portada_frau_alcaldesa_ebook.jpg

Frau alcaldesa

Michael Harris


evohe%20narrativa%202.jpg

A Soledad

Agradecimientos

Escribir una novela en un idioma que no es el tuyo es una tarea apasionante aunque complicada, y raya en una epopeya de locos cuando es tu primer intento literario.

He tenido la gran suerte de contar con la ayuda de varios colaboradores en mi larga lucha con las complejidades de la bella lengua de Cervantes: Soledad García Pérez, Mª José Santamaría, Álvaro Blázquez, Víctor Claudín y Javier Baonza de Ediciones Evohé.

También quiero agradecer a otras personas que han leído y comentado versiones anteriores de Frau Alcaldesaa a lo largo de los últimos dos años: Mario Ojeda, Mª José Moyano, Iñaki Arzak, Juan Andrés Castro, Yolanda Castelló y Carlos Regueira.

A Soledad y a Guillermo por aguantar la convivencia con un ser obsesivo que se levanta a las tres de la madrugada para escribir.

Finalmente, quiero dar las gracias a este país que me ha dado cobijo durante los últimos treinta y tres años. Los inmigrantes damos mucho a nuestros nuevos hogares, pero recibimos mucho más. Sin la belleza de su entorno, la riqueza de su cultura y la calidez de sus gentes, mi vida habría sido mucho más pobre. Además, aquí he encontrado amistad, amor y al Atleti, el mejor equipo de fútbol del mundo.

Dramatis personae

Kerstin Wolf (la Prusiana): alcaldesa de Villasur de Arriba y de Villasur de Abajo.

Su entorno

Gustavo Bosch Peñafiel (el Cabrito): exlegionario, intérprete de Kerstin Wolf.

Simón Serrano (Pelopincho): pluriempleado policía municipal.

Cristina Serrano: secretaria del Ayuntamiento de Villasur de Arriba.

Fernando Serrano (el Aguilucho): informático y ornitólogo.

Cid: el mastín de Fernando.

Gumersindo Gómez (George Clooney): exmisionero y párroco de Villasur de Arriba.

Wolfgang: la pareja de Kerstin y profesor de Sociología en Berlín.

Stefan: el hijo adolescente de Wolfgang.

Jacobo Serrano: ganadero del Monte de La Maliciosa.

Boogie: el perro de aguas de Jacobo.

Miembros de la Asamblea Popular del 15M de Arroyo Muerto

Ángela: una amiga de Fernando Serrano.

Edith: la novia francesa de Ángela.

Jesús Ángel Serrano: amigo de Ángela.

Margarita: moderadora del 15M y empresaria ecológica.

Carlos: la pareja de Margarita.

Camilo Serrano (el Tigre): exalcalde de Villasur de Arriba, emprendedor.

Su entorno

Agapito Sánchez Serrano (Pito): exconcejal de festejos de Villasur de Arriba.

Blas: el pitbull de Camilo.

Marina Solokova : directora del espá de Villasur y amante de Camilo.

Isabel: esposa de Camilo Serrano.

Álex Serrano: piloto y hermano de Camilo.

Alicia: hermana de Agapito.

Primi: servicio de información de Camilo.

Maribel y Bárbara: las cerdas favoritas de Camilo.

Militantes de Orgullo Nacional

Diego Serrano: hijo de Camilo y líder del grupo.

Gonzalo (el Jirafa).

Rafa (Rizitos).

Pitito Sánchez (hijo de Agapito).

David (Granito).

Otros personajes de Villasur

y de la Comunidad Autónoma de Guadalbóndiga

Las brujas de la Charca Verde: la negra, la roja y la azul.

El abad de San Simón el Albañil.

Kaspar Kokkonen (el Tiburón del Báltico): comisario regional de la COPA (Comisión de Países Acreedores).

Fausto Fidalgo (el Ocelado): secretario del Ayuntamiento de Villasur de Abajo.

Rodrigo Fidalgo: gemelo de Fausto y exalcalde de Villasur de Abajo.

Graham: profesor de inglés y asiduo cliente del espá.

El obispo de Guadalbóndiga.

Personajes madrileños

Torres: facilitador del partido de Camilo en Madrid.

Darío San Martín: el jefe de Torres.

Fito: manifestante republicano.

Angustias: señora mayor.

Yayo Segura: portavoz de Ecologistas Anticapitalistas.

mapa_frau_alcaldesa%20(3).tif

VI. El final

53 La Santa Inquisición

A primera hora del miércoles por la mañana, el párroco de Villasur de Arriba, acompañado por Gustavo, llegó a Guadalbóndiga. Las calles medievales del casco viejo todavía estaban vacías y aparcó sin problemas a dos manzanas del palacio episcopal, donde tenía una cita disciplinaria con el obispo de su diócesis. Después de tomar un café, los hombres se dirigieron a la catedral para pasar la media hora que faltaba para la citación. La iglesia era un símbolo del robusto y militarizado cristianismo que surgió en la meseta ibérica durante la Reconquista y que dejó su profunda huella en la sociedad castellana. La románica fachada principal, con tres puertas y un gran rosetón, estaba flanqueada por sólidas torres almenadas, que inicialmente formaban parte de las fortificaciones de la ciudad. La luz del sol otoñal daba una especial calidez y belleza a la piedra arenisca y la ausencia de tráfico otorgaba un aire de otra época a la escena.

