LOS PAPELES DE LA TROIKA

V.1: Marzo, 2015


© Javier Traité, 2014

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2014


Ilustración de cubierta: María López Lastra

Diseño de cubierta: Taller de los Libros


Publicado por Principal de los Libros

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ISBN: 978-84-16223-23-7

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LOS PAPELES DE LA TROIKA

Javier Traité



1

1. La suite


A Helga Rorschach la despertó el himno del Bayern de Munich. Pero, pese a abrir los ojos, no vio nada. Necesitó unos segundos de himno para tomar conciencia de que tenía algo encima de la cabeza. Algo que resultó ser un muslo peludo.

Emergió con dificultad de debajo de otras extremidades humanas y miró alrededor con el ceño fruncido. ¿Qué demonios era aquello?

Se trataba de la suite en la que habían celebrado la recepción, en el Palace, en Madrid. De eso estaba segura. Era la que tenía aquel enorme ventanal, cuyas persianas estaban ahora bajadas y dejaban pasar apenas unos hilos de luz.

Pero la última vez que había estado en aquella suite, no había cuerpos semidesnudos.

Estaban por todas partes. En la cama, con ella, una mujer boca abajo, y un hombre muy peludo con una cabeza de Pantera Rosa.

En el suelo, a ambos lados de la cama, y por toda la espaciosa suite hasta donde le alcanzaba la vista, hombres y mujeres respetables durmiendo la mona.

Reconoció a unos cuantos de un vistazo. Estaban aquellos asesores del gobierno, y Ricky Johnson, del FMI, que sólo llevaba las botas. ¿Quién llevaba botas en julio? Quizá por eso se había quitado el resto.

Bajó de la cama y sintió un agudo dolor en el pie. Miró hacia abajo y vio que se había clavado el borde de la base de una reproducción en miniatura de un león del Congreso de los Diputados que alguien había dejado tirada en el suelo. Por muy poco no había pisado la cabeza a la asesora de Presidencia, que dormía ahí, envuelta apenas en una bandera de España.

Intentó localizar el origen del himno del Bayern, es decir, su móvil, antes de que se cortara la llamada, pero no lo consiguió. Tardó unos diez minutos en encontrarlo, diez minutos en los que no fue capaz de pensar en nada más, como si tuviera el cerebro atascado. Tenía que encontrar el móvil porque la habían llamado. Apenas le dio tiempo de llegar al lavabo.

Cuando entró en el baño, lo primero que vio fue a Karl metido en la bañera. Vestido e inconsciente. Pero en la bañera no había agua, sino cientos de leones del Congreso y otros productos de merchandising: pastillas de jabón, leones de peluche, barajas de naipes españoles, abanicos… todo con sus correspondientes escudos y banderitas de España.

Lo segundo que vio fue a sí misma en el espejo. Comprobó que ella llevaba puesto el resto del disfraz de Pantera Rosa que le faltaba al misterioso tipo peludo: un traje de felpa del que justo ahora tomaba conciencia, con una oportuna obertura a la altura de las nalgas. No se le escapó que tal obertura tenía muy serias implicaciones, pero le vino de maravilla para no orinarse encima.

Intentó centrar la cabeza. No es que le martilleara la clásica resaca, sino que la tenía espesa. Le costaba mucho asimilar el caos que la rodeaba. ¿Qué narices había ocurrido la noche anterior? Habían tenido aquella reunión con el gobierno español, y luego habían acudido a una recepción con el embajador. Luego…

El himno del Bayern la sobresaltó y dio un brinquito sobre la taza, y también asustó a Karl, que al agitarse hizo saltar unos cuantos abanicos y leones del congreso por los aires, y empezó a emitir lastimeros gemidos de dolor.

Helga le hizo callar con un siseo, y cogió el móvil. Era Carol.

Saludó a su amiga y luego escuchó. Abrió mucho los ojos, contestó, escuchó más, negando con la cabeza, y contestó con más energía, lo que acabó de despertar a Karl, que intentaba salir de la bañera.

—Dame una hora —dijo Helga—, dame una hora, tengo que hablar con el resto. ¡Dame una hora, coño!

—¿Qué pasa? —preguntó Karl cuando ella colgó. Estaba sentado en la bañera, estirando la espalda y frotándose los ojos—. ¿Y por qué vas disfrazada de la Pantera Rosa?

—No lo sé —dijo ella limpiándose con dificultad y levantándose del retrete—. Vístete. Tenemos problemas. ¿Donde están Hans y el resto?

—¿Y yo qué sé? Acabo de salir de una bañera llena de… ¿qué demonios es esto? ¿Qué hacen aquí todas estas figuritas y estas tazas? Oh, joder, estoy viejo para esto. Me encuentro hecho polvo.

—¡Vístete! —ordenó ella, y salió del baño agitando la cola rosa.

Aunque lo que Karl se quedó mirando, por supuesto, no fue la cola.



