hislibris_V_evook.jpg

EL MONJE Y LA PULGA

y

otros relatos

HISLIBRIS

V Concurso de Relato Histórico

ediciones evohé.jpg

EL MONJE Y LA PULGA

Sandra Parente

A Yaco y a Alejandro: Espero que pronto estemos juntos.

Los dos sois lo más importante de mi vida.

A mi madre, a Luz y al resto de mi familia. Gracias por

estar siempre ahí.

A Bibiana, Javi, Lines y Martín, por sus pacientes lecturas,

correcciones y consejos.

A mi familia política, en especial a Marián: «El espíritu humano

es más fuerte que cualquier cosa que pueda pasarnos».

Recuerdo muy bien la primera vez que me interné por el lugar que me vio nacer. Estaba perdido en medio de un símil de oscuro y tupido bosque negro. Las sombras altas y sinuosas parecían aplastar mi avance, mientras unos escasos rayos de sol se filtraban iluminando tenuemente mi camino. A medida que progresaba, el terreno era cada vez más frondoso y tenebroso. Mi paso, lento y prudente, se amarraba al suelo del que estaban desgajadas unas placas tan blanquecinas como la nieve. El sol de repente me cegó. Parecía que el día del juicio final había llegado y el mundo, mutado repentinamente. No se veía nada, solo un enorme erial. Una ráfaga de aire quería llevarme cual hoja al viento. Sentía mi corazón latir en la sien mientras un temblor me sacudía el cuerpo.

Desde ese día mi existencia cambió. He aprendido que tengo miedo al vacío. Solo recordarlo produce una opresión en mi pecho, un ahogo constante, una ominosa sensación que me incapacita y paraliza. He nacido en ese extraño lugar y vivido ahí toda mi vida.

Soy una especie de ermitaño, pues nunca conté con mucha compañía. Ni siquiera tengo nombre, aunque decidí que mis escasas visitas me llamaran Euristeo. Creo que la onomástica de una persona que se ocultaba de Heracles en un jarro de bronce es un nombre que le sienta bien a mi cobardía. Algunos de mis congéneres vinieron de paso, pero siempre se fueron. Mi hogar nunca fue el mejor para vivir si uno pertenece a mi raza.

Lo habréis notado, soy una pulex irritans. No me miréis con esa cara. Me gusta la grandilocuencia, y parezco más importante y sabio si me defino de esta guisa, en vez de decir que soy una simple pulga; el animal de la creación dotado probablemente con el mejor de los saltos. Un triste don si uno tiene, como yo, pánico al vacío. Dicen de los de mi raza que no tenemos ni oficio ni beneficio. Es algo hiriente, pero en realidad están en lo cierto, pues me alimento de mi anfitrión, de su sangre y, aunque los hijos de Adán no lo sepan, también de su sabiduría, recuerdos y pensamientos.

A lo largo del tiempo que me fue entregado de vida en este valle de lágrimas, siempre fui huésped del mismo animal, de un hombre llamado Eilmer, monje de la orden de san Benito. He de reconocer que, hasta cierto punto, fue un privilegio nacer sobre su cabeza a pesar de los inconvenientes, que no fueron pocos. ¿Os imagináis qué triste puede ser el intelecto de una pulga en mis limitadas condiciones que se alimentara únicamente de una gallina o de una vaca? A estas alturas solo sabría mugir o cacarear planteándome, siendo generoso, si vino antes Dios o el hombre, el huevo o la gallina.

Como mi anfitrión, Eilmer, he tenido una vida de frugales privaciones pero, a diferencia de él, las mías no se ofrecían a un divino ser superior en busca de la salvación del alma. En mí existía un sentimiento mucho más egoísta, de mera supervivencia. Nunca pude permitirme el lujo de hacerme notar demasiado, así que siempre me alimenté lo justo y me oculté con discreción en la circunferencia de sus espesos cabellos negros y rizados, interrumpidos por aquel enorme desierto: su tonsura.

No parece que tenga mucha lógica afeitarse una parte del cabello como símbolo de rechazo a las cosas mundanas, pero veréis, los monjes son seres insólitos, de raras costumbres, y Eilmer probablemente fuera el más original de todos. También os contaré su historia, pues sin esta no entenderíais la mía.

Los cuentos extraños narran hechos que parecen quebrar el principio de causalidad natural pero, en un inicio, la vida de este monje no se salía de lo común. Corría el año del Señor de 980 cuando el homúnculo de Eilmer fue depositado por su noble padre en las entrañas de su progenitora. Tras nueve meses de crecimiento, este pequeño ser, siguiendo el proceso natural que tan acertadamente describió Demócrito, se convirtió en un infante y Eilmer nació.

Por lo que pude advertir cada vez que tuve ocasión de observar su reflejo en sus recuerdos, os confiaré que no fue un niño guapo ni tampoco feo, aunque sí un poco enclenque. Era disciplinado, solitario, curioso, algo inquieto pero, sobre todo, era risueño. En su mirada anidaba el tipo de brillo que ostentan quienes se saben más inteligentes que el común de los mortales, pero aún no han entendido que lo más astuto que pueden hacer es impedir que los demás lleguen a averiguarlo. Siendo el segundo hijo de una familia noble, fue enviado a la abadía de Malmesbury.

Cuando lo que voy a narraros ocurrió, llevaba toda mi corta vida en mi hogar. Eilmer, por entonces, ya era un monje adulto que rondaba la edad en la que Cristo fue crucificado.

