ÉRASE UNA VEZ UN PRÍNCIPE REPUBLICANO

V.1: Junio, 2014


© J. M. Amilibia, 2012

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2014


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ÉRASE UNA VEZ UN PRÍNCIPE REPUBLICANO

J. M. Amilibia






1

Capítulo 1


La verdad es que poco sabía yo del príncipe cuando empecé a escribir la novela que me traería el éxito y la desgracia, dos circunstancias que van de la mano demasiadas veces, y poco seguía sabiendo cuando la terminé; un escritor fracasado me había dicho en el café que escribiera sobre el mundo que conozco y, naturalmente, no le hice caso. Escribir sobre lo que no se sabe ofrece un abanico de posibilidades mucho más rico y atractivo; sin duda es más excitante, una ventana abierta a la osadía. Uno tiene la impresión de estar soltando amarras en un barco sin destino, y la nave va…

¿Qué se puede saber del príncipe? En Macón, y me imagino que en otros países donde haya príncipes, nada o casi nada, sólo las cosas que el pueblo repite como un loro amaestrado por las revistas y la televisión que persiguen al príncipe de fiesta en fiesta, de acto en acto, antes de novia en novia, a modo de palafreneros que no se consideran criados y lo son, y por los profetas del chisme, que también son criados aunque no lo sepan o no quieran saberlo. Algunos de éstos, autodefinidos como independientes y poco dados a servir al público ambrosía en sus columnas, en ocasiones puntuales y audaces se atrevieron a decir que el príncipe era frívolo, distante y no muy inteligente. Que no le apasionaba su oficio. Que era tirando a vago. Que era soberbio y antipático. Que en la intimidad hablaba inglés y no maconés. Que hubiera preferido ser príncipe de Dinamarca. Que, en definitiva, no le gustaba Macón, como si ésa no fuera una seña de identidad de todo maconés. No hay pruebas de nada de ello, nadie ha podido ratificar tales osadías. Y la Casa Real se ha escudado en un silencio de campo azur con león rampante: el desdén coronado. Y si uno se acerca al entorno de su Alteza, verá que casi nadie aporta nada valioso o definitivo. La vecindad, el roce con el poder, exige silencio o, en todo caso, una discreción lisonjera: es abierto, dicen, inteligente, responsable y patriota, sin duda alguna un príncipe de estos tiempos —se dice mucho de estos tiempos— dispuesto a todo por el servicio a Macón.

Ah, y sabe escuchar, añaden; carece de la soberbia natural de los príncipes de antaño, es humilde y tiene muy claro que la soberanía pertenece al pueblo. Cree firmemente en la monarquía parlamentaria, es un demócrata convencido y un gran defensor de los Derechos Humanos. Y está sinceramente preocupado por la defensa de la naturaleza y por el cambio climático. Será un gran rey. Eso dicen. Luego están los que en su día fueron alejados del vecindario de su Alteza, del privilegio del roce cotidiano con el heredero, y tratan de ser elegantes dejando entrever una punta de resquemor: Bueno, no es mal tipo, quizá un poco engreído, pero ¿qué hombre educado para reinar no lo es? Lo peor es su entorno; le pasa como a su padre, que no sabe escoger los amigos. Y eso que desde que se casó, ella manda también —remarcan el también— en la elección de los próximos; la princesa le ha quitado un poco la tontería, el envaramiento y la frialdad, y él parece comer de su mano; pero ya veremos lo que pasa cuando termine el encoñamiento y llegue el tiempo de los cuernos, cosa que más temprano que tarde les alcanza a todas las princesas y reinas de Macón. A la larga, a ninguna le encaja bien la corona en la real testa, ya sabe; aunque también es verdad que la que sale brava deja chico en cuestión de cornamentas al más pendón de los reyes.

Así hablan los ex conocidos.

Pero saber, lo que se dice saber a ciencia cierta, casi nada, ya digo. Sólo elogios desmedidos o chismes interesados.

¿Puede ser normal quien recibe el tratamiento de Alteza desde el momento mismo de nacer, siendo educado para heredar un país por el simple hecho de ser el hijo de su padre y aceptando tal anacrónica situación como la cosa más natural del mundo, hasta el punto de hacerle creer con fe ciega en la divinidad de su destino y en que todo cuanto haga y decida es lo más conveniente y justo para su pueblo, lo que necesariamente ha de hacerse?

¿Puede ser normal alguien criado en los privilegios del noble y grande por cuna, con toda la pasamanería y el barroco que eso implica, y educado en la excepcionalidad por estar destinado a la Más Alta Tarea y a los Más Grandes Servicios a la Patria, a ser Modelo de Ciudadano, Primer Soldado de Macón y Crisol de Todas las Virtudes de su Reino, con toda intoxicación y dislocación cerebral que ello —y muchas cosas más— supone?

