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FANTASMAS,
BRUJAS Y MAGOS

de GRECIA Y ROMA

Fernando Lillo Redonet

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INTRODUCCIÓN

En este libro proponemos un viaje al mundo de los fantasmas, los magos y las brujas de Grecia y Roma que a buen seguro nos dejará sin aliento. Nos visitarán fantasmas con ánimo de venganza o de hacernos alguna petición o profecía. Seguiremos los buenos consejos de los espectros agradecidos y temblaremos con las apariciones de muertos vivientes. Penetraremos en casas encantadas y lucharemos contra los espíritus y demonios que las habitan. Seremos testigos de extraños sucesos en torno a los campos de batalla encontrándonos con fantasmagóricos combatientes.

Entraremos en contacto con las lamias y empusas, criaturas femeninas en las que anida el mal y de las que es preciso huir. El misterioso aullido del hombre lobo llegará hasta nuestros oídos y aprenderemos que es mejor no tener contacto alguno con este tipo de criaturas. Tendremos cuidado con las misteriosas estrigas que pueden dejarnos el cuerpo lleno de cardenales sin que ni siquiera nos demos cuenta.

Veremos el lado mágico y maravilloso de Pitágoras y otros filósofos griegos, conoceremos al mago Páncrates y a su aprendiz de brujo, inmortalizado más tarde por la música y los dibujos animados. Nos asombrará la vida sin par de Apolonio de Tiana, el más poderoso de los taumaturgos, y quedaremos indignados con las trampas y chanchullos de Alejandro de Abonutico, el falso profeta. Asistiremos al duelo a muerte entre Simón el Mago y el apóstol san Pedro, en el que el poder de Dios somete a las tinieblas.

Quizá, como Ulises, caigamos seducidos por Circe, la maga, o nos asombre la cruel venganza de la indómita Medea, salvaje en sus conjuros y acciones.

Nos horrorizaremos con las prácticas de la espantosa Canidia y sus secuaces. Sufriremos con los poetas romanos que temían y odiaban a brujas y alcahuetas, malas consejeras de sus amadas, aunque a veces, las menos, sus conjuros podían resultarles favorables.

Finalmente conoceremos a las brujas que habitan las novelas latinas asistiendo a la sofisticada venganza de la cruel Meroe o velando un cadáver para protegerlo de las astutas hechiceras con gran riesgo de nuestra integridad física.

Estas historias de apariciones, casas encantadas, fantasmas guerreros, conjuros, brujas y magos despertarán sin duda en el lector conexiones con otras narraciones literarias o populares e incluso con prácticas actuales. Ello se debe a que Grecia y Roma también en este aspecto resultan ser el origen de nuestro mundo.

Nuestro objetivo ha sido ofrecer una primera información amena y rigurosa, seleccionando los relatos e historias más atractivos, que de ningún modo agota todas las posibilidades del tema. El lector interesado podrá ampliar conocimientos en la abundante bibliografía especializada que existe sobre esta cuestión y de la que damos una breve selección al final del libro.

Quiero dejar constancia de mi agradecimiento a mi amigo Salvador Muñoz Molina del Taller de Magia y Adivinación Arcana Antiqua de los Ludi Saguntini, a Ángel Ruiz Pérez, profesor titular de Filología Griega de la Universidad de Santiago de Compostela por su inestimable ayuda con la bibliografía, a José Manuel Otero Fernández, compañero y amigo del Departamento de Latín del IES San Tomé de Freixeiro, a mi esposa Marisa, que siempre ha estado apoyando este y cuantos proyectos he emprendido, y a mis cuatro hijos, Santiago, Tomás, Andrés y Pablo, con los que he disfrutado compartiendo estas historias de fantasmas, brujas y magos.