En realidad Karl ya estaba vestido, así que diez minutos de acicalamiento lo dejaron presentable en su traje negro. El negro era un color muy útil para todo tipo de situaciones, un traje que permitía moverse con naturalidad en cualquier escena, pero el panorama que encontró Karl al salir del baño lo dejó atónito. Lo primero que le vino a la cabeza fue que debían de haber tomado parte en una especie de orgía españolista. Luego, cuando empezó a reconocer algunos de los rostros que por ahí dormitaban (entre ellos los de un embajador, una senadora, un conocido periodista conservador y un ministro), pensó que su primera idea quizá no iba tan desencaminada. Pero, ¿cómo habían llegado allí?

Helga ya se había vestido, y sacudía el brazo de un gigantón tumbado en el suelo junto a un arpa gigantesca. Su atuendo consistía tan sólo en calzoncillos, calcetines y mocasines. Karl tuvo que ayudarla: despertar a Hans «El Cíclope» de una borrachera no era tarea sencilla. Aunque últimamente se había convertido casi en una costumbre

Al cabo se alzó el hombre: una mole de casi dos metros y ciento cuarenta kilos de pura carne bávara, con barriga generosa, y una caja torácica a su altura (o a su anchura). Coronaba aquella obra una cabeza grande y alargada, de gran quijada y poco pelo, corto, castaño claro. Y el parche que le valía el mote cubría su ojo izquierdo. Hans Wernike, gruñó y dijo:

—¡Mi cabeza!

Acto seguido salió corriendo hacia el baño, cubriéndose la boca con la mano. Pero el camino sembrado de prostitutas, gigolós, empresarios, políticos y diplomáticos no se lo puso fácil, y tras pisar unas cuantas extremidades, acabó tropezando y cayendo sobre uno de ellos. Aquello disparó el vómito, que salió con la potencia de un manguerazo de bombero regando a tres o cuatro personas. —Oh, venga ya, Hans, ¡tenemos que irnos! —insistió Helga, inmisericorde.

Entre los afectados por aquel tremendo chorro resultó estar Timo, que cuando vio su hombro y su pecho surcados por un reguero de vodka, gambas y jugos gástricos, vomitó a su vez. Entonces intentó limpiar el vómito del suelo con la manga de una chaqueta que había tirada por allí.

—Que lo hagan las de la limpieza —dijo Helga, impaciente—. ¡Vestíos de una vez, tenemos problemas!

—¿Qué problemas? —insistió Karl.

—¡Problemas serios! ¿Dónde está Cornelis?

Necesitaron otros diez minutos para que Timo y Hans se recuperaran del amanecer resacoso, se vistieran y estuvieran presentables para salir a los pasillos del Palace. A Cornelis no lo encontraron por ninguna parte.

—Quizá se fue a su habitación —aventuró Karl.

—Pues vayamos a buscarle —dijo Helga abriendo la puerta de la suite.

2. 24 horas antes

A las 09:47 del jueves 28 de junio de 2014, aterrizó en Barajas un avión del que salieron dos alemanes y un belga vestidos de negro.

Cargaba cada uno con un maletín y una pequeña bolsa de viaje de marca, y caminaban decididos por la terminal, liderados por el más bajito de todos. Era un hombre de mediana edad, con el pelo entrecano y mirada inquisitiva, que se dirigía hacia la salida de pasajeros seguido por un muchacho rubio de ojos claros, y un tipo con ensortijado cabello negro y una poblada barba.

Atravesaron las puertas y salieron ante la multitud expectante. Caras alegres y esperanzadas les miraron a los ojos para acto seguido ignorarlos con desencanto y seguir buscando a sus seres queridos. Nadie les esperaba. Y, si alguno supiera quiénes eran, seguramente haría algo peor que no esperarles.

Pero eso a ellos les daba igual.

Buscaron entre las personas que levantaban carteles por encima de la cabeza. Había unos cuantos a aquella hora. Pero entre todos aquellos nombres y organizaciones, no estaban los suyos.

—Pues empezamos bien —dijo el hombre bajito. Entonces miró a su compañero de la barba—. Cornelis, llama al enlace a ver por qué no han venido a buscarnos.

—Acabamos de llegar, démosles cinco minutos, ¿no?

—No señor, nuestro vuelo ya ha llegado con veinte minutos de retraso. El enlace tendría que estar aquí.

—Pero Karl, quizá se ha ido a tomar un café o ha ido al baño y aparece en un minuto.

—A lo mejor ese es el problema de este país. Que la gente se va a tomar café o va al baño cuando tendría que estar trabajando. No, no, prefiero que llames. Además, así vamos sentando las bases del diálogo. Que sepan quién manda aquí.

Cornelis llamó, pero no obtuvo respuesta. Luego recibió una llamada, y habló con alguien del ministerio, que había enviado al enlace, pero al parecer se había quedado atrapado en un atasco.

—La excusa más vieja del mundo —comentó el muchacho rubio, y se volvió hacia Karl—, al menos desde que existe el coche. Entonces, ¿dices que el resto de la comitiva ya ha llegado? ¿Quiénes son?

