LA LISTA

V.1: mayo, 2014


© Juan Bosco, 2012

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2014


Diseño de cubierta: Jomi


Publicado por Principal de los Libros

C/ Mallorca, 303, 2º 1ª

08037 Barcelona

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ISBN: 978-84-942234-9-5

IBIC: FA

Depósito Legal: B. 13462-2014

Preimpresión: Taller de los Libros


El contenido de este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados.


A mis padres.

A la familia Tiercelin-Salgado, siempre.

A Rafael Arozarena y Antonio Márquez Fernández, que me enseñaron el valor de las palabras. Ambos en el recuerdo.
A todos los que padecieron, padecen hoy o padecerán en el futuro cualquier forma de injusticia.

«Porque ni el aire ni yo creíamos del todo en lo que

habíamos hecho y visto durante la noche;

y empezábamos el día despreciando las tareas,

reconstruyendo en broma el amor, la amistad,

la simpatía, el simulacro de la fe de los hombres,

en sus cortas y feroces creencias.»

Juan Carlos Onetti,

Dejemos hablar al viento

NOTA DEL AUTOR

Los datos, descripciones, lugares y algunos hechos mencionados son reales. Ciertos personajes también; otros no y a otros se les ha modificado el nombre para preservar su identidad. El relato es ficticio, pero inspirado en lo sucedido en un pueblo de la isla de Tenerife entre 1936 y 1941, donde, por sorprendente que parezca, la historia de España pudo haber visto alterado su curso.

Debido al particular uso de la lengua española que hacen los canarios, el autor se ha tomado la libertad de identificar los canarismos en letra cursiva, definiéndolos a pie de página cuando es necesario para una mejor comprensión del lector.

Capítulo 1

Habría sido distinto si en junio del treinta y seis aquel tipo hubiera disparado el arma contra el general Franco. Pero no lo hizo, y por eso la noche era ahora una consecuencia de aquel desacierto.

El perdón está cosido a la piel de quien lo ejerce. Las reacciones, en cambio, se hallan más adentro y, cuando brotan, resulta que tienen olores caseros y se convierten en las madres del sentir y del obrar. Pero lo insólito en este caso fue que, a saber con qué fuerzas, porque a él no le quedaban, en su pecho se produjo una agitación que deseaba tener nombre, salir y quedarse para siempre. Parecía un meticuloso aleteo de mariposas en estela ascendente a través del cual se escapó todo atisbo de violencia. Quedó conmovido ante la brutalidad ignorante de aquellos hombres, hechos a las malas artes de otros hombres similares que, sin querer, habían crecido equivocados. Recordó sus propias palabras, cuando decía a unos y a otros que las personas conocen la verdad de la vida, la saben, sólo que unos saben que la saben y otros no.

—Ya queda menos —pensó.

Pero ni así logró desvanecer la oscuridad del maletero del Peugeot, también oscuro, como la ruta y el sabor amargo que traía consigo.

La atmósfera densa y nauseabunda del acerado habitáculo era una mezcla volátil de vapor de gasolina, grasa y secreciones corporales. En los bajos de la chapa se iba formando a goteo un charquito de líquidos orgánicos que se filtraban a través de sus ropas. Viajaba igual que una mercancía: maniatado y retorcido. Sus guardianes eran bestias con uniforme. En lugar de cuernos tenían pistola; en lugar de bramidos proferían insultos; en lugar de atacar a su víctima y terminar con ella en un santiamén, ideaban maneras horrorosas de hacerlo sufrir y oírlo gritar, llorar, rogar y deshacerse en gemidos. La paliza había sido monstruosa, ejecutada por brazos poderosos, expertos en golpes directos y certeros, capaces de reventar fácilmente tripas y cabezas o de romper un cuello con maestría espeluznante. En la isla se daba la estupidez de pensar que los bárbaros viven lejos y que el mar es un muro que impide la llegada del infierno cuando el demonio sale a hacer la ronda. Pero el mundo estaba tan jodido que la podredumbre se extendía como un mal fuego, y el pueblo no tenía malas brasas.

Once y cuarto de la noche. Luna llena. Ascendían rápido. El conductor conocía muy bien el camino. Manoseaba el volante nervioso, a pesar de la costumbre. Aquel reo era diferente. Temía mirarle a la cara. En los escasos momentos en que, hasta ese instante, sus ojos se cruzaron, le había sobrevenido un dolor agudo en el pecho y su mente fue asaltada por una imagen imposible en la que el prisionero lo estrechaba entre sus brazos y besaba sus manos. Creía morirse él primero. Al menos sentía algo. En cuanto a los otros tres… Pero compartían el aspecto impecable: pantalón gris, camisa azul y tirantes de cuero. Menos uno, ese no; ese lucía una camisa blanca, gemelos y corbata a rayas. Sorprendía su pulcritud, salvo por una mancha pardusca que ensuciaba su pantalón beige. Apenas se les movió el pelo, engominado y peinado con esmero. No hubo reparos ni compasión. Ahora ninguno hablaba. Miraban al exterior desde sus respectivas ventanillas, perdiendo adrede la vista en la carretera. Todos eran asiduos, menos uno. El silencio acusador fue aplacado con la misma expresión que en otras ocasiones. Alguien la dijo como si soltara un esputo inconsciente: «un cabrón menos».

Era el 22 de julio de 1940.

Capítulo 2

—¿Es usted el hermano Lucas?

—Lucas, por favor. Sólo Lucas. ¿Usted es…?

—Nemesio. Me manda doña Teresa Castelar. ¿Trae equipaje?

—Poco, sólo esta maleta… Pero ya la llevo yo.

