QUINCE DÍAS PARA ACABAR CON EL MUNDO

V.1: abril, 2015


© Manuel Astur, 2014

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2014


Ilustración de cubierta: Cristóbal Fortúnez


Publicado por Principal de los Libros

C/ Mallorca, 303, 2º 1ª

08037 Barcelona

info@principaldeloslibros.com

www.principaldeloslibros.com


ISBN: 978-84-16223-13-8

IBIC: FA

Depósito Legal: B. 10733-2015

Maquetación: Taller de los Libros


Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

QUINCE DÍAS PARA ACABAR CON EL MUNDO

Manuel Astur


1

Quince

Me siento mal. Me he sentido peor. Soy un desgraciado.

Soy un idiota. Vamos, tócame, estoy enfermo.


Touch Me, I´m Sick. Mudhoney



En el cristal, «Prohibido Amarse». Eso trae la pegatina que Manuel lee incesantemente sin llegar a sacar ninguna conclusión. «Prohibido Asomarse», traía antes de que alguien, probablemente otro adolescente, rascando con un mechero o una llave, borrara la ese y la o para deleite poético de los futuros pasajeros de esa línea de tren regional.

Al otro lado del cristal, un espléndido paisaje de montaña. Bosques verdes y húmedos bordeando un río muy caudaloso debido a las aguas del deshielo que llegan de las cumbres nevadas durante el invierno. Pequeños grupos de casas bajas muy juntas las unas a las otras como si quisieran protegerse de esa amenazante naturaleza. El mismo paisaje de siempre. La misma mierda verde y gris que ha visto durante toda su vida y que le provoca, en los días buenos, una profunda indiferencia y, en los malos, una gran angustia, una sensación de asfixia, de falta de espacio y aire.

A este lado del cristal, el interior de un vagón de tren de corto recorrido de mediados de los noventa que une la capital, Oviedo, con un montón de pueblos perdidos de los que nadie recuerda el nombre, en uno de los cuales se ha subido él. Pocos pasajeros. Una señora de unos setenta años, vestida toda de negro y con un pañuelo también negro en la cabeza. Él apenas se fija en ella, pues es la señora de siempre; la del pueblo, la de las tardes de invierno en una cocina pequeña y fría frente a una estufa de carbón; la que desayuna un vaso de leche con galletas maría, come un potaje de duras berzas cultivadas en su huerto y cena una ligera tortilla francesa; la que está siempre sola desde que murió su marido y tan sólo habla con las pocas gallinas que tiene cuando les da de comer, con algún vecino que pasa por el camino frente a su casa y la saluda por rutina, con sus hijos cuando vienen a visitarla para limpiarse la conciencia, dos veces al año —ella está bien y no hay quien la saque del pueblo, allí creció y allí morirá, la ciudad no es para ella y dice que sería tan sólo una molestia para nosotros, la pobre—, y a enseñarle unos nietos que la miran como miran a un dinosaurio de los cromos que coleccionan, algo destinado a la extinción o ya extinto, de otro tiempo, y cuya foto enmarcada ella besa todas las noches antes de acostarse, después de rezar el rosario, llena de amor y pensando que también la quieren, o cuando, cada dos domingos, baja al mercado del pueblo más cercano a comprar tres cosas y actualizar la libreta del banco a la que llega su mínima pensión e intercambia dos o tres frases con el cajero. Y otro adolescente, uno o dos años mayor que él, con la cara llena de granos, que intenta disimular con una barba demasiado rala, y que duerme con la boca abierta, probablemente soñando con la tetas de la moza que se dejó sobar la noche pasada o con el coche que se comprará en cuanto ahorre un poco de su sueldo de peón de obra; en el que podrá sentirse un triunfador presumiendo por las calles del pueblo y perder la virginidad en cualquier aparcamiento de discoteca con una chavala más fácil que la de ayer y de la que ya nunca se librará, una mujer que, cuando tengan hijos, engordará como una cerda descuidada y se convertirá en una extraña mientras la deja sola en la cama para irse al puticlub a pagar por un amor en el que nunca ha creído ni jamás admitirá necesitar. Nadie más.

Y, finalmente, con la cabeza apoyada contra el cristal, Manuel. En el otro extremo del vagón. Alejado.

Siente el frío del vidrio contra su frente. Hace espirales en el vaho de la condensación con el dedo y contempla, aburrido, cómo se deslizan las gotas. Lleva una camisa gruesa de leñador, unos tejanos y unos calcetines de lana dentro de unas botas de montaña casi nuevas. A su lado, en el asiento contiguo, descansa un forro polar, un bastón telescópico de aluminio y una mochila de montaña de colores chillones donde lleva todo lo necesario para pasar unos días en una cabaña en el monte con sus compañeros del club de montañismo. Aunque es muy alto, casi un metro noventa, cosa que le horroriza y que intenta disimular caminando un poco encorvado y mirando al suelo, su cara no se corresponde con su cuerpo, pues resulta tremendamente aniñada e imberbe, así que lleva el pelo largo, con raya al medio, casi siempre cayéndole el flequillo hasta la boca, protegiéndole de las miradas curiosas.