¿Puede ser normal un tipo que es aclamado en la vía pública y en los grandes salones sin ningún mérito que lo justifique, por el mero hecho de estar ahí, de saludar, acaso de sonreír y agitar la mano, de exhibir del brazo a su linda esposa, que es aplaudido por hacer discursos con palabras que no son suyas, que es recibido con emoción y lágrimas en los actos fúnebres donde aparece revestido de dolor oficial y con entusiasta gratitud —gracias por estar aquí, Señor— en las entregas de premios o agasajos donde luce la prestancia y la solemnidad que le es natural o que le brindan los fervorosos ojos que le miran?

Yo creo que no, pero los estudiosos de la mente humana dicen que aún no sabemos qué significa el término normalidad, y que, por supuesto, tan normal o anormal puede ser un príncipe como un deshollinador. Para la psiquiatría normal ya casi nadie es normal: la lista de nuevos trastornos crece cada día, y esto se debe, dicen, a la cada vez más escasa tolerancia del sufrimiento por parte de la sociedad. Así que tampoco por ese camino avancé en la documentación para mi novela y creo que fue entonces, después de mucho hablar también con algunos economistas, historiadores, políticos y constitucionalistas, cuando decidí que construiría el relato con la exclusiva aporta-ción de mi imaginación y el anexo de mis reflexiones, sin importarme mucho las coincidencias con lo real y lo legal.

En un principio, sólo tenía una idea, y con esa única idea me senté ante el ordenador: el rey ha muerto en un accidente y el príncipe decide abdicar al trono para favorecer la llegada de la república, pues así lo cree necesario, oportuno y justo. Era una idea o más bien una foto fija que me obsesionaba desde mucho tiempo atrás y durante ese tiempo mi larga caminata matinal de hora y media se veía constantemente interrumpida para hacer anotaciones alrededor de esa imagen congelada en mi cerebro. Para arrancar ante el folio en blanco tenía una idea —una obsesión— y un montón de papelitos con anotaciones de situaciones, reflexiones, frases… La mayoría eran inútiles: no todo lo que se te ocurre con las primeras luces del día es brillante, a pesar de lo que digan los escritores muy madrugadores.

—¿Y vas a escribir una novela sobre el príncipe sin tener ni puñetera idea de cómo es? —me preguntó Lucía, aún en camisón, mientras depositaba una taza de café descafeinado sobre la mesita de mi ordenador; no era mi taza, era la suya.

—Voy a escribir una novela partiendo de una idea que me parece original: el rey ha muerto en un accidente… —dije mirando su taza; me molestaba su taza; me molestaba que pusiera su taza junto a mi ordenador.

—¿Qué tipo de accidente?

—No lo sé aún. Creo que inventaré un accidente de caza o de pesca.

—¿Sin nada de misterio? ¿Un simple accidente y ya está?

—Sí, un simple accidente y ya está.

Usé el tono cortante, frío, que habitualmente utilizaba para que me dejara en paz, para que se largara a su trabajo en el ministerio de una puta vez, y precisamente eso es lo que deseaba decirle: Vete a tu puto trabajo de una vez, pero me conformaba con el tono desabrido, las respuestas lacónicas, las miradas burlonas o ácidas. Ella hacía que no se enteraba.

—Creo que un atentado terrorista tendría más gancho. Un disparo desde muy lejos con un rifle con mira telescópica, por ejemplo. Ya sabes: la ventana, el tipo con el rifle que espera el segundo oportuno, un tiro limpio en la cabeza…

No contesté: el silencio era mi segunda mejor arma, a veces la primera. Sabía que si manoseaba en mi mente un poco más mi odio hacia ella y potenciaba mi voluntad de hombre callado, podía llegar a convertirme en uno de los casados más silenciosos de Macón. A eso aspiraba. Ella hizo lo que otras tantas veces: sentarse en mi sillón de lectura y mirarme fijamente. Me molestaba que se sentara en mi sillón, me molestaba que entrara en mi despacho a medio vestir, oliendo aún a noche, a cama, a cremas, y que pusiera su taza en mi escritorio. Allí estaba, en el vértice del ángulo que formaban mis dos largas y altas librerías, bajo la luz lechosa de la lámpara de pie, como si quisiera decirme: Resistiré a tu desdén, aunque haya follado un poco con otro, te amo y no podrás echarme de tu lado tan fácilmente.