I. FANTASMAS Y APARICIONES

CUANDO LOS FANTASMAS NOS VISITAN

Cuando alguien moría en Grecia y Roma era incinerado o enterrado según los ritos y su sombra bajaba al Hades, el mundo subterráneo. Los vivos velaban por su correcta sepultura y hacían sacrificios en su memoria. Sin embargo, en el imaginario colectivo grecorromano el paso al más allá quedaba en cierto modo incompleto si se daba alguna de estas tres circunstancias: no haber sido sepultado correctamente, haber muerto antes de tiempo o haber perecido de muerte violenta. Estas situaciones podían provocar que la sombra del difunto no tuviera descanso y perturbara la paz de los que aún vivían.

Los insepultos, es decir, quienes no gozaban de una sepultura o de los ritos funerarios adecuados, podían verse obligados a aparecerse a los vivos para reclamar que se les diera un funeral digno.

Se consideraban muertos antes de tiempo aquellas personas que habían fallecido antes del momento fijado por el destino. En la práctica en esta categoría entraban los muertos en la infancia o con corta edad y los que morían antes de casarse o de tener hijos. En los dos últimos casos se fallecía sin haber conocido el amor o sin dejar una descendencia que cuidara de su sepultura. A veces el fantasma regresaba para disfrutar de lo que la muerte le había vedado.

La muerte violenta, bien en la guerra, bien por asesinato, podía provocar que los espíritus de los difuntos no descansaran en paz o que volvieran al mundo de los vivos para buscar venganza o esclarecer el crimen sufrido.

La mayoría de los casos de apariciones se producen de noche, bien en momentos de vigilia, bien en sueños, pero también hay casos de manifestaciones diurnas, incluso a la luz del mediodía. Muchas veces se producen en lugares vinculados a la vida de los fallecidos. También es variable el aspecto de las apariciones: fantasmas de apariencia similar a cuando estaban vivos, fantasmas negros, puesto que el color negro se identifica con lo malo, o bien blancos, en el sentido de pálidos por carecer de sangre, fantasmas difusos, fantasmas invisibles que solo se identifican mediante voces o sonidos, fantasmas con cuerpo a los que podríamos calificar de revenants… En todo caso, los fantasmas aparecen bien por su propia voluntad, o bien porque son evocados, es decir llamados, por magos o brujas por medio de fórmulas mágicas.

Las razones por las que los fantasmas se aparecen son igualmente variadas: pueden venir para vengarse o por el contrario para consolar a los vivos, para descubrir a su asesino, para que se haga algo que se ha dejado sin terminar o pedir un enterramiento según el rito, para avisar de algún peligro a alguien con quien han estado vinculados o a quien están agradecidos, y para realizar alguna profecía o vaticinio.

Fantasmas vengativos

Cuando se cometía algún asesinato se creía que el espectro del difunto podría venir a vengarse o a asustar a quien había sido causante de su muerte.

El orgulloso general espartano Pausanias, sobrino de Leónidas, había dado orden de que le trajesen a una muchacha de Bizancio, hija de padres nobles, llamada Cleonice. Cuando la joven entró a oscuras en la habitación del general tropezó sin querer y este, que estaba dormido, se despertó bruscamente y, creyendo que era un enemigo, la mató con su daga. A partir de entonces la sombra de la muchacha se le aparecía de noche en sueños diciéndole: «Marcha más cerca de tu castigo. El exceso es con mucho un mal para los hombres». Pausanias huyó de Bizancio y acudió al oráculo de Heraclea. Allí, evocando el alma de Cleonice, le pidió que depusiera su ira contra él. La sombra acudió y le dijo que pronto quedaría libre de sus males cuando llegara a Esparta, queriendo significar su pronta muerte[1].

Tras haber mandado asesinar a su madre, Nerón confesaba a menudo que el fantasma de Agripina le perseguía. En consecuencia intentó evocar a sus Manes y aplacarlos mediante un sacrificio celebrado por los magos[2].

