía sentirse triste, sentada allí en aquel claro seudotropical de Kilnalough y muriendo «de aburrimiento», o tal vez de algo que le recordaba más dolorosamente la aspereza de la realidad, de lo transitorio de la juventud y de su propia mortalidad.

El comandante no llegó al Majestic hasta después de oscurecer y no le habría sorprendido que no hubiese nadie allí para recibirle. Sin embargo, cuando subió las escaleras de piedra y abrió la enorme puerta de entrada, vio que había en el vestíbulo un trémulo brillo de luz. No parecía funcionar la luz eléctrica, pero había un quinqué ardiendo tenuemente en la mesa de recepción y a su lado, dormido en una silla de madera, estaba el viejo sirviente, Murphy. Se sobresaltó violentamente cuando el comandante le tocó en el brazo y emitió un gemido de terror; era verdad que había algo extraño en aquella enorme caverna en sombras y el propio comandante sintió un receloso escalofrío mientras sus ojos se esforzaban por penetrar más allá del círculo de luz en las sombras más oscuras donde la imagen blanca de Venus parpadeaba como una aparición. Acercó el oído: Murphy estaba susurrando alguna información.

Edward, siguiendo instrucciones del doctor Ryan, se había retirado temprano, agotado. Vería al comandante por la mañana. Las gemelas, la señorita Faith y la señorita Charity, habían regresado antes de sus vacaciones, aquella misma tarde, para el funeral de su hermana que se celebraría al día siguiente a las once. Si el comandante quería comer algo, encontraría emparedados en el comedor.

Murphy cogió el quinqué y le condujo al comedor sin ofrecerse a llevarle la maleta. Pero el comandante era ya un veterano en el Majestic, así que la cogió sin un murmullo y se adentró por el pasillo en la estela de luz vacilante. Al cabo de muy poco rato ya estaba masticando cansinamente emparedados de pan bicarbonatado que contenían algún tipo de pescado; supuso que sería salmón. Sólo se oía el rechinar del viento, aparte de algún esporádico azote de la lluvia en los cristales de la ventana. Murphy se había ido con el quinqué y la única iluminación la proporcionaban los candelabros de plata de dos brazos que flanqueaban su plato de emparedados.

Le invadió una gran melancolía. Sentado allí en la mesa con el impermeable (que no se había molestado en quitarse) pensó en Angela y sintió lástima de ella, y sintió lástima también de Edward. Y, en realidad, pensando en el viejo muerto en el puente del canal, sintió lástima no sólo por los muertos sino también por los mortales vivos, había tan poca diferencia. Después de comer, bebió un vaso de cerveza y subió las crujientes y traidoras escaleras hasta la habitación que antes utilizaba. Estaba exactamente como la había dejado. No habían retirado las sábanas (¡gracias a Dios!). Y no habían hecho la cama. Se desvistió y se arrastró debajo de un generoso montón de mantas húmedas.

El día del funeral de Angela el sol brillaba esplendoroso. El comandante se despertó muy tarde, y cuando bajó a desayunar vestido con traje azul y corbata negra para la fúnebre ocasión, Edward había salido ya para la iglesia. También lo habían hecho las gemelas, al parecer. No había ninguna señal de ellas. Sólo quedaba Ripon, que estaba pálido y muy afectado, y parecía incapaz de encontrar algo que decir. Cuando el comandante rechazó su oferta de llevarle a la iglesia, diciendo que prefería caminar, pareció aliviado.

—Angela tenía leucemia—le explicó en respuesta a su pregunta—. Creíamos que usted lo sabía.

—La verdad es que no, no lo sabía—contestó el comandante, pareciendo por el tono bastante enfadado. ¡Qué típico de los Spencer dejarle que lo descubriera solo!

Entró en el cementerio por una puerta lateral de hierro forjado que en algún período del pasado lejano habían dejado abierta tanto tiempo que se había oxidado de forma que ya no se podía mover, bordada como estaba con hilos verdes de hierba a la tierra que se había amontonado tras ella. En otros tiempos había tenido una inscripción en letras góticas tan ornamentadas que apenas se podía leer ya. «El señor es…». ¿Mi pastor? El óxido había borrado por completo el resto del mensaje. «Mi defensa», quizá. Fuese lo que fuese yacía en oscuros copos en algún sitio entre la hierba.