Escucha una cinta en el walkman. Es variada, de grupos grunge, o lo que él cree que son grupos grunge, pues entre Nirvana, Pearl Jam o Tad están los Who o Led Zeppelin, sin que se dé cuenta de que son lo que llamaría, con desprecio, grupos de viejos, pues encajan, con sus distorsiones, baterías potentes y unas letras que él supone profundas, dentro de sus esquemas. Se la regaló Adriana hace casi un año. Fue emocionante. Se le acercó al recreo y, con la sonrisa más bonita del mundo en su boca, se la dio. Se titula Cuando llueve me quiero más e incluso la decoró dibujando en la carátula un Jesucristo crucificado con gorro de Papá Noel. Desde entonces no ha dejado de escucharla. De hecho es la única que ha traído. Sujeta la caja distraídamente y, de vez en cuando, casi como en un acto reflejo, pues la sabe de memoria, consulta el título o el grupo de una canción escrita con la letra pequeña y redondeada de ella, como su cara, de buena estudiante, en la parte desplegable del interior. Se imagina que ella está aquí, a su lado, y que se cogen de la mano. Sería tan feliz. Se imagina que son mayores y que se fugan juntos en coche a recorrer el mundo sin rumbo fijo. Harían el amor cada noche, harían el amor a todas horas, y él le escribiría canciones preciosas y se las tocaría a la guitarra en cualquier motel de carretera y ella lloraría emocionada y harían el amor otra vez. Para siempre juntos, corriendo aventuras, follando como locos, uña y carne, dejando atrás kilómetros y kilómetros mientras en el equipo del coche suena música a todo volumen, haciendo pequeños conciertos para conseguir el dinero suficiente para salir volando otra vez, hasta que un día su leyenda fuera enorme y alguna discográfica le ofreciera millones por sacar sus discos y él aceptara y se hiciera mundialmente famoso y millones de jóvenes siguieran sus pasos y mandaran a la mierda esta sociedad asquerosa e hipócrita. Pero, aun así, la seguiría queriendo y estarían todo el día colocados y acapararían portadas de revistas del corazón por su escandaloso modo de vida. Sería tan feliz, piensa sin importarle que su sueño sea una mezcla de cosas leídas en revistas de música con la vida de su querido Kurt Cobain y su esposa Courtney Love. Incluso puede escuchar a la masa gritando cuando él aparece en el escenario. Se deja llevar hasta que recuerda que Adriana está con el idiota de Sergio y, como mucho, a él lo aprecia como a un amigo feo o a un perro. Quién va a quererlo a él; un pajillero larguirucho y feo, cobarde, sin talento para nada. Una rata asustada y miserable.


El tren se para en un pueblo de apenas cinco casas junto al río, donde la vieja se baja. Mira el agua sucia y agitada. Un tonto se frota las manos, la mar de contento, solo en el andén. En todos los pueblos hay tontos y a todos los tontos de pueblo les encantan los trenes. Madrugan para pasarse el día junto a las vías, hablar con el responsable de la estación, ver llegar e irse los trenes, meter sus miradas descaradas por las ventanillas y observar lo que hay dentro; esas sombras que pasan. Todos esos destinos, todas esas vidas desconocidas. Tiene que resultar excitante. O no, no cree ni que piensen. Quizás la parte más humana que tienen dentro les empuje a hacerlo, quizás el ser inteligente que podían haber sido con un poco de suerte mira nostálgico desde el fondo de sus ojos y se agarra a esas vías como un mono a dos barrotes. Como todos nosotros. Tonterías. Nadie piensa. Mejor así. Siente sueño. Bosteza.


El tren comienza de nuevo su silenciosa marcha y suena la puerta del vagón a su espalda. Alguien se para y observa, eligiendo el lugar donde sentarse. Se le acerca. Se sienta enfrente y escucha una voz que dice algo, tal vez Hola. Mira de reojo y distingue una sonrisa, en una cara hermosa, en una cara de chica, en un cuerpo que da miedo. No contesta y posa la mirada en suelo justo en el momento en que percibe el contorno de unas tetas. Se ajusta un auricular. Carraspea y mira otra vez hacia afuera, hacia los montes.

It isn’t me. We have some seed. Let me clip. Your dirty wings. Let me take a ride. Don’t cut yourself. I want some help. To please myself, canta Kurt Cobain. Recuerda cuando Adriana le dijo escucha esto, te va a molar. Estaban de excursión con la escuela para ver una central lechera o alguna otra mierda similar. Hará un año y medio, en el último curso, cuando eran mucho más amigos que ahora. Él se puso el auricular que ella le tendía y acercó su cabeza a la suya. El olor de su pelo, su piel blanca, tan cerca, su perfil sonriente. Ella le dio al play del walkman y empezó a sonar la canción. Rape me, rape me, my friend, gritaba el cantante. Nunca había escuchado nada igual. ¿Te gusta? Preguntó Adriana. Joder, sí, mucho, dice él tímidamente. Pues es Nirvana. Esta canción se titula Rape me. ¿Mola, eh? Mucho, mucho. ¿Sabes qué significa la letra? No, ni idea. Está cantando viólame, viólame, amigo, viólame, viólame otra vez, explica ella mirándolo fijamente a los ojos. Sonríe. Le brilla la mirada. Sí, le brilla la mirada mientras dice viólame, amigo, a su amigo. Él no contesta. No puede hacerlo. Jamás podrá hacerlo. Si pudiera contestarle no sería él y sería un chico popular, un chico con el que Adriana querría estar, por el que Adriana se dejaría violar.

Suspira.

¿Wawa, wawa manía?

Alza la vista y, tras la cortina de pelo donde está el mundo, ve que la chica que tiene enfrente le está diciendo algo.

¿Wawa, wawa manía? Repite ella, sonriendo. Él se quita un auricular. Tendrá dos años más que Manuel. Es decir: es mayor, demasiado mayor. El pelo rubio y liso, la piel blanca y unos bonitos ojos azules. Es muy guapa. Aunque, claro, a él casi todas le parecen guapas, sobre todo si se dignan en sonreírle. Lleva un vestido de florecillas.

Ah, perdón, estabas escuchando música.

No…no pasa nada, dime, contesta él fingiendo la mayor de las indiferencias.

Te preguntaba que si te vas a la montaña.

¿Montaña? No, qué va, vengo de fiesta, de doblete. Estoy hecho papilla, me voy a pasar el domingo durmiendo, jajajajaja, ya sabes, dice. Traga saliva y esboza una sonrisa. Detesta sonreír. Su sonrisa le hace parecer aún más niño.

Ah, bueno, lo decía por la mochila… dice ella.

Ah, bueno. ¿Esto? Ah, sí, nah, es del viernes, que fui a hacer escalada y luego me pasé todo el finde en casa de un colega. Me gustan las experiencias fuertes. Me ponen. ¿Me ponen?¿Escalada? Qué mierda está diciendo, qué sale por su boca. Siente oleadas calientes de vergüenza subiendo por sus mejillas.

Qué guay, escalada. Tiene que ser muy divertido. Aunque peligroso, ¿no? Pregunta ella. Sin duda es medio tonta. Escalada, él, ja, si tiene brazos como fideos.

Nah, no te creas. Vamos muy asegurados y, además, cuando esta mano se agarra a algo, no hay Dios que la suelte, explica mientras hace un gesto tensando su mano, como agarrando una bola de billar. Ella le mira la mano y sonríe. Él se mira la mano. Ese gesto es de hacerse una paja. Retira la mano, se coloca un mechón del flequillo detrás de la oreja.

Qué guay… Tiene que molar.