El emperador Caracalla, que había matado a su hermano Geta, creía que era perseguido por los espectros de su padre y su hermano armados con espadas[3]. También el emperador Constancio II (317-361 d. C.) tenía horribles pesadillas en las que soñaba que era atacado por las multitudes que había matado. Le parecía que los fantasmas lo cogían y lo arrojaban a las garras de las Furias[4].

Fantasmas que descubren a su asesino

Conocemos varias historias de espectros que se aparecen para indicar quién ha sido el responsable de su muerte. Cicerón nos transmite un curioso caso acaecido en una posada.

Haciendo juntos un viaje dos arcadios, íntimos amigos, y habiendo llegado a Megara, uno se alojó en una posada, el otro en casa de un amigo. Estando descansando después de cenar, le pareció en plena noche en sueños a aquel que estaba en casa de su amigo que el otro le suplicaba que le socorriese, porque el posadero preparaba su muerte. Él, aterrorizado por el sueño, se levantó, pero después, habiendo reflexionado y pensando que esa visión no debía tenerse en cuenta, se acostó. Entonces, mientras dormía, le pareció que su mismo amigo le rogaba que, en vista de que no le había socorrido cuando estaba vivo, no consintiese que su muerte quedase impune; que tras ser asesinado por el posadero había sido arrojado a una carreta y recubierto de estiércol. Le pedía que estuviese al día siguiente junto a la puerta de la ciudad antes de que la carreta saliese. Este por su parte, conmocionado por el sueño, se presentó ante el boyero al día siguiente junto a la puerta. Le preguntó qué había en la carreta, aquel huyó aterrorizado, el muerto fue sacado y el posadero, descubierto el asunto, pagó su delito.[5]

La Eneida de Virgilio[6] cuenta que la reina de Cartago, Dido, había huido de Tiro, su lugar de origen. Allí estaba casada con Siqueo, un hombre muy rico, y en la ciudad reinaba Pigmalión, hermano de Dido. Entre Siqueo y Pigmalión existía animadversión hasta el punto de que este último, ciego por el amor al oro, asesinó al marido de Dido ante un altar sin tener en cuenta los sentimientos de su hermana. El crimen permaneció oculto, pero la pálida sombra de Siqueo, que yacía insepulto, se apareció a Dido en sueños revelando lo que había sucedido y mostrándole su pecho atravesado por el hierro. El espectro de Siqueo terminó aconsejando a su esposa que huyera y se alejara de su patria.

En la novela El asno de oro de Apuleyo[7] encontramos otras dos historias en las que los fantasmas indican la identidad de sus asesinos.

Los recién casados Gracia y Tlepólemo no sospechaban que la tragedia estaba a punto de abatirse sobre su felicidad. Había un joven noble llamado Trasilo, nombre que en griego significa «audaz», entregado al vicio y a las bajas pasiones que deseaba a Gracia, y con el disfraz de la amistad empezó a frecuentar a la pareja. Al ver que no conseguía su objetivo, determinó pasar a una acción más grave y a tramar el asesinato de Tlepólemo, del que se había hecho amigo íntimo.

Un día estaban ambos de cacería, buscando cazar simplemente unos cervatillos, cuando se les apareció un fiero jabalí de tamaño nunca visto. Trasilo incitó a su amigo a perseguir la pieza y a no tener miedo. Tlepólemo cedió al ruego del que pensaba que era su camarada y lanzó un venablo al lomo del animal. Trasilo, sin embargo, dirigió su lanza contra el caballo de su amigo, que se desplomó al tiempo que su jinete salía despedido rodando por el suelo. El jabalí lo atacó fieramente, despedazando las ropas y el cuerpo de Tlepólemo, quien reclamaba la ayuda de su compañero. Entonces Trasilo, en lugar de socorrerle, le hundió la lanza en el muslo derecho pensando que la herida bien podría atribuirse a una de las dentelladas del jabalí. Luego atravesó al animal de un certero golpe. Cuando llegó el resto de los componentes de la partida de caza, Trasilo fingió estar desconsolado atribuyendo la muerte de su amigo a las acometidas de la fiera. Gracia acogió la noticia desesperada y en el cortejo fúnebre el pérfido Trasilo se prodigó en alabanzas a Tlepólemo y aprovechó para acariciar a su viuda. Ella no pensaba en otra cosa que en quitarse la vida dejándose morir de hambre en una oscura cueva. Trasilo consiguió, con la ayuda de los padres de la joven, que depusiera su actitud y volviera a tener ganas de vivir. Ella obedeció a sus padres, aunque en su corazón seguía escondido su inmenso dolor. El malvado Trasilo no pudo contenerse y le reveló sus intenciones de casarse con ella. Entonces Gracia comprendió los manejos del falso amigo y le instó a que esperase un poco para madurar su decisión.