Observaba a aquel hombre menudo y curtido, que jugueteaba con un palillo de madera en la boca, alerta para recibir órdenes inmediatas que echarse a las espaldas. Se le iban acumulando cerca del cuello, agrupándose en un ligero abultamiento que crecía según la estación y la impertinencia de los señores. Había entrado en años matando ojalas nacidos de su desespero, incapaz de sobreponerse a la obediencia, metida en su sangre como un rasgo hereditario. La familia de Nemesio Abreu tenía una larga tradición de servidumbre y se había conformado con ello a causa de la renuncia, un rechazo ancestral a los cambios, considerados precursores de desgracias de toda índole. El resultado era una malagana congénita que aficionaba a los miembros varones al vino, y a las mujeres a la preñez prematura. Cuando alguna hija anunciaba una barriga venida del descuido, recibía una reprimenda que podía contener golpes e insultos viles. Luego se buscaba al responsable para romperle la cara y obligarlo a casarse con la muchacha y, si no, al recién nacido se le colocaba en el torno del hospital de San Francisco para que se hicieran cargo de él las Hijas de la Caridad que, a veces, cedían a los críos a familias bien avenidas privadas de progenie por la naturaleza. Hacía décadas que Nemesio y los suyos servían a los señores Pastrana-Castelar.

—Bueno, vamos, ¿no? La Orotava está a muchos kilómetros de aquí y ya son cerca de las cuatro de la tarde —explicó.

—¿Y el coche? —preguntó Lucas.

—¿Qué coche? El camión —corrigió Nemesio señalando un destartalado camión estacionado a su espalda—. Es duro, pero se va bien.

Se habían deshecho de él como agua mala. Su llegada a la isla era fruto de una conspiración cuchicheada por corrillos y despachos por cuantos se sentían agraviados ante su presencia y eran incapaces de enfrentar con él sus argumentos. El destierro lo colocó lejos de los sectores del clero que aprovecharon la circunstancia de verse, tras la Guerra Civil, ligados al poder en un país roto y atrapado en las fauces de un hombre mezquino. Sentía vértigo y estupor al imaginarse pisando, antes de que cayera la tarde, las mismas calles que, tal y como le habían contado, había paseado Francisco Franco durante la fiesta de Corpus de la Villa de La Orotava en 1936.

No dejaron que transcurrieran ni dos meses desde su llegada de Lyon, recién doctorado en Filosofía y Teología. No quiso postularse como un valor en alza para la congregación ante los nuevos tiempos de bonanza eclesiástica en España. Sus irritantes arengas crisparon los ánimos religiosos hasta soliviantar al mismísimo arzobispo de Sevilla. El tal monseñor se revolvía en su asiento al oír cualquier palabra salida de la boca de Lucas, al que consideraba un mequetrefe sabelotodo que había tenido la suerte de caer bien al superior de la orden lasaliana. Pero no era tal cosa. En su mente permanecía el eco del mandato impuesto por el hermano visitador: «irá allá y se calmará». Tenía celos de él porque era torpe en las formas y demasiado frío en las palabras y no soportaba ver al muchacho encandilando a cualquier interlocutor.

—Vamos.

Nemesio se dirigió al camión. Sujetándose a la puerta, dio un pequeño salto y se aupó hasta el asiento fondado del conductor. Estirándose, abrió la otra puerta. Lucas se acomodó como pudo junto a él. El interior era un reguero de papeles en los que el sirviente anotaba con su letra infantil las tareas del día. Luego quedaban olvidados y se iban amontonando bajo los asientos, manchándose de grasa y barro de sus botas después de haber recorrido las fincas de los señores de arriba a abajo. Había botellas de vino vacías y migas de pan de meriendas o desayunos en ruta, estampas de la Virgen de la Candelaria y del Sagrado Corazón de Jesús y polvo para quitar de varias veces. Sin embargo, la dispersión de aquel hombre se hallaba perfectamente camuflada en su persona tras su imagen aseada.

—Parece que hiciera usted vida aquí dentro.

—Pues casi. Son muchas horas al volante. Tenía que haber venido Felipe, el chofer de los señores, pero anteayer se le rompió al coche la manguera de la gasolina y está esperando el repuesto. Por eso vine yo, aprovechando que tenía que hacer unos recados.

—No habrá bebido, ¿verdad? —inquirió Lucas antes de que arrancara.

—La mañanita na más, sólo un buchito pa refrescar la boca —respondió Nemesio.

—¿Y podrá conducir?

—No, si eso fue antes de salir pa'cá.

—En fin. Arranque, arranque.

Era uno de sus rituales heredados: beber muy de mañana. Lo vio hacer a su padre, a sus tíos y a su abuelo, más huéspedes de bodegas que de hogares; más de vino que de agua y más de tino desviado que de sensatez. La misma inercia lo arrastró a él, parcheando las grietas de su vida con angustiosa impotencia. En ocasiones, cuando terminaba la faena en la finca de los señores, se le escapaba la honda tristeza de verse convertido en un esclavo y terminaba debajo de algún plantón1 después de vagar de noche, botella en mano, maldiciendo a la familia Pastrana-Castelar, llorando y golpeando las pinas de plátano con la vara de cedro que solía llevar en las manos para intimidar a los peones de la hacienda. Cuando alguno de estos lo encontraba por la mañana, lo despertaba con cuidado, para no enfadarlo, dándole un golpecito en el brazo, y él siempre advertía: «ni una palabra de esto a nadie o te parto la cara». Ocurría tantas veces que los trabajadores, por no disgustarlo, lo dejaban correr.

El vehículo sufrió algunos temblores antes de ponerse en marcha. Nemesio maniobró con precaución y fue abriéndose paso entre otros camiones y pilas de productos recién llegados de la Península; pocos, porque la guerra había reducido todo y eso hacía que se careciera también de casi todo. Se había impuesto el racionamiento y el comercio de mercancías estaba controlado por la autoridad militar, aunque gran parte de los productos que terminaban en las ventas y mercados de la isla procedían del estraperlo, sabido y disimulado. A veces los sacos de arroz llegaban al norte escondidos bajo una carga de madera, o el azúcar en pequeñas bolsas en el interior de los sillones previamente abiertos y cubiertos luego con una funda hecha a medida.

La salida del puerto era una hilera de laureles de indias frondosos y robustos alzados a ambos lados de la carretera, que se alejaba del tufo a combustible penetrando en la ciudad hacia el coqueto barrio de los hoteles. A pesar de que el encanto de Santa Cruz había mermado por los efectos de la contienda y la excesiva presencia militar deslucía la frescura con que en otras épocas eran recibidos visitantes ilustres y llanos, el esplendor capitalino todavía se dejaba entrever desde la farola del puerto hasta los altos riscos del macizo de Anaga.