¿Puede volver a la normalidad un matrimonio cuando ella te ha puesto los cuernos a los cinco años de casados con un jefe de sección al que conoces bastante bien y al que consideras uno de los más grandes gilipollas del planeta? ¿Puedo yo volver a ser normal? ¿Puede ella? ¿He sido alguna vez normal? ¿Vivimos Lucía y yo una situación normal? ¿Existen aún las situaciones normales?

—¿Es así como te gustaría morir? —le dije sin apartar la vista de la pantalla del ordenador.

—¿Qué quieres decir?

—Que si te gustaría morir así, de un tiro limpio en la cabeza.

Estaría bien que pensara que yo podría ser capaz de dispararle, pero me conoce demasiado para temer algo así. Me gustaría que me tuviera un poco de miedo, que viera alguna vez en mis ojos la posibilidad de…

—¿Ya empiezas a jugar a Freud?

—No. Es una simple pregunta.

—Parece que es una muerte mucho mejor que otras muertes —dijo mientras se levantaba camino de su baño.



Qué poco puede saberse de un príncipe. ¿Había recibido tratamiento psicológico para ahuyentar de su conciencia templada como el acero para el ejercicio del poder todas las sombras o fantasmas del pasado sangriento, despótico, caprichoso, corrupto y perverso de sus antepasados, ese árbol genealógico en el que la mayoría hubieran merecido morir ahorcados? Pero de ese negro pasado recibe todo cuanto es: su título, su sangre, su herencia, su gloria. Su sustancia. Su trono de hoy, el que le espera, está fabricado con las patas y el terciopelo de ese pasado; su madera pertenece a ese árbol obsceno y cruel, y su corona luce el oro y las gemas que inspiraron crímenes, traiciones, desenfreno e injusticias sin cuento durante siglos.

Un príncipe es su historia, su fulgurante espada, sus viejos cuentos y rancias leyendas, sus espectros. Pero no son unos espectros cualesquiera: viven en las enciclopedias, en las estatuas, en los nombres de las calles, en el cine, en el teatro, en la literatura, en la televisión. Están hasta en las coplas y las canciones de ciego. Un príncipe, en realidad, es un ser sitiado por fantasmas, por espíritus omnipresentes y terribles que sus educadores y los historiadores adjuntos y complacientes han tratado de convertir en generosos, leales, austeros y justos, transformando el asesinato en necesidad maquiavélica y hábil maniobra de Estado —todo sea por la Patria—, la traición en urgente deber y grasa imprescindible para el buen funcionamiento de la maquinaria institucional, y la crueldad de las batallas nacidas de la soberbia y la codicia en el imprescindible engrandecimiento del Reino, todo sea por el bien del pueblo.

Ahora dicen que la soberanía es del pueblo, y muchos se lo creen, como si el pueblo hubiera sido alguna vez soberano, como si pudiera serlo algún día, como si aquí, en Macón, se hubiera pasado de súbditos a ciudadanos gracias a la monarquía y no a la república, aquella que hicieran abortar como un feto monstruoso.

O sea, que mi idea para esta novela, mi obsesión, la imagen de un príncipe abdicando, quizá sólo fuera en su día el reflejo de una esperanza que nunca reconocí como tal —no soy hombre de esperanzas, digo siempre—, la materialización de un deseo que apareció en mi inconsciente como algo ajeno o una traición a mi habitual pose de escepticismo. Aclararé en seguida que, no creyendo en casi nada, me considero ateo, republicano y ácrata. Pero quizá fuera cierto que la idea primigenia tenía algo que ver con un anhelo no manifestado, con una proyección del inconsciente ahora revelada. Qué sé yo. Aún sabemos menos de los juegos neuronales de nuestro cerebro que de los príncipes. Yo me inclino a creer que simplemente la idea me pareció divertida, original, atractiva. Una buena idea. Y que se vendería bien.

—¿Y qué pasa después de la muerte del rey? —Lucía volvió del baño, esta vez envuelta en una toalla. Una toalla grande para el cuerpo, aún apetitoso aunque había engordado un poco, y una toalla pequeña para la cabeza que le daba cierto aire de actriz de comedia americana, un aire a lo Doris Day.

—El príncipe decide abdicar para favorecer la llegada de la república.

—Eso no se lo va a creer nadie —desenrolló la toalla de la cabeza y comenzó a frotarse el largo cabello negro con energía.

—Puede que no, pero es un deseo inconsciente de muchos y consciente de otros muchos. Además, me importa un huevo que se lo crean o no. Me importa que la idea sea fresca, original.

—Vas a caer otra vez en el afán de originalidad, el primer pecado del escritor —estaba a punto de iniciar su discurso de crítica literaria, lo fue en una revista universitaria, hace ya muchos años.

—Ni sigas por ahí.