Se quedan en silencio. Ella sigue mirándolo. Analizándolo. Se acomoda en el asiento, relajada. Una rodilla está muy cerca de la suya.

No te había visto nunca ¿De dónde eres? Pregunta mirándolo fijamente a los ojos y agrandándolos con un gesto encantador.

La rodilla, su rodilla, sus rodillas ya están en contacto directo y a ella no parece importarle lo más mínimo.

De Prámaro… Bueno, llevo poco viviendo ahí, antes vivía en Madrid, miente él, que además no vive en Prámaro sino en una aldea cercana llamada Sauco.

Ah, qué guay, Madrid. Yo voy a veces a ver a un tío mío que vive allí. ¿Dónde vivías?

Tendría que haber dicho Barcelona. Jamás ha estado en Madrid. Pero quién iba a pensar que una niñata paleta conocería esa ciudad. Por su cabeza pasa lo poco que sabe sobre Madrid. Es muy poco. La rodilla. Mira la rodilla. Mira la fuente de calor tan cerca de su piel. Se queda mirando la rodilla, pensando.

Bueno, realmente viví en muchos sitios. Dependiendo del familiar que me acogiera esa temporada.

Vaya… ¿Y tus padres? Él la mira, tiene los ojos llenos de ternura. Es idiota, se lo traga todo.

Mis padres murieron en un accidente de avión cuando yo era bebé.

Oh, lo siento. Soy una bocazas, no sabía… se disculpa, realmente triste. Muy idiota.

Nah, no te preocupes. Ni me acuerdo de ellos. Además eran muy ricos y me dejaron una herencia de la hostia. Incluso me alegro, seguro que serían un coñazo y así puedo hacer lo que quiera siempre.

Ah, bueno… Sonríe y él alza la vista un momento para, en cuanto se encuentra con sus encantadores ojos, volver a posarla en su rodilla. El calor de la rodilla ya sube por su pierna, hasta llegar a su. Se imagina qué pasaría si posara su mano, como quien no quiere la cosa, en su rodilla, igual no dice nada, igual lo está deseando, y después siguiera subiendo, poco a poco, hasta llegar al límite del vestido, hasta llegar a

¿Y sales mucho por Prámaro?, pregunta. Yo la verdad es que no suelo ir mucho, aunque tengo muchas amigas. Me gusta más salir por Oviedo.

Levanta la vista de nuevo. Ella continúa mirándolo fijamente. Tiene unos ojos preciosos. Es toda ojos. Ojos y rodilla. Siente que se está enamorando. Otra vez.

No, qué va. Yo también salgo por Oviedo. Prámaro es un rollo. No va conmigo.

Qué raro que nunca hayamos coincidido, dice ella como si realmente tuviera algo de raro. ¿Por qué bares sueles ir?

Pues suelo ir al Channel, al Zalabán, a la Cueva… no sé, a bares con buena música y buen alcohol, jajajaja, presume él repitiendo de memoria nombres de sitios que oyó decir a su hermana.

Qué guay. Pero creía que habían cerrado el Zalabán. Por denuncias de los vecinos porque parece ser que se vendía mucha droga.

Mierda.

Ah, bueno, sí, sí, me refiero a que antes iba mucho y ayer fui porque el dueño es colega y lo abrió sólo para nosotros, para los amigos. Una risa.

Ella se acomoda todavía más y su rodilla ejerce aún más presión contra la suya. Él se concentra a fin de no mover ni un músculo de su pierna no vaya a ser que ella se dé cuenta y la aparte.

Y entonces lo ve, ahí, detrás de las rodillas. A ella se le ha subido ligeramente el vestido y se le ven las bragas. Y ni se da cuenta. Son blancas, de algodón. Le da un vuelco el corazón.

¿Wawa juas pom pom ti tú to?

Los pliegues de sus muslos contra el blanco algodón, los pliegues, el leve abultamiento, el leve abultamiento contra el asiento. Nota la sangre gritando por todo su cuerpo. Su ojos, la rodilla, la bragas, los pliegues, el sexo. El sexo.

¿Wawa juas pom pom ti tú to? ¡¡Eh!!

La mira. Está preguntándole algo.

Te estoy diciendo que si quieres follar conmigo, dice ella divertida. Él está a punto de soltar un grito.

¿Cómo? ¿Qué?, pregunta atropelladamente.

Que te estoy diciendo que si es muy buen amigo, repite ella.

¿Cómo? ¿Quién? ¿Qué?

El del Zalabán…

Ah, ya, ya, ya, ya… bueno, sí, esto, sí, lo es, lo es, claro, claro, muy amigo.

Las bragas, que deben oler a gloria. Las braguitas. Y su pene. Mierda, su pene, duro como una roca. Dobla una pierna lentamente y la cruza sobre la otra. Disimula el bulto. Ella no se ha dado cuenta.

Qué bueno, ¿y a qué instituto vas? Se rasca el muslo.

Al Cesar Areces, contesta él, sin mentir por primera vez.

Ah, qué guay, pues entonces igual conoces a mi novio. Es de Prámaro y estudia allí. Se llama Juan. El Chulo lo llaman. Y, por cierto, es mucho más guapo que tú. Es un macho y no un maricón como tú. Es rubio y juega al fútbol en el equipo. Seguro que lo conoces… dice ella sin dejar de sonreír.

¿Hola?¿Sigues ahí? Y la ve agitar la mano como saludándolo, divertida. ¡Estás en las nubes! Te decía que se llama el Chulo. ¿No lo conoces?

Ah, sí, perdón, me he quedado pillado… lo conozco de vista, parece majo… contesta. Claro que conoce a ese subnormal. Tendría que haberlo supuesto. Una chica tan guapa, pero retrasada mental, tiene que estar con un capullo.

Sí, lo es. Es un encanto. Si un día coincidimos por ahí de marcha, te lo presento. Te va a caer muy bien. También le gusta mucho la música, va a esos bares que te molan.

Ja, sí, seguro, qué sabrá ese tipo de música, qué sabrá de nada. La vida le ha sonreído, pero no es nadie, no es nada, nunca llegará a nada y envejecerá y será un tipo embrutecido, feo, gris y alcoholizado y te pegará tremendas palizas a ti, que serás una maruja amargada y a todos vuestros hijos de mierda. Ni en pintura quiero verlo. Las bragas, el calor de la rodilla, la mano rascando el muslo, el pliegue, el abultamiento.