—Dos inspectores veteranos, que además son viejos amigos. Llegaron ayer por la noche desde Grecia, nos encontraremos en el hotel. Créeme, Timo, vas a aprender mucho en esta misión.

—Inspección —corrigió Timo en voz baja.

—¿Perdón?

—Formalmente, se trata de una «inspección». No de una «misión». Eso dicen todos los documentos.

—¿Es que tengo aspecto de formulario? —preguntó Karl, molesto, y desechó la cuestión con un liviano gesto de la mano—. Inspección, misión, es irrelevante. Lo que quiero decir es… ¿Te suena Hans Wernike? ¿El Cíclope?

—Sí, claro, todo el mundo ha oído hablar de él —respondió Timo, ilusionado de pronto—. ¿Wernike forma parte de la comitiva?

—Correcto. Y Helga Rorschach.

—No sé quién es.

—Pues una de nuestras mejores inspectoras, la verdad. Muy completa. Un activo muy valioso, ya te digo que aprenderás mucho.

—¿Tú los conoces también, Cornelis?

—Sí —contestó éste, distraído—, a Hans, sobre todo. Con Helga también nos conocemos desde hace años, pero ella es más… como más… hermética, ¿sabes? Tiene esa cara, que no sabes en qué puede estar pensando.

—Es una mujer celosa de su intimidad —zanjó Karl—, lo cual es razonable en estos tiempos de chismorreo. Mirad, nuestro enlace debe ser ése que viene corriendo.

Efectivamente, un muchacho con un polo de color beige, muy bien peinado y algo sudoroso, llegaba corriendo hacia ellos con un cartel en la mano que decía «Mr Koenig — Mr Müller — Mr Bruyn — CE».

—¿Son ustedes los señores Kongi, Múler y Bruni? ¿De la Comisión?

—Es posible, es posible —respondió Karl, muy serio, en perfecto castellano—, tome aire, hijo, que le va a dar algo.

—Es que un atasco… ¡un atasco que…! ¡Buf!

—Sí, buf. Bien, ¿y usted se llama?

—Sí, perdonen, yo soy Armando, el secretario del Secretario. Es un honor recibirles en España, ¡jalou ung wilcolmen auf espanian! —se puso rojo mientras forcejeaba con el alemán— Güen sie… ¿folgen? ¡folgen!

—Mire, le agradezco el esfuerzo, pero será más fácil para todos si hablamos en español. —Se interrumpió cuando una llamada entró en su móvil. Miró la pantalla, puso los ojos en blanco y le dijo a Armando—: ¿Podemos irnos ya? Llegamos tarde a una reunión.

Mientras andaban de camino al coche, sonó de nuevo el móvil de Karl, que cogió la llamada.

—Sí, hola cielo… Sí, sí, ya he llegado, todo bien… No cariño, ¿cómo se va a caer el avión? ¡Sólo era un retraso de veinte minutos!



Armando conducía una limusina negra y les hablaba desde el asiento del conductor.

—¿Es su primera vez en España? España les gustará mucho, ya verán. Tenemos sol, y chicas guapas. Y buena gente, los españoles, ¿sabe?

—Ya conocemos España —dijo Karl frotándose la frente—. Oiga, ¿tienen los informes que les pedí?

—¿Informes? Yo no sé nada de los informes. Sólo soy el chófer —soltó una risita nerviosa.

—¿No dijo que era usted secretario del señor Gurruaga?

—Sí, pero quiero decir, que yo ahora mismo sólo hago de chófer. ¿Sabe? Yo no sé nada de ningunos informes. Yo si quieren les puedo llevar a un par de sitios fantásticos para comer —soltó otra risita. Sudaba a mares—. ¡Y les puedo llevar al Santiago Bernabéu!

—Quizá más adelante —respondió Karl con un suspiro, reclinándose en el asiento—, de momento déjenos en el hotel.

—Sí, sí. ¡Rumbo al Palace!

Los inspectores se pusieron entonces a hablar entre ellos, en alemán, dejando a Armando solo con sus pensamientos. Karl preguntó a Cornelis sobre Hans.

—¿Cuánto hace que no lo ves?

—La verdad es que más de un año… ¿casi dos? —dijo Cornelis—. Yo qué sé, hubo todos aquellos cambios, cuando a Durão le dio uno de sus arranques de genialidad…

—Bueno, pues te aviso que está algo… delicado. Psicológicamente, ya sabes. Sus últimos informes no indican nada bueno.

Y para más señas, le hizo a Cornelis el universal gesto de empinar el codo. Armando, que lo vio a través del retrovisor, tuvo que contener una risita. «Estos alemanes ya están pensando en beber. ¡Pues van a flipar!». Tenía órdenes muy concretas, y pensaba cumplirlas.

—Hubo un par de incidentes este último año —siguió explicando Karl, ajeno a los pensamientos de su chófer—, el más gordo en la cena de Navidad. ¿De verdad no estuviste?