Un poco más allá se encontró con un montón de tierra oscura fresca que le causó una conmoción desagradable al darse cuenta de que iba a ser allí donde sería enterrada Angela. Al pasar, fue incapaz de resistirse a echar un vistazo al fondo de la limpia trinchera rectangular a los lados de la cual los nudillos blancos de las raíces asomaban como nueces en una rebanada de pastel de frutas. Allá abajo, en el transcurso de un año o dos, aquellos finos dedos blancos crecerían de nuevo y envolverían la caja de madera aprisionando a aquella desdichada dama inglesa (pobre Angela, él estaba seguro de que sus pensamientos siempre habían estado volviendo como perrillos perdidos a lugares como Epsom y Mayfair, Oxford y Cowes) para siempre en suelo irlandés. Continuó luego adentrándose en la sombra de un azul intenso que proyectaba el campanario de la iglesia, una estructura tan modesta como las lápidas del cementerio y de la misma piedra granítica gris procedente de una cantera que había en la costa (Edward se lo había dicho una vez) a unos quince kilómetros de distancia. La iglesia, que era católica, estaba construida también con aquella piedra.

El comandante se deslizó en un banco de la parte de atrás y, acunado por el suave trinar, el estruendo y el rechinar de los pedales del órgano, cayó en un ensueño grato y confuso sobre un día que había ido de excursión antes de la guerra, y recordó cómo se había tumbado en una ladera un día de sol como aquél, la larga hierba aplanada por el viento. Había mucha paz allí.

Cuando alzó la vista por fin vio a Edward. Aunque su rostro era pétreo e inexpresivo debía de haber llorado unos momentos antes, porque su bigote normalmente erizado se había empapado y le caía hacia la barbilla; una gota de líquido que colgaba de él captó un rayo de luz al pasar y brilló como un diamante. Con Edward había dos chicas delgadas de vestidos negros idénticos y velos negros que apenas apagaban el brillo de sus rubios bucles. Allí estaban, altas y derechas, una a cada lado de su padre, sus rostros encantadores, tristes y compuestos cuando empezaron a desplazarse por el pasillo al paso de Edward, que apoyaba un brazo sobre sus hombros y se tambaleaba ligeramente, como un boxeador profesional al que ayudan a salir del ring. Al final del pasillo le colocaron limpiamente en el primer banco, incluso le echaron un poco hacia delante para rezar, antes de arrodillarse ellas mismas e inclinar sus brillantes cabezas.

El servicio religioso siguió su curso. El sacerdote había empezado a hablar sobre Angela y era evidente que tenía dificultades no sólo para enumerar las cualidades de la difunta, sino incluso para encontrar algo que decir sobre ella. Un rayo de luz manchado de sangre se arrastró desde el cojín polvoriento donde se arrodillaba el comandante hasta la punta reluciente de su zapato. La piadosa hermana, estaba diciendo el sacerdote, de aquellas dos niñas encantadoras (y de…, de ese magnífico joven, añadió acordándose en el último momento). El pensamiento del comandante se deslizó hacia la colina peinada por el viento, con su olor a trébol y a tomillo silvestre. El modelo de la dama cristiana, gentil, firme y devota, a la que el Señor en su sabiduría inescrutable…

«Ay—pensó el comandante—, sabiduría inescrutable…». El hombre de cara gris yacía en la acera salpicado de escarlata con un reloj de oro entre los dedos. Adiós, Angela. Se esforzó por volver a la ladera peinada por el viento. Pero se quedó dormido antes de poder llegar allí. Le despertó casi instantáneamente el golpe de su himnario que se había cerrado solo y se le había caído entre las rodillas. El sacerdote estaba diciendo: «Cuando el Deber la llamó, ella respondió con firmeza y devoción…».