Avanzaban lentamente, camino de La Laguna, con el motor al máximo y las ventanillas cerradas para reducir el estruendo que producía la maquinaria desgastada, carraspeando hacia arriba y dejando detrás una gran nube de humo.

—¿No lo lleva un poco forzado? —preguntó el religioso alzando la voz.

—Qué va. Si le pongo una marcha más larga se me cala aquí mismo y luego no lo arranca ni Dios… Con perdón, padre.

—No se preocupe. Y llámeme Lucas, sin más.

—No, no, no. Eso sí que no. A mí la sotana me asusta. No sé, me da mucho respeto. Además, se entera la señora de que tuteo a un cura y me planta la mosca2 ¡Y con razón, coño!

—Bueno hombre, no se apure. Lo que pasa es que yo no soy cura.

—Ah, ¿no? ¿Y por qué va vestido así?

—Digamos que sólo soy fraile. Hermano de la congregación de La Salle. Además no me gustan los tratamientos; todos somos iguales, amigo mío.

—¿Cómo que iguales? De eso nada. Cada uno es cada uno. Yo no soy igual que usted —corrigió el hombre.

—Claro que sí.

—Que no, coño. Usted es de iglesia, un cura, y eso… ¡Je! ¡Joder! Eso tiene mucho peso.

—Quería decir que todos somos iguales ante Cristo —concluyó el religioso para evitar la discusión—. Y ya le he dicho que no soy cura.

—Lo que usted quiera, pero pa mí todo el que lleva sotana es cura y punto pelota. Además, a cada uno se le dio su clase. Usted tiene la suya y yo tengo la mía… —insistía— y los demás la de cada cual, ¿comprende lo que quiero decir?

—Creo que sí pero… En fin, mucho habría que decir sobre este asunto.

—Lo que pasa es que me parece que usted, siendo tan joven… Debe ser un moderno de esos.

—¿Moderno?

—Sí, ya me entiende, que va a su aire. A ver si va a resultar que le salvó la sotana…

—¿A qué se refiere?

—A que aquí no se notó demasiado. Sólo en la comida y algunas cosas un poco peliagudas. Pero allá tuvo que ser jodido. Muy jodido.

—Habla de la guerra.

—¿De qué si no?

—Pues no. No me salvó el hábito. De hecho, murieron muchos de mi congregación. Yo estaba en Francia estudiando. Puede ser que, como dice usted, me salvara eso.

—Ya. Pues tuvo suerte, sí señor. Pero bueno, lo que está claro es que las cosas tienen que ser como Dios manda, y a veces la mano dura no viene mal.

—Dios manda menos de lo que usted piensa, don Nemesio.

—Usted sabe a lo que me refiero.

Nemesio Abreu se incomodó y simuló no haber oído la última frase de su acompañante. Pensó en la mala hora en que a Felipe se le había estropeado el coche de los señores, porque no le estaba gustando nada aquel joven. Pero lo soportaba y hacía el teatro adecuado, igual que con los condes. Era el único modo de subsistir en una sociedad con regusto a tiempos feudales. Lucas, mientras, le observaba de soslayo. Sus manos eran grandes, con restos de grasa de manipular el motor del camión. Vestía una camisa de rayas y manga corta, con un peine de metal en el bolsillo. El color de su piel era un tatuaje con el nombre de las distintas marcas de coñac que tomaba cuando el vino le parecía demasiado flojo para cegar la sesera. El poco pelo que había soportado la edad en su cabeza lo tenía hábilmente peinado hacia atrás simulando, cómo no, una cabellera más espesa. Un bigote fino y simétricamente recortado le confería cierto aire castrense que sabía emplear muy bien a la hora de mandar a sus obreros y hacerse respetar en el trabajo. No toleraba una broma ni un retraso en las labores. Cuando algún peón quería fumarse un cigarrillo tenía que inventarse un viaje necesario al almacén o esperar a que Nemesio no estuviera presente. Como alguno fuera descubierto, los papeles se cambiaban de repente y nadie sabía entonces quiénes eran los amos, si los condes o Nemesio, porque era capaz de cualquier cosa para hacer valer su autoridad.

Aquel hombre rudo desgranaba por su boca las piezas del rompecabezas costumbrista en el que se hallaba atrapado: un complejo entramado de vaivenes personales tejidos con el fino hilo de la ignorancia y la pequeñez sentida de los habitantes del pueblo. Durante casi cinco siglos la mayoría había sido avasallada por una minoría déspota que se había hecho con la tierra y todos los derechos pagando favores y prebendas. Los que vinieron de fuera casi con lo puesto se convirtieron en siervos, y los que ya estaban y se libraron de la espada castellana, en esclavos o desposeídos de todo, condenados a vivir en extrema miseria en los pequeños caseríos de los altos de La Orotava. Tal vez ese había sido el origen de la virulencia con la que muchos obraron cuando, de las cenizas de la historia, brotó la República. Entonces se alteraron los ritmos sociales y de pronto, algunos de los que siempre se habían visto obligados a esconder la cabeza, quisieron el látigo en su mano para vengarse por la vida que sentían robada. En muchos casos el insulto y la prepotencia simplemente cambiaron de boca. Nemesio se guardó de esa agitación, pero Carmela, su hermana, que había sufrido en sus carnes el derecho de pernada, la humillación y la violencia física, repetía en 1931 al resto de la servidumbre: «ahora nosotros seremos los señores y ellos serán nuestros criados», arrogándose el derecho de repetir a la inversa la realidad padecida hasta la República por una mayoría hasta ese instante silenciosa a causa del terror. Pero su hermano, poseído por el miedo a las consecuencias que podría traer un enfrentamiento con Luis Pastrana, la delató, y el conde la echó de la casa.