—No, no, me fui a Camboya.

—¿A Camboya? ¿Y qué hacías tú en Camboya en Navidad?

—Pues… visitar Camboya. Te envié una postal. ¿Qué pasó en la cena?

—Estábamos tan tranquilos cenando, ¿vale? Cuando de repente vinieron dos tipos, dos asesores del FMI. Eran amigos de Wendy, la de Recursos, o de Lukas «el Pasmao», no me acuerdo, y se sentaron al lado de Hans, que en general no traga a los del FMI. Él había empezado a beber demasiado pronto, y cuando llegó el segundo plato tenía ya una mirada… y bueno, empezó a hacer comentarios fuera de tono y a reír demasiado alto. Uno de los del FMI le dijo que hiciera el favor de calmarse, que estaba escandalizando a los comensales, y entonces Hans… bueno, se levantó y dijo que lo que sí que era escandaloso era la praxis del FMI. Que sólo se dedicaban a joder países. Y que Christine Lagarde podía venir y comerle los huevos.

—¡Madre mía!

—Imagínate la cara de todos. Los del FMI estaban muy alterados, los camareros alucinaban, y entonces Hans intentó subirse a la mesa…

—¡No!

—Sí. Bueno, no lo consiguió, resbaló con los tallarines y cayó. Partió una ensaladera con la cabeza, y proyectó el hummus en todas direcciones, especialmente hacia el escote de Wendy. Hubo como un temblor.

—No es un hombre pequeño.

—Sí, no le llaman el Cíclope solo por lo del ojo, no. Vaya caída, Cornelis. Fue un estruendo tal que hasta en Japón debieron activar la alerta de tsunamis. Luego salió el jefe de sala del restaurante y en fin… todo aquello era un desastre, vajilla rota, sangre, hummus… tuve que llevarme a Hans a urgencias para que le cosieran la frente. Pero era imposible moverlo. Tuvimos que meterlo en el coche entre cinco, aparte de soltarle un dineral al del restaurante para cubrir los desperfectos y comprar su silencio…

—¿Era una sala privada?

—Teníamos todo el restaurante para nosotros. Solo hubiera faltado público, o alguien con un smartphone grabando aquello y subiéndolo a YouTube… habría sido el fin de la carrera de Hans.

—Me sorprende que una historia así no llegara a los oídos de los grandes jefes —comentó entonces Timo, que había seguido toda la historia con los ojos muy abiertos.

—Llegó, claro que llegó —contestó Karl—. Pero son muchos años de servicio, mucha presión, vemos muchas cosas… y se trata de incidentes puntuales. Piensa Timo, que mientras no se entere la prensa, tenemos cierto margen. Si te caza una cámara, estás liquidado, pero mientras no te pillen…

—Pero entonces, ¿está apto para el trabajo? —preguntó Timo, dubitativo.

—¡Pues claro que sí! —respondió Karl—. Hoy podrás verle en acción. Quizá montemos nuestro numerito del poli bueno y el poli malo.

Timo arqueó una ceja, pero no dijo nada. Miraba por la ventanilla mientras Madrid se acercaba a ellos a unos ciento cuarenta kilómetros por hora por una autopista vacía.

3. El encuentro

Cuando Karl llamó a la puerta de la suite de Hans, los inspectores sintieron el retumbar de unos pasos acercándose. Entonces la puerta se abrió y apareció el inspector especial Hans Wernike, alias «El Cíclope», en toda su majestuosa gloria.

Calzaba sus mocasines negros, y unos calcetines Scotch hasta casi debajo de las rodillas, que llevaba al aire, porque iba en calzoncillos. También llevaba una camiseta de tirantes de color blanco cubriendo la inmensidad de su tronco superior, una corbata a medio anudar, y su parche, como es lógico, coronando una gran sonrisa.

—¡Karl! ¡Cornelis! ¡Qué alegría veros, amigos! ¡Pasad, pasad! —dijo abrazándolos a todos mientras los introducía en la suite.

También abrazó a Timo, que estaba algo sorprendido por aquella situación tan informal.

Dentro de la lujosa suite se encontraba también una mujer: Helga Rorschach. De unos cincuenta años y de muy buen ver, esperaba con cara de aburrimiento sentada en uno de los sofás con las piernas cruzadas y un vaso ancho de whisky en la mano. Cuando les vio entrar dibujó apenas una sonrisa.

—Llegáis tarde —dijo—. ¿Por qué tuvimos que quedar en la suite de Hans? Lleva media hora paseándose por aquí en calzoncillos, peleándose con el nudo de la corbata.

—A mí no me mires, vosotros llegasteis primero —respondió Karl dirigiéndose hacia Helga, que ya se había levantado y le daba la mano y dos besos—. ¿Qué tal va todo? ¿Qué tal por Grecia?

Ella soltó un bufido, miró hacia arriba, y se fue a saludar a Cornelis, y a presentarse a Timo. Hans, que estaba sacando un botellín de vodka de la nevera, negaba con la cabeza.