Una noche la sombra de Tlepólemo con la cara ensangrentada, pálida y desfigurada se le presentó a Gracia en su lecho mientras dormía y le habló diciéndole que no le parecía mal que se consolase casándose con otro, pero que de ningún modo lo hiciera con aquel que había sido el causante de su muerte. «Evita la mano ensangrentada de mi asesino» le dijo, al tiempo que le revelaba que no todas sus heridas eran debidas a los colmillos del jabalí, sino que había participado la lanza asesina de Trasilo para acabar con su vida. Ni aun dormida dejaba de llorar la infortunada Gracia, pero luego decidió guardar el secreto revelado por la sombra de su marido, esperando la ocasión de vengarse y de quitarse ella misma la vida.

Cuando Trasilo persistió en casarse, ella le dijo que aguardara al menos los meses que quedaban para que se cumpliera el plazo mínimo de un año de luto. Él siguió insistiendo y, antes de que acabara el plazo, Gracia consintió en las relaciones, pero rogándole que fueran secretas. Le pidió que fuera de noche ante su casa; su nodriza le abriría la puerta y le acompañaría a su habitación. Así sucedió, pero mientras Trasilo esperaba en la habitación a que llegara Gracia, que supuestamente estaba atendiendo a su padre enfermo, la nodriza le sirvió vino con una droga soporífera. Cuando estuvo dormido, entró la joven y como castigo le vació los ojos con una aguja de sujetar el pelo. Mientras Trasilo se despertaba con un insólito dolor y descubría su ceguera, la desdichada Gracia, tomando la espada que solía llevar Tlepólemo, se dirigió a la tumba de este. La gente se agolpó junto a ella intentando disuadirla, pero ella reveló a todos lo que le había dicho en sueños la sombra de Tlepólemo y cómo se había vengado del asesino de su marido. Luego se clavó la espada bajo el pecho derecho y se desplomó bañada en su propia sangre. Al final fue enterrada en la misma tumba, que unió para siempre a marido y mujer.

La otra historia de Apuleyo no es menos interesante y combina el fantasma que desvela su crimen con el motivo de un espíritu muerto violentamente que es manejado por una hechicera.

Un molinero sorprendió a su mujer en adulterio con un joven y en consecuencia la repudió. La mujer, resentida, contrató los servicios de una hechicera experimentada para la que nada resultaba imposible. A fuerza de súplicas y regalos le pidió a la hechicera que hiciera una de estas dos cosas: o que apaciguara a su marido y se recompusiera el matrimonio, o bien que suscitara algún fantasma o divinidad infernal que acabara con la vida del molinero. La hechicera comenzó a ejercer sus artes para ablandar el corazón del marido ofendido, pero no lo consiguió, y entonces, animada por la promesa de los regalos de la mujer y por la humillación que había supuesto que sus conjuros no hubieran tenido efecto, excitó contra el marido la sombra de una mujer muerta violentamente.

A mediodía se presentó ante el molinero una mujer vestida con ropas miserables, los pies desnudos, palidez extrema, con los cabellos canosos y manchados de ceniza que le caían por delante tapándole la cara. Acto seguido pasó suavemente su brazo por la espalda del molinero y lo arrastró a su habitación donde estuvieron los dos largo tiempo. Luego los esclavos del molinero llamaron a su amo y golpearon la puerta sin que nadie respondiera. Tuvieron que derribarla y, al entrar, no encontraron a la mujer, pero sí al molinero colgado de una viga ya sin aliento.

