noches_arabes_evook.jpg

Las noches árabes

Miguel Martorell

evohe desván.jpg

A los que estuvieron o están

y a los que pisaron la luna

De cómo dentro de una madriguera cabía un traje de astronauta

Pensé que había encontrado un lugar donde dejar reposar todas aquellas palabras y cuando regresé a casa me encontré a Platón entrevistando a un poeta romántico del siglo XIX en mi cocina.

Viendo que no había espacio allí entre tanta mayéutica y gesto afectado, me disfracé de Hemingway, al que imagino como un bronco boxeador con un portentoso bigote y hastiado hasta de sí mismo, y bajé al bar.

En sillas de aluminio incomodísimas debatí con el cadáver maloliente de Keats, en el baño me encontré con Anderson y Malick, añoré a Cernuda, envidié a Cuenca, García y Marzal, coincidí con Valera y Villena, le pedí fuego a Laporte y Francoy, vi en un periódico a Nicanor Parra y conocí a músicos y otros seres mitológicos que solo yo recuerdo (que me perdonen todos a los que olvido).

Me detuve y me entretuve en concederme tiempo para beber con todos ellos, porque como bien viene a decir Jabois: beber mientras se escucha es de ser civilizados.

De vuelta me quedé dormido en el autobús y desperté con los cantos que emitían más de cien minaretes en su llamada al rezo y recordé los rubaiyats al vino de Abu Nuwas, el hedonismo y las preguntas que se hizo Omar Jayam.

Como ya había amanecido dejé pasar el siguiente metro, acepté con gusto la chaqueta ya usada de Stevenson que me cedieron y decidí volver silbando entre dientes la música que había descubierto en todo aquello.

Así fue como tomé la seria determinación de no salir jamás de casa sin mi casco.