Dada la cantidad de moscas que empezaban a revolotear, el verano, cual doncella curiosa, estaba asomando. El calor favorecía las plagas y, tras una epidemia de piojos en la abadía, llevaba un tiempo sin atreverme a tomar la preciada ambrosía carmesí de mi portador. Por tanto, no sabía, incauto, lo que rondaba por su mente.

El sol que empezaba a calentar la tonsura de mi anfitrión, semejante al hierro en la fragua de Vulcano, acababa de franquear su cúspide. Transcurrido el servicio principal del día a la hora sexta, los monjes tenían un tiempo de asueto que Eilmer solía emplear en diversos menesteres. Muchas veces, simplemente, se quedaba observando los árboles, la forma en que las hojas se movían o caían, el vuelo de los pájaros a los que solía dibujar. También gustaba de dedicarse, en aquellas escasas horas que la recia vida monacal le concedía, a las matemáticas o a la lectura de autores clásicos, siendo Aristóteles el más destacado para él.

Aquel día de inicios de estío, Eilmer se hallaba en el centro del claustro, juntando maderas que unía laboriosamente mediante unas cinchas de cuero en una extraña estructura.

—¡Qué raro invento es este, hermano Eilmer! —exclamó Fray Athelstan de Leicester, un monje ya entrado en canas, al observar el esqueleto de madera que se presentaba ante él. Acababa de emplear una de sus expresiones predilectas. Todo lo que no coincidía con su opinión era «raro», por lo cual aquella abadía de Malmesbury era, para ese hombre, un compendio de rarezas—. ¿Qué estáis haciendo, hermano?

—Bendecidme, Reverendo Padre —contestó Eilmer, rimbombante y educado, cumpliendo rigurosamente con las normas de trato prescritas en la Regla benedictina para evitar cualquier tipo de discusión.

Y es que su antiguo maestro, Fray Athelstan, admiraba con un fervor fanático digno de un exaltado fariseo aquellas normas, promulgadas unos cinco siglos atrás por el fundador de su orden, san Benito de Nursia; sin embargo, Eilmer no pudo evitar caer en un cotejo que podía sonar a provocación.

—La curiosidad es el primero de todos los pecados —acotó, con una breve sonrisa que noté por el leve movimiento de sus orejas.

—Y quien es más joven ha de respetar a sus mayores —rebatió el anciano maestro con cara de pavo atragantado—. Si aquí hubiera un verdadero orden y las normas se guardaran como antaño, no tendríais tiempo para estas banalidades. En mis años mozos, los monjes realizábamos todas las labores del campo. No necesitábamos de las gentes del pueblo.

—Todo tiempo pasado fue mejor —señaló mi portador, mientras volvía yo a percibir el ligero meneo ascendente de sus orejas por lo que deduje, acostumbrado, que debía estar renovando su sonrisa—. Y para que no digáis que incumplo la regla, contestaré a vuestras dudas, aun recordándoos que las Sagradas Escrituras son más sustanciales que las también sabias palabras de nuestro fundador. Lo que veis son… —hizo una pausa dramática para aportar suspense al asunto— unas alas.

Esa vez noté cómo no solo las orejas se elevaban, sino que la piel del rostro de Eilmer se tensaba notablemente. Su sonrisa estaba ensanchándose ante su ocurrencia. ¡Y vaya ocurrencia! Podréis imaginaros que aquella revelación de mi anfitrión aparentaba ser una noticia semejante a la que Dios le había comunicado a Noé: una catástrofe de proporciones bíblicas, una hecatombe digna de Teutoburgo; yo era como la joven doncella ante una flota de drakkars frente a la playa.

Athelstan recibió la noticia con un entusiasmo nulo que igualaba al mío. Su rostro expresaba la misma alegría que la de un pestilente moribundo.

—No hubo azotes suficientes como para quitaros esa rara idea de la cabeza, hermano Eilmer. ¿Lo sabe nuestro Reverendísimo Abad?

—No pensé que fuera de su interés, ya que me entrego siempre a las labores de la abadía, rezo y medito como cualquier hermano de bien. Si tratara de esconderme, no estaría en medio del claustro y tampoco os lo contaría. ¿No creéis? —prosiguió Eilmer con obviedad.

—Estáis justificándoos, orgulloso atrevido. Pertenecéis a una comunidad y habéis de doblegaros a la regla y al abad —exclamó el anciano, esgrimiendo su tembloroso dedo índice cual espada del arcángel san Miguel ante el demonio—. Arrogante, vanidoso, egoísta —rezongaba el antiguo maestro por lo bajo, mientras partía a la velocidad de una liebre senil en busca del abad.

Y me preguntaréis: ¿cómo podíamos haber llegado a aquella situación?, ¿cómo era posible que Eilmer estuviera elaborando unas alas y que yo me quedara sorprendido? En realidad era una respuesta que siempre había tenido ante mí, pero que por su terrible contrapartida para mi temerosa persona, nunca quise tomar en serio.

Sin embargo, en lo más profundo del escondite de los cabellos de mi venturoso anfitrión, cada vez que me atrevía a alimentarme, siempre acudía una escena a mi mente que resaltaba sobre todas las demás. Veréis, no es un recuerdo que destaque por su espectacularidad, ni siquiera por su dramatismo, pero sí es una reminiscencia marcada a fuego en la mente de mi involuntario portador.