La vía atravesaba San Cristóbal de La Laguna. El valle de Agüere3 se extendía formando un vasto campo de pastos y cultivos donde en el pasado descansaba el agua que mantenía el verdor de la planicie. Donde entonces reposaban las garzas reales se alzaban los señoriales edificios de la ciudad del Adelantado4. A veces se levantaba bruma ocultando torres y casonas, símbolos del saber racional que circulaba por las calles laguneras, repletas de canónigos, catedráticos e intelectuales que habían arrancado de raíz la gloria humana de los menceyes guanches5.

Nemesio sugirió hacer escala en la catedral. Intentaba complacer a su acompañante acercándolo al centro eclesiástico de la isla, pero Lucas se negó aludiendo a la hora que indicaba su reloj de cadena. En realidad no le apetecía toparse tan pronto con la flor y nata del clero tinerfeño y mucho menos con la pompa que envolvía el ambiente episcopal.

—Y, dígame: ¿lleva muchos años al servicio de…? ¿Cómo me dijo que se llamaba?

—Doña Teresa Castelar y Díaz de Trasierra, esposa de don Luis Pastrana y Clobet, condes de Tres Cantos.

—Lo dice usted con mucho orgullo.

—Hombre, claro que es un orgullo servir a los señores. Mi familia lleva con ellos muchos años —añadió Nemesio elevando levemente la barbilla.

—¿Y todos trabajan al servicio de los… señores?

—Sí… Bueno… Todos no. Un hijo mío no.

—¿No? Vaya. ¿Y a qué se dedica su hijo?

—Eso no importa… Y… ¿se quedará mucho tiempo aquí, en el pueblo?

—Eso no lo decido yo.

Las mejillas del hombre se encendieron y sus manos se aferraron con fuerza al volante. Quería retorcerlo de rabia. Hacía movimientos con los labios, muecas por las que asomaba la punta afilada de un repentino ataque de cólera. Sentía un calor profundo despertándosele dentro y las últimas palabras de su hijo golpeando su mente con toda la crueldad de la que un vástago decepcionado es capaz.

El hijo de Nemesio no trabajaba para los señores. Se opuso a la idea de seguir la denigrante tradición familiar. Rompió la cadena hereditaria y se marchó lejos, y no sólo para apartarse de su familia. Pero de eso Nemesio no quería hablar.

—Hábleme de La Orotava —dijo Lucas tratando de aliviar la presión interna del hombre.

—Ah… Eso es pa empezar y no terminar. Yo creo que le va a encantar. Ya quiero ver cómo se le va a poner la cara cuando enfilemos la cuesta de la Villa. ¿Y la gente? Buena, muy buena. Tranquila. No somos de hacer problema, ¿sabe? La verdad es que se vive bien.

—¿Y el clero?

—Coño, lo pregunta como si usted no fuera uno de ellos.

Rieron la ocurrencia. Cruzaron grandes extensiones de viña y palmeral. Podían divisarse pequeños caseríos en las laderas que, surcadas de inmensos barrancos, se perdían en lo alto como el vuelto de una falda hecha de bosques de pino y laurisilva. Terminaban arriba en cresta, delineando el monte elevado entre el norte y el sur de la isla. Nada era como había imaginado mientras contemplaba Tenerife desde el vapor que lo trajo del Atlántico.

Llegaron a la cuesta de la Villa. Rodearon un saliente rocoso y descendieron hacia el gran Valle.

—¡Cielo santo! —exclamó.

—Bonito, ¿eh?

Un mar de plataneras aprovechaba cada porción de terreno hasta el filo de los acantilados. Era una enorme lengua de incontables tonalidades de verde que se dejaba empapar de maresía6, enarbolada por la bravura de la costa norteña. El océano era un espejo de nubes que se acumulaban golpeando la cumbre para formar una techumbre gris que poco a poco cubría el Valle y, en cualquier momento, escondería el volcán Teide. La «panza de burro» llamó Nemesio al fenómeno meteorológico, sonriendo como un chiquillo, orgulloso del efecto que producía la singular estampa en el religioso, y lo dejó disfrutar.

Lucas se inclinó hacia la ventanilla. Dejó que el aire le refrescara el rostro. El olor a eucalipto le traía a la memoria sus paseos de niño junto a su abuelo, después de la merienda, antes de que cayera la tarde y se apagara la luz del sol. Cerró los ojos y dejó que resonaran en su interior las palabras del anciano: «míralo todo, óyelo todo, huélelo todo y, si puedes, tócalo todo. Sólo así irás descubriendo lo bonito que es vivir».

Tras un barranco, la carretera inició un ligero repecho. A pocos metros, dos guardias civiles, apostados a ambos lados del tramo de vía que bordeaba una gran charca, hicieron una señal ordenando a Nemesio detener el camión. Aminoró la marcha hasta llegar a uno de ellos y frenó.

—Buenas —dijo.

—Hola Nemesio —respondió el guardia.

—Paco. No te había reconocido con el tricornio. ¿Pasó algo?

—¿Pasaste por aquí esta mañana? —preguntó el oficial.

—Sí, como siempre.

—¿Y no viste nada raro?

—¿Raro? ¿Y qué coño tenía que ver? ¿Por qué, qué pasó?

—Uno, que apareció en la Charca.

—¿Qué dices?

—Lo vio Adrián, al pasar con las cabras, a eso de las doce, pero se conoce que llevaba ya tiempo. El juez llegó hace un rato y lo están sacando ahora.

—Pero, ¿qué fue? ¿Se tiró?

—Eso es lo que no sabemos, sobre todo siendo quien es.

—Ah, pero, ¿lo conocen?

—Sí. Don Wenceslao Martín.

—¿Qué dices?

—Lo que oyes.

Lucas trataba de escuchar la charla entre el guardia y Nemesio, pero el ruido del motor se lo impedía.

—¿Qué ocurre, Don Nemesio? —preguntó tocándole el brazo.

—Uno, que se tiró a la Charca.

—¿A la Charca? ¿Hay una charca ahí?

—Sí. Ahora la verá, cuando pasemos por arriba.

La Charca de los Ascanio estaba alojada al costado de un barranco y su capacidad era tan grande que apenas se llegaba a llenar por completo alguna vez.

—Buenas, padre —saludó el guardia haciendo un gesto con la cabeza.