Al cruzar la plaza frente al templo, Gumersindo sufrió un escalofrío al recordar los autos de fe que se celebraron allí hasta el siglo XVIII, con sus procesiones de penitentes, ataviados con sambenitos, custodiados por los oficiales del santo oficio y observados con desprecio por las multitudes de ciudadanos de pro. Imaginó vívidamente los colores de los vestidos, el terrible sonido de los gritos y el empalagoso olor de la carne humana a la brasa. El misionero había tenido la desgracia de experimentar algunas de esas sensaciones durante un episodio bélico especialmente cruento en Sierra Leona. Comparado con ese horror, su cita con el apacible obispo parecía una trivialidad. Sin embargo, estaba nervioso porque intuía que podría ser un momento decisivo en su vida y, quizás, el final de su carrera eclesiástica.

Dentro de la catedral reinaba el silencio y, dejando a su amigo en un banco en la nave principal, el sacerdote se fue a la capilla dedicada a su santo favorito: san Simón. Sus ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la penumbra y a distinguir los rasgos de la estatua de piedra de este singular personaje. La escultura del siglo XV ilustraba gráficamente los estragos de la cruel enfermedad en el cuerpo del venerado santo. Gumersindo encendió una vela y se puso de rodillas para rezar, pidiendo ayuda a san Simón para tomar una decisión. Mientras se quedaba inmóvil, empezó a sentir una profunda paz y, al percibir la fuerza del santo y la extraordinaria belleza de la capilla, lloró silenciosamente con una extraña mezcla de alegría y tristeza.

Al ver otra vez a su amigo, Gustavo detectó un nuevo aire de tranquilidad y firmeza en el hermoso rostro.

—Vamos, Tavo —dijo con resolución—. Ya estoy listo.

Ya dentro del palacio episcopal una monja les dirigió a una antesala decorada con cuadros de santos, donde indicó al soldado jubilado que se sentara. La religiosa llevó al sacerdote a un gran despacho, amueblado con muebles de caoba y librerías llenas de antiguos volúmenes. Alrededor de una mesa había dos hombres mayores y el párroco reconoció la figura del obispo, un pequeño y orondo hombre: con la cara redonda, gafas circulares y una calva y abombada coronilla con el aspecto de un huevo.

—Hola Gumersindo, siéntate —mandó, sonriendo de manera afable.

El otro hombre, que había estado sentado de espaldas, se dio la vuelta desvelando el irascible rostro del abad de San Simón, con sus picudas cejas blancas y su aire de búho enojado.

—Espero que podamos resolver este asunto de forma amistosa —declaró el obispo—. De joven estuve un par de años en Nigeria y entiendo bien que pasar mucho tiempo en esos lugares y entre esa gente cambia a un hombre. A lo largo de los años, muchos misioneros se convierten en personas singulares e independientes. No obstante, en España no puedes hacer lo que quieras y hay que acatar ciertas normas.

Gumersindo respondió con una educada sonrisa mientras que el abad fruncía el entrecejo sin esconder su desacuerdo con las palabras de su amigo el obispo.

—He leído tu sermón. No encuentro insuperables problemas de dogma, aunque no me gusta tu mención del «mensaje revolucionario de liberación de Cristo». Tampoco estoy de acuerdo con la interpretación de la diferencia entre penitencia externa y radical transformación interna, según el teólogo Kung.

—¡Ese King Kong es un maldito hereje! —musitó el abad, incapaz de contenerse.

El prelado, acostumbrado a los exabruptos de su compañero de seminario, ignoró la interrupción y continuó.

—Sí tengo problemas con tus críticas a miembros de tu congregación en un sermón —afirmó, quitándose las gafas y revelando unos ojos miopes y llorosos.

—Es un claro ejemplo de un «modo de actuar que produce un grave detrimento a la comunidad eclesiástica», que según el derecho canónigo es una grave infracción —interrumpió el búho, indignado.

—Por favor, José Antonio, déjame seguir —rogó el mitrado, levantando su mano—. Estoy seguro de que no pretendías ofender a nadie y que te dejaste llevar por la fuerza de tu propia retórica. Todo se solucionaría hablando con la persona o personas afectadas y pidiendo perdón por el malentendido —sugirió el prelado, con un ademán benévolo.

—Eso sería complicado, reverendo monseñor, porque el individuo en cuestión ya está entre rejas en la cárcel de Soto del Real, imputado por cargos como la malversación de fondos públicos —informó, de forma apacible, el galán eclesiástico.

—No te hagas el listo, Gumersindo. No hemos terminado con las acusaciones contra ti —espetó el abad, quitando la palabra a su viejo compañero.

—En efecto, hay varios asuntos más, pero no los recuerdo todos —añadió el obispo, perdiendo el control sobre la situación—. ¿Los puedes enumerar, José Antonio?