Eilmer contaba apenas siete años con la ayuda de los dedos de sus manos, cuando aquello sucedió. Era una mañana de mayo, en la que las nubes cubrían con un velo grisáceo el cielo de este rincón isleño. El niño escuchaba atentamente la lección de su ya mencionado maestro, Fray Athelstan de Leicester. Era en aquel tiempo un hombre de mediana edad, serio. El hecho es que para entonces, su humor ya se había avinagrado, pues de tanto adentrarse en la acidez del elevado conocimiento, había enfermado del estómago y se había agriado su carácter.

Fray Athelstan, pues, estaba entretenido en la lectura de algunos pasajes adecuados de las Metamorfosis. Declamaba con la vehemencia de un vendedor ambulante los versos de Ovidio ante los querubines que, atentamente, escuchaban el relato de su maestro quien narraba los infortunios de Dédalo y su hijo Ícaro.

—«Contempló en las aguas las alas y maldijo su artificio, y depositó el cuerpo en un sepulcro y la tierra fue llamada por el nombre del sepultado».

Fray Athelstan, tras terminar la lectura de aquel cuento pagano, cerró la copia iluminada del poeta romano ante él. El relato, a pesar de su atolondrado contenido, era una historia apasionante. Sin embargo, aún hoy, su recuerdo me produce unos terribles escalofríos que agarrotan mi ser. Narra cómo el ingenioso Dédalo conseguía huir, junto a su hijo Ícaro, del laberinto que él mismo había concebido mediante el uso suicida de unas alas confeccionadas con plumas de aves y cera. Aquella sagaz fuga, tal como avisa la razón, terminaba en una redundante tragedia griega, pues Ícaro elevaba su vuelo hasta que el sol derretía la cera que unía las plumas de sus alas, propiciando su ineludible caída.

—¿Qué podemos concluir después de esta lectura? —planteó el maestro, escudriñando a la audiencia con sus pequeños ojos de zorro suspicaz.

Eilmer no solía contestar a las preguntas salvo que estas le fueran directamente dirigidas. No obstante, ese día había elevado su brazo al cielo con un entusiasmo digno de Ícaro. Tal era su exaltación que necesitó de su otra mano para sostener su extremidad extendida hacia la cumbre de la sala. Fray Athelstan asintió con calma, mirando al niño, quien no necesitó más para atreverse a hablar.

—Nos enseña que los hombres podemos volar y acercamos así a Dios —afirmó Eilmer con una seguridad apabullante.

El profesor se masajeó la sien.

—¡He aquí una rara idea! —exclamó Fray Athelstan. La juventud no le otorgaba una visión más relajada sobre las rarezas de un mundo ajeno a sus opiniones—. Así como algunos animales están dotados de la prudencia, es obvio que esa cualidad es ajena a ti, Eilmer.

Una risa procedente de los demás niños se elevó en el aula provocando una autoritaria respuesta por parte del maestro. Golpeó vigorosamente su mesa, devolviendo de esta forma el silencio al lugar.

—San Benito, quien quiso iluminar nuestros pasos en el camino de Dios, reniega de la estulticia y del que ríe mucho o estrepitosamente. Y aquí reunimos la estupidez —afirmó el hombre, mirando hacia un joven Eilmer apocado— y la desobediencia.

Ya solo se escuchaba la voz del maestro en la sala, que se elevaba con la fuerza de un grito junto a la oreja. El hombre, cual dragón, resopló a través de sus aleteantes orificios nasales y ya nadie se atrevió a llevarle la contraria. Castigó a Eilmer duramente. Sin embargo, sin quererlo y cual sierpe insidiosa en el jardín del Edén, había plantado una semilla en la mente del joven.

Aquella noche, Eilmer murmuró las Completas a coro con los demás niños y luego, ya en su jergón, cubierto por una pesada manta de lana, su mente empezó a elevarse, al tiempo que observaba el polvo en suspensión iluminado por la vaporosa luz de la luna. Soñó por primera vez que podía volar. Sumergirse entre las nubes como una estrella fugaz y explorar el firmamento hasta el día del juicio final.

Su mente se extraviaba en debates elocuentes. «¿Cómo viviría la única persona de la Creación que pudiera volar?». Era obvio, para el infante, que ese sujeto tendría una existencia holgada pero ¿qué haría exactamente con aquel don? ¿Espiar más allá de las murallas de los castillos? ¿Traer mercancías de un lado a otro más rápido que nadie? ¿Rescatar gatos de lo alto de las copas de los árboles? No. Volar debía de tener un significado más profundo, más cercano a Dios, y eso había de ser su proximidad. Sentir cómo el aire, el propio aliento del Creador golpearía su rostro. Apreciar el calor del cercano sol iluminando su piel sin llegar a quemarse, como lo había hecho el osado Ícaro.

La trémula llama de la lámpara de aceite se estiraba, amenazando con apagarse. Como todas las noches durante los siguientes años, vigiló sus sueños, meciéndolos con su crepitar. Cuadrivium, Trivium, trabajo, oración, unos cuantos ayunos, azotes y castigos por su carácter soñador y, finalmente, Eilmer fue ordenado monje benedictino. Pero los sueños, sueños son y ¿qué importancia podían tener estos mientras se mantuvieran enclaustrados detrás de unos párpados, prisioneros de la mente que los encerraba, encarcelados por las reglas y la moral que los cercenaban?