—Oficial, ¿qué ha pasado?

—Encontramos el cuerpo de un hombre flotando en la Charca… Bueno, ¿adonde van?

—Lo llevo al colegio San Isidro. Es nuevo, acaba de llegar. Venimos de Santa Cruz.

—Bien. Sigan. Ya nos veremos, Nemesio.

—Saludos a la parienta, Paco.

—De tu parte —contestó el guardia apartándose.

Nemesio soltó el freno y continuó. Alzó la cabeza y miró a la derecha. Lucas imitó el movimiento y vio el inmenso embalse y las suaves ondulaciones en la masa de agua provocadas por dos hombres que ajustaban algo a unas cuerdas. Estacionada en un lateral, una pequeña grúa comenzó a izar un bulto grande enganchado al cable elevador. Girando sobre sí mismo llegó a tierra. Varios hombres se acercaron. Una vieja ambulancia militar aguardaba en las proximidades y decenas de curiosos dificultaban las labores de rescate. Era el cuerpo de don Wenceslao Martín.

—¡Me cago en la…! —exclamó Nemesio apretando los dientes.

—¿Lo conocía?

—Claro que lo conocía. ¿Quién no conocía a don Wenceslao?

—Pobre hombre. ¿Se habrá suicidado? —comentó Lucas.

—Quién sabe. Pero sí, seguro que sí —resolvió Nemesio sujetando con fuerza la palanca de cambios.

Fijó la vista en la carretera, aceleró y ya no volvió a decir ni una palabra más.

Capítulo 3

Junio de 1936. Fiesta de Corpus Christi.

—¡Señor, ya está aquí el general! —exclamó nervioso el cabo irrumpiendo en la sala.

Mientras estuvo aguardando en la puerta no dejó de buscar dónde colocar las manos, si en la hebilla del pantalón, si cruzadas a la espalda… Sólo iba a lamentar una cosa: cuando el ilustre invitado atravesara el umbral y él tuviera que adoptar la obligada posición de firmes, iba a sentir el agudo crujido de sus vértebras, maltrechas a causa de las maniobras del día anterior en Las Cañadas del Teide. Resbaló y cayó de tal modo ladera abajo que dio un verdadero susto a la compañía.

—Por fin. Ya era hora —comentó Luis Pastrana, conde de Tres Cantos.

Se dirigieron hacia el patio de la casa, que a esas horas se encontraba lleno de luz de tarde y fresco por las corrientes de aire que circulaban entre el enrejado que cerraba el zaguán y la abertura central del inmueble. Clara Muñoz, esposa del anfitrión, Ernesto Pineda, había descubierto en la galería un remedio excelente para sus calores en los meses de verano. Acostumbraba a caminar de un lado a otro irguiendo el cuerpo y deteniéndose en cuanto notaba una ráfaga de aire entrando desde la calle. Cerraba los ojos y se dejaba refrescar mientras se preguntaba si podía existir mayor placer en la vida.

Desde el mes de marzo esperaban el acontecimiento, cada uno por distinto motivo, pero todos creían en la trascendencia de la presencia del general en La Orotava. El servicio y la familia formaron dos filas, paralelas a otra de macetones con grandes helechos. En primera línea el capitán Ernesto Pineda y su esposa, seguidos de los hijos del matrimonio; los invitados: el capitán Leonardo Lechado, Fernando de Ara, Pedro Fonte, responsable local de Falange Española, Luis Pastrana, conde de Tres Cantos, y las respectivas esposas. Detrás, el servicio: cinco personas, cinco rostros serios con las marcas del futuro incierto metidas en sus rasgos.

Cuando el coche oficial se adentró en el Valle de La Orotava, Carmen Polo no paró de quejarse del fuerte calor que abrasaba la isla. La confortabilidad del vehículo se había convertido en un problema. La combinación de raso blanco se le pegaba a las piernas a aquella mujer extremadamente delgada, que no paraba de rascarse las pantorrillas para aliviar la quemazón que desprendía el terciopelo azul del asiento. Su marido sacudía de cuando en cuando las perneras de sus pantalones intentando desfogarse y su hija jugueteaba con la cinta malva de su trajecito de encajes. Carmen Polo, impertinente, aprovechaba el rato de intimidad para insistir a su marido sobre el general Sanjurjo y la afición de este a la bebida, su ineficacia años atrás en el intento de golpe del treinta y dos, su poca altura de miras y su idea inconsistente de España. «Es un bravucón que no sabe controlarse», repetía. El general, a pesar de estar pensando en lo cargante que era su esposa, se limitó a frenar con la palma de la mano extendida el chorro verbal y fastidioso de la mujer y le rogó que no hablara así delante de Carmencita, la única hija del matrimonio.

—Hay que ser paciente, Carmen. Antes de tomar decisiones es preciso saber cómo se mueven los demás.

Emilio Mola, poseído por sus nervios, no ofrecía aún las garantías suficientes y no estaba clara todavía ni la participación del general ni la dirección política que tomaría el mando militar tras el alzamiento. Cuando Mola aludía a Franco ante otros generales, la mayoría dudaba de la capacidad de iniciativa de Miss Canarias, el mote que algunos habían ideado para referirse al militar de voz quebradiza y aguda, famoso por sus hazañas africanas.

—Lo que decidas, átalo bien. Y hazte valer, Paco. Hazte valer.

