POR UNA MALA MUJER

V.1: Junio, 2014


© J. M. Amilibia, 2013

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2014


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POR UNA MALA MUJER

J. M. Amilibia


1

Capítulo 1


Cuando me dijeron «tú eres nuestro hombre» ya me hice a la idea de que iba a ser muy suyo, eso era previsible; lo imprevisible fue el final de mi carrera en El Nacional, que me transformó en otro. Ya se verá más adelante por qué y cómo. No quiero caer en la precipitación, tan periodística, de contarlo todo en las primeras líneas: si Dorothy Parker rezó una vez «Dios querido, te ruego que hagas que deje de escribir como una mujer», yo debería rezar «Dios querido, te ruego que hagas que deje de escribir como un periodista». Mas siendo como soy ateo (podría ser agnóstico: si dudo de todo, ¿por qué no también de la existencia de Dios? Quizá acierta Giordano Bruno: verlo en todo cuanto nos rodea es una forma de negarlo o de disimular la herejía) no creo que tenga ningún sentido ni alcance mi oración, y menos aún cuando ya lo he dado casi todo por perdido en este último tiempo de mi vida que ahora mismo transcurre con más placidez que quebrantos en este pequeño pueblo de Las Minas, donde sus escasos pobladores tienen la elegancia de ignorar mi pasado e incluso hasta mi presente.

Soy casi invisible, luego estoy cercano a la perfección.

Recuerdo que estaba escribiendo mi columna diaria para El Estandarte (antes había escrito para El Universo, que era un poco más progresista) cuando me llamó Juanjo Saavedra, propietario de una cadena de televisión y otra de radio con el que había coincidido en algún acto social y con más frecuencia en el bar del Palace en mis tiempos de cronista parlamentario: charla intranscendente, intercambio de frases pretendidamente irónicas contra el gobierno, el recuerdo de algún conocido común desaparecido del paisaje común (¿qué fue de…?) y el clásico a ver si un día de éstos quedamos para comer y hablamos de proyectos, porque seguro que esa cabeza, me decía, está llena de buenas ideas.

Basilio Otegui y yo queremos comer contigo cuanto antes, me dijo. Su voz llevaba sello de urgencia. No pregunté nada; a tipos como Basilio y Juanjo no hay que preguntarles nada; ellos dirán, ellos son siempre los que dicen, para bien o para mal y en su momento. Quedamos a las dos del día siguiente en Zalacaín y antes de que tocara el martini seco, Juanjo se lanzó: Simón, ¿quieres dirigir un periódico? El banquero Basilio, amigo del Rey, omnipresente en las páginas de economía y finanzas y hombre fuerte de los Legionarios de Jesús (eso se contaba; él nunca lo dijo), se limitó a mirarme fijamente y a sonreír como un bondadoso Papa Noel que acaba de colocar a los pies de mi árbol el mejor y más grande regalo de Navidad; era la sonrisa del poderoso que sabe que con un chasquido de sus gordezuelos dedos puede cambiar la suerte de un hombre: ¿lo ves?, hoy he decidido que te toque a ti el gordo, hoy he decidido que tú seas feliz; anda, sonríe y así ensancharás mi sonrisa, amigo.

A veces no hace falta frotar para que aparezca el genio de la lámpara.

No iba preparado para algo así, suponía que me iban a ofrecer alguna colaboración en la cadena de radio recientemente adquirida y potenciada por Juanjo (ahora veía que Basilio estaba detrás, o delante) o quizá en su emisora de televisión, y respondí con un «depende» que no delatara excesivo entusiasmo. Una ingenuidad: con toda seguridad ellos ya habían advertido el brillo del deseo en mis ojos. Pero había que seguir el protocolo, el que me imponía a mí mismo al considerar (conocía el percal) que ellos no verían con buenos ojos el entusiasmo instantáneo y mucho menos la aceptación de una propuesta con la facilidad de las putas necesitadas.

Putas éramos los tres, pero no putas necesitadas.

Así que había que poner cara de póquer y jugar al manido juego del depende, del qué, cómo, cuándo, dónde, por qué, para qué, etcétera. Dije depende y en ese momento decidí no beber más que agua; me habían sentado en el trono de ébano y seda y entre manteles de hilo y copas del más caro cristal para mostrarme el fulgor de su poder y yo tenía que demostrar que no me deslumbraba, tenía que comportarme como un cliente habitual de Zalacaín e incluso del Café de París de Mónaco. No me fue difícil, porque la verdad es que lo era: Verónica y yo comíamos a menudo allí y también viajábamos con frecuencia a la Costa Azul; sus padres poseían una gran casa en Antibes.

Ellos desprecian a los que se dejan deslumbrar, me decía yo. Es un síntoma de debilidad, quizá de estupidez, como la euforia descontrolada y hortera que brota del vino. Había leído que, según un estudio científico de la universidad de Penn Sate, el alcohol altera la orientación sexual de las moscas, tan parecidas genéticamente a nosotros, y mucho más a Kafka, claro. Los biólogos emborracharon a moscas de la fruta (no sé con qué) y éstas se pusieron a follar como locas con sus compañeros machos, éstos también borrachos, imagino. O sea, que las moscas machos, que habitualmente cortejan a sus hembras, después de unos chupitos se volvían de lo más libertinos y bisexuales y se lo montaban con sus congéneres.

Yo vivía muy bien, como un consolidado burgués, pero no era ni por asomo un Basilio Otegui o un Juanjo Saavedra. No era un igual. Ellos eran moscones y yo un mosquito. Y no quería que el vino hiciera que lo olvidara ahora que me ofrecían un trozo de su cielo. Nada de meter la pata o de excesivas familiaridades: tenía que ser un tipo frío, serio y reflexivo. Un director. Justo lo que ellos esperaban.

—Será un periódico independiente, democrático y liberal—dijo Basilio, moscardón posado sobre la corteza de limón de su Martini seco.

—Todos los periódicos son independientes, democráticos y liberales, no faltaría más. No