Lo admito: eso reconfortó mis pensamientos desde la primera vez que me alimenté de la sangre de Eilmer. Sin embargo algo había cambiado aquel día caluroso en el que Fray Athelstan salió en busca del abad ante las revelaciones de mi anfitrión, pues, con serenidad y una crueldad digna de Nerón, Eilmer siguió juntando maderas para construir aquel objeto infernal.

La duda me atenazaba y me asfixiaba. ¿Realmente quería emprender un pírrico vuelo? Mis extremidades flaqueaban. Mi cabeza daba vueltas y la Tierra, cual astro rey, se movía a mi alrededor. ¿Estaba Eilmer hablando en serio? ¿Era acaso una burla?

Entenderéis que debía salir de ese trance, del estado de duda en el que me hallaba inmerso; encontrar esa respuesta que mi inocente conciencia buscaba y, creía, me tranquilizaría. Tenía que salir de mi escondrijo. Correr el riesgo de desvelar mi polizona presencia. De alguna forma, a pesar del incurable vértigo que me aqueja, me lancé al vacío, pues empecé a succionar con timorato deleite la sangre de Eilmer para entender lo que realmente ocurría.

Los recuerdos, saberes, pensamientos, miedos, ambiciones y sentimientos percibidos por mi anfitrión se iban dibujando con la precisión de un cantero que cincela su marca en una piedra tallada a la espera de que esta le proporcione su cobro. No hubo tiempo para el éxtasis, ni para el verdadero regodeo en aquella alimentación, pues rápidamente percibí cómo una imponente sombra con cinco alargados apéndices se interpuso ante la luz del sol, aproximándose a mí con pasmosa velocidad. La sangre se me atragantó pero hui con la presteza de un cobarde entrenado, logrando esquivar la enorme mano del monje que había tratado de aplastar la molestia que había surgido de entre sus cabellos.

Soy, desde siempre, una pulga con múltiples trastornos debido a mi cobardía, incluso se podría decir que llegué al extremo de tener miedo al miedo y ahora, me encuentro realmente aterrado, pues tengo verdaderas razones para sentirme así. Mis peores temores habían sido confirmados con sangre. Eilmer, por apocalíptica desgracia, no solo construía esas alas con el fin de recrear su vista en ellas, sino que iba a tratar de volar con aquel ingenio de muerte.

Se quería convertir en un pájaro, imitar la chispa creativa de Dédalo colocando sus brazos sobre aquella estructura hecha con palos que, con sádico disfrute, seguía construyendo. ¿Os dais cuenta? Mi vida pendía de unas alas de madera a las que acoplaría sábanas de lino. Tenía que, irónicamente, saltar para salvarme… Nuevamente huir. Me acerqué con pavoroso cuidado junto al borde de su cabellera. Conté hasta tres para reunir mis fuerzas, brincar y abandonar por siempre a Eilmer, mi hogar.

—Uno, dos, tres y…

Y mis patas no hicieron ningún movimiento. A pesar de la fuerza con la que concentré mis pensamientos, cercana a la de un voluntarioso estreñido formulando un ansiado deseo, no me había movido ni una pulgada. Me quedé quieto, paralizado, observando la espeluznante altura que me separaba del duro y brutal suelo bajo el que están los infiernos. La realidad se presentaba ante mí con desalmada crudeza. Tenía que confiar en Athelstan, en la cordura del abad y del resto de los monjes. Debía tener fe, aunque nunca la hubiera poseído, y esperar a que aquel dios omnipotente, al que mi anfitrión amaba con devoción, o cualquier otro ser divino, intercediera por esta pobre pulga acobardada.

No tardó Eilmer en tener noticias de la conversación con su antiguo maestro. A la mañana siguiente, a la hora prima, tras una de las siete oraciones que marcaban nuestros días, mi portador comió un mendrugo de pan con agua en el refectorio y luego pasamos, como lo hacíamos siempre, a la sala capitular. Solo se oyó en un inicio el crujido de la madera al soportar el peso conjunto de todos los monjes sentándose a la vez en el banco corrido que rodeaba la sala. Siguió el peliagudo ritual acostumbrado en estos actos: la lectura del Martirologio, del Pretiosa y de un capítulo de la Regla benedictina con su habitual comentario. Por suerte, he desarrollado la facultad de la evasión para pensar en mis propios asuntos, pero dada mi situación en aquel momento, las reflexiones del abad acerca de la humildad me parecieron sorpresivamente interesantes y me permitieron apartar mi mente del pánico que amenazaba mi ya escasa cordura.

Fray Athelstan esperaba ansioso a que principiara su momento predilecto del Capítulo de faltas. Cual Poncio Pilato, se frotaba las manos con impaciencia disimulada.

—Creo que nuestro decano, Fray Athelstan —afirmó el abad con naturalidad—, tiene algo que decirnos.

Eilmer mantuvo su serenidad al escuchar aquellas palabras, observando cómo el anciano se alzaba con la celeridad de un caracol hostigado por el diablo y elevaba, luego, su carrasposa voz.

—Así es, Reverendísimo Padre. Yo acuso a uno de nuestros hermanos de querer volar.