El tono agrio otra vez, por si sirviera. Pero continuó hablando, citando a Chateaubriand y a Jung, y diciendo aquello de que ni siquiera el pecado original era original. Así que apagué el ordenador y busqué una camisa limpia. Me voy a desayunar al bar, dije en voz muy baja. He traído bollos con crema de la panadería, dijo ella. A veces traía bollos cuando volvía de correr. No sé para qué iba a correr si luego se comía cuatro bollos de crema. Hice que no la oía y cerré la puerta de golpe. Le fastidiaba que cerrara la puerta de golpe.



En el bar, con un café solo y una copa de aguardiente, los cigarrillos negros siempre a mano, rumiaba mi obsesión y apuntaba cosas en las servilletas de papel y en los márgenes de los periódicos: si los robots sueñan con ovejas eléctricas, ¿con qué cuento sueña quien lo tiene todo, con qué sueña el protagonista del cuento, con qué coño sueña el que vive dentro de un cuento desde la fecha de su nacimiento? Nada de cuentos: decían sus palafreneros que el príncipe conocía muy bien la realidad política, social y económica de Macón. Nada de cuentos: ninguna miseria humana le es ajena, nada de la actualidad se le escapa, vive la realidad como cualquiera, pero, por Dios, ¿qué pensáis?, es un príncipe de este tiempo, del siglo xxi, es un príncipe moderno. Eso me decían.

Pero yo sé que la visión de la realidad depende de la ventana desde la que se mira. Por la ventana de su Gran Palacio de las Aguas, el príncipe ve cada mañana los cisnes blancos y negros que se deslizan sobre el lago de aguas cristalinas, azulísimas, que circunda las murallas y las altas torres de su enorme residencia oficial de piedra clara que al atardecer parece áurea, y un poco más allá, en el parque natural que se pierde en el horizonte, entre la copiosa arboleda del bosque puede otear los ciervos y jabalíes que cuando le plazca cazará. Una postal cursi, un poco austriaca o Sissi Emperatriz, pero real. Desde mi ventana yo veo los altos edificios de apartamentos de los años sesenta, feos, sucios, de ladrillo visto, con balcones que un día conocieron el color de plantas y flores y ahora aparecen llenos de trastos y antenas de televisión, y un muro sin ventanas de piedra gris que es la espalda monstruosa de un gran centro comercial. En el solar de la casa en ruinas que se demolió hace poco —aún no se sabe qué construirán— veo ratas como conejos y gitanos rumanos, rodeados de una nube de niños harapientos y mocosos, rebuscando entre los escombros cables de cobre o cañerías de plomo. Y eso que vivo en el centro.

Los dos estamos bajo el mismo cielo, pero si llueve no tenemos el mismo paraguas.

¿Es el nuestro un príncipe moderno? Pienso que modernidad y monarquía son términos contrapuestos. ¿Y qué somos Lucía y yo? De lunes a viernes la veo muy poco gracias al trabajo, bendito sea, pero los fines de semana se me hacen eternos. Al atardecer, cuando ya me he cansado de estar en el bar de abajo, con la disculpa de ver un partido de fútbol que no dan en abierto o del compañero que pasaba por allí y me ha llamado para tomar una copa, y me siento en el salón de nuestra casa sin una idea concreta de qué hacer —¡me pasa tantas veces!—, la observo en silencio desmayada en su sillón junto a la puerta acristalada del balcón con la mirada fija en las nubes o en qué se yo, absorta, y pienso que piensa en mí, o sea, en lo nuestro, en esta situación puente tan airada —y amarga— entre lo que fue y lo que no acaba de ser.

—A lo mejor me voy unos días con mi madre a la costa —me dijo.

Interpreté por el tono apesadumbrado y manso que necesitaba reflexionar y sentir el calor de un abrazo que yo no le daba. Alguien que le diera la razón. Un poco de cálida conversación lejos de los cada vez más largos silencios de esta casa.

—Bien —dije yo.

—Si te parece mal no voy —dijo ella.

—No, está bien; ya sabes que puedes hacer lo que quieras.

—¿Tú haces lo que quieres? —preguntó.

—No, ya sabes que no; nadie puede hacer lo que quiere —respondí sin retirar la mirada del periódico. Quería que dijera que se quedara, pero no lo dije. No deseaba que se quedara.