—Aquello está muy mal, amigo. Muy mal —dijo con tristeza—. La gente está en las últimas, y los putos nazis esos… y ahora con Tsipras al acecho, la cosa se ha puesto tensa en Bruselas.

—Bueno, Hans, lo que hagan los gobiernos no es responsabilidad nuestra.

—Hombre, no, pero somos nosotros quienes…

—Quienes tenemos la medicina que necesitan los estados —cortó Karl, nervioso, al ver que Timo observaba a su amigo con gesto de desaprobación—, y tenemos otra misión que cumplir. Estos españoles del demonio no están haciendo todos los deberes, y nos han encargado que les hagamos entender tres o cuatro conceptos. Tenemos la primera reunión dentro de una hora, o sea que vístete. Hay trabajo que hacer.

Le quitó el vaso de vodka de las manos y se lo bebió él.

—Además, quiero presentaros oficialmente a Timo Bruyn. Es un muchacho muy prometedor, recientemente ascendido a inspector, y con el que coincidiréis bastante a partir de ahora porque yo… —carraspeó y dijo en voz baja— me retiro.

Aquello fue una conmoción para Hans, que le cogió por los hombros, preocupado.

—¡Cómo! ¿Por qué? ¿Estás bien?

—Sí, sí, estoy muy bien, es solo que… en fin, hemos estado hablando, Patricia y yo. Ya sabes que siempre se ha quejado de lo poco que paso por casa y…

—¡Pero hombre! ¡Está casada con un funcionario de alto nivel de la Unión Europea! ¡Pues claro que no pasas por casa, porque estás trabajando para el pueblo de un continente entero! Además, a ti te encanta esto.

—Bueno, sí, pero ya sabes, ella… nunca lo ha llevado bien, y voy a cumplir cincuenta y dos. Así que me retiraré y… me iré a casa. A la casa de Alemania, con Patricia. En Bienenbüttel. Viviremos tranquilos, y seremos felices, seguro. Me espera una paga de aúpa, y luego están todos los fondos de inversión, las acciones… Nunca tuvimos hijos, así que…

Hans le miraba consternado.

—Pero hombre —decía, negando con la cabeza—, si Patricia siempre te ha hecho la vida imposible. ¿Qué hay de aquella vez que tuviste que volver de Turquía en una mierda de avión militar porque ella había fingido su propio secuestro?

—¿Tu mujer fingió su propio secuestro? —preguntó Timo, más consternado cada vez.

Helga, que había permanecido seria durante toda la historia, se permitió una sonrisa mientras bebía su whisky y miraba por el ventanal de la suite.

—¡En cualquier caso! —dijo Karl, sonrojado, y mirando a Helga de reojo durante un instante—. Ya he tomado la decisión, se lo he comunicado al subcomisario. Por eso está aquí Timo, la savia nueva que necesitamos. Va bastante pez de español, pero es extremadamente competente como analista financiero. Se trata de que en las importantes reuniones que mantendremos estos dos días, le enseñemos sobre el terreno la dinámica de las negociaciones entre un estado y la Comisión Europea. Ya verás, Timo, que por lo general basta con advertirles del Apocalipsis que se les vendría encima si no siguen nuestros consejos.

—Gracias, gracias, Karl —dijo Timo—. Para mí es un orgullo poder trabajar y aprender de inspectores tan… veteranos.

La reunión se dispersó mientras Hans acababa de vestirse. Karl y Timo hablaban con Helga sobre el currículum del último, y Cornelis ayudaba a Hans a anudarse la corbata.

—En treinta años todavía no te he visto anudarte una corbata a la primera —comentaba Cornelis.

—Siempre he sido torpe con los nudos —dijo Hans—. Oye, ¿tú sabías lo de Karl?

—Sí, me lo comentó en el vuelo.

—¿Y qué te parece?

Cornelis se encogió de hombros.

—Si es lo que él quiere…

—Venga ya—respondió Hans bajando aún más el tono—. Tú conoces a Patricia. Has estado en Bienenbüttel. ¿Quién coño iba a querer vivir allí?

—Escucha, es su vida, ¿vale? —dijo Cornelis—. Si Karl ha decidido que esto es lo mejor para él, pues yo me alegro por él.

—Y si decidiera que lo mejor para él es tirarse a un tren, ¿tú le dejarías y te alegrarías por él?

—Vivir con Patricia no es lo mismo que tirarse a un tren —protestó Cornelis.

—Claro que no —dijo Hans sonriendo—. Es peor. Mata mucho más lentamente.

—¿Estamos o qué? —preguntó Karl asomando de pronto la cabeza por la puerta—. Tenemos que reunirnos antes con los del FMI y los del BCE para acordar posiciones. Nos estarán esperando allí.

—Los del FMI mejor que no se metan donde no les llaman y nos dejen hacer nuestro trabajo —dijo Hans poniéndose los pantalones—.¿Quién ha venido?