Un murmullo semejante al zumbido de una aguijada colmena de abejas se oyó en aquel instante. Mi anfitrión, al escuchar la acusación de su antiguo maestro, aunque este no pudiera dirigirse a él directamente, se hizo cargo de la misma, yendo hacia el centro de la sala y situándose entre las cuatro columnas que marcaban ese lugar. Cuando hubo llegado, Fray Athelstan continuó:

—El hermano Eilmer pretende imitar al pagano Dédalo, quien inventó un artilugio demoniaco para volar. Lo he visto con mis propios ojos —se apresuró a decir el monje, aprovechando que Eilmer había aceptado su implicación en los hechos. Estaba tan exaltado que un fino hilo de saliva se escapaba de la comisura de sus labios—. El ser humano no es ave ni tiene alas. Actuará contra natura quien a pesar de ello las confeccionase. Solo los pájaros y los ángeles vuelan.

Eilmer negó al escuchar lo que el veterano maestro afirmaba.

—Diría, no obstante, que incluso las almas o las hojas de los árboles vuelan. El volar es algo natural.

El anciano parecía cejijunto de tanto fruncir el ceño.

—¿Negáis acaso, hermano, estar elaborando un artificio para lograr volar?

—No lo niego. De hecho no pensaba estar haciendo nada indigno de mis votos. En el pasado, los hombres no surcaban los mares. Juntaron primero troncos atados, luego construyeron botes, galeras, barcos. Inventaron los remos, las velas… Y así es como el hombre se hizo marinero aunque no sea pez.

—Pero muchos hombres saben nadar. Aún se está esperando el que sepa volar sin vender su alma. Recordad lo que nos relata san Lucas en las Sagradas Escrituras sobre nuestro Salvador —comentó el anciano, citando las palabras en latín—: «Y le llevó a Jerusalén, y le puso sobre las almenas del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate de aquí abajo», y Jesús le contestó: «No tentarás al Señor tu Dios». Ni siquiera nuestro Señor se atrevió a volar, pues lo consideró una tentación del demonio.

Yo escuchaba la argumentación de Fray Athelstán y, repentinamente, sentí el alivio recorriéndome el cuerpo. Empezaba a confiar en que pudiera terminar mis días en mi hogar sin que este fuera inconscientemente arrojado al vacío.

—Jesús lo rechazó por ser una tentación más. También rehusó durante sus cuarenta días de ayuno comer el pan que el demonio le ofrecía y, no obstante, el pan es la base de la Eucaristía y de nuestra alimentación. Volar está en la naturaleza, es importante que podamos descubrirlo. Será una nueva forma de entrar en comunión con Dios, de sentir su aliento, que está en cada uno de nosotros, en nuestras almas.

Fray Athelstan casi se atragantó tosiendo al escuchar las palabras de Eilmer.

—¿Y qué es lo siguiente? ¿Acercarse a él como lo pretendieron los constructores de la torre de Babel? Lo que el hermano Eilmer anhela es una abominación, un pecado. Simple vanidad. Ruego a los miembros de la comunidad que frenen esta rara idea y hagan respetar la Regla que el fundador de nuestra orden, san Benito, redactó con tanto esmero y acierto.

—No es simple vanidad el querer entender la obra de Dios en toda su gloria. Ya decía san Agustín: «Todo el que cree, piensa. Porque la fe, si lo que se cree no se piensa, es nula». Cuanto más logre progresar cada uno de nosotros en el conocimiento del Creador, menos podrá ser blasfemada la obra de nuestro Señor. El saber, por lo tanto, es una senda que agrada a Dios, e incluso es parte del camino hacia la Salvación, aunque habrá de ser sometido siempre a la fe. —Eilmer hablaba con pasión—. Si los hombres aprenden a volar, al igual que somos capaces de navegar, estaremos ampliando el conocimiento sobre la obra de nuestro Señor.

—Herejía. ¡Gnóstico! —gritó Fray Athelstán con vehemencia—. El conocimiento de lo divino no otorga la salvación, sino la fe en el perdón gracias al sacrificio de Cristo Redentor.

El murmullo en la sala capitular era semejante al producido por una reunión de ninfas amordazadas ante Zeus a punto de metamorfosearse en algún animal: un escándalo. Tres sonoras palmadas resonaron acompañando a la voz del abad que se impuso sobre las demás.

—Vergüenza, hermanos. Indignación es lo que vuestro comportamiento despreciable me causa. Con ese ruido, semejante al cacarear de unas gallinas impresionadas, no hacéis honor a vuestros votos. —El abad se calló a la espera de que sus palabras calaran en la audiencia—. Hemos escuchado por igual los argumentos de los hermanos Athelstan y Eilmer. Rezaremos en silencio para pedir que Dios nuestro Señor, en toda su gloria y sabiduría, ayude a iluminarnos en este difícil trance.

El silencio se hizo. Cada cual quedó sumido en sus propias oraciones y pensamientos. Eilmer se sentía intranquilo. Sus sueños, mis pesadillas, estaban en juego en aquel crucial instante. Fray Athelstan, por su parte, a pesar de su enojo por las palabras de Eilmer y el incorrecto comportamiento de sus congéneres, se veía ahora calmado, seguro a la postre de sus razones y evidencias.

Desde mi posición, llegué a distinguir el reloj solar situado en la fachada de la abadía, visible desde una de las ventanas de la sala capitular. La sombra avanzaba rauda, reflejando el sempiterno paso del tiempo, mientras los monjes rumiaban palabras y daban cuenta de sus fervientes rezos, sin llegar a emitir ningún ruido. Pero yo escuchaba el siseo del sudor de Eilmer al deslizarse por su piel, el golpear del corazón hasta en su cabeza y el entrechocar de sus muelas comprimidas por el movimiento casi imperceptible de la mandíbula.