Ah, ya, bueno, seguro, guay… Oye, perdona, voy al baño. Ahora vuelvo.

No espera a que ella conteste y se levanta. Coge la mochila y le sujeta del asa con disimulo a la altura de su entrepierna. Atraviesa varios vagones casi corriendo y entra en el retrete. Se sienta en la taza. Los latidos de su corazón van al ritmo del traqueteo. Se levanta. Se baja la bragueta y se masturba como si quisiera castigarse. Apenas diez segundos. Se limpia. Se lava las manos. Se mira la cara en el espejo. Está blanco. Tiene gesto de haberse hecho una paja. Blando, imberbe, como masa de pan sin cocer, como queso fresco sin sal. Abre el grifo, se moja el rostro. Se seca con papel. Se sienta otra vez y refugia su cara entre sus manos. Se queda así el tiempo necesario.

A los quince minutos, se levanta y sale del baño. Avanza en dirección a su asiento, en la misma que avanza el tren, y le gusta esa sensación de caminar a sesenta kilómetros por hora. Mira por la ventana y se ve reflejado, superpuesto al paisaje en fuga, y se imagina que no es un reflejo, que es real, que camina fuera a la misma velocidad que el tren. Sonríe y saluda a los viajeros de dentro. Qué tipo, además de un milagro de la naturaleza, es simpático. Increíble. Le pica en la ventanilla. Ella se asoma, sorprendida. El viento agita su cabello. Hola, nena. Ah, ¿esto? ¿No sabías que soy algo así como un Dios? Ya ves, le dice a ella, que se ha quedado sin habla. Bueno, venga, nos vemos. Quedamos un día de estos. La deja atrás. Avanza como un rayo, más rápido que el tren, más rápido que nadie ni nada, y llega, por fin, a su asiento, donde tiene que derrapar para no pasarse de largo. Se sienta, aún sonriendo en su ensoñación, y nota la mirada sorprendida de ella justo cuando comienza a percibir claramente el olor de las suelas quemadas de sus botas.

Parece que lo has pasado muy bien ahí dentro, dice ella.

Él no dice nada.

Ups, eso ha sonado muy mal. Lo siento, añade ella, notando su incomodidad.

No pasa nada, jajajaja. Nah, es que de la que volvía me he encontrado a un colega y he estado hablando con él, miente por fin.

Ah, veo que tienes muchos amigos. Eso es bueno. A todas estas ¿cómo te llamas? Pregunta ella, que sigue siendo cruelmente agradable.

Se lo dice.

Encantada. Yo me llamo Sofía. Bueno, Sofi, así me llama todo el mundo, dice sin que nadie le haya preguntado. Dos besos, ¿no? Que nos acabamos de conocer. Añade inclinándose hacia él.

Se dan dos besos castos en las mejillas. Su pelo huele a vainilla. Dios, su pelo huele a vainilla. La cogería de la cabeza y estaría años oliendo y besando su pelo rubio. Le arrancaría la cabeza y se la llevaría consigo en la mochila a todas partes. Le arrancaría el cuero cabelludo con un cuchillo y dormiría abrazado a él todas las noches.

Eres mono… ¿Qué edad tienes? Pregunta ella, tras mirarlo de arriba a abajo, coqueta.

Dieciocho. Los cumplí en enero, miente. ¿Mono? ¿Cómo que mono? ¿Mono de chimpancé o mono de guapo?

Anda. Pues pareces más jovenzuelo.

Ya, me lo dicen mucho, es porque no tengo casi barba, dice él acariciándose sin querer el leve vello negro que tiene encima del labio y que su hermana le ha dicho mil veces que se afeite porque ni es bigote ni es nada. Ahora se arrepiente de no haberle hecho caso. ¿A quién pretende engañar? No tiene ni un casi barba, ni un casi digno, ni un casi adulto, ni un maldito pelo que pueda llamarse así. Esa sombra ridícula, como una mancha de ceniza o acuarela negra muy aguada, delatando su inmadurez, su virginidad, sus miles de pajas clandestinas, las montañas de bolas de kleenex debajo de su cama.

Mira por la ventanilla. Grandes chimeneas. Descampados. Bolsas de supermercado enganchadas en la maleza que bordea la vía. Pequeños huertos con sus pequeñas chabolas de hojalata. Naves industriales. Calles vacías y grises del extrarradio donde algún niño tira piedras a una rata asustada. Fábricas sospechosas. Almacenes dignos de un crimen. Chatarreros. Garajes deprimentes. Pequeñas casas obreras de ladrillo, todas idénticas, en hilera, donde adolescentes medio analfabetos mueren de sobredosis. Madres llorando en pequeñas y sucias cocinas. Padres borrachos. Bares de viejo con serrín en el suelo y ancianos tan disecados como la cabeza de jabalí que cuelga encima del televisor sin sonido, jugando al dominó de la rutina mientras esperan la muerte. Gatos esqueléticos viendo pasar el tren. Tapias llenas de musgo más gris que verde. Postes de la luz demasiado inclinados. Un sauce llorón, una mimosa increíblemente amarilla y alegre que parece reírse de algún chiste. Ya están llegando.