—Por supuesto, Samuel —contestó con satisfacción—. Varios feligreses se han quejado de que su párroco, y cito textualmente, «va vestido como un mendigo, con alpargatas, vaqueros y camisetas incluso de grupos de rock, y casi nunca lleva sotana ni alzacuellos». Esto va en contra de la clausula, la cual estipula que los clérigos han de vestir un traje eclesiástico digno. Un traje digno —repitió, mirando con triunfo al atuendo del párroco que, incluso para esta entrevista tan importante, se vestía con vaqueros, sandalias y con su collarín escasamente visible debajo de su jersey negro.

Hubo un incomodísimo silencio. El cuestionado sacerdote se negó a responder a las acusaciones vertidas contra él y el obispo no sabía qué hacer para llegar a una solución amistosa. El abad sacó la última imputación de la misma manera en que un jugador de mus, tras un órdago de su contrincante, despliega un solomillo de tres reyes y un as.

—Por último, varios feligreses se han quejado por el hecho de que su párroco cohabita con otro hombre. La convivencia con otras personas en la casa parroquial está prohibida y nuestro código estipula que un párroco debe ejercer prudencia en sus relaciones y guardar continencia para no ser causa de escándalo.

Gumersindo se quedó tranquilo y sonrió a sus interrogadores sin responder. El pobre obispo intentó apaciguar la situación lanzándole un salvavidas.

—Hombre, no estamos sugiriendo en ningún momento que tengas relaciones con este señor, Gumersindo. Sabemos que tuviste una seria enfermedad y que has necesitado ayuda —añadió, con una nerviosa sonrisa.

Su compañero no compartía las mismas inhibiciones.

—Samuel, no seamos tan mojigatos. Varias personas son testigos de lo que llaman una relación impropia entre un párroco y otra persona del mismo sexo. De hecho, la señora de limpieza, una mujer católica de total confianza, ha dicho que hay pruebas de una actividad que va en contra del juramento al celibato sacerdotal, de una intimidad entre los dos hombres en cuestión.

—¡Déjalo, José Antonio, por favor! —rogó el obispo, con la cara roja de vergüenza al salir a la luz estas acusaciones directas de homosexualidad—. No creamos todos los chismorreos del pueblo. Estoy seguro de que Gumersindo puede desmentir estas repugnantes incriminaciones. —El prelado se quitó una gota de sudor de su frente con un pañuelo y miró con desesperación a Gumersindo para que él rebatiera rumores tan feos.

El párroco no se inmutó e, ignorando al exultante abad que ahora estaba seguro de su triunfo, empezó a hablar de forma pausada.

—No voy a contestar a estas acusaciones porque, sencillamente, lo considero una pérdida de tiempo. Tampoco voy a competir en un juego de recriminaciones y entrar en los sórdidos detalles de las citas semanales del abad en un prostíbulo donde va para aprovecharse de los cuerpos de unas indefensas inmigrantes, traficadas y explotadas.

—¡Serás cabrón! Te voy a partir la cara, hijo de pu...

El obispo cogió a su amigo por el brazo, le instó a callarse con un sorprendente gesto de autoridad y se dirigió otra vez al párroco con firmeza.

—Siento que te niegues a contestar estas acusaciones. Ahora habrá que poner en marcha el proceso de tu remoción como párroco. ¿Quieres decir algo más?

—Sí, reverendísimo monseñor, y quiero pedirle perdón por entrar al trapo con los asuntos personales del abad. Sin embargo, no pido perdón por lo que he hecho en las últimas semanas. Si me da permiso, quiero presentarle a alguien que explica mi cambio de situación y mi nueva actitud hacia mi vocación religiosa.

El obispo asintió y logró callar al furioso abad, un auténtico volcán al borde de la erupción. Enseguida, el cura volvió con su amigo Gustavo, extremadamente nervioso por el intenso escrutinio de los clérigos.

—No voy a hacer una confesión porque no siento remordimiento por mis acciones —continuó Gumersindo serenamente—. Sin embargo, he decidido dejar mi posición como párroco y apartarme temporalmente de la Madre Iglesia, por lo menos hasta que ella cambie de criterios ante el celibato y el amor, especialmente entre personas del mismo sexo. Prometo que no montaré ningún escándalo con los feligreses mientras arregle mis asuntos personales y dejaré a mi interino a cargo de todos los servicios religiosos. Saldré de la casa parroquial en tres semanas, tiempo que me debe la Iglesia en concepto de vacaciones.

El galán clerical cogió la mano de su amigo para irse ante el asombro del obispo y el abad, ambos estupefactos.

—Ah, una cosa más, señores. Me arrepiento con toda mi alma de no haber hecho esto mucho antes.

Gumersindo cogió a su diminuto amigo por los hombros y le dio un breve, aunque apasionado, beso en los labios y, antes de que los jerarcas de la iglesia pudieran reaccionar, los dos amantes se habían marchado por la puerta y salían del palacio episcopal.