—Consciente de lo que implica mi decisión —explicó el abad rompiendo aquel estrepitoso silencio luego de ponerse en pie— y, tras escuchar las palabras y argumentos de nuestros hermanos, en pos de la salvación de las almas de los miembros de esta comunidad y de su buena convivencia, he decidido finalmente inclinarme por uno de ellos.

El hombre miró entonces hacia nosotros y luego a Fray Athelstan. Sentí los latidos de Eilmer desbocarse. Aquel malogrado mutismo iba a matarme. Mi vida entera dependía de las palabras que estaba a punto de vocalizar ese desconsiderado abad.

—Me inclino por el hermano Eilmer. Podrá intentar volar.

La realidad es que «desconsiderado» me parece ahora un vocablo nimio para representar de forma gráfica lo que pensé del abad de Malmesbury tras pronunciar esas dos breves frases. Fray Athelstan, por su parte, no comentó nada, pues la Regla se mostraba meridiana en aquel asunto. Era poco humilde por su parte ir en contra de la decisión del abad, por lo que debía de aceptarla. Pero el antiguo maestro de Eilmer no pudo reprimir durante muchos más días lo que aquella disposición había generado en su agrio interior y, desde entonces, proclamó con más vehemencia, si cabe, la necesidad de abrazar una reforma que volviese a acercar el monacato a los preceptos dictados por su admirado san Benito de Nursia.

Desde aquella aciaga decisión, las horas se sucedieron en una liturgia discordante para mi atribulada mente. Veía a Eilmer aprovechar cada instante que le entregaba la austera vida monacal para su artificio infernal de vuelo. Poco a poco, terminó de armar esas alas de muerte que recubrió cuidadosamente con una sábana de lino. Tras un repaso teórico, para él no cabía duda de que su ingenio podía aligerar su peso y frenaría por tanto su caída: iba a planear.

Esa era la lógica de Eilmer partiendo de algunos preceptos aristotélicos, la mía era pensar que debía huir como fuera. Cada mañana me concentraba en saltar. Reunía toda mi voluntad pero, invariablemente, el irracional miedo vencía a mi razón y mis patas figuraban haber sido tocadas por la mirada de una implacable Gorgona. Sin embargo, los días pasaban, se agotaban. Yo advertía cada vez con más claridad cómo La Parca posaba su afilada vista sobre el hilo de mi vida.

La mañana del gran salto llegó, casi por sorpresa a pesar de todo, y vi como Eilmer, egoísta, centraba ya sus oraciones en su propia persona. Arrodillado sobre un reclinatorio, observaba a su Dios expuesto ante él en un instrumento de tortura.

Me hubiera gustado que la ingesta de su sangre desembocara en el agasajo de su fe; sin embargo, nunca fue así. He de reconocer que en algunas ocasiones, llevado por el peso de lo que percibo a diario, concibo la tentación de creer en aquel extraño Dios trinitario, pero nunca entendí ni ese sagrado misterio ni que hubiera creado al hombre a su imagen y semejanza. La verdad, siempre me pregunté: ¿por qué las pulgas no somos las elegidas de Dios? Las respuestas son múltiples y darían para largos y tediosos debates teológicos dignos de un concilio ecuménico.

Pero en aquellos momentos, perdido como estaba frente a mi aciago destino, viendo la inquebrantable decisión de mi anfitrión, recé por primera vez.

El resultado, no obstante, fue pésimo, pues apenas unos instantes después me hallaba en lo alto de la torre de la abadía, con Eilmer provisto de aquellas alas demoniacas en los brazos. Los demás monjes, que estaban reunidos observando el desarrollo de aquella inmolación autorizada, parecían simples insectos desde mi perspectiva, y el aire llevaba hasta aquella altura la agónica música de sus plegarias.

Sentía un vértigo incontrolable. Estaba encerrado en una terrible cadena de acontecimientos: tenía que saltar pues Eilmer iba a saltar y….

Saltó.

Todo es muy confuso para mí. Eilmer se arrojó primero, lanzándome a mí con él. Recuerdo escuchar su grito excitado mientras el aire nos golpeaba con fuerza. Entré en pánico. No sé qué ocurrió. Procuraba agarrarme con ímpetu desesperado a sus cabellos aunque también quisiera huir. Desconozco lo que hice, pero sentí entonces un intenso dolor en el pecho. La realidad es que cuando tomé consciencia nuevamente del mundo, todo había cambiado.

Estaba suspendido a menos de una pulgada del suelo, sintiendo un pesado grillete rozando mi pata izquierda, condenado. Observaba a Eilmer tendido en la cama y con ambas piernas vendadas.

—Quiero intentarlo de nuevo, ya sé cuál fue mi error —proclamaba entusiasmado mi antiguo anfitrión, a pesar del agudo padecimiento que le generaban sus extremidades varias veces partidas.

Era curioso para mí verlo con tanta perspectiva por primera vez. Me sentía solo, inseguro y desamparado, aunque nada en mi cuerpo me lastimase. La muerte era indolora.

—No hermano Eilmer, es una locura. Hoy casi os matasteis. No puedo permitir que lo intentéis otra vez. Tenéis las dos piernas rotas —contestó el abad, que estaba a la vera del convaleciente monje suicida.