Antes de que terminase el día del funeral el comandante había vuelto a abandonar Kilnalough. Una hora o dos después de volver al Majestic con los demás que habían asistido al funeral llegó la noticia de que su anciana tía de Londres (que llevaba un tiempo con mala salud) se había puesto claramente peor. Su médico había decidido que era necesario avisar al comandante, que daba la casualidad de que era el único pariente vivo. Buscó a Edward, que andaba vagando por el hotel en una especie de doloroso aturdimiento, intentando eludir a las viejas damas que seguían brotando de las sombras para presentarle sus condolencias. Edward le apretó el brazo y dijo que lo entendía perfectamente. Lo cual posiblemente significase todo lo contrario, es decir, que pensaba que la tía agonizante del comandante era una ficción cortés. Pero el comandante no podía hacer nada respecto a eso: entrar en detalles habría empeorado aún más las cosas. Como había perdido el tren de la tarde se dio orden a Murphy de que le llevara en el coche de caballos hasta Valebridge, donde podría tomar un último tren que, con un poco de suerte, podría llevarle hasta Kingstown a tiempo para coger el barco.

Edward alzó su cabeza leonina y cuadró los hombros con esfuerzo.

—Angela me dio esto para usted. Unos cuantos días antes de que…, ya sabe…

El comandante miró el sobre y, aunque había sentido muy poco a lo largo de aquel día de corbatas negras, caras pálidas y voces apagadas (sólo quizá un vago temor, una tristeza sorda), la visión de su nombre escrito con aquella letra familiar, meticulosamente clara, le encogió de pronto el corazón. Y Angela estuvo, por fin, de verdad muerta.

—Será mejor que me ponga en marcha. Tengo que despedirme de Ripon y de las gemelas.

Las gemelas estaban en el estudio donde había un par de corpulentos caballeros de tweed confortándolas; era evidente que se habían resistido a quitarse los velos de un negro vaporoso que les sentaban tan bien y estaban sentadas en sendos sofás, pálidas y valerosas, los ojos brillantes y las esbeltas manos acariciadas por las zarpas peludas y ásperas de sus acompañantes. El comandante decidió no molestarlas (al fin y al cabo, no les había puesto los ojos encima hasta aquel día) y en vez de eso, mientras Murphy esperaba fuera con el coche, buscó por todas partes a Ripon.

No estaba en el Patio de las Palmas, ni en el comedor (donde algunos de los que habían asistido al entierro, pálidos pero con cara de hambre, se alimentaban muy serios con una colación fría), ni en la sala de huéspedes, ni en la de las damas, ni en el salón de baile, ni en el del desayuno, ni en la sala del café ni en la de armas. Se quedó parado en el pasillo, desconcertado, intentando pensar dónde podría estar. Subió hasta el bar Imperial, pero tampoco allí le encontró. Hacía tiempo que el comandante no había estado allí; había una nueva camada de gatitos retozando en el suelo, unos animalillos encantadores de un rojo anaranjado. La camada anterior había crecido considerablemente en su ausencia y había abandonado ya la alfombra cediéndola a los recién llegados. Dormitaban ahora en sillas polvorientas o se desplazaban entre las botellas de la barra con los ojos relumbrantes. El comandante aún llevaba la carta de Angela en la mano. La posó en la barra y se agachó a coger uno de aquellos gatitos anaranjados. Se debatió en su mano, maullando débilmente y le clavó las zarpitas en los dedos. Lo soltó con un gemido y miró el reloj. Tenía que darse prisa. ¿Dónde demonios estaba Ripon? Decidió como último recurso probar en la sala de billar.

Le encontró allí, disponiéndose a lanzar una navaja desde un extremo de la sala hasta el otro para intentar clavarla en los paneles de roble. Tenía la mano alzada para lanzarla cuando él cruzó el umbral.

—¡Ojo, cuidado!

—Ah, es usted. Se me ocurrió bajar aquí un rato. Todas esas viejas morbosas…

—Sólo quería despedirme. Tengo que volver a Inglaterra a ver a una persona de mi familia que se ha puesto enferma.