Desde que me enteré de lo suyo con el jefe de sección —sólo se vieron dos veces en un motel de las afueras—, después de la breve pero muy fuerte pelea que tuvimos y de que se fuera a pasar un mes con su madre, y del pacto a modo de tregua que acordamos para ver qué pasaba con nuestra relación, si podíamos seguir o no, si yo era capaz de perdonar o no, si ella era capaz de hacerse perdonar o no, Lucía se esforzaba en mostrar un gran interés por mí, por mi trabajo y por mis proyectos, y a mí aquel interés postizo me irritaba de tal manera que sólo encontraba el camino de la huida o de la bronca después de una corta conversación, del inicio de una conversación que casi siempre acababa mal. El portazo. En los mejores días —no había muchos— sólo me hacía sentir hastío, y entonces me limitaba a guardar silencio y seguir con mi tarea ante el ordenador, ignorándola o respondiendo a sus preguntas o comentarios con un esfuerzo —y mucho desdén— que me esforzaba en hacer bien notorio.

Habían pasado tres meses y no se daba por vencida. Nunca llegué a apreciar su perseverancia, y lo digo ahora que es tarde para todo, incluso para sestear en la nostalgia o jugar a lo que pudo ser y no fue. En aquellos días ella conocía mis problemas en la emisora: desde la publicación de mi última novela, una que trataba de un director de periódico que es víctima de una redactora que simula un intento de violación para vengarse de su negativa a darle una columna diaria, el director de Sálvame María se había empeñado en hacerme la vida difícil, y no porque le hubiera disgustado mi relato —no lo había leído, naturalmente; casi nadie lo había leído—, sino por las declaraciones que había hecho a algunos colegas de la prensa digital sobre la libertad sexual de mi protagonista y algunas ironías sobre la iglesia represiva.

—Eres ateo y trabajas en Sálvame María, la emisora de la iglesia más rancia —dijo Lucía—. Todo el problema radica en que no estás en tu sitio.

—¿Quién está en su sitio hoy? ¿Acaso hay un sitio para cada uno? ¿Acaso he estado alguna vez en mi sitio?

—Sólo he dicho que no estás en tu sitio.

—Nadie está en su sitio, todos estamos descolocados. Todos menos tú. Tú sí estás en tu sitio, en tu bonito despacho del ministerio con vistas al pene del jefe de sección.

—Sabes que se fue, pidió el traslado hace tiempo.

—Bueno, el nuevo también tendrá pene, ¿no?

—Estás insoportable.

Se levantó. Sabía lo que iba a hacer: se iría a la cocina, haría más ruido del habitual con platillos, tazas y cucharillas, con las puertas de los armarios, para demostrar todo el daño que le causaba mi cruel comportamiento, y al rato aparecería con dos tazas de café y los ojos enrojecidos. Eso hizo exactamente. En contra de mi norma habitual, yo seguí hablando, sobre todo para hacerle sentir lo ridículo de su impertinencia:

—¿Y sabes por qué estamos descolocados? Porque nadie puede elegir dónde trabajar. Porque encontrar un trabajo se ha convertido en un milagro. La Virgen obró uno y me concedió un hueco en Sálvame María. Gracias, Virgen Santa. Debería ponerle una vela todos los días. Estamos descolocados porque la necesidad descoloca: ya no importa lo que pienses, tus principios, aquellas viejas ideas de la honestidad o la coherencia; importa sólo encontrar un refugio para sobrevivir en el caos. ¿O acaso ya no tenemos que pagar el alquiler y las facturas? —dije de un tirón.

No había hecho una parrafada tan larga y tan sentida desde hacía meses, casi me había olvidado de que estaba hablando con Lucía, mejor dicho, de que no debía hablar tanto con Lucía. Al instante sentí también la vergüenza de tener que repetir algo tan obvio. Me golpearon los tópicos que siempre acompañan a las cosas más sentidas.

—Sí, tienes razón; estamos donde podemos, no donde queremos —musitó ella, reconociendo con su tono el peso de mis razones.

—Hoy, los hombres libres que ejercen de tales no pueden tener empleo. Quiero decir que libertad y empleo son términos opuestos. ¿No habías caído en que ser explotado en este país es una buena noticia porque significa que tienes trabajo?

—Hoy los hombres libres escriben novelas que nadie quiere publicar o que no lee casi nadie —dijo poniendo una mano blanda en mi hombro.

Sentí el calor de su mano como un beso; instintivamente estuve a punto de poner mi mano izquierda sobre la suya para apretarla, agradecido. Me contuve a tiempo, no quería dar ningún paso que condujera a la escena de la reconciliación, no todavía, no mientras me sintiera herido. Mira que ponerme los cuernos con un idiota. Era necesario que ella también sintiera algún dolor, y ayudaría mucho el reconocimiento de la estulticia de su amante. Que dijera de una vez: él es un tonto del culo y yo fui una mema al tirármelo. Punto. El hecho de que fuera capaz de follar con un idiota desnaturalizaba nuestra relación, la llevaba al abismo de lo irracional, sobre todo porque en la peor de las conclusiones, podía decirse que ella era una imbécil —sólo una imbécil folla con un imbécil— y yo un imbécil por no haber diagnosticado su imbecilidad a tiempo —sólo un imbécil se casa con una imbécil—. Quizá éramos tres imbéciles. Por lo demás, su frase era cierta: tenía cuatro novelas en el cajón que habían rechazado más de veinte editoriales, grandes y pequeñas. La que últimamente me había publicado un editor amigo de la periferia iba muy mal, apenas quinientos ejemplares vendidos en las tres primeras semanas, lo que significaba que la novela ya estaba en sus estertores. Muerta. Papel estúpidamente gastado.