Cuando Francisco Franco entró en la casa fue recibido con un aplauso que resonó en los artesonados del señero inmueble. El servicio inclinó la cabeza. Desde las ventanas de las viviendas colindantes los curiosos observaban detrás de los postigos la entrada del conocido militar, tímidos o, más bien, miedosos. La fama de aquel hombre no era como para hacerse notar en su presencia. El general saludó a Ernesto Pineda, que se cuadró de inmediato con un contundente «a sus órdenes, mi general». Detrás, Carmen Polo y su hija saludaron igualmente a los congregados ignorando al servicio, que mantenía la cabeza agachada un metro más atrás de la aristocracia reunida en el patio del capitán Pineda. Franco vio cómo uno de ellos levantó cuanto pudo las cejas para mirarlo y cómo, el que estaba a su lado, le golpeó con el codo para que devolviera la vista al suelo. Dos soldados de la escolta personal montaron guardia en la puerta de la casa. Concluida la recepción, llena de sonrisas y flexiones cervicales, la esposa del capitán Pineda invitó a las señoras a pasar a una sala cercana para disfrutar de una merienda con chocolate y dulces, delicias del repostero alemán Egon Wende, afincado en la Villa. Las tiras de almendra y los tambores de avellana eran la debilidad de las damas presentes, amantes de las golosinas, que las entraban en carnes, disimuladas bajo los volados de los vestidos que guardaban en sus arcones para lucir los días de fiesta. El anfitrión hizo lo mismo con los caballeros y se dirigieron al salón principal, situado en la planta alta. La habitación, decorada con un gusto poco refinado, evidenciaba la posición económica del capitán, «más de verse que de serse», como comentaban los sirvientes en sus descansos para pitillos o brevísimas siestas en algún rincón de la cocina. Con el café y los dulces servidos en una mesa cercana al tresillo, Ernesto Pineda ordenó que no se les molestara. Cerró la puerta y se volvió hacia los demás, que esperaban la clausura de la sala, conscientes de que la conversación daría de sí palabras que no debían ser oídas públicamente.

—Por favor, sírvanse ustedes mismos cuanto gusten —indicó el capitán.

—General, permítame decirle que La Orotava no tenía un visitante tan ilustre desde 1906, cuando la Villa tuvo el inmenso honor de recibir a nuestro rey Alfonso XIII —explicó Fernando de Ara.

Franco no añadió nada al comentario. Se limitó a mirar con molestia al aristócrata, arrugando el bigote y estirando la piel de la sien, ampliada por una avanzada alopecia. Ernesto Pineda intuyó que el general estaba captando en aquellas desafortunadas palabras una suerte de comparación que le sentaba como una patada en su trasero militar. Su imagen de Alfonso XIII era la de un rey incapaz que no había sabido utilizar el peso del trono para conducir los destinos del país. El monarca, sin embargo, veía en el posible golpe de estado una opción de futuro barajable y soportable; a su juicio era el camino más rápido para restablecer la monarquía.

—Hombre, amigo Fernando, tuvimos hace unos años a Primo de Rivera, a Alejandro Lerroux en el veintidós… —continuó Luis Pastrana tratando de suavizar la ligera tensión que mostraba Franco.

El conde de Tres Cantos se quedó inclinado hacia delante aguardando la réplica, o más bien tirando de ella. Pero ante aquel hombre seco y distante, todas las palabras caían sobre un cristal a punto de quebrarse, y más valía que no se quebrara, de lo contrario, cualquiera podía convertirse en el acto en su enemigo u opositor.

—No me gustan las comparaciones —sentenció Franco con su vocecita que, a pesar de su tono, salía despedida como un proyectil mortal.

El capitán Pineda decidió reconducir la charla. Era fácil incomodar al militar, no sólo por su carácter, sino porque, desde su llegada a la isla en marzo de ese mismo año como resultado de la decisión del Gobierno de Manuel Azaña de mantener alejados de Madrid a los generales peligrosos para la República, eran numerosas las voces que se habían hecho oír contra su nombramiento al frente de la Región Militar de Canarias. Su presencia en el Archipiélago provocó un rechazo sin precedentes. Numerosos ayuntamientos de Tenerife, sumándose a una iniciativa de la Corporación del municipio de Buenavista del Norte, protestaron con vehemencia, llegando a celebrarse un pleno en el Ayuntamiento de Realejo Alto en cuyo acuerdo se exigía al Gobierno central el inmediato y urgente relevo de Francisco Franco en su cargo. Desde que puso el pie en la isla los tinerfeños le vieron las orejas al lobo desterrado, cuyas feroces gestas africanas eran conocidas en todo el territorio de la República. Se cansó de leer pintadas en muros y fachadas que clamaban «fuera Franco», sentía el sofoco popular como un oprobio y llegó a enviar una carta al gobernador civil de Tenerife expresando su protesta por el ataque que se estaba llevando a cabo contra la institución a la que representaba. El clima era tenso. Los grupos radicales se hacían fuertes frente al Gobierno, incapaz de contenerlos, y las amenazas contra el general llegaban de todas partes. Sus salidas del palacio de la sede militar, en Santa Cruz, fueron reduciéndose a la misa en la iglesia del Pilar, las clases de golf en Guamasa y algún paseo por el muelle o las Ramblas.

—Mi general, aquí esperamos órdenes con ilusión. Sepa usted que en La Orotava cuenta con nuestro apoyo y el de muchísimos ciudadanos de bien, leales servidores de la patria —dijo fervorosamente Ernesto Pineda.

—Hay que ir paso a paso —añadió el general—. No se pueden cometer los mismos errores que cometió Sanjurjo. Él estará al frente luego, sí, pero el trabajo lo haremos otros. Esta vez hay que hacer las cosas de otra manera, con perspectiva. No puede ser otro cuartelazo que ante el resto de Europa parezca la obra de cuatro locos.

—Eso no va a pasar. Conocemos los apoyos que tiene Mola. Todo está a favor —intervino Pedro Fonte, líder local de Falange Española.

—Yo no veo tan claros esos apoyos y, hasta que no los vea claros, no daré ni un paso —sentenció Franco.

—Si Lerroux hubiera hecho bien las cosas, la República no estaría hoy en manos de ese payaso de Azaña —comentó Pineda.

—De República nada. El rey tiene que volver. Para eso se está montando esto, ¿no? —preguntó Luis Pastrana.

—Señores, no se equivoquen —interrumpió Franco—. No es momento de enfrentar monarquía con república. España debe mirar a otros destinos para recuperar su grandeza. El rey Alfonso es un pusilánime, no tiene capacidad para dirigir el rumbo de este país. ¿Lerroux? ¿Qué se puede esperar de un corrupto que hoy está en un extremo y mañana se pasa al otro? Y en cuanto a Azaña, hay que impedir que ese engendro acabe con nuestra patria.