—Melinda DeShaun y Ricky Johnson —dijo Karl.

—¡No! ¡Ricky Johnson no, joder! —exclamó Hans—. ¡Odio a ese cretino!

—No tienes que irte a la cama con él —dijo Karl con exasperación—, basta con no acabar a puñetazos. Seriedad en la reunión, por favor. La situación es delicada, no podemos meter la pata, y menos pelearnos entre nosotros. Si ellos meten baza, tú déjame a mí. Además, Johnson no es tan malo, solo habéis tenido mala suerte.

—Siempre nos cargan el muerto a nosotros —protestó Hans.

—Es mi último trabajo para la Comisión, Hans, ¿crees que podré tenerlo en paz?

—Sí, hombre, sí. Claro que sí. ¿Qué podría ir mal?

Y entonces soltó una gran risa y palmeó el hombro de Timo, que pasaba por ahí.

—Bueno, bueno, bueno, así que Timo. Finlandés, ¿no? El nombre, digo.

—Sí, por mi abuelo, aunque yo soy belga. Déjame que te diga que es un honor conocerte, todos hemos oído hablar de ti.

—¿Ah, sí? ¿Quiénes son «todos»? ¿Y qué habéis oído? —Hans le miró ceñudo, escrutándole con su único ojo hábil.

Timo tragó saliva.

—Nada, nada, es decir… Que tienes fama de… tu mano de hierro con los gobiernos es legendaria…

La mano de hierro de Hans aflojó la presión sobre el hombro de Timo, y volvió a convertirse en un gesto de camaradería.

—Bueno, bueno, —dijo el bávaro—, aprenderás rápido. La mecánica es muy sencilla, se basa en el principio de que nosotros somos el sistema y tenemos el dinero, y ellos tienen la deuda de la que no pueden escapar. A partir de aquí, se trata de hacérselo entender…

Se fueron hablando por los amplios pasillos del Palace hasta la limusina, en la que esperaba, solícito, Armando.

4. La reunión

La primera reunión fue inofensiva. Los del FMI permanecieron tranquilos y se pusieron al día respecto a algunos informes nuevos. El checklist avanzaba a buen ritmo y, cuando pararon para comer, habían liquidado muchos de los puntos del orden del día.

Armando llevó a la troika al completo a uno de los restaurantes más distinguidos y discretos de Madrid. En realidad tenía la esperanza de comer con ellos (nunca había estado allí), pero Ricky Johnson le cortó el paso en la puerta, le dijo que pasara a recogerlos al cabo de un par de horas, y le dio un billete de quinientos euros, que Armando cogió rápidamente, si bien con aspecto confundido.

—No es el botones, Ricky —le reprendió Karl después—, es el secretario de Gurruaga.

—Pues no le ha dicho que no al morado.



Durante la comida, Hans le preguntó a Cornelis por qué había estado tan serio durante la reunión.

—Estaba analizando información financiera, Hans. ¿Qué cara querías que pusiera?

—Bueno, sonreír un poco, hombre. Ya bastante bronca tendremos esta tarde.

—No me cae bien este gobierno, eso es todo.

—¿Por qué? —se interesó Timo, que comía un plato de ingredientes indescifrables—. Hacen casi todo lo que les decimos sin rechistar. Ojalá todos fueran así.

—Su madre era española —intervino Karl refiriéndose a Cornelis, que estaba sentado enfrente de los otros—. Republicana en el exilio, ¿no es verdad?

—Correcto —confirmó él—, me contó muchas historias.

—¿Y qué tiene que ver eso con este gobierno en concreto? —preguntó Timo sin comprender.

—Bueno, vienen a ser los mismos que entonces —dijo Karl vaciando su copa de vino—. Pero sin ejecuciones. Hay gente nueva ahí, pero también mucha caspa, mucho viejo fascista, y algunos elementos del gobierno son abiertamente franquistas. Muchos son hijos de los que mandaban entonces. Este Gurruaga, por ejemplo, es una buena pieza.

—En Grecia nos comentaban medio en broma medio en serio que si en España aún no había triunfado ningún partido de extrema derecha, era porque ya estaban en el gobierno —dejó caer Helga, y todos rieron.

Y cambiaron de tema, porque era incómodo, y aquel vino tan delicioso merecía ser acompañado de una charla más alegre. Ricky Johnson se preguntaba a dónde les llevarían los españoles esa noche.

—No sé si estarán de humor para fiestas —dijo Karl.

—Oh, seguro que sí —dijo Johnson, confiado—. En este tipo de administraciones, cuánto más les zurras, más te quieren. Además, hay que celebrar tu despedida, ¿no? He oído alguna cosa por ahí, ¡muchas felicidades, viejo jubilado!

Todos felicitaron a Karl por la jubilación tan ventajosa que había conseguido a los cincuenta y dos, y él respondió con una sonrisa incómoda y la cabeza algo gacha. Su mirada se cruzó por un instante con la de Helga, y entonces Hans se levantó con la copa en la mano y propuso un brindis por el retiro dorado de Karl Koenig, inspector especial de la Comisión Europea, tras casi tres décadas de servicio.