—Pero volé… ¡Hoy volé! —exclamó Eilmer, con un peculiar brillo en su mirada—. ¡Volé durante algo más de un furlong! Vi todo el pueblo desde arriba. Sentí el aire en mi rostro, a Dios más cerca que nunca… Su aliento. Si simplemente hubiese añadido una cola a mi volador, podría haber controlado mejor mi vuelo y aquella última racha de viento no me habría tirado. Dejadme probarlo cuando esté repuesto, Reverendísimo Padre, os lo ruego.

El abad mantuvo su mirada rígida sobre mi antiguo compañero.

—No, hijo —reiteró el hombre negando—. Dios misericordioso no quiso que perecierais pero ha mostrado claramente la existencia de vuestro error. Nunca volveréis a intentar volar —anunció terminante.

El silencio se instaló en el gran dormitorio común y el abad de Malmesbury se retiró finalmente dejando a Eilmer en mi sola e inservible compañía. En su rostro advertí una infinita tristeza. Ese desconsuelo que se observa en los seres que pierden lo que más aman.

Desde aquel día, Eilmer cambió su forma de ser. Era un poco más huraño y semejante a Athelstan. Se centró en sus estudios de matemáticas y astronomía, abandonando la observación de las aves. Yo también seguí con mi vida o, más bien, mi no vida, condenado a morar en aquella abadía de Malmesbury por los siglos de los siglos… hasta que llegasteis.

Y bueno, aquí estoy finalmente, esta ha sido mi historia, tal como me pedisteis que os la relatara, y la de Eilmer también. Tanto tiempo sin nadie con quien conversar me ha desatado la lengua, y la verdad es que ahora me doy cuenta de que ni siquiera conozco vuestro nombre.

¿Virgilio decís llamaros? Qué interesante, como el poeta de Augusto.

Ah, sois él. La muerte tiene esas ventajas, ahora hasta puedo codearme con egregios poetas aunque, entre vos y yo, os confesaré que prefiero la Odisea a la Eneida.

Perdón. No pretendía ofenderos y entiendo que no tengáis todo el tiempo que deseáis y debáis guiar a más gente por el inframundo. Pero os revelaré que no es necesario visitarlo todo, con que me dejéis en el lugar que me corresponde.

El limbo… Ah claro, no me han bautizado. Nadie bautiza a una pulga. Pero me consuelo pensando que existen peores lugares.

¿Decís que una vez ahí podré vivir en la cabeza de Platón o Aristóteles? Qué maravilla. Entonces, ése será mi propio paraíso. Agradezco que me sacarais de la abadía. La vida de aparecido, si uno es el fantasma de una pulga, resulta realmente frustrante, pues al ser tan minúsculo nadie me distinguía o me tomaba en serio, por lo que tampoco se asustaban. Ahora podré vivir, al fin, en un lugar realmente apasionante, lejos de la monotonía de los últimos siglos.

¿No os lo han contado? Estuve doscientos once años allí. Vi cómo Eilmer envejeció y murió una noche del año 1066 tras avistar la cola de una brillante estrella. Yo seguí durante todo ese tiempo hechizando la abadía de Malmesbury, siendo, sin embargo, el fantasma más discreto y, quizás, inútil de la Historia. Nadie reparaba en mi presencia y observé cómo todo fue cambiando, incluso algunos usos y costumbres.

De seguro, el viejo Fray Athelstan hubiera disfrutado como un bendito viendo cómo aquella abadía acabó incorporándose a la reforma monacal iniciada desde Cluny, en busca de una vida más adepta a los preceptos de san Benito. Muchas fueron las estaciones e incontables los monjes que pasearon por su claustro. Uno de ellos, llamado Guillermo, tuvo la gran idea de escribir una crónica que narra la historia de ese lugar. A tenor de aquello, numerosas también fueron las noches que me pasé susurrando en su oído las venturas y desventuras de mi antiguo anfitrión hasta que se interesó en investigarlas para incluirlas en su obra.

Tenéis razón, probablemente tuviera cierto afán de eternidad al hacerlo. Puede que, ahora, alguien recuerde a Eilmer de Malmesbury, el demente que osó volar luego del fracaso de Ícaro. Quizás con ese acto, aunque nadie me recuerde, mi existencia cobrará el sentido del que nunca gozó.

¡Ah, ya estamos llegando! ¿Este es nuestro destino? ¡Qué impresionante lugar! ¡Vaya abertura más profunda hay aquí! ¿Es el cráter de Cumas? Hasta escucho el eco de mi voz, y convendréis en que pocas veces se percibe el eco de una fantasmagórica pulga.

Ya vamos, no os impacientéis. Solo quiero ver el brillo del sol una última vez. No lo echaré de menos. La cabeza de Sócrates me espera. Es un grandioso destino. Gracias, querido Virgilio, por romper mis grilletes y acercarme al eterno descanso, a mi paraíso, aunque sea en el limbo: la cabeza de un sesudo pensador.

Pero… ¿Qué decís? No puede ser…

¿De verdad tengo que saltar para entrar?

LA EGOÍSTA

Andrea Rovira

A todos aquellos que me han hecho crecer leyendo y escribiendo, en especial a toda mi família, a Marta N y a Martí, por animarme siempre.

Se acaricia con su mano áspera la calvicie vergonzosa. El cabello ya no crece en ese seco campo de trigo. Los ojos como lagos lloran cada noche y su mente furiosa imagina cómo hubiese sido su vida si no hubiesen entrado las tropas en ese pueblo andaluz.