Las palabras del general quedaron suspendidas en el salón, acompañando a la nube de humo de habano que danzaba hacia el techo huyendo del ambiente castrense que se había apoderado de la estancia.

Hacia las seis de la tarde la comitiva abandonó la casa del capitán Pineda y se dirigió hacia el centro de la Villa para que el ilustre visitante pudiera admirar las alfombras de flores elaboradas en las calles con motivo de la fiesta de Corpus, a la que, por tradición, acudía el comandante de la Región Militar de Canarias. Pronto entraron en la concurridísima plaza de La República que lucía el gran tapiz confeccionado con coloridas arenas del Teide. Una escolta especial, formada por militares y civiles de Falange, controlaba el perímetro y les abría paso entre la multitud. El general caminaba altivo y casi inclinado hacia atrás. Su complejo de barrigón había crecido en los últimos meses debido al abuso del queso y la carne de cerdo, que terminaban por alojársele alrededor de la cintura y en los glúteos. Los años empezaban a traerle kilos y ya no sabía cómo disimular tampoco el volumen de sus posaderas. Prefería mostrar barriga escondiendo el trasero hacia dentro y arqueando la espalda. Su esposa llevaba de la mano a Carmencita, que parecía imaginarse, lastimosa, qué habría ocurrido si al nacer hubiera sido varón. El servicio de seguridad conocía la intención de un grupo anarquista radical de atentar contra la vida de Franco esa misma tarde y se preparó para evitar la acción terrorista. La escolta dominaba desde diferentes puntos el espacio de la plaza y no perdía ojo a cualquiera que, por su aspecto, pudiera levantar sospecha. Franco estaba inquieto; temía por su hija y su esposa. Veía asesinos en todos los rostros y llevaba un pañuelo en su mano para secarse el sudor de la frente, aumentado por el calor del prematuro verano del treinta y seis. A las puertas del ayuntamiento le esperaba Félix Sosa, alcalde accidental, republicano, que, con extrema corrección, le dio la bienvenida a La Orotava y lo invitó a subir al salón de plenos para que pudiera contemplar en toda su amplitud el grandioso tapiz de la plaza. Cuando el general se asomó al balcón con su familia, se dio cuenta de dos cosas: el alcalde accidental no lo había acompañado hasta allí y no se le veía cerca; la alfombra sólo tenía un motivo religioso que la vinculaba a la celebración de Corpus Christi: una gran cruz en su centro. A ambos lados de esta, había representadas alegorías de la agricultura y la educación. Su autor, Norberto Perera, no cejaba en su empeño de plasmar semblanzas políticas en la obra. Ya lo había hecho dos años antes, trazando la imagen de la planta hidroeléctrica de la Villa y desposeyendo a la alfombra de su sentido religioso.

—¿No debería haber ahí otros dibujos en vez de esos? —le preguntó su esposa—. No sé, algo que represente al Santísimo, digo yo.

—Esta gente es así de irreverente, Carmen. ¿Te has fijado en ese tonto que hace de alcalde? No se ha dignado a acompañarnos. No tolero esta falta de respeto —dijo Franco apretando con sus manos la baranda del balcón.

—Tranquilo, Paco. Ya les llegará el turno a estos. Tú ocúpate de lo que te tienes que ocupar.

—Habrá que poner a mucha gente en su sitio. Pero todavía no lo veo, Carmen.

—Ponte tú en tu sitio y ata bien las cosas. De lo contrario, ¿qué va a ser de nosotras? No puedes lanzarte a esto así como así.

—Baja la voz. Leonardo me ha dicho que algunos generales piensan que esto es una golosina y que sólo saldrá ganando el que se atreva a comerla.

—Tú ponte en tu sitio —insistía Carmen Polo— y no des ningún paso sin tener todo atado. Además, ¿quién es Mola?… ¿o Sanjurjo? No hay nadie mejor que tú.

—Ya veremos.

Un oficial se acercó discretamente.

—Mi general —dijo en voz baja.

—Diga, Sanchís.

—La información ha sido confirmada. Hay un pistolero. Franco se llevó la mano a la frente y rascó su piel con el dedo anular.

—Pero no debe preocuparse, mi general. Tenemos la situación controlada. Lo mejor es que continúe con el programa de visita. Hemos puesto vigilancia militar y civil en todo el recorrido de las alfombras. Saldrá de La Orotava por otro camino y en otro vehículo, que estará esperando cerca de la casa desde la que presenciará la procesión.

—Manténgame informado. Retírese.

—A sus órdenes, mi general.

Abandonaron el ayuntamiento y comenzaron la visita por las calles alfombradas. Franco sentía que había quienes le miraban con desprecio, muchos, pero también quien le mostraba admiración. Le acompañaban los capitanes Pineda y Lechado. Diversos soldados de la guarnición desplazada a la Villa lo custodiaban de cerca. Carmen Polo ofrecía a los vecinos una sonrisa previamente ensayada que agradaba más bien a pocos. Cuando alcanzaron la casa de la familia Montesinos, el capitán Lechado explicó el origen de las tradicionales alfombras, acontecido al pie del edificio, y relató la visita a La Orotava en 1910 de la infanta Isabel de Borbón y Borbón con motivo de las fiestas, y la estancia en dicha mansión del infante Enrique de Borbón en 1864. Mientras Franco se revolvía dentro de sí escuchando el nombre de tantos ilustres que había hospedado la Villa a lo largo de su historia, su esposa se imaginaba alternando con duquesas, condesas y marquesas cuando su marido alcanzara las glorias que ella soñaba en secreto. Francisco de Orleáns, príncipe de Joinville, el archiduque Maximiliano de Austria o Eulalia de Borbón, hermana de Alfonso XII.

Alguien gritó «viva el comunismo». Franco miró a su alrededor. En un acto reflejo, Carmen Polo tomó a su hija del brazo y el capitán Pineda, de un salto, se puso delante del general. De inmediato, la comitiva se vio rodeada de guardias y militares y dos policías evitaron la huida del espontáneo, al que condujeron a un callejón cercano, apartándolo del recorrido procesional y de la presencia de Franco, que había quedado paralizado esperando el desenlace de la situación.