Acabaron la comida de bastante buen humor, y cuando Armando les recogió, Johnson le preguntó por el ambiente nocturno.

—¿Cree que hay muchou movida por aquí, senior Armandou? ¿Madrid night life?

—Sí, sí —respondió Armando tan sudoroso y sonriente como siempre—. Madrid, buf, es lo mejor, si quieren salir, aquí, buf. Lo que quieran. Yo les puedo indicar después… Madrid nait is fan, veri gud. Ou yes.

Yes, yes —asentía el sonriente Johnson palmeando el hombro de Armando—. Disen good fiesta en Orguio Gay, ¿yes? Estous días…

—Bueno, sí, pero eso es la semana que viene. ¡Aunque está lleno de mariquitas! —soltó otra de sus risitas y se puso colorado. Círculos de sudor empezaban a dejar huella en las axilas del polo. No quería meter la pata—. Quiero decir, que es muy respetable todo, ¿sabe? Yo respeto todas las creencias: la zoofilia, las machorras, los mariquis… pero hay cosas mucho mejores que hacer en Madrid. —Volvió a reír y luego optó por callar y meterse en la limusina.

Karl y Hans se miraron durante un momento, y luego miraron a Cornelis. Éste observaba a Armando sin revelar ninguna emoción particular, con las manos en los bolsillos. Luego entró en el coche y los demás le siguieron. Karl no era optimista respecto a lo que ofrecería la tarde.



Las primeras tres horas de reunión fueron más o menos bien. Pero poco después de las siete, llegaron a los puntos feos. En aquel despacho de una importante oficina ministerial, a lo largo de una inacabable mesa de reuniones, se libraba una discusión que afectaba a millones de personas, las cuales no tenían conocimiento de lo que allí se debatía, ni voz ni voto al respecto.

Los representantes de la troika a un lado de la mesa. Al otro, una colección de secretarios y subsecretarios de estado de los ministerios más relevantes, además de tres o cuatro asesores independientes. En medio, agua, zumos, café y pastas. Y una montaña de papeles.

—En resumen —decía Karl leyendo su tableta y colocándose bien las gafas de cerca—, han subido el IVA y aumentado en general los impuestos indirectos, han empezado los procesos de externalización de los servicios públicos básicos, han frenado el derrumbe de su sistema bancario e inmobiliario, han flexibilizado el mercado laboral, y no han alargado más la edad de jubilación, porque de eso ya se encargaron los gobiernos anteriores, igual que de la Constitución. Todo eso está muy bien. Pero su deuda sigue creciendo. Y quedan algunos deberes por hacer.

—Nos hemos aplicado a fondo —decía uno de los secretarios—, y a un alto coste. Si bien hasta ahora no hemos visto los grandes resultados que prometía el FMI.

—Eso quizá es más cosa de la gestión de la Comisión Europea —dijo Ricky Johnson levantando las manos.

—Los resultados llegarán —cortó Karl, irritado—, pero hay que cumplir todos los puntos, y en el memorándum se indica que deben adelgazar la administración y el gasto público. Y no han hecho mucho al respecto.

—¿Cómo que no? —objetó una de las asesoras—. Hemos despedido a miles de funcionarios.

Karl miró al asesor, al resto de los representantes del gobierno y luego a sus compañeros. Todos estaban cabizbajos, muy entretenidos en sus informes. Ricky Johnson casi escondía la cabeza dentro del esternón. Luego volvió a mirar a los españoles.

—¿Me está diciendo en serio que no lo entendieron?

Parecía haber bastante confusión entre ellos. ¿Entender? ¿Qué tenían que entender?

Karl sonrió, dejó las gafas encima de la mesa, se frotó los ojos y se las volvió a poner.

—Señores, cuando decimos adelgazar la administración, no estamos hablando de funcionarios. Estamos hablando de ustedes.

—Ya estamos moviendo hilos para fusionar ayuntamientos —dijo uno de los secretarios.

—Ya lo hemos visto —dijo Helga levantando la cabeza de pronto, como si la acabaran de conectar—, pero en casi todos los casos se trata de ayuntamientos pequeños, donde la mayor parte de concejales no cobran nada, o cobran una miseria. Mi compañero se refiere a otra cosa.

Karl agradeció la ayuda de Helga. Los trabajos corales siempre funcionaban mejor, pero el resto de la comitiva parecía decidida a que en su última misión, él tuviera que llevar todo el peso de las negociaciones. Y él aceptó el reto.

Sin embargo, la comitiva del gobierno español seguía sin darse por aludida. Una empezó a decir algo sobre los catalanes, y otro quiso recurrir a la jerga administrativa más confusa para evitar el tema, pero se hizo un lío con las palabras «adelgazamiento racionalizador mediante la externalización ponderada», diciendo en cambio «Ponderamiento adelgazador mediante la racionalización externalizada». Lo cual venía a significar casi lo mismo, pero no era plan, así que Karl decidió no demorarlo más y coger el toro por los cuernos. Se quitó las gafas y las dejó plegadas sobre la mesa.