Y mientras María, como en todas las jornadas, se pasa una hora delante del espejo, llorando y observándose en el hazmerreír, sus hijos, Jorge y Samuel, regresan a casa con moratones y sucias manchas en las humildes ropas. Ella se levanta con su seriedad característica en el rostro, masculinizado por orden de la represión, y sirve un plato de legumbres para los tres en la mesa comida por la carcoma.

María y sus dos hijos viven en una cabaña de madera al lado del bosque, no lejos del pueblo. Duermen en el suelo con mantas no muy gruesas y comparten una misma habitación que también les sirve de comedor. Aunque María debería estar contenta por no haber acabado en la prisión como otras mujeres republicanas, solo piensa en todo lo que podría haber tenido y no tiene. Estos pensamientos le absorben día y noche haciéndola más y más infeliz; la hacen comportarse rudamente con sus hijos. Los considera culpables de vivir la vida que vive. Y a su marido —que no descanse en paz—, también. Los odia a todos. Su cerebro grita insultos cuando ve a los dos pequeños. Y es que no puede más; es que si por ella fuera se hubiesen ido de allí. Pero no, los niños quieren quedarse. Y ella debe quedarse en aquella miseria también.

La cena es silenciosa, como siempre. Las bombas se oyen en la lejanía, pero ellos ya no corren peligro: el Caudillo ya los ha capturado.

—Hoy —Samuel, el pequeño, rompe el silencio— me he peleado con un niño.

María lo mira con indiferencia y secamente dice:

—Eso explica el moratón del ojo y tus manchas. Ahora deberé fregar más. No te pelees, no paras de darme más trabajo del que ya tengo.

—Pero mamá, ¡es que te ha insultado! —se defiende el pequeño—. Ha dicho que no sabías aguantarte la caca y que eras una puta calva.

—¡Oh, vaya! —comenta ella irónicamente, con la voz demasiado aguda para que sus hijos se preocupen.

Lo cierto es que los insultos no le vienen de nuevas: ella se blasfema cada día.

—Sí —sigue Samuel—. Y yo le he dado una patada y luego han venido otros y me han tirado al suelo. Y luego han venido sus madres y han dicho: «¡No juguéis con rojos!». ¿Qué es rojos, mamá?

—Es ser republicano —contesta Jorge, el hermano mayor, que tiene doce años—. Es querer ser libre, ¿verdad, mamá?

Su mamá calva asiente como en trance. «Libre». Esa palabra siempre le hace cuestionarse todo. ¿Qué es ser libre? Hace demasiado que no lo es. Desde luego, ser libre no es que los soldados azules te paseen por las calles mientras la diarrea se escapa por tu culo a causa de haber tomado aceite de ricino. Ni que te rapen para que todo el mundo vea que tu marido era republicano. No, ser libre no es eso y el Caudillo les arrebató la libertad hace ya un tiempo. Lo poco que le quedaba, la represión se lo quitó y la dejó así, sin nada. Los días que sale de casa las risas de la gente del pueblo se mezclan con las caras de asco al olerla, defecada y podrida.

María no se da cuenta, pero tiene dos hijos estupendos. Cualquiera estaría orgulloso; pero no, ella solo se preocupa por su imagen, por su propia libertad. Sus hijos no la dejan ser libre. «Los odio, os odio», piensa mientras los pobres niños comen. Ser libre: solo hay una manera de ser libre, y María hace ya tiempo que planea su escapada. Pero con los niños no puede. Ojalá no se sintiera así. Todo sería mucho más fácil.

—Pero yo te quiero, mamá —dice Samuel—. Aunque digan esto, yo te quiero —y se levanta y la abraza. Huele a legumbres.

Jorge los mira y al cabo de unos segundos se une al abrazo. María siente una gran impotencia recorriendo su médula espinal y acaba por quitarlos de encima de su pecho diciendo:

—Ya está bien. A dormir.

Los niños, tristes y serios, miran a su madre con un amor profundo. La admiran, creen que es una mujer fuerte, decidida. Quieren ser como ella, ser roca en un océano. Quieren aguantar todas las tormentas como ella ha hecho.

María los apresura para que se metan entre las mantas, en el suelo. Los tapa con desgana, como si fuese algo que se hace por costumbre más que por devoción. Samuel le pregunta:

—Tú siempre estarás a nuestro lado, ¿a qué sí?

—Claro —responde ella, aunque sabe que no es verdad—. Siempre.

Espera a que los niños se duerman. Los ronquidos no tardan en llegar, y entonces María empieza su plan. Su plan para ser libre.

Coge una cuerda que tiene guardada debajo de la mesa, se sube a una silla y la enrolla en una viga. Hace un nudo y mete la cabeza por el ojo de la cuerda. Le duele al rasparle el cuello. Tira la silla al suelo con un pie y se queda colgando de la cuerda. No puede tragar saliva y le duele. No puede respirar. La mujer calva se desvanece mientras fija la vista en aquellos niños que duermen plácidamente iluminados por la tenue luz del candil. Mientras muere, mira a sus hijos, aquellos que van a quedarse solos, aquellos que tanto le importan.

Amanece un nuevo día. Una vecina en el pueblo pasea por las calles con su niño. Se oyen lamentos en las afueras. Los llantos se aproximan y la vecina alcanza a ver dos niños calvos que arrastran el cuerpo de una mujer que parece muerta. Su hijo hace un intento de correr hacia ellos para ayudarlos, pero la mujer lo coge del brazo y le dice:

—No vamos a ayudarlos, hijo. Son rojos.