54 La vuelta a la tortilla

Al día siguiente, le tocó a Kerstin el turno de viajar a la capital provincial para enfrentarse a una cita disciplinaria, aunque esta vez el auto de fe no tuvo nada que ver con la ortodoxia religiosa sino con los complejos trámites burocráticos seguidos para convocar el referéndum. El impulsor de esta investigación administrativa, don Camilo, ya había desaparecido de la escena y, según las malas lenguas, ahora disfrutaba de una celda de lujo en Soto del Real donde se codeaba diariamente con la crème de la crème de los políticos y empresarios imputados del país. Sin embargo, las ruedas de la administración, ya engrasadas y puestas en marcha, siguieron girando de la misma manera que un buen reloj de cuerda continua haciendo tictac durante varios días, aunque nadie lo toque. En un tiempo récord, una consultora contratada por el gobierno autónomo había redactado un informe de doscientas páginas sobre las irregularidades en la convocatoria de la consulta, según los cánones del derecho administrativo español y europeo. Acto seguido, el presidente de la comunidad había presentado el documento en persona al comisario Kokkonen, el poder en la sombra de la región desde la intervención de la COPA. Después de estudiarlo, el burócrata escandinavo había convocado a la alcaldesa a su despacho. Él siempre había tenido recelos sobre la heterodoxa regidora pero, desde su último y desagradable encuentro con ella, le habían dado ganas de ser expeditivo, y quitarla de su puesto sin más explicación.

Al recibir el requerimiento, Kerstin había consultado con Cristina Serrano y, según ella, los cargos no tenían fundamento. No obstante, un proceso legal sería largo y costoso y podría dejar en la quiebra las maltrechas arcas municipales. Por eso, la afable funcionaria municipal y ahora estrecha colaboradora de la alcaldesa, le recomendó hablar con el comisario para llegar a un acuerdo. La berlinesa también había conversado largo y tendido sobre este asunto con su actual compañero de casa, Fernando. Durante los primeros días, al salir, la pareja iba siempre acompañada por un agente de la policía municipal para protegerles de un posible ataque. Sin embargo, aunque las investigaciones de la Guardia Civil no habían progresado y los extremistas seguían libres, la huida de su líder, las denuncias por posesión de armas y disparos en un lugar público, y las presiones sobre los padres de las cabecillas, habían surtido efecto. Simón, apoyado por el juicio de Gustavo, opinaba que habría que estar vigilantes, pero que de momento se podrían relajar las medidas de seguridad.

Por eso los amantes se fueron andando sin acompañamiento a la estación de autobuses para trasladarse a la capital provincial. Ella iba vestida con su habitual atuendo de trabajo y le hizo gracia observar a su amigo vestido con un viejo traje negro que no se había puesto desde hacía años y que olía a naftalina. Fernando había adelgazado desde sus días de informático madrileño, los pantalones precisaban de un apretado cinturón y la chaqueta quedaba demasiado holgada. Kerstin le había ayudado a ponerse la corbata, pero aún así estaba mal puesta y parecía más una soga que un artículo de moda. La razón de esta transformación fue que Fernando la había convencido de la necesidad de su presencia en la cita, disfrazado como su abogado. Él no se fiaba de los trucos del burócrata y, además, tenía sus propias cartas en la manga, aunque de momento no quería revelarlas a Kerstin.

La pareja llegó pronto a Guadalbóndiga y se dirigieron a la Delegación del Gobierno. Cuando entraron en el despacho, el comisario estaba absorto en un gran tomo de legislación europea, leyéndolo como si se tratara de un fascinante thriller o una picante novela erótica. Cuando se dio cuenta de la presencia de sus visitantes, se ajustó sus gafas y les miró con ojos de trucha, sin decirles nada.

—Buenos días, comisario Kokkonen —rompió el fuego la berlinesa—. Como le informé con antelación, vengo acompañada. Le presento a Fernando Serrano.

El finlandés se quedó parapetado detrás de la empalizada de su escritorio y señaló fríamente dos asientos para sus visitantes. Ante el mutismo del oficial, la alcaldesa de Villasur comenzó a hablar.

—Si no le importa, comisario, hablemos en castellano dado que mi am... mi abogado habla poco alemán. —Kerstin se puso colorada y se retiró el flequillo, incomoda con el paripé en el que su amante la había metido—. He leído el documento que usted me mandó y no estoy nada conforme con él.

Los ojos del funcionario europeo nadaban tranquilamente en la pecera de sus gafas e hizo un gesto a Kerstin para que expusiera los motivos de su postura. Mientras la escuchaba, su abogado no estuvo nada convincente en su papel: se rascaba su barba y ponía cara de aburrimiento al ser ajeno a los tecnicismos. Al terminar su discurso sobre plazos administrativos y formas de comunicación de la información a los ciudadanos, la regidora volvió a hablar en un lenguaje comprensible para Fernando, aunque afloraron sus habituales despistes causados por su incorregible uso de modismos.

—Para resumir, señor Kokkonen, usted no puede «pedir manzanas al olmo» en este asunto: no es lo mismo celebrar una consulta en una gran ciudad que en una pequeña localidad. Ya ha habido varias sentencias sobre este tema que apoyan mi interpretación. Prefiero no «devolverle la bellota» e ir a los tribunales. Mi sugerencia es que «hagamos un porrón y cuenta nueva».