Al día siguiente acudió con gran tristeza su hija, que vivía casada en una aldea cercana. Nadie le había comunicado la muerte de su padre, pero ella ya lo sabía todo antes de llegar. En sueños se le había aparecido el molinero con el nudo de la soga atado al cuello y le había revelado las argucias de su mujer y cómo un fantasma había acabado con su vida.

Cuando algo queda sin terminar

Hay fantasmas que acuden para que se lleve a cabo alguna acción que ha quedado inconclusa o mal realizada.

Éucrates, uno de los protagonistas de El aficionado a las mentiras de Luciano de Samosata, cuenta cómo era gran amante de su mujer hasta el punto de que cuando esta murió incineró junto con su cadáver todas las prendas de vestir que más le gustaban a ella. Siete días después del funeral, Éucrates estaba echado en su cama leyendo en silencio el libro de Platón sobre el Alma (el diálogo llamado Fedón) cuando vio que su difunta esposa Deméneta entraba en la habitación y se sentaba junto a él. El marido la abrazó llorando, pero ella no le permitió que continuara lamentándose y le hizo un reproche puesto que, aunque había incinerado todo su ajuar, faltaba una de sus sandalias de oro que se había caído y estaba debajo del arca y, al no encontrarla, solo habían quemado una. Todavía estaba hablando el espectro, cuando uno de los cachorros de la casa se puso a ladrar y, al oírlo, el fantasma de Deméneta se esfumó. Luego se encontró la sandalia bajo el arca y procedieron a incinerarla[8].

Del poeta Píndaro se dice que tuvo que ver con un caso de acción sin terminar. Cuando era anciano cuentan que tuvo una visión en un sueño: se le apareció la diosa Perséfone y se quejó de que era la única entre los dioses que no había sido celebrada en un himno compuesto por él. Añadió que cuando fuese junto a ella le compondría un canto. Píndaro murió antes del décimo día después de aquel sueño. En Tebas había una mujer anciana, pariente de Píndaro, que se había ejercitado en cantar la mayoría de los cantos del poeta. Mientras esta anciana dormía se le presentó el propio Píndaro y le cantó el himno a Perséfone. Ella en cuanto se despertó escribió todo el canto que le había trasmitido el poeta en el sueño[9].

A veces la acción que falta es precisamente un enterramiento según el rito. En la Ilíada[10] el fantasma de Patroclo se le aparece en sueños a Aquiles con un aspecto semejante al que tuvo en vida y le reclama que lo entierre cuanto antes para que pueda cruzar las puertas del Hades.

De este tipo resulta ser también finalmente el motivo de la aparición del fantasma de la casa encantada de Atenas que pide un enterramiento según el rito, tal y como veremos en el capítulo de «Casas encantadas».

Fantasmas agradecidos

Se cuenta el caso del poeta Simónides (ca. 556-468 a. C.) que, habiendo llegado en una nave a cierta orilla, encontró el cadáver insepulto de un desconocido e hizo que se le enterrara. La sombra del muerto, agradecida, le reveló en sueños que no embarcara al día siguiente porque en ese caso perecería en un naufragio. El poeta siguió ese consejo y permaneció en tierra firme. En cambio, los que se embarcaron fueron engullidos ante sus propios ojos por las olas producidas por una tormenta. Como agradecimiento al difunto le dedicó un elegantísimo poema, levantándole de ese modo un monumento funerario más hermoso y más duradero en la memoria de los hombres que el que le había erigido en una playa desierta y desconocida[11]. Nuestro poeta tuvo la dicha de recibir más adelante una nueva ayuda misteriosa que lo libraría por segunda vez de una muerte segura. Mientras cenaba en casa de Escopas en Cranón, que es una ciudad de Tesalia, se le anunció que habían llegado dos jóvenes a la puerta que pedían con insistencia que se presentara ante ellos de inmediato. Una vez que salió fuera a su encuentro no halló a nadie. En ese preciso instante el comedor en el que banqueteaba Escopas se derrumbó y aplastó a este y a todos los comensales[12]. En el segundo caso, calificado de hecho milagroso por Valerio Máximo, no se especifica la razón por la que los dos jóvenes aparecieron para salvar a Simónides.