Se fija en que ella también está mirando por la ventanilla. Pero al contrario que él, con su sempiterno gesto de total indiferencia, sonríe. Tiene que ser muy idiota para estar siempre contenta, tiene que ser un poco retrasada. Intenta imaginarse lo que hay en su cabeza. Su mundo alegre y feliz donde siempre hace sol y todo es regocijo; donde llueve para poder quedarse a gusto en casa; donde nieva para que las Navidades sean aún más perfectas; donde hace frío para poder encender la agradable chimenea; donde se pone enferma para poder pasarse el día en la cálida cama viendo la televisión y leyendo revistas femeninas y bebiendo caldos de pollo que su madre le trae cada poco. Un chalet en las afueras, en un tranquilo barrio residencial; unos padres cariñosos; quizás un hermano mayor que la quiere y protege; montones de Navidades llenas de gestos agradables, risas y regalos caros; veranos pasados en otra casa, en otra provincia, en la costa; paseos en scooter entre altos pinos; partidos de voleibol con sus amigas en la playa; veranos fantásticos y soleados de los que vuelve con la piel tostada, el pelo más rubio, más alegre, con sus ojos azules aún más azules; veranos de primer beso en una fiesta en la playa, junto a una hoguera; la primera vez, cuando sus padres se fueron unos días, con su primer novio, al que tanto quiso; sus amigas, casi tan guapas como ella; miles de conversaciones sin importancia, pequeñas decepciones que hicieron brotar lágrimas diminutas de sus ojos y que pronto fueron olvidadas tras obtener la enseñanza adecuada, la moraleja necesaria; una habitación amueblada estilo juvenil, con peluches encima de la cama, que siempre está recién hecha y con las sábanas limpias, la ropa de bonitos colores colgada en perchas en el gran armario, la ropa interior en los cajones de la cómoda, sí, la ropa interior, perfectamente doblada, tan blanca, entre bolitas, la ropa interior, entre bolitas con olor a vainilla; incluso el suelo de moqueta mullida y peluda por la que camina descalza; la ropa interior, las zapatillas rosas, la pequeña y delicada ropa interior; incluso el perrito al que llamaba Totó y que murió hace dos años de puro viejo y que nunca olvidará y por el que lloró tanto y que enterró en el jardín en una caja con su hueso de plástico preferido o su camita; incluso un montón de cartas atadas con un lazo rosa metidas en una caja de caoba tallada, junto a unos anillos, unos pendientes, una entrada usada de cine, una foto de su chico y un jabón aún sin usar, envuelto en papel satinado y que huele a coco, a coco y buena vida, a coco y ropa interior blanca, a coco y vida llena de facilidades, a vida justa, a vida feliz e idiota. Siente que la odia. La odia con todas su fuerzas.

Llegan a la estación.

La odia tanto que podría amarla para siempre. El pájaro que tiene dentro agita las alas asustado.

El tren comienza a frenar. Él la mira fijamente. Se lo va a pedir. Venga, sí, se lo va a pedir. Si está claro, si es mono. Ella lo mira, aún sonriendo. Él le devuelve, queriendo hacerlo, por primera vez, la sonrisa. Una sonrisa torpe, entumecida, fofa, desentrenada. Venga, vamos, estaba pensando que podrías darme tu teléfono y te llamo y quedamos algún día para dar una vuelta por ahí. Venga, nos intercambiamos los teléfonos y te llamo para ir a algún concierto bueno. Venga, va, pregúntaselo. Llevarla a la cama, hacerle el amor, demostrarle lo que vale. Ella vuelve a mirar por la ventanilla y sonríe aún más, mucho más: en el andén está esperándola su novio, agitando alegre los brazos, como un idiota. La odia, la odia, la odia con toda sus fuerzas.

¡Ha venido a buscarme! Exclama como si fuera la cosa más sorprendente que le haya pasado en la vida mientras se levanta casi de un salto y se pega mucho a la ventanilla como un perro dentro de un coche agitando el rabo. ¡Qué mono es!

Mono, todos son monos para ella, pero hay monos y monos, piensa él. Yo soy un mono tonto, un mono que se huele el culo, un mono del que reírse, un mono por el que hay que sentir compasión.

Se abren las puertas y ella sale corriendo como si hiciera años que no viera al mono bueno y guapo. Se abalanza entre sus fuertes brazos.

¡Qué tonto eres! ¡Me habías dicho que no podías venir! ¡Me habías engañado! Le dice ella. Su novio farfulla algo muy chulo. Ella suelta una carcajada.

He venido en el tren con un chico muy majo que va a tu instituto. Seguro que lo conoces de vista. Ven, que te lo presento, añade cogiendo al novio de la mano y yendo en dirección adonde cree estará él.

Pero no lo encuentra. Se queda desconcertada. Le dice su nombre. El novio dice que no conoce a nadie que se llame así.

Él no ha escuchado nada de esto último. Ha echado a correr justo después de que ella saliera del vagón y ahora avanza entre la multitud que abarrota el vestíbulo de la estación fingiendo ser cojo. Aparentando ser un niño lisiado. Dándose mucha pena a sí mismo.

Doce

He estado aquí sentado demasiado tiempo

y he sido malgastado.


Gold Sounds. Pavement



La bañera es demasiado pequeña para Manuel, lo que le obliga a permanecer en postura fetal. Tiene los ojos cerrados. Nota las minúsculas heridas de artos y matorrales, como pequeños latigazos, que cubren sus piernas y sus brazos. Se siente agotado y no tiene ganas de pensar en lo que pasó el día anterior. Además, tampoco lo recuerda con demasiada claridad, no mejor que una película sin mucha importancia vista alguna tarde perezosa. Una serie de movimientos que, a pesar de durar más de una hora, le parecen un minuto. El estar sentado con la mente en blanco en una silla frente a la cabaña, ajeno a todo, incluso sintiéndose tranquilo, como si estuviera descansando tras partir una increíble pila de leña. Coches poniéndose, frenéticos, en marcha, con Ramón extendido en la parte de atrás de uno, la cabeza apoyada en un regazo y una camiseta ensangrentada cubriéndole la herida. El sonido de los neumáticos en la gravilla, la estela de polvo que dejan tras de sí. Pitolo, en su coche, nervioso, fumando, preguntándole qué coño se le y respondiéndose a sí mismo que ya sabía que no y que sin duda se y que pero que hay que aprender y no dejarse ya que pero bueno, y él sentado a su lado, sin escuchar y pensando que la música que está sonando en el equipo es una mierda. Sintiendo que lo más importante, lo necesario y urgente, es cambiarla, y que, si no fuera porque ha metido su mochila en el maletero, pondría la cinta que Adriana le regaló. El oscurecer, las luces de la ciudad guiñando los ojos al fondo, los arbustos, un rebaño de vacas, el cansancio, similar al de la vuelta a casa tras un precioso día en la playa, tras una tormenta de verano, el olor de la hierba recién cortada, algo parecido, de un modo extraño y retorcido, a la felicidad, pero sin terminar de ser dicha del todo, apenas susurrada.

Coge champú y se enjabona el pelo. Se echa hacia atrás y sumerge la cabeza. Se queda un rato bajo el agua, adonde llegan los sonidos distorsionados de la música que su hermana y su cuñado están escuchando en el salón y algún murmullo ilegible de conversación entre los dos. Extiende una pierna, se enjabona todo el cuerpo. Observa las islita flotante que es su pene. Vuelve a cerrar los ojos. Respira profundamente. Escucha que pican en la puerta y a su cuñado llamándole.