El funcionario finlandés se estiró, una sonrisa apareció debajo de la pecera de sus gafas y comenzó a hablar por primera vez, con un marcado acento extranjero.

—Señora Wolf, tampoco quiero «montar encima de un pollo», como dicen los españoles. Como usted sabe, no suelo «trepar por las rameras» y rechazo la propuesta de olvidarnos de este asunto. —El hombre con pinta de oficinista de un banco provinciano de los años setenta se tomó una pausa para revisar los apuntes.

En ese momento, el naturalista español padecía aún más que durante la aburrida explicación técnica, al soportar el terrorífico concurso en el que participaban los extranjeros para asesinar la bella lengua de Cervantes. Sin ser nada pedante, Fernando sentía unas irresistibles ganas de corregir las frases e impartir una lección magistral a los guiris, pero tuvo que callarse estoicamente. Kokkonen monopolizó la conversación durante unos minutos, explicando con voz soporífica los fundamentos legales de su postura. El ornitólogo estaba a punto de dormirse cuando la reunión llegó a un inesperado clímax con la airada interrupción de Kerstin, cuya paciencia se había agotado.

—Entonces, ¿usted va a continuar con este proceso para echarme de mi puesto aunque se quiebren las finanzas de mi pueblo? —preguntó, de forma desafiante.

Kokkonen sonrió con satisfacción porque tenía a su contrincante atrapada. Los ojos dentro de la pecera de sus gafas se volvieron tiburones y el neoliberal escandinavo se preparó para dar el golpe de gracia.

—Señora Wolf, ha sido una grave irresponsabilidad suya la que ha producido esta situación tan desafortunada, y tengo que informarle que, además de perder su trabajo, si no gana este juicio, será usted la que tendrá que reembolsar personalmente todos los costes judiciales, y no el consistorio de Villasur. Estoy seguro de que usted es consciente de que esos importes son elevados, especialmente después de la última reforma promercado. No tengo más que decir sobre este asunto —zanjó el funcionario, con satisfacción al ver la zozobra en el rostro de su adversaria. Así dio por concluida la reunión, se levantó y enseñó la puerta a sus visitantes sin la más mínima educación.

Fue la señal para que Fernando entrara en acción, ahora convertido en un comprometido activista anticorrupción. En vez de moverse de su asiento, sacó un puñado de hojas de su cartera, que puso sobre la mesa.

—Muy bien, señor Kokkonen. Aplaudo su actuación que ha dejado noqueada a mi amiga... mi cliente. Ahora, entiendo cómo usted se ha ganado el sobrenombre del Tiburón del Báltico. Sé que no puedo cambiar su decisión de destruir la carrera personal de la señora Wolf, pero tengo que comunicarle que no todas sus actividades en este país han pasado inadvertidas por los movimientos sociales. Aquí tengo información muy interesante —reveló, organizando los papeles.

Antes de que el finlandés pudiera llamar a seguridad, Fernando desveló el motivo de su intervención.

—Soy militante de Ecologistas Anticapitalistas, un grupo al que seguramente usted no es nada afín. Durante las últimas semanas hemos observado con interés sus reuniones con varios personajes de la trama corrupta en esta provincia, que los medios llaman «Becerro de Oro». Usted ha mantenido contactos con constructores, altos funcionarios y por supuesto políticos. Aquí está usted con el exalcalde de Villasur de Arriba —explicó, enseñando una foto del escandinavo y el gran emprendedor sentados en un restaurante de lujo, con la única compañía de un apetitoso cochinillo.

El rostro del finlandés se volvió tan blanco como las primeras nieves de otoño en su lejana tierra natal en el Golfo de Botnia y sus ojos, en vez de parecerse a tiburones, simularon ser dos pobres pececillos en una charca intentando escapar del pico de una hambrienta garza. Fernando sacó otra foto, esta vez de una mujer atada y bocabajo, siendo azotada ferozmente por un diminuto hombre, totalmente desnudo menos por un macabro antifaz.

—Ah, por cierto, encontramos esto en un pen drive de su amigo, el señor Serrano, sin duda sacada en la mazmorra del espá de Villasur. Si uno mira detenidamente, se observa un tatuaje con la bandera finlandesa en la nalga derecha del azotador, algo con lo que usted debería estar muy familiarizado —añadió con sorna.

Fernando aprovechó la parálisis del funcionario de la COPA para continuar su arrolladora ofensiva, enseñándole varias hojas de Excel.

—También hay constancia de varias transferencias bancarias a su favor de unos 600.000 euros a una cuenta en las Islas Vírgenes Británicas. Hace exactamente media hora —dijo, mirando su reloj— nuestro grupo ha puesto esta información en manos de la brigada anticorrupción y usted recibirá su visita en breve. Ahora dudo de que usted tenga tiempo o ganas de seguir con la denuncia a la señora Wolf. Buenos días señor Kokkonen.

Fernando recogió los papeles, cogió el brazo de su amante y salió del despacho dejando al fiel discípulo de Friedrich von Hayek inmóvil como una estatua.