Fantasmas y apariciones que nos avisan

A menudo los fantasmas aparecen para dar algún tipo de consejo, aviso o profecía a los vivos.

En el libro II de La Eneida de Virgilio[13], en la noche que traería la desgracia de Troya, al héroe Eneas se le aparecen dos fantasmas en su huida del peligro. El primero es Héctor, que se le presenta en sueños justo en el momento en que los griegos salen del caballo de Troya y el astuto Sinón abre las puertas de la ciudad. El espectro de Héctor se muestra con la barba mugrienta, los cabellos ensangrentados y con los pies taladrados por las correas que lo habían atado al carro de Aquiles. Viene para comunicarle a Eneas que la ciudad está perdida y que no hay otra posibilidad que la huida, pero sobre todo le dice que debe llevarse los Penates de Troya, los dioses hogareños de la ciudad, y buscarles un nuevo lugar al que llegará después de andar errante por el mar. Durante la huida a través de la ciudad, Eneas pierde de vista a su esposa Creúsa y la busca sin descanso hasta que esta, que ha muerto, se le aparece en un tamaño mayor que el humano y, ante el terror de su esposo por la aparición, le habla consolándole de su pérdida y profetizando el futuro: después de muchas penalidades Eneas llegará a un lugar donde le esperan un reino y una reina. Cuando el desdichado Eneas intenta por tres veces abrazar a su amada esposa la imagen se le escapa de las manos como un soplo de brisa.

En una de sus cartas Plinio el Joven comenta con su amigo Novio Máximo la muerte del escritor Gayo Fannio[14]. Le apena su fallecimiento entre otras cosas porque dejó inacabada una obra, de la que ya había escrito tres libros, en la que recogía las muertes sufridas por los que habían sido asesinados por el emperador Nerón. Lo curioso del caso es que el propio Fannio presintió lo que iba a ocurrirle. Una noche, mientras dormía, se vio a sí mismo en sueños trabajando en sus escritos. Después llegó Nerón, que se sentó en su cama y cogió el primer libro en el que se contaban sus crímenes leyéndolo hasta el final. Luego hizo lo mismo con el segundo y el tercero. Acto seguido el emperador salió de la habitación. Fannio tuvo miedo e interpretó el sueño en el sentido de que el final de su obra sería aquel que coincidía con lo que Nerón había leído. Y así sucedió.

También Plinio el Joven[15], hablando de la obra de su tío materno Plinio el Viejo titulada Sobre las guerras de Germania, dice que este comenzó su trabajo inspirado por el fantasma de Druso, hermano de Tiberio, que después de haber sometido gran parte de Germania había muerto allí. El espectro se apareció a Plinio el Viejo en un sueño y le dijo que mantuviera viva su memoria poniendo fin al injusto olvido en el que se encontraban en ese momento sus hazañas.