—Creo que libre sólo es Onassis —dije en un tono que bien podía parecer (sólo parecer) que acariciaba su mano en mi hombro.

Nadie sabía quién le había puesto Onassis al pobre más estrafalario de nuestra calle llena de pobres; sí sabíamos que fue el día en que apareció gritando por todas las terrazas de los muchos bares de la zona que él era más rico que todos nosotros: Sí, aunque no lo creáis, yo soy más rico que todos vosotros. Me dais pena, jodidos pobres. Así gritaba, así nos reñía. Y luego pasaba el platillo con la cara muy alta, casi esquivo, arrogante, como exigiendo un tributo más que una limosna, como si en el fondo despreciara profundamente la piedad o la generosidad que recibía en forma de monedas, muchas por cierto, porque a la mayoría le hacían gracia sus diatribas. Todo lo que me dais me lo voy a fundir en vino, no penséis que voy a comprar un bocata, una manta o el Ulises de Joyce, anunciaba. Tampoco penséis que estoy ahorrando para la entrada de un piso, jodidos perros.

Nos llamaba jodidos perros. Probablemente había leído a los cínicos y le gustaba jugar a Diógenes. Soy más libre que todos vosotros porque no tengo nada ni deseo nada, sólo unos buenos tragos y un poco de pan con queso y acaso unos higos. Sí, soy más libre que todos vosotros, jodidos perros. Aflojad la mosca, que tengo seco el gaznate. A veces lo veía tumbado en un banco junto al solar en ruinas y si los gitanos rumanos y sus niños armaban demasiado ruido les pedía silencio a pedradas.

¿Qué libertad conoce el príncipe? Así como el amor y la libertad son enemigos irreconciliables —el que ama es siempre un esclavo—, quizá también lo sean la libertad y el poder. La libertad sólo es cosa de los agonizantes, o de los Onassis que mendigan, o de los que saben hacerse el muerto para flotar en el mar del caos, etc. Bien lo sé yo, que después de mucho desearlo, sucedió que el éxito me llegó pegado a la desdicha, y ahora escribo la historia de mi penosa historia a toda prisa desde un lugar de pesadilla, demasiado blanco y aséptico para ser real. Escribo los recuerdos antes de que me los roben, y no sé muy bien si soy un secuestrado, un desaparecido o un casi muerto.

No creo que el príncipe sea dueño de su propia vida, pero quizá no le importe, porque a cambio de esa falta de libertad —relativa— recibe el premio de cumplir con su glorioso y diseñado destino. Pero, ¿qué prefiere nuestro príncipe, el poder o la gloria? Hasta para Maquivelo son cosas bien distintas, el mismo Maquiavelo que acepta que para salvaguardar el Estado es necesario incurrir en ciertos vicios. Dijo Russell: «El primer ministro tiene más poder que gloria, el rey tiene más gloria que poder. Por lo general, sin embargo, el camino más fácil para obtener la gloria es obtener el poder».

Para escribir mi novela sobre el príncipe, la novela del éxito y la desgracia, volví a leer El príncipe, claro. En la cuestión de si para un príncipe es preferible ser temido o amado, Maquiavelo, tras reconocer la dificultad de combinar ambas cosas, dice que es mucho más seguro ser temido que amado, «porque de los hombres en general puede decirse lo siguiente: son ingratos, versátiles, dados a la ficción sobre sí mismos, esquivos al peligro y ávidos de ganancia». Y concluye que el príncipe que descansa en las promesas de los hombres y carece de otros recursos está perdido, aunque al final —¡ah, las filigranas de Maquiavelo y su medida ambigüedad!— escribe que debe evitar ser odiado por sus súbditos. Pero, si como aconseja, debe ser mitad bestia y mitad hombre, ¿cómo evitar el odio? No lo dice, pero ya sabemos que, según él, el fin lo justifica todo: «Procure pues el príncipe conservar su Estado y los medios serán siempre tachados de honrosos y ensalzados por todos porque el vulgo se deja seducir por las apariencias y el acierto final y en el mundo no hay sino vulgo».