¡Cagote!, grita mientras aporrea la puerta con el apelativo que siempre usa para referirse a Manuel. ¡Cagote! ¡Fuck! ¡Sal ya, que me estoy meando vivo!, dice para justificar sus aporreos, aunque Manuel sabe que, simplemente, tiene ganas de verle, pues acaba de llegar de trabajar.

¡Va! ¡Joder! ¡Mongol! ¡Qué prisas!

Sale de la bañera, se pone un albornoz muy viejo y deshilachado de color verde que está colgado cerca y sale mojando el suelo y sin secarse el pelo, que gotea. Abre con su mano un agujero en el vaho del espejo y se mira, coge el peine y se echa el pelo hacia delante.

Nada más salir del baño, siente una colleja en la nuca y se gira violentamente para ver cómo su cuñado se abalanza sobre él entre risas. Intenta soltarse del abrazo, pero es mucho más fuerte. Intenta enfadarse, pero tampoco puede y no le queda otro remedio que reírse entre lamentos.

¿Qué pasia, cagote, queraías que me meiara ensiama? Pregunta su cuñado en un castellano repleto de encantadores defectos que ahorraré a partir de ahora, porque sería un insulto tratar de hablar como él y lo recuerdas de sobra.

Por mí como si revientas, mongol.

Su cuñado, Sean, es escocés. Bajo, fuerte y con melena rizosa y castaña, a pesar de estar comenzando a quedarse calvo de un modo demasiado visible. Tiene la piel muy blanca con tendencia al rojizo, ya que, debido a su trabajo en la construcción, pasa muchas horas al sol. La cara redonda y siempre adornada por una sonrisa divertida y unos ojos pequeños y cariñosos. Y entró en su vida como una bendición hace unos años, siendo Manuel un niño. Se levantó un día por la mañana para recibir a su hermana mayor que acababa de llegar de pasar una larga temporada en Londres, donde trabajaba de camarera, y se encontró en la cocina, tomando un café, hablando con su hermana e intentándolo con su madre, a ese ser tan extraño de pelo largo que no tenía problemas en estar delante de su futura suegra en calzoncillos. Se limitó a observarlo en silencio mientras su hermana se lo presentaba. Su cuñado intentaba repetir con escaso éxito la primera frase en español que su suegra, por alguna razón ajena a cualquier clase de lógica, había tratado de enseñarle: la lluvia en Sevilla es una maravilla. No tenía problemas en reírse cuando todos se reían ante sus graciosos fracasos. Parece chino, dijo Sean. Dice que parece chino, tradujo su hermana. ¿El qué parece chino?, preguntó Manuel hablando por primera vez. El español; dice que el español suena como chino, contestó su hermana. Y él se quedó sin habla ante esta revelación, esta brutal constatación de que existen personas de otros países que piensan que el español parece chino y que, además, pueden ser los novios de tu hermana mayor.

En el salón lo está esperando su hermana con una taza de café. Se sienta y observa en silencio mientras ésta se va a la cocina. Un gran póster de Jim Morrison enmarcado; un cuadro abstracto de un artista amigo de ellos; una estantería repleta de vinilos junto a un equipo de música, donde suena desgarrada y cálida la voz de una cantante que él aún no sabe se llama Janis Joplin, pero que le gusta, como le gusta todo lo de ellos; sin televisión; un sofá cubierto con una colcha estampada con motivos indios; otra estantería llena de libros; la guitarra acústica que toca su cuñado y que él ha manoseado torpemente alguna vez sintiéndose un genio de la música, en su soporte; una lámpara de lectura junto a un sillón de cuero desgastado donde su hermana suele leer; una lámpara de techo de papel blanco. Todo tan diferente a la casa de sus padres, esa casa anodina donde vive, con cuadros de mueblería con escenas de caza imitando óleo, con la alfombra desgastada, la misma desde hace treinta años, con fotos de falsa alegría enmarcadas en plata o algo que se le parece y muebles de roble macizo tan sólidos y oscuros como la tristeza que empapa el ambiente. Todo tan perfecto, como a él le gustaría que fuese la vida.


Su cuñado entra en la sala y se queda de pie delante del tocadiscos. Busca entre sus discos y finge sorpresa cuando coge uno. Sonríe y quita el disco que estaba sonando. Saca con delicadeza el vinilo de su funda, lo observa sujetándolo entre sus dos manos a la altura de la cara y, finalmente, tras chasquear la boca satisfecho, lo pone en el plato. Deposita suavemente la aguja y suena ese crujido, al que le sigue ese susurro, ese silencio que no es silencio del surco en tierra de nadie. Sale por la puerta del salón en el preciso instante en que el susurro-silencio pasa a ser el silencio de antes de una canción. Él sabe que le ha preparado un descubrimiento musical, que acaba de escenificar un momento clave de su propio aprendizaje, que le ha regalado otro momento necesario, y que estará en la cocina el tiempo justo para que escuche con asombro esa nueva joya, momento en el que volverá, como quien no quiere la cosa, sin darle ningún tipo de importancia. Así que intenta concentrarse en la canción que comienza a sonar a gran volumen. Pero no suena ninguna nota y, en cambio, se escuchan ruidos de un bar. Copas golpeándose, hielos chocando dentro de esas copas, charlas y risas en un idioma extranjero, las risas también, lo sabe, son diferentes en el extranjero, más seguras de sí mismas, más listas, respondiendo, sin duda, a cosas más inteligentes, una guitarra siendo afinada, un plato de batería, todos esos sonidos que él nunca ha escuchado en directo. Las chicas hermosas y elegantes, los hombres inteligentes y duros pero bien vestidos, los sofás de terciopelo, el suelo de madera, las mesas redondas y bajas repletas de vasos y cervezas con un cenicero lleno de colillas. Incluso puede oler el humo que carga el aire. Las luces, no demasiado intensas, que potencian la charla y la seducción, el pequeño escenario al fondo donde Manuel y su banda están a punto de actuar. Alguien se le acerca y le susurra que es el momento y, tras disculparse, se levanta de la mesa donde estaba siendo el centro de atención. Se siente bien con sus pantalones de cuero, su americana negra y sus botas de montaña nuevas. No, con sus pantalones vaqueros gastados y su camiseta negra. Se sube al escenario y se acerca al micrófono para decir algo, pero se lo piensa mejor y se limita a observar por encima de las gafas de sol, que usa aun siendo de noche, pues evitan que la gente le mire directamente a los ojos. El público está expectante. Manuel suelta una carcajada, se da la vuelta, coge su guitarra y comienza a tocar. Los asistentes aplauden y gritan reconociendo el tema. Su banda lo sigue. Son un mecanismo bien engrasado. Ve a Adriana entre el público, en las primeras filas, de pie, como los perdedores que no tienen mesa reservada en ese exclusivo club, buscando el contacto visual, que la reconozca. Los años no han pasado por ella, está igual de hermosa que siempre. No, está gorda y, aunque se ve que se ha esmerado al máximo en su maquillaje y ropa, no puede ocultar a la triste aldeana que se esconde detrás. Sin duda es la primera vez que viene a un bar como éste, piensa sin mirarla, mientras su guitarrista tiene su momento de gloria con un estupendo solo. No tendría que haber pasado de mí. Tres hijos y una vida desgraciada, eso es lo único que ha conseguido. Siente una oleada de lástima por ella. Esa noche, seguramente, escribirá una estupenda canción sobre el desamor y el paso del tiempo en su fantástico apartamento de Nueva York. No, de Seattle. Finalmente, la mira, y sus ojos, excesivamente maquillados, expresan un dolor a la altura de sus sueños rotos, son como los de un perro asustado. Es un animal, piensa, y tiene que apartar la vista. Ella ha notado que la ha reconocido y ha comprendido. Grandes lágrimas caen por sus mejillas.