En otra de sus cartas el mismo Plinio el Joven narra un caso que sucedió en su entorno y al que daba crédito[16]. Él tenía un liberto bastante instruido que dormía con un hermano pequeño. A este último le pareció ver a alguien sentado en la cama a su lado que le cortaba el pelo de la parte superior de su cabeza. Al día siguiente apareció con la cabeza rapada en su vértice y sus cabellos yacían por el suelo. Poco tiempo después otro esclavo que dormía con otros muchos dijo que habían entrado en su dormitorio a través de las ventanas dos hombres vestidos con túnicas blancas, le habían cortado el pelo y se habían ido por donde habían venido. De día se vio que estaba también rapado y con sus cabellos por el suelo. Plinio interpretó estos prodigios del siguiente modo: entre los documentos del emperador Domiciano, que gobernaba en aquel momento, había un informe negativo contra Plinio que le hubiera perjudicado si el emperador no hubiese muerto antes de que la acusación prosperara. Dado que existía la costumbre de que los reos se dejaran crecer el cabello, los sirvientes rapados eran una señal de que Plinio escaparía al peligro que le amenazaba.

A veces no es tan sencillo descifrar las apariciones en sueños. Del comediógrafo Filemón (368-267 a. C.) se contaba la siguiente historia[17]. Cuando estaba viviendo en el Pireo tuvo un sueño en el que nueve muchachas salían de su casa. Soñó que les preguntaba por qué se marchaban y que ellas le decían que no les estaba permitido quedarse. Cuando se levantó, se lo contó a un esclavo y se puso a continuar la escritura de la obra en la que estaba trabajando por entonces. Al terminar, se acostó y empezó a roncar suavemente. Los que estaban en la casa pensaron que estaba durmiendo, pero luego fueron a verlo y lo encontraron muerto. La explicación era que las nueve muchachas no eran otras que las nueve musas que abandonaban la casa de Filemón porque no podían estar presentes en el momento de su muerte.

En otros casos las apariciones admonitorias no son de personas que han estado vivas, sino de semidivinidades o mensajeros de los dioses que predicen acontecimientos futuros. No se muestran en sueños, sino en momentos de vigilia, suelen ser de gran tamaño y hablan con su interlocutor. Estas apariciones pueden ser de mujeres de enorme talla.

Durante la conspiración que Calipo maquinó contra Dión de Siracusa, este último estaba una tarde meditando delante del pórtico de su casa, oyó un ruido y, mientras era todavía de día, vio a una mujer gigante con un atuendo y rostro semejante a las Furias barriendo la casa con una escoba. Lleno de miedo hizo llamar a sus amigos, les refirió lo que había visto y les rogó que se quedasen con él temiendo que volviera a presentarse aquel espectro estando solo. No volvió a aparecer, pero al cabo de pocos días su hijo apenas salido de la niñez se tiró de cabeza desde lo alto del tejado y se mató por una nimiedad. Un poco más tarde el mismo Dión fue asesinado por los conspiradores (354 a. C.)[18].

Una figura femenina se apareció también a Druso, hermano de Tiberio, cuando estaba persiguiendo al enemigo hacia el interior de Germania y se preparaba para cruzar el Elba. La aparición le dijo: «¿Adónde crees que vas, insaciable Druso? No se te permite ver todas estas cosas. Detente aquí, porque el final de tu viaje y tu vida están próximos»[19].

Plinio el Joven relata otro de estos casos del siguiente modo:

Siendo Curcio Rufo un desconocido y sin ninguna relevancia fue como ayudante del nuevo gobernador de África. Una tarde estaba paseando por un pórtico y se le apareció la figura de una mujer de tamaño y belleza superior a las humanas. Él estaba aterrorizado, pero ella le dijo que era África y que venía a predecirle el futuro: volvería a Roma, desempeñaría los más altos cargos, regresaría a la misma provincia de África con el máximo poder y allí moriría. Todo lo que dijo se cumplió. Es más, se dice que la misma figura se le apareció en la orilla en Cartago cuando estaba desembarcando.[20]

Cuando Curcio Rufo cayó enfermo supo que iba a morir puesto que se habían cumplido todas las predicciones de la misteriosa figura sobrehumana y no esperó salvarse a pesar de que los suyos tenían esperanzas de que se recuperase.