55 Desplazamientos y casamientos

A la vuelta de Guadalbóndiga, después del encontronazo con el comisario, Kerstin se fue a trabajar al Ayuntamiento y Fernando hizo la compra en el mercado. Después de comer tarde y echar una siesta, los amantes decidieron dar un paseo por el monte con Boogie. Kerstin seguía enojada con su amigo por lo que había pasado en el despacho de Kokkonen, y hasta ese momento se había negado a comentar el asunto con él. Mientras Boogie investigaba los olores en la pista forestal, Fernando preguntó a su amiga porqué estaba tan enfadada.

—¡Deberías habérmelo dicho antes! En vez de ir a Guadalbóndiga, yo habría llamado directamente a la policía. Además, utilizaste métodos muy dudosos como el chantaje.

—Lo siento, Kerstin. No pude decirte nada antes porque lo habrías estropeado todo. Nuestro grupo lleva mucho tiempo denunciando a este señor a las autoridades. Sin embargo, no se hizo nada porque los altos representantes de la COPA son intocables. Enviar la información a los medios de comunicación tampoco hubiera funcionado porque, con el famoso Pacto por la Libertad de Prensa, están atados. La única solución era espantarle para que saliera corriendo del país, como un conejo abandona su madriguera cuando entra un hurón.

Sonó el teléfono de Kerstin.

—Fernando, es para ti. Es un tío de Ecologistas.

Cuando terminó la llamada el ornitólogo tenía una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Nuestra jugada ha funcionado de maravilla! Después de nuestra reunión, Kokkonen cogió el primer avión a Helsinki haciendo escala en Berlín donde, hace una hora, nuestros compañeros alemanes le metieron una denuncia con la información que les habíamos proporcionado. Ahora mismo está siendo interrogado en una comisaría de tu ciudad y mañana el asunto saldrá en todos los periódicos. ¡En el norte todavía tenéis lujos como la democracia, la justicia y la prensa libre!

Kerstin cogió el brazo de su amante y le dio un cariñoso beso. Continuaron andando unos metros más cuando vieron una gran uve de aves pasando encima de ellos.

—¡Qué bonito! —exclamó la berlinesa—. ¿Qué son?

—Gansos: el ánsar común. Vuelven del norte de Europa para invernar.

Mientras se acercaban a la ermita, Fernando habló con pasión sobre cigüeñas, golondrinas y otras valientes aves aventureras.

Al llegar a la iglesia, la alemana se acordó de varios ejemplares de su propia especie que habían volado últimamente.

—¿Qué le habrá pasado a toda esa gente? He oído rumores de que Agapito se ha fugado a Canarias con esa ucraniana del espá. Y nadie sabe absolutamente nada de la mujer de Camilo y uno de sus hijos. ¡Han desaparecido de la faz de la tierra!

El histórico pub estaba situado en una céntrica calle de Oxford, su acogedor interior estaba iluminado por antiguas lámparas de pie y amueblado con sillones y sofás de elegante aunque gastada tapicería, junto a fotos de personajes literarios. Grupos de estudiantes universitarios se congregaban alrededor de las mesas, cubiertas con periódicos y libros, además de pintas de cerveza y copas de vino. En una esquina, una señora de aspecto sureño, con piel cetrina y ropa elegante, tomaba una copa de vino e intentaba descifrar el texto de una placa informativa sobre Tolkien y C.S. Lewis, dos habituales de la taberna en los años 30 y 40. Se acercó un joven de unos veinte años, estatura mediana y con los mismos ojos achinados que ella. Se quitó su chubasquero mojado, le dio un beso y se fue a la barra.

—Mamá, estoy hecho polvo —dijo al volver, tomando un sorbo de cerveza y devorando un puñado de cacahuetes—. Este curso intensivo de inglés para negocios es difícil. No tengo problemas con el lenguaje, pero los términos técnicos son un coñazo.

—Esperemos que te sirva cuando entres en la escuela de empresariales. Menos mal que os enviamos a Inglaterra todos los veranos. —Isabel suspiró, pensando en su hijo mayor que, en la separación familiar, había permanecido leal a su padre y, de hecho, ahora llevaba sus negocios.

Su otro hijo notó este gesto y adivinó los pensamientos de su madre.

—No te preocupes, mamá, con el tiempo veremos a Borja por aquí. Pero no quiero ver a papá nunca más en mi vida —declaró, frunciendo el entrecejo al recordar el cruel mensaje que su progenitor le había dejado en su móvil poco antes de ser detenido. Lo peor no fueron los groseros insultos sino la frialdad con que afirmó que «desde este momento, ya no eres hijo mío».

Su madre intentó distraerle, hablando de las viviendas que había visitado durante el día. Había una casita perfecta con jardín en el selecto barrio de Summertown por un precio razonable, asequible para Isabel que, poco a poco, y sin el conocimiento de su marido, había ido transfiriendo grandes cantidades de dinero a sus propias cuentas. Curiosamente, la ama de casa había ganado la partida a su esposo que, aunque hábil en los negocios, nunca había prestado suficiente atención a los detalles de la contabilidad.

Diego, aunque estuviera contento de empezar una nueva vida fuera del armario y lejos de Villasur, no pudo resistir volver al tema de su padre.