—Oh, comprendo—dijo, asintiendo y poniéndose la chaqueta y palpándose los bolsillos por alguna razón, ansiosamente—. No se lo reprocho, la verdad. Esto es horroroso, ¿no? Yo estoy pensando en intentar largarme también mientras la cosa está tranquila, antes de que el maldito barco se hunda, como si dijésemos. Por cierto, me alegro de que haya venido porque quería hablar de un asunto con usted.

Por segunda vez en menos de diez minutos el comandante consideró la posibilidad de defender la inocencia de sus motivos, pero se lo pensó mejor.

—Bueno, no tengo mucho tiempo. En realidad, no tengo ninguno. Mire, he perdido el tren que sale de aquí y tengo que conseguir que me lleven a Valebridge antes de, veamos…

Miró el reloj.

—Se ha enterado de la noticia, me imagino—dijo Ripon, ignorando los comentarios del comandante—. Supongo que ya lo sabe todo el mundo.

—¿Qué noticia?—preguntó ansiosamente el comandante.

—Sobre Máire Noonan y yo. Estoy seguro de que la zorrita de Sarah se lo habrá dicho.

—Sí, he oído algo. Pero mire, Ripon, no debe usted andar por ahí llamando zorras a las chicas de ese modo. ¡Lo digo en serio! Además, es una inválida, más o menos, si usted tuviera su incapacidad…

—Supongo que sabe usted que Máire es una comedora de pescado…, una católica…

—Sí.

—Así que tarde o temprano va a haber una pelea endemoniada. O tal vez debería decir una pelea santa. Y justo en el momento en que resulta menos oportuno, ¿sabe?, con lo de la pobre Angela y demás…, pero el viejo Noonan ha estado presionando, ¿comprende?, y hay que hacer algo—Ripon hizo una pausa y lanzó la navaja violentamente hacia los paneles de roble—. Por cierto, ¿podría usted prestarme diez libras?

—No.

—Con cinco bastaría.

—No.

—En realidad da igual, por supuesto, si anda usted escaso de dinero.

—¿Por qué ha estado presionando el señor Noonan?

—Es ese asunto católico. Cree que yo tal vez no vaya a… Bueno, todo se reduce, en realidad, a que él quiere que yo lo haga público y lo principal es…

—¿Que se lo diga usted a su padre?

Ripon asintió sombríamente.

—Bueno, yo estoy convencido de que todo saldrá bien. Por lo que he oído los Noonan son bastante ricos. No veo por qué Edward tendría que poner ninguna objeción real una vez que sepa que va usted en serio.

—Es ese estúpido asunto religioso, comandante. La cuestión es que yo me he dedicado a ir a ver al viejo sacerdote católico para lo que ellos llaman «instrucción» (son tremendos en lo de atenerse a las normas). No fue idea mía, puedo asegurárselo. Insistió en ello el viejo Noonan. No son más que tonterías, en realidad. Quiero decir, para mí, francamente, no hay demasiada diferencia en que nos casemos en un sitio o en otro, eso es un asunto que no me preocupa lo más mínimo. El problema es que Él se va a poner furioso cuando se entere del asunto…, y si quiere que le diga la verdad, no sé muy bien qué hacer—hizo una pausa, evitando la mirada del comandante—. La cosa es que yo tenía bastantes esperanzas de que usted pudiese hacer algo para ayudarme… tener una charla con Él y eso.

—¡Oh, vamos! Eso es imposible, Ripon. Mire, tengo una prisa horrible en este momento y no puedo permitirme perder ese tren, francamente (este asunto de mi tía es absolutamente cierto, puedo asegurárselo). Si quiere usted que le aconseje me encantaría ayudarle en lo que pueda; mire, le daré mi tarjeta y puede usted ponérmelo todo por escrito.

Ripon cogió la tarjeta del comandante y la miró sin optimismo.

—Si hablase usted con Padre, quizá no se lo tomaría tan mal. Si usted le explicase que no es el fin del mundo y todo eso. Sé que a usted le respeta. Me temo que si se lo digo yo no escuchará.