La aparición admonitoria, que no es una persona que ha estado viva, puede ser también masculina. Cuando Bruto, el asesino de Julio César, estaba solo de noche en su tienda vio una extraña y terrible aparición que se le acercó silenciosamente. Él le preguntó: «¿Quién eres, hombre o divinidad? ¿Con qué intención vienes a mí?». El fantasma le contestó en voz baja: «Soy tu propio espíritu malo, Bruto. Me verás en Filipos». A lo que Bruto replicó sin perturbarse: «Allí te veré»[21]. Luego el fantasma desapareció, pero en el momento en que Bruto iba a luchar en el segundo combate en Filipos volvió a visitarle la aparición de noche y, aunque el espectro no dijo nada, Bruto supo cuál iba a ser su destino. Tras la batalla él mismo se quitó la vida con su espada[22].

A veces la aparición ayuda físicamente a las personas, como sucedió con el emperador Trajano, que fue salvado durante un terremoto en Antioquia en el 115 d. C. por una figura sobrehumana que consiguió sacarlo sano y salvo de la casa en la que se alojaba[23].

En ocasiones la aparición prodigiosa impulsa a ejecutar una acción tan trascendental como el paso del Rubicón. En enero del 49 a. C. Julio César se encontraba ante una de las decisiones más difíciles de su vida. Se había detenido a orillas del río Rubicón que señalaba el límite de su provincia. Si cruzaba con sus tropas la corriente, se produciría una guerra civil de consecuencias imprevisibles. El historiador romano Suetonio transmitió este paso de forma que los dioses confirmaran la atrevida acción de César[24]. En el momento en que este dudaba si cruzar o no apareció un prodigio divino: un hombre de gran estatura y belleza tocaba una flauta sentado junto al río. A su alrededor se concentró pronto una multitud de pastores y soldados. De improviso el extraordinario ser arrebató a un soldado una trompeta de guerra y tocándola se dirigió a la otra orilla. Entonces César, viendo que las divinidades le mostraban el camino, dijo: «Vayamos a donde nos llaman los prodigios de los dioses y la iniquidad de nuestros enemigos. La suerte está echada».

[1]. Plutarco, Vida de Cimón, 6, 4-6.

[2]. Suetonio, Vida de Nerón, 34.

[3]. Dión Casio, Historia romana, 78, 15, 3.

[4]. Amiano Marcelino, Historia, 14, 11, 17.

[5]. Cicerón, Sobre la adivinación, 1, 27. Transmitido también por Valerio Máximo, Hechos y dichos memorables, 1, 7. ext. 10.

[6]. Virgilio, Eneida, 1, 340-357.

[7]. El relato de Gracia y Tlepólemo aparece completo en Apuleyo, El asno de oro, 8, 1-14, mientras que el caso del molinero y su mujer puede leerse en 9, 29-31.

[8]. Luciano de Samosata, El aficionado a las mentiras, 27.

[9]. Pausanias, Descripción de Grecia, 9, 23, 3-4.

[10]. Homero, Ilíada, 23, 65-107.

[11]. Cicerón, Sobre la adivinación, 1, 27 y Valerio Máximo, Hechos y dichos memorables, 1, 7. ext. 3.

[12]. Valerio Máximo, Hechos y dichos memorables, 1, 8, ext. 7.

[13]. Aparición de Héctor en 2, 268-297; aparición de Creúsa en 2, 771-794.

[14]. Plinio el Joven, Cartas, 5, 5.

[15]. Plinio el Joven, Cartas, 3, 5, 4.

[16]. Plinio el Joven, Cartas, 7, 27, 12-14.

[17]. Claudio Eliano, fragmento 11 Hercher.

[18]. Plutarco, Vida de Dión, 55.

[19]. Dión Casio, Historia romana, 55, 1, 3.

[20]. Plinio el Joven, Cartas, 7, 27, 2-3.

[21]. Plutarco, Vida de Bruto, 36, 5-7.

[22]. Plutarco, Vida de Julio César, 69, 8.

[23]. Dión Casio, Historia romana, 68, 25.

[24]. Suetonio, Vida del divino Julio, 32.