De la relectura deduzco que gran parte de las acciones que propugna Maquiavelo hace tiempo que fueron asumidas por los servicios secretos. Así el príncipe puede conservar las manos limpias, la conciencia inmaculada y la espada en su funda.

Antes de la historia de los cuernos, en un pasado reciente que fue casi idílico, me gustaba pinchar a Lucía por su condición de funcionaria. Le decía que me bastaría oír decir a un solo funcionario que sentía remordimientos y vergüenza por el sueldo que percibía sin apenas dar golpe para que esa miserable clase se redimiera un poco ante mis ojos. No esperes que lo diga yo, me decía ella. En su evolución natural, el funcionario ha logrado alcanzar una condición genética que le impide cualquier sentimiento de culpabilidad, explicaba. Ha acentuado su calidad de víctima: se considera odiado por la ciudadanía y maltratado por el Estado, que le paga mal, y al final se refugia en aquello que decían los obreros comunistas en la URSS: «Me engañarán en el sueldo, pero no en el trabajo», remataba Lucía. Y sonreía. Era cuando nos decíamos cosas sonriendo y riendo. Cuando hablábamos.

—No sé por qué os quejáis tanto —decía yo—, sois la gente más libre del mundo. Recuerdo que le hice una entrevista a Boris Groys, hace años, y el filósofo alemán me dijo que la única libertad que de verdad cuenta es la de ser libres del trabajo: Dicen que estamos llenos de deseos, pero es una idea falsa del mundo occidental; si liberas a alguien de sus obligaciones se va a dormir; la verdadera libertad es no trabajar, explicaba. Por eso, Boris mantenía que había mucha libertad en los países comunistas, porque nadie daba ni golpe: era fácil escaquearse de la burocracia al mando. Y por eso, sentenciaba, hay tan poca libertad en el mundo dominado por el mercado.

—¿Cómo podía hablar de libertad en la URSS? Qué locura—decía Lucía.

—Creo que su tesis aludía más a la vida del burócrata en Moscú que a la del minero en Siberia, pero, en fin… Me llamó la atención su punto de vista.

El príncipe que yo iba a crear —que ya estaba creando—, no abdicaba sólo por facilitar la llegada de la república; entre otras razones que ya se me ocurrirían, porque casi nunca se hace algo por una sola razón o por la razón que aparece como primera, el príncipe también deseaba dejar de trabajar de príncipe para ser libre. Pero, ¿qué idea de la libertad podía perseguir el príncipe? ¿Qué entendía él por libertad? Probablemente anhelaba pegar una patada a la agenda oficial, a sus asesores de protocolo y actividades diversas, a sus guardaespaldas, a las visitas a los orfanatos, hospitales y asilos de beneficencia —odiaba la visión de la miseria—, a las guarderías de las fábricas —odiaba a los niños gritones—, a los interminables actos culturales de puro y solemne exhibicionismo en los que lo más florido de la intelectualidad cursi y pesada pugnaba por ofrecer el discurso más brillante —odiaba tener que luchar contra el sueño—. Deseaba no tener que estar todo el día estrechando las manos —a veces tan sudadas— de cientos de personas a las que no conocía y en aquellas visitas a fábricas o centros científicos deseaba profundamente no tener que escuchar largas y complejas explicaciones de asuntos que no le importaban lo más mínimo, como las ventajas del corcho en la fabricación de elementos aislantes para la construcción. Deseaba…

Bueno, ya se me ocurrirían más cosas que pudiera desear.

El príncipe abdicaba, entre otras cosas, para ser libre. Y yo escribía Érase una vez un príncipe republicano para ser libre. Ese era nuestro nexo. Nos unía un anhelo. Necesitaba un éxito para salir del agujero de Sálvame María y dejar de vivir en el pecado de la hipocresía, en aquel estado constante de amargura que me producía no estar en mi sitio, trabajar en algo en lo que no creía e incluso despreciaba profundamente. Me veía como aquellos falsos pastores evangélicos de las películas del Oeste que, con la Biblia en la mano y desde un carromato, soltaban feroces sermones a los pueblerinos sobre la maldad del alcohol y la fornicación con la única intención de conseguir algunas monedas para ir al saloon a beber whisky y a revolcarse con alguna furcia. Me veía como un impostor. Además, después de tanto tiempo trabajando en un programa sobre testimonios de favores —casi milagros— concedidos por la Virgen a los más necesitados y de peticiones desesperadas de éstos a la Madre de Dios en estos desgraciados tiempos, palabras blancas en tiempos tan negros, me veía tan marcado, tan etiquetado, que en el futuro y en caso del cierre de la emisora por la nueva crisis, ya sólo podría aspirar a un puesto de redactor en el boletín del Episcopado. O ni tan siquiera eso. Ya sólo podría aspirar a sacristán de iglesia pobre.