Esta canción, dice, está dedicada a todas las chicas que no me quisieron amar. Les doy las gracias, ya que ahora no sería quien soy. Todo el mundo grita enloquecido y él empieza, solos él y su guitarra acústica, una canción increíblemente buena y sensible. No, no, empieza todo el grupo una canción muy ruidosa y llena de rabia y Manuel grita como poseído por el dolor y revienta, en pleno éxtasis, la guitarra eléctrica contra el amplificador. Cuando termina el concierto, se baja del escenario y vuelve a la mesa donde estaba. Ella ya se ha ido. No, no, ella se le acerca. No ha cambiado nada, parece que siga teniendo dieciséis años, y se abalanza sobre sus brazos y le dice que siempre lo ha amado y él la perdona y le dice: No pasa nada, nena, pero ahora las cosas se harán a mi manera. No, no, hemos dicho que estaba gorda y sigue estando gorda, y se le acerca, pero finge no saber quién es y, cuando le dice su nombre, hace memoria y la reconoce sin entusiasmo. La mira de arriba a abajo y nota cómo tiembla, hasta el último músculo de su cuerpo se estremece, debajo de ese barato vestido que se ha comprado para la ocasión. Ah, sí, Adriana. Cuánto tiempo, dice con desgana. ¿Qué haces aquí? Este no es un sitio adecuado para una ama de casa decente y aburrida. Te veo gorda y vieja, qué mal te ha tratado la vida, añade para regocijo de sus compañeros de mesa. Ella balbucea algo ininteligible y sale corriendo. Él se queda mirando cómo se pierde entre la gente. Sabe que nunca más la volverá a ver y piensa que es mejor así.

¿Quién era esa rara? Le pregunta un chica despampanante que lleva toda la noche tras él. Nadie, contesta, no es nadie, y la coge por la nuca y la acerca con violencia hasta su boca. No puede evitar que tenga un sabor amargo. A oportunidades que no volverán. A pasados rotos. Qué bueno, sí.

La canción termina sin que Manuel se haya enterado de nada. Su cuñado regresa y se sienta a tomar una gran taza de café americano, como siempre lo toman en esa casa, muy aguado pero más útil para mantener largas conversaciones. Comienza otro tema y los dos permanecen en silencio. En esta ocasión, cosa rara, canta una chica con una voz muy dulce y algo desafinada, pero extrañamente perversa. Como debe de cantar una vagina, piensa. Las guitarras que la acompañan parecen ir a destiempo y estar desafinadas, pero, sin embargo, en conjunto encajan y tienen ritmo. Es extraño. Ruido que no es ruido. Ruido que es lo opuesto al ruido. Ruido que no está enfadado. Nunca ha escuchado algo así y no sabe si es lo mejor que ha oído en su vida o un horror. Nota que, aunque disimule, su cuñado lo está mirando de reojo, expectante.

¿Qué es esto que suena? Pregunta.

¿Cómo?

Que qué es esto que suena.

¿Esto? Y entorna los ojos hacia arriba como si ni tan siquiera estuviera escuchándolo hasta ese momento. Ah, bueno… Son The Velvet Underground…

Manuel no dice nada y se limita a afirmar con la cabeza.

¿Qué? ¿Te gusta? Pregunta impaciente su cuñado, ya sin disimular, abiertamente ilusionado, sonriendo y con los ojos muy abiertos.

Molan. Son raros. Muy a toda hostia. Pero profundos. Están bien, improvisa.

Sí, son la hostia, constata Sean.

Permanecen un buen rato escuchando y bebiendo café. La música sigue sonando a todo volumen. Sí, sin duda es lo más extraño que ha oído en su vida. Lamenta no saber inglés para poder entender las largas letras, que parecen ser muy importantes e interesantes, pues logra captar palabras como Jesucristo, estación del rock, heroína, botas negras y mi hombre. Palabras fantásticas. Promesas.

¿Es un directo, no? Pregunta, y se arrepiente al momento porque es obvio.

No, no. Lo parece pero no. Es un falso directo para dar la sensación de que estamos en un club, que es donde mejor se les disfruta, informa Sean, haciendo que se arrepienta de haberse arrepentido por formular la pregunta.

Ahora le toca a Manuel decir algo, mostrar más interés, pero no le apetece y la música sigue sonando atronadora. Se acerca la taza de café a la boca por hacer algo y, aunque está vacía y no ve más que un poco de azúcar marrón en el fondo, finge beber por no quedar como un idiota. Su cuñado lo mira como si fuera el ser más maravilloso y sorprendente que ha visto en su vida.