—Lo siento, pero es imposible—repitió el comandante, que empezaba a ponerse nervioso—. Y no puedo perder de ninguna manera ese tren, como seguro que sucederá si sigo aquí más tiempo hablando. Así que, bueno, yo sólo quería despedirme. Estoy seguro de que al final todo saldrá bien. Adiós, Ripon.

Y el comandante echó a andar a toda prisa por el pasillo sin mirar atrás, subió las escaleras de tres en tres, atravesó la sala de huéspedes, atajó por la orangerie y emergió al lado de la estatua de la reina Victoria, donde estaba esperándole Murphy con el coche.

Cuando llegaron al último punto del camino que ofrecía una vista del edificio, el comandante miró hacia atrás, contempló aquella masa gris almenada que se alzaba como una fortaleza entre los árboles.

—¡Pare, Murphy!—gritó de pronto. Acababa de acordarse: ¡se había dejado la carta de Angela en el bar Imperial!

El viejo criado tiró de las riendas y se volvió despacio a mirar al comandante, descubriendo en un rictus espectral sus dientes descoloridos. ¿Era el esfuerzo de frenar al caballo lo que le daba ese aspecto o se estaba riendo odiosamente? El comandante contempló fascinado el cráneo sin carne y los ojos hundidos del anciano.

—Es igual. Siga o perderemos el tren—y pensó: «Conseguiré qué Edward me la envíe. A estas alturas no puede contener ya nada que sea muy urgente, en realidad».

EN ALABANZA DEL BOXEO

La última línea de defensa de un hombre son sus puños. No hay ningún deporte, ni siquiera el críquet, que sea más esencialmente inglés que el boxeo. Wilde es un héroe nacional porque ha demostrado que en ese gran deporte que es nuestro, y es ahora propiedad del mundo entero, aún podemos producir un campeón cuando se trata de un combate. No hay deporte en el mundo que exija una vida más limpia. No hay un deporte más natural. La astucia ruin no ayudará, pero un cerebro limpio y rápido, un cuerpo resistente y un entrenamiento perfecto llevarán lejos a un hombre.

El comandante se encontraba ya sentado junto al lecho de su tía enferma en Londres y no de muy buen humor. Había llegado enseguida a la conclusión de que su tía estaba menos enferma de lo que se le había inducido a creer, lo que le irritaba y le hacía sospechar una conspiración entre aquella anciana solitaria y su médico (había sido el médico el que había enviado el telegrama reclamando su presencia). Y aunque al cabo de unos cuantos meses su tía cumplió con lo anunciado y se murió, el comandante no fue nunca capaz de desprenderse del todo de la leve irritación que había sentido al verse recibido por una tenue sonrisa y no por los estertores de la muerte, después de subir corriendo una escalera maravillosamente pulida (todo parecía tan limpio después del Majestic) bajo retratos sombríos intensamente barnizados de parientes lejanos difuntos, e irrumpir en el dormitorio de su tía. De todos modos se sentó al lado de la cama con la mano moteada de flácida piel de su tía en la suya y murmuró, bastante irritado: «Te pondrás bien, por supuesto… Son todo imaginaciones tuyas». Pero, incluso mientras la consolaba, sus pensamientos volvían muy a menudo a Edward. «Si me hubiese quedado un poco más—pensaba—, podría haberle confortado y calmado y le habría hecho razonar en lo de Ripon y su novia. Al fin y al cabo, no es tan grave». Pero sabía instintivamente que las posibilidades de incomprensión mutua entre Edward y Ripon eran prodigiosas, y seguía cavilando sobre ellas mientras llevaba un vaso de verbena a los labios un poco quejumbrosos de su tía y le ordenaba bruscamente que bebiera un sorbo. A decir verdad, se sentía más bien como un hombre que ha salido de una casa empapada de petróleo dejando una vela encendida sobre la mesa.