—Espero que ese cabrón esté disfrutando en la cárcel y que su compañero de celda este dándole bien por el culo —espetó, riéndose amargamente.

—No te creas, tu padre siempre busca formas de sobrevivir. Sin embargo, de lo que sí estoy segura es de que esta noche él no va a cenar tan bien como nosotros. He reservado una mesa en ese argentino cerca del hotel.

—¡Qué bien! ¡Tengo un hambre de lobo y me chifla su ossobuco!

Al mismo tiempo que Diego y su madre salía del pub bajo la fina lluvia inglesa, a unos dos mil kilómetros, un hombre fondón con abundante pelo rizado y una morena bastante más alta que él estaban caminando por una playa, cogidos del brazo y disfrutando de los últimos rayos de sol sobre el apacible mar Mediterráneo. A esas horas, los jubilados habían retornado a sus apartamentos en la gran muralla de hormigón que flanqueaba la costa en la localidad alicantina de Santa Catalina del Mar y en su paseo vespertino solamente se cruzaron con algunos caminantes con sus perros.

—¿Oíste lo que le pasó a Blas? —preguntó el hombre, con la inconfundible voz de pito del exconcejal de festejos, al observar un hombre con un pitbull.

—¡Por fin! Siempre odié a ese psicópata —respondió su acompañante con un leve acento del este—. Ahora todo eso parece tan lejos y solo llevamos aquí unos días. Aunque, todavía... todavía tengo miedo de que Cami nos encuentre —dijo, con un escalofrío—. No me fio del rollo de los testigos, ¿cómo se llaman?

—Testigos protegidos. No te preocupes, Marinita. Cami no sabe nada sobre este sitio y, además, va a estar años entre rejas. El único problema es mi hijo, pero siempre podré verle en Madrid. El chico es más espabilado de lo que parece y no creo que vayan a ir a por él por ser de la familia —afirmó, frotándose la barbilla. Este era el punto más débil de su plan, elaborado a lo largo de meses en la soledad de su piso de soltero.

—¿Y el dinero, Pito?, ¿estás seguro de que tendremos suficiente pasta? —preguntó la otra, con una nota de alarma en su voz. Marina era una mujer que nunca había conocido la seguridad económica en toda su vida.

—Por el trato con la policía he perdido gran parte del dinero de la familia, pero tenemos los pisos que podemos alquilar a los rusos, como sugeriste. También tengo ahorrillos que nos vendrán bien —añadió, acariciando cariñosamente la llave de la caja de seguridad de un banco donde el viernes pasado había depositado los lingotes de oro y las monedas antiguas. Había vendido el resto del contenido de la caja metálica para financiar su huida y convencer a Marina de que era un hombre acomodado.

La ucraniana estaba satisfecha con las explicaciones de su nuevo protector, que la trataba mucho mejor que su primo, e incluso había prometido casarse con ella cuando saliera su divorcio, lo que eliminaría de golpe sus problemas de legalidad.

—¿Marinita, te apetece unos gambones rojos a la plancha para cenar? —preguntó Agapito, mientras volvían hacía el pueblo.

—Vale, Pito. Y luego un arroz a..., ¿cómo se llama?

—Un arroz a banda. Mm, ¡qué rico! Podemos hablar de los planes para nuestra luna de miel. Luego vamos a la cama pronto y me das unos mimos especiales de la casa.

La feliz pareja se besó y se dirigió en dirección al Restaurante La Nao para disfrutar de la «mejor gastronomía que puede ofrecer Santa Catalina».

Después de su paseo por el monte, decidieron ir al bar España. Estaban sentados en la terraza cuando Kerstin divisó a lo lejos a su intérprete con su amigo. Se había sorprendido bastante por la decisión de la pareja de salir del armario, algo inimaginable hacía unas pocas semanas, especialmente en el caso del viejo legionario. Sin embargo, estaba contenta de verle tan feliz y relajado, y su bigote blanco era ahora un remanso de paz. Los hombres se sentaron y Gustavo empezó a hablar.

—Tengo importantes noticias —dijo muy serio, quitando un fleco de polvo de su nueva y elegante chaqueta de seda.

—¿Han detenido a esos cabrones paramilitares? —cuestionó su jefa.

—No.

—¿Han salido noticias en la tele sobre Kokkonen?

—No.

—¿Habéis empezado a montar la fundación para los niños soldados?

—No.

—Me rindo, Gustavo —dijo Kerstin, riéndose.

En este momento, el sacerdote Gumersindo cogió la mano de su novio.

—Tavo y yo nos casamos.

Ante la estupefacción de la otra pareja, Gustavo explicó que ya habían hablado con Cristina Serrano para arreglar los papeles, que la boda sería en dos semanas y que tenían grandes favores que pedirles a los dos.

—Kerstin, queremos que nos cases tú. Fernando, te pedimos ser uno de nuestros testigos. Nadie de nuestras familias quiere asistir y será mucho mejor así, entre amigos.

En ese momento llegó Mustafá con las cervezas y el grupo celebró las buenas nuevas con un sentido brindis:

—¡Vivan los novios! —coincidieron los cuatro.