—Cerdo rojo —pensó para sí—. No pasa nada —dijo—. Sigamos.

Continuaron hasta la casa de Leonardo Lechado. Allí aguardaba la aristocracia orotavense para rendir pleitesía al distinguido visitante. Saludos, apretones de manos, inclinaciones, sonrisas plásticas y, una vez más, los sirvientes de la casa ofreciendo excesivos honores al excelso invitado, al que no se le movía ni el bigote ante la adulación de los presentes. Rita, una de las muchachas de la cocina, se había negado a participar del homenaje junto a sus compañeros.

—Doña Crisanta, yo me quedo aquí y ya está —le decía al ama de llaves.

—¿Pero estás loca, chiquilla? —le insistía la señora, bondadosa con sus iguales y harta, como todos, del sacrificio diario—. Si los señores se dan cuenta de que no estás allí, ¿a quién crees que le van a caer encima? —advertía.

—Pero es que no quiero verle la cara a ese hombre. Mi padre me ha contado cosas que…

—Pues quítatelas de la cabeza ahora y hazme el favor. No vayamos a tener un disgusto.

La chica estuvo allí pero, cuando Franco llegó al patio de la casona, casualmente sus ojos fueron a dar con los de Rita. Ella se llevó las manos al vientre mientras bajaba la vista, luego a la boca y luego salió corriendo hacia el cuarto de baño antes de que el vómito le saliera despedido desluciendo la recepción y creándoles a todos un enorme problema. Doña Crisanta hizo como si no hubiera visto nada, pero fue inevitable que el general se percatara de la repentina huida de la sirvienta. Este evitó hacer comentarios pero increpó con la mirada a la esposa del capitán Lechado. La aristócrata sintió al militar como si le estuviera gritando junto a su oído: «¿qué clase de señora eres tú que permites esta falta de vergüenza? ¿A quién crees que tienes delante?». Ella desplazó con disimulo un hombro hacia atrás para contrarrestar la rigidez que le invadió la espalda y, girando con suavidad su cabeza, recuperó la sonrisa palaciega.

Las cornetas y tambores avisaron de la llegada del cortejo procesional y los anfitriones condujeron a los invitados al balcón de la casona. Franco apoyó sus manos en la baranda y suspiró incómodo. A su lado Carmen Polo mantenía su circunstancial sonrisa y Carmencita observaba a los niños que encabezaban el desfile religioso vestiditos con su ropa de la primera comunión. A la derecha del general se colocó un miembro de la escolta. Franco se inclinó para contemplar desde la distancia la gran custodia de plata trepando por la inclinadísima calle Colegio. En la segunda planta de un inmueble situado frente a la mansión, un balcón vacío alertó al escolta. Su puerta estaba abierta, pero nadie la atravesaba para presenciar desde tan destacado punto la procesión de Corpus. Inquieto, hizo una seña a un soldado que vigilaba cerca de la entrada principal de la vivienda. De pronto, atravesando la puerta del balcón, apareció de la oscuridad un brazo con un arma que apuntó hacia Francisco Franco. El escolta, rápido y eficaz, empujó al general despegándolo de la baranda y desplazándolo hacia el interior de la casa. Ninguno de los invitados se percató del hecho.

—¡¿Qué hace?! ¡¿Qué pasa?! —preguntó alterado.

—Un arma, señor. Le estaban apuntando.

—¿Cómo es posible? Yo no he visto nada.

En ese momento apareció, agitado, el capitán Sanchís.

—Mi general, debe marcharse ya.

—¿Me quiere explicar qué está pasando, capitán?

—El pistolero… Pero tenemos la situación controlada, mi general.

—¿Controlada? ¿Han estado a punto de matarme y usted me dice que tienen la situación controlada, capitán?

—Mi general…

—Quiero que lo atrapen.

—Haremos todo lo posible…

—¡No, todo lo posible no! ¡Quiero que lo atrapen ahora y me lo traigan aquí! —gritó Franco.

Leonardo Lechado, a pesar del sonido de los tambores y cornetas, oyó las voces y, sorprendido, entró en el salón.

—¿Qué pasa?

—Leonardo, avisa a Carmen. Nos volvemos a Santa Cruz.

—Pero si el Santísimo todavía no ha llegado y luego hay que ir a…

—No podemos quedarnos más tiempo —interrumpió Franco.

—Pero mi general, la tradición es…

—¡Avisa a Carmen he dicho y deja de hacer preguntas, coño! —insistió.

—Sí, mi general.

—Sanchís, qué hay del coche.

—Está estacionado unos metros más arriba. Saldremos por la puerta de servicio, mi general.

—¿Es seguro?

—Sí, mi general. Hemos desplegado a quince hombres para escoltarle a usted y a su familia hasta allí, señor.

—Bien, pues vámonos…

—A la orden, mi general.

Carmen Polo y su hija entraron acompañadas por el capitán Leonardo Lechado.

—¿Cómo que nos vamos, Paco? —preguntó le mujer disgustada.

—Ha habido un problema. Es peligroso quedarse. Vámonos. A punto de abandonar el salón se dirigió nuevamente al capitán.

—Quiero a ese tipo arrestado antes de las diez de la noche.

—Como ordene, mi general.

El pueblo continuó la fiesta. La procesión hizo su tradicional estación en la plaza de La República. El incienso aturdía a las palomas, sujetas a la cornisa del edificio, y un aroma frágil proveniente de miles de pétalos agrietados por el sol del día impregnaba los zaguanes de las casas señoriales. El río de vecinos y visitantes, ataviados con sus mejores galas, continuó acompañando el desfile religioso mientras Franco y su familia abandonaron la Villa en un automóvil negro estacionado en los aledaños de la conocida Casa de los Balcones. Nadie los vio marchar y muchos se percataron de su ausencia en los últimos puestos de la columna procesional.

Concluido el acto, los villeros regresaron a sus casas paladeando el sabor de la fiesta recién inaugurada que duraría los tres días siguientes, ignorando que, durante el ritual religioso cien veces repetido, en las calles del pueblo podía haberse alterado el destino de España.

Capítulo 4

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