Allí estaba él, en Londres, y nadie parecía estar muriéndose. ¿Qué iba a hacer allí en realidad? El médico daba la impresión de que le eludía últimamente y cuando se encontraban adoptaba una actitud exculpatoria, como dando a entender que, en realidad, no era culpa suya. Pero al final llegó el día en que el médico, con una nueva seguridad, le informó de que su tía había tenido una hemorragia grave durante la noche. Y hasta su propia tía, aunque pálida como el papel, pareció complacida. La noticia perturbó al comandante, porque le tenía cariño a su tía y, en realidad, no quería que muriese, por mucho que pudiese desear que dejara de ser una molestia. Sin embargo, a pesar de la hemorragia, su tía siguió sin mostrar ningún indicio de que fuese a pasar «a mejor vida» (como ella aludía al asunto sin ninguna esperanza cuando, por falta de otro tema que pudiese interesar a ambos, se embarcaba, cosa frecuente, en conversaciones que empezaban: «Todo esto será tuyo, Brendan…»).

Las noticias de Irlanda eran insulsas y deprimentes: un ataque esporádico a un policía solitario o un asalto a un cuartel mal emplazado para conseguir armas. Si no se vivía realmente en Irlanda (como el afortunado comandante, que no vivía allí), ¿por qué iba a despertar interés este asunto, cuando al mismo tiempo negros y blancos estaban luchando, por ejemplo, en las calles de Chicago? Eso atraía con mucha más fuerza la imaginación del comandante. A diferencia de los disturbios irlandeses se sabía instantáneamente de qué lado estaba cada uno. En los disturbios raciales de Chicago se utilizaba la piel como uniforme. Y no se aplicaban las tácticas arteras que utilizaban los fenianos, las emboscadas y los asesinatos chapuceros. En Chicago la violencia era una violencia desnuda, una expresión directa del sentimiento, no de una tradición patriótica remota y dudosa. Los blancos sacaban a rastras a los negros de los tranvías; los negros disparaban fusiles desde tejados y callejas; un automóvil lleno de negros recorría las calles de un barrio blanco con sus ocupantes disparando fusiles promiscuamente. Y Chicago era sólo un fragmento de la competencia con la que Irlanda tenía que lidiar. ¿Qué decir de la terrible conducta de los bolcheviques? Los atroces asesinatos, las violaciones, las humillaciones de damas y caballeros respetables. A finales de 1919 casi no pasaba un día sin la descripción por parte de un testigo ocular de tales horrores, confiados a la prensa por algún viajero que había vuelto y que había conseguido salvar la piel. Y la India: la frontera del noroeste… Amritsar… Nada tenía de extraño que cuando la vista del comandante llegase a las noticias de Irlanda tuviese el paladar saciado con carne más ensangrentada y reluciente. Lo habitual era que volviese al críquet para ver si Hobbs había hecho otra centena. Luego la temporada de críquet llegó a su fin. Ocupó su lugar un otoño deprimente y lluvioso. Pronto sería Navidad.

Un día recibió un telegrama. Para su sorpresa lo firmaba SARAH. Decía: «NO LEA LA CARTA DEVUÉLVALA SIN ABRIR». El comandante aún no había recibido ninguna carta y esperó con impaciencia a que llegase. A la mañana siguiente tenía una carta en la mano y se daba golpecitos con ella en las yemas de los dedos de la otra. Tras un breve debate consigo mismo la abrió.

No tenía ninguna razón para enviarle una carta (escribía Sarah) y él no tenía que leerla si no quería hacerlo. Pero estaba en la cama de nuevo con «una enfermedad innombrable» y tan aburrida que era para echarse a llorar, literalmente («a veces rompo a llorar sin absolutamente ningún motivo») y, además, se le había llenado la cara de manchas, hasta el punto de que parecía «un leopardo» y se había puesto tan fea que los niños pequeños escapaban llorando si la veían en la ventana y nadie iba a verla nunca últimamente y ya no tenía ninguna amiga después de la muerte de la pobre Angela y (eso le recordaba) por qué él no había ido a saludarla el día del funeral de Angela…, al fin y al cabo, ella (Sarah) no mordía, pero luego había supuesto que él estaba demasiado encumbrado y era demasiado poderoso para permitir que le viesen hablando con gente como ella y de todos modos probablemente no pudiese entender su letra porque estaba escribiendo en la cama, con los dedos «medio congelados» y rodeada de bolsas de agua caliente que sólo servían para hacer crujir sus «pobres dedos de los pies», que estaban prácticamente congelados de todos modos…, y además, además, estaba absolutamente aburrida sin nada que pudiese distraerla y en Kilnalough no había sencillamente nada que hacer, absolutamente nada, y ella desde luego se escaparía si pudiese (cosa que, claro está, no podía hacer, siendo como era además una «pobre y miserable inválida»… y muy aficionada a compadecerse de sí misma y a disfrutar con ello, como estaría pensando él seguramente)…