56 Y no comieron perdices

Las únicas diferencias con el primer día en que Kerstin visitó el salón de plenos era que se había reparado la ventana rota y que los asientos para el público estaban organizados en un democrático círculo en vez de las líneas rectas de su antecesor. Unas diez personas estaban sentadas allí. Cerca de la puerta y de las cuatro banderas esperaba un matrimonio de unos cincuenta y tantos años, con aire intelectual. El marido era un íntimo amigo de Gumersindo de sus años de cura obrero en Madrid cuya irracional afición por el amor le había expulsado del sacerdocio. A su lado estaba el único amigo que Gustavo se había atrevido a invitar: un viejo camarada de armas que aparentaba unos setenta años con sobrepeso, la cara roja de una persona con hipertensión y una muleta para su cojera, resultado de un accidente en un carro de combate.

Continuando el círculo hacia la ventana estaba Fernando, embutido en su viejo traje y hablando con Pelopincho vestido con uniforme de gala. Simón había hecho un titánico esfuerzo para controlar su indomable cabello, utilizando ingentes cantidades de brillantina, aunque solo había conseguido el alarmante aspecto de un roedor muerto sentado encima de la cabeza. Acompañándole estaba su esposa, una mujer tan pluriempleada como él que, a pesar de trabajar todos los días de sol a sol, tenía una cara vivaz y una energía que le había faltado a su marido hasta hace poco. A su lado estaba su hijo de trece años, con las mismas características capilares de su padre, y dos gemelas de quince, las dos con los mismos ojos de sabueso de su progenitor. Hacia la ventana aguardaba paciente Félix, el afable cura interino que, a pesar de las desagradables insinuaciones del abad, estaba encantado de asistir a la boda civil. Cerrando el grupo estaba el joven Jesús Ángel con una camiseta anti-PALO. Su aspecto perrofláutico escondía su fe cristiana, algo que le unía a Gumersindo desde hacía tiempo. De hecho, había sido la única persona con la que el cura pudo hablar con franqueza hasta la llegada de su futuro marido.

Entraron las oficiantes de la ceremonia: la alta y rubia alcaldesa alemana, muy guapa con un traje color verde oliva, y la igualmente atractiva secretaria municipal, con su abundante y vigoroso pelo negro ahora libre y suelto en vez de estar recogido en un moño como en los días laborables. Las dos mujeres se acercaron a la mesa presidencial y se quedaron de pie esperando a los novios. El primero en entrar fue Gumersindo con una cara radiante de felicidad, que dedicó su habitual sonrisa de galán de Hollywood a todos los asistentes. El hombre, siempre apuesto, estaba más guapo que nunca con traje negro, camisa y corbata azules y una rosa blanca en su solapa; y aunque nadie le había visto vestido así antes, llevaba su atuendo con total naturalidad. La última persona en aparecer fue el diminuto intérprete, vestido de forma idéntica que su futuro marido, pero con el rostro pálido, como si el evento fuera su ahorcamiento y no su boda. Los inquietos movimientos de su bigote emitieron claras señales de que estaba sufriendo terribles nervios.

Cuando los novios estuvieron juntos, la secretaria municipal llamó la atención de los asistentes para que se pusieran de pie y la alcaldesa empezó a oficiar la primera boda de su vida.

—Buenas tardes, estamos aquí para unir en matrimonio a Gustavo Bosch Peñafiel y Gumersindo Gómez Alonso. Vamos a asistir al compromiso público y formal por el que dos personas inician una vida en común.

Mientras que el sacerdote sonreía con tranquilidad, el pobre Gustavo intentaba controlar sus temblores y no pudo prestar atención a las palabras de la alcaldesa:

—Procederé a dar lectura a los artículos del 66 al 68 del Código Civil...

En ese momento, una expresión de pánico apareció en el rostro del viejo soldado. ¡Había olvidado en casa el anillo! Intentando disimular su terror, empezó a revisar discretamente sus bolsillos, buscando el aro de oro que tenía que poner en el dedo de su marido. Estaba indagando en los bolsillos de sus pantalones cuando la alcaldesa le hizo una pregunta y logró balbucear las siguientes palabras:

—Sí, quiero contraer matrimonio con Gumersindo Gómez Alonso.

Para Gustavo todo se volvió borroso durante los siguientes instantes mientras Gumersindo contestaba a la misma pregunta. Abandonó cualquier disimulo, revisando su traje con desesperación. Justo a tiempo, notó el tacto de algo metálico en el bolsillo de su pecho y arrancó el aro de su escondite con tanta fuerza y tantos nervios que lo lanzó como un disco hacia el círculo de los asistentes. El aterrado novio observó a cámara lenta la perfecta parábola del objeto, como si fuera una pesadilla.

Por suerte, el habitualmente somnoliento agente municipal, Simón Serrano, estaba atento. Había notado el nerviosismo del intérprete y estaba listo para ayudarle. Con la agilidad de un malabarista, Pelopincho dio tres rápidos pasos hacia delante y cogió al vuelo el anillo, justo antes de que diera con el suelo y desapareciera debajo del bancal de la oposición. En un santiamén, el aro fue felizmente devuelto a su dueño y los novios se besaron con el caluroso aplauso de los asistentes.