—Si no tienes buena información sobre él —me dijo Lucía, otra vez con su tono de licenciada en Literatura que yo tanto detestaba—, corres el riesgo de fabricar un príncipe a tu imagen y semejanza.

—Así creó Dios al hombre, de la nada.

—Sí, y mira cómo le salió el invento…

Desde el principio me convencí de que tal riesgo era mínimo: ingenuamente presuponía que nada más alejado de mis ideas, de mi personalidad, modo de vida y carácter que el príncipe, y que excesivas prevenciones en ese aspecto eran innecesarias. Era obvio el abismo que nos separaba. Nunca podría fabricar un príncipe a mi imagen y semejanza. Sencillamente, no me saldría.

Bien, supongamos que el príncipe quiere ser libre —¿voy a inventar un príncipe al que no le gusta ser príncipe?—, y además es vago, y encima lo que más anhela es disfrutar plenamente de la vida, y por si todo esto fuera poco, supongamos que al príncipe no le place mucho el país que le ha tocado en suerte reinar algún día ni la forma en que ha de hacerlo, esto es, como mero comparsa —árbitro, dicen— del poder, como un adorno que antaño fue barroco y ahora minimalista y que ni pincha ni corta en el ámbito de las decisiones políticas, aunque éstas requieran su firma a modo de detalle protocolario. Digamos que por esto y por otras cosas más que ya iré inventando sobre la marcha, el príncipe ha decidido envolver hábilmente su deseo de libertad en la capa de armiño de una idea que le hará pasar a la historia probablemente de forma más destacada que si hubiera ocupado el trono largo tiempo sesteando con la corona ladeada y la espada oxidada en su vaina; intuye que su abdicación, y todo lo que representará, ocupará más espacio en las enciclopedias que el largo reinado de su padre, y además merecerá la admiración y el fervor —es posible que hasta el agradecimiento— de la mayoría de las gentes de su pueblo: es joven, vivirá para verlo y disfrutarlo. Un príncipe republicano será una excepción histórica, un hito que le convertirá en mito y leyenda. Protagonizará el hecho insólito de la historia reciente, será el grano en el culo de los conservadores, el escupitajo a la sagrada tradición y las buenas costumbres, la revolución incruenta. Con él renacerá la modernidad en Macón. A la progresía, que es mayoría en este errático y extraño estado, le dolerán las manos de tanto aplaudirle y el recuerdo de su gesta tendrá larga memoria en sus corazones y en los de sus descendientes. Eso intuye mi príncipe.

Pero en el fondo, escondido como todo lo inconfesable, está el deseo de libertad: la voluptuosidad de otra vida menos encorsetada.

El príncipe que estoy imaginando no sabe aún que el deseo de libertad es en realidad la libertad misma, como el deseo de amar es el amor mismo. Porque la libertad y el amor son tan solo conceptos abstractos, misteriosos, puras entelequias. No sabemos qué es la libertad ni qué es el amor. Creemos saberlo, pero no lo sabemos. Quizá no existan siquiera. El deseo, sí; el deseo existe. Luego si deseamos la libertad, ese deseo es ya la libertad. Y si deseamos amar, ese deseo ya es el amor. Es destino fatal del hombre anhelar cosas que no sabe muy bien qué son, si en realidad son y en el caso remoto de que sean, qué hacer con ellas. Deseamos la libertad, claro está, pero ¿para qué? Ahí está esa enorme cantidad de gente que quiere desesperadamente ser inmortal —daría la vida por ello— y luego no sabe qué hacer los domingos por la tarde cuando llueve.

Pero no compliquemos las cosas; dejémoslo en que inventaré un príncipe que quiere ser libre y que, de paso, ha ideado revestir su abdicación de gran dignidad e incluso de enorme sacrificio —todo lo hace por el bien del pueblo— y que en su día dirá que renuncia al trono para que Macón alcance de una vez el sistema de gobierno que hasta ahora le ha sido esquivo y que es la única forma realmente democrática de gobernar una nación. Dirá algo así como que un príncipe moderno, del siglo xxi, tiene la obligación de devolver al pueblo, a Macón, su condición entera de ciudadanos, de acabar de una vez con el privilegio de la herencia, el absolutismo de la sangre. Para él, eso significará una actitud digna de estos tiempos. Será una especie de príncipe Valiente que por fin podrá exclamar: He llegado hasta aquí para enterrar la espada y la corona, la capa de armiño y la corte, la impunidad y los viejos tiempos.

Algo así.

Capítulo 2

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