Pero bastaba ya, no había nada interesante que decir sobre ella misma. El comandante debía estar queriendo enterarse de lo que estaba pasando en Kilnalough y en el Majestic y la respuesta a eso era… ¡¡¡Peleas!!! Edward Spencer desafiando (prácticamente) al padre O’Meara a un duelo por asociación improcedente con Ripon. El bueno del señor Noonan amenazando con azotar al joven cachorro (ése era Ripon) si no dejaba de comportarse de forma irresponsable y desconsiderada con Máire (¿se acordaba el comandante de aquella chica gorda como un pudin con la que la había encontrado un día en la calle?) y demostraba si era un caballero o qué era, en realidad, Dios santo… Y en cuanto a lo que eso pudiera significar, las conjeturas del comandante eran tan buena como las suyas… Sólo que a nadie le sorprendería enterarse de que el pudin gordo antes mencionado estuviese embarazada de trillizos por el joven cachorro. Y para empeorar las cosas aún más el padre O’Meara estaba amenazando con demandar a Edward por algo que le habían hecho las gemelas, ella no sabía exactamente qué pero intentaría descubrirlo y comunicárselo. De todos modos, era indudable que iban a suceder cosas aún peores.

Sin embargo, estaba bastante segura de que aquellos asuntos provincianos difícilmente le interesarían ahora que estaba otra vez en la gran ciudad… ¿Era verdad que en Londres hasta los caballos llevaban zapatos de cuero? Estaba sólo bromeando, por supuesto. Los ingleses (es decir, «el enemigo») eran tan estirados que no podía uno arriesgarse nunca a hacer un chiste por si se lo tomaban en serio.

¿Se había enterado el comandante del acontecimiento más reciente, que Dios la perdonase (de hecho, Dios perdona a todo el mundo), que había estado sucediendo justo delante de sus narices durante todo aquel tiempo?… Uno de los empleados de su padre, un muchacho del campo de cara rojiza, con unas nociones de «matermáticas», se había atrevido, había incurrido en la temeridad, había tenido la caradura de llegar al extremo de, a pesar de las manchas que tenía en la cara (lo que venía a demostrar el estómago de acero que tenía la gente del campo), nada menos que ¡¡¡enamorarse de ella!!! ¡Sin pedirle permiso siquiera! Él, el comandante, debía estar sin duda tan asombrado como estaba ella de que aunque se tratase de un muchacho del campo que no sabía más que de vacas (y que olía él mismo como un corral) pudiese tener el juicio tan extraviado como para considerar la posibilidad de casarse con una «inválida total» como ella.

ÉL: «¿Saldrá a pasear conmigo, señorita Devlin?».

YO: «¿Cómo voy a poder, campesino zoquete, si no tengo piernas?».

Y ahora cada vez que salía de casa se encontraba a su «pretendiente rural» saludándola con una reverencia y poniéndose colorado como un tomate maduro y todo el asunto era claramente asqueroso y repugnante. Tenía que haber algo que no funcionase bien (además de lo que saltaba no sólo a la vista sino también al olfato) en alguien que quisiese casarse con una persona como ella antes que con una de los millones de chicas que podrían batirle la mantequilla y lavar la ropa y amasar el pan y tener un diablillo al año como una gallina que pone huevos desde el amanecer hasta la caída del sol sin un parpadeo siquiera. ¿Y qué pensaba en realidad el comandante de una cosa así? ¿No hacía bien ella en considerar todo el asunto un disparate? Pero lo peor estaba aún por llegar.