¿Quieres más café? ¿O más azúcar? Pregunta, divertido. Él asiente con seriedad y le tiende la taza. Sean la coge y se va a la cocina. Al pasar a su lado le acaricia la cabeza con brusco cariño, despeinándolo ligeramente. Sean es el tipo que más se divierte del mundo, todo le parece graciosísimo, qué tío, parece tonto a veces, piensa, molesto. Claro, es mayor, folla, ha vivido mucho, mucho ha vivido, así cualquiera estaría alegre. Es inglés, el muy cabrón. Inglés. Claro. Razona mientras vuelve a colocarse la raya al medio y a estirarse el rígido flequillo. No soporta que le toquen el pelo, nadie, ni siquiera su cuñado, ni siquiera el viento, pero él se lo toca por cien, a todas horas, consiguiendo que éste luzca, a ojos de cualquier persona mayor de dieciocho años, apelmazado y aceitoso.

Su cuñado vuelve con otro café para él, que lo coge sin dar las gracias y echa un trago.

Los vi en concierto hace unos años, retoma Sean sin que Manuel sepa de qué está hablando, lo cual le hace sentirse un poco culpable por no estar disfrutando con todo su ser de esos momentos de experiencia y sabiduría que luego él proporcionará a quien quiera escucharle y que le hacen sentirse tan especial ante todos los insectos de su instituto que no conocen a, por ejemplo, este grupo, como coño se llame.

¿Cómo decías que se llamaban?

The Vel-vet Un-der-gro-und, repite su cuñado impaciente por seguir con su historia.

Ah, vale, vale, dice como si le molestara tener que volver a escuchar algo que ya sabía. ¿Y dices que los viste hace unos años? ¿O sea que estaban de gira presentando un disco o algo, no?

No, hombre, no. The Velvet hace más de dos décadas que no sacan disco, contesta Sean encantado por su cara de desconcierto. Los vi hace uno años en Nueva York, donde viví, porque dieron unos conciertos privados conmemorando el aniversario de su disco más famoso, se apresura a explicarle antes de que le explote la cabeza por tanta información sofisticada.

Aaaaahhhh… Nueva York. Lo sabía, bien. Nueva York, qué bueno. Vivir en Nueva York o en Seattle o Londres, piensa, como si estuviera hablando de pueblos cercanos que fueran intercambiables y muy parecidos. Vivir allí. Ser joven allí. Lejos de todo esto.

Sí. Yo estaba allí después de lo del accidente, tras recorrerme todo Estados Unidos en plan beatnik tomando ácidos todo el día, prosigue su cuñado, adentrándose ya en la parte de la narración biográfica de crecimiento y descubrimiento juvenil, para la que ha servido de excusa el grupo, como siempre hace.

Ya, entiendo, afirma él como si entendiera qué significa en plan beatnik o estuviera acostumbrado al consumo de ácido, aunque fuera sulfúrico.

Era invierno y estábamos a diez grados bajo cero y, como se nos había acabado el dinero tras un año vagabundeando por ahí, nos encontramos en un aprieto muy grande, man. Cuando digo nosotros me refiero a mí y a mi amigo Jack, Jack Kerouac, al que había conocido durmiendo en una estación de autobuses en Nebraska y con el que había pasado todo el verano en Frisco poniéndonos hasta el culo de todo, todo el día en bañador y escribiendo poesía. Bueno, eso yo, porque él era novelista. El caso es que, finalmente, se me había acabado el dinero que me habían dado cuando me atropelló ese fucking bastard. Había durado mucho, la verdad, llevaba un año por ahí dando tumbos desde que salí del hospital. Ya lo sabes, ¿no? Puntualiza, remarcando el único hecho constatado de su narración: que cuando tenía dieciocho años lo atropelló un conductor borracho a la salida de un pub, por lo que se pasó un año en el hospital luchando para no quedarse paralítico y la aseguradora le dio un montón de dinero que no tardó en gastarse tratando de recuperar la vida. Dinero que podía haber sido mucho más si Sean no hubiera ido, a su vez, borracho como una cuba, según aclara jocosamente siempre su hermana cuando empieza a explicar esta historia con la que comienzan las demás historias.

Ajá, sí, aclara Manuel.

Bueno, pues a finales de otoño nos enteramos que The Velvet van a hacer unos conciertos conmemorativos en Nueva York y, como siempre he sido un flipado de este grupo, no se nos ocurre otra cosa que gastar el poco dinero que me queda en recorrernos miles de kilómetros, hasta la otra punta del país, para verlos. Fuck man, era una oportunidad única. Pero claro, como íbamos tan ciegos todo el día, ni por un momento pensamos que Nueva York no es Frisco y ahí que llegamos en pleno invierno sin un dólar y con unos tejanos y un jersey fino para hacerle frente. Diez grados bajo cero, man. Jack llamó a un amigo que tenía en la ciudad y allí que nos fuimos. Se llamaba Allen Ginsberg, y era poeta y judío. Vivía en un apartamento enano y lleno de mierda y, además, había otro invitado. Un niga súper raro que estaba todo el día fumando hierba y hablando de filosofía.

Su hermana pasa sigilosamente junto a ellos. La miran y ella les devuelve una sonrisa amable y llena de orgullo, como si estuviera viendo a sus hijos comenzando a hablar o haciendo un dibujo muy mono. Sean sonríe y después frunce el ceño fingiendo retomar el hilo.

Pues el niga este debía de ser su novio, o por lo menos se lo follaba o tenia intención de hacerlo, porque pareció muy molesto cuando Jack y yo nos presentamos allí agotados y muertos de frío. Como que le habíamos jodido sus planes, man. Manuel está ya totalmente absorto. Poeta, negro, judío, marica, hierba. Joder, a tope: Sean se está luciendo. El caso es que nos acepta en su casa a regañadientes, porque, por lo visto, le debía muchos favores a Jack. El tal Allen nos puso algo de cenar, una sopa de nooddles asquerosa y una botella de vino malísimo. Y después nos dijo que por qué no íbamos a una fiesta que organizaba Warhol, un artista súper famoso que él y Jack conocían, man, en su estudio. Incluso nos pasó unos cuantos tripis para motivarnos. Sin duda quería deshacerse de nosotros. Así que, como el concierto era el día siguiente por la noche y no teníamos ni un dólar ni planes ni nada y, aunque estábamos hechos mierda por el viaje, no nos apetecía quedarnos en una casa en la que estaba claro que molestábamos, dijimos que sí. El tipo se puso súper contento de librarse de nosotros durante unas horas e, incluso, dijo que con un poco de suerte podíamos meternos entre unas bragas y conseguir un apartamento mejor donde quedarnos. Jack le preguntó si podía dejarnos ropa para el frío y él dijo que buscáramos en su habitación lo que quisiéramos. Fuck mangrungegrungegrunge