—Miren. Les seré muy claro. Desde las instituciones a las que representamos, les pedimos una serie de cosas concretas. No son decisiones agradables ni fáciles de tomar. Pero son la solución al problema que han causado con su incontrolable gestión del dinero. Pero lo que yo veo en estos informes, señores míos, es que ustedes le han cargado todo el peso de los recortes al ciudadano, y para ustedes no se han quedado nada. Ni una migaja. ¿Qué hay de las duplicidades? ¿Qué hay de sus diputaciones? ¿Qué hay de todos los cargos de libre designación?

—Eso son cargos de confianza que el político debe elegir personalmente. Si no, no serían de confianza —dijo otro de los asesores, un tipo calvito con gafas de carey.

—Eso es una tontería —sentenció Hans golpeando la mesa con el puño. Fue un golpe muy leve, y de hecho parecía tranquilo, sentado de medio lado. Pero todos los representantes españoles se le quedaron mirando, atónitos—. Asesor es de confiansa por saber mucho, no por ser amigo de político.

—Ustedes no lo entienden —se atrevió a despreciar el secretario Gurruaga, un tipo lleno y pagado de sí mismo que masticaba un bollo—, en España la política es muy tramposa. No podríamos fiarnos de nadie que hubiera trabajado antes para los socialistas.

Pero Hans dio otro golpe en la mesa y miró amenazadoramente a Gurruaga con el ojo bueno.

—¡Digo que eso es tontería! Presidente Rahoi casi tresientos asesores este año. ¡Y ha llegado casi a seisientos!

—¡Oiga! —exclamó la asesora—. ¡Ustedes no pueden decirle al presidente del gobierno de España cuántos asesores debe tener! Además, Zapatero tenía como dos mil asesores…

—En realidad, podemos decirle de qué color debería ponerse los calzoncillos —la fulminó Helga—. Deben ustedes una cantidad increíblemente grande de dinero.

—Como mínimo —terció Karl con una ligera sonrisa—, podríamos recomendarle que los contrate con graduado escolar.

—Yo no tengo graduado escolar, y soy asesor, ¿qué pasa? —dijo uno de los presentes poniéndose gallito. Sus compañeros le miraron alarmados, pero ya no podían pararle, y Karl le clavó la mirada sin mover un músculo.

—¿A qué se dedica usted?

—Soy empresario. Tengo dos empresas.

—¿Dos empresas de qué?

—De… dos inmobiliarias.

—Ah. ¿Y de qué es usted asesor?

El asesor se achantó. Quizá no había medido bien aquella bravata.

—De urbanismo.

—Excelente. Fuera —indicó Karl con un gesto.

—Está bien.

Gurruaga no puso impedimentos y la reunión prosiguió con aparente normalidad, pero algo se había roto. La otra asesora, que lo era de imagen y había ideado un par de desastrosas campañas por Twitter, no volvió a abrir boca. Karl ya no iba a darles tregua.

—Miren, el plan inicial está en peligro. Han mantenido ustedes a la población en calma, sin apenas disturbios sociales, lo cual entra en la categoría de milagro. Si aguantan un poco más, desde Europa intentaremos echarles un capote. Una ayudita. Unos poquitos de fondos, que se note algo la recuperación. Pronto se formará una nueva Comisión, y quizá podamos darles algunos asientos importantes. Pero por el amor de Dios, no pueden joderla de esta manera.

La intensidad en las palabras de Karl capturó la atención de todos en la sala. No tenía la necesidad de alzar la voz, pero se le veía bastante alterado.

—¿Es que son ustedes estúpidos? Han dado pie a que se formen nuevos partidos perfectamente capaces de echarles del gobierno, a usted y a sus queridos amigos socialistas. Les dan publicidad gratis todos los días, y no hacen desde el gobierno un solo gesto para dejarles sin munición. ¡La gente les votará en masa y todos sus antidisturbios no habrán servido para nada en absoluto!

—¡Esos son unos populistas bolivarianos! —exclamó Gurruaga hecho una furia—. ¡España nunca aceptará un gobierno así! Aquí somos gente decente.

—Usted puede vivir en su propia realidad si quiere, pero nosotros tenemos todos los datos y lo estamos viendo venir. Y no nos conviene. Ya tenemos bastantes problemas en Grecia con Tsipras. No quiero ni imaginarme lo que puede ser Europa dentro de cuatro años si aquí ganan los de la misma cuerda. ¡Céntrense, maldita sea! Dejen de crispar a la población con temas sensibles como la ley del aborto, que no tienen masa social para eso. Y hablen con los dichosos catalanes. Es inaceptable que su única gestión al respecto sea no hacer nada en absoluto y decir «no» a todo. ¡Esto no es un resfriado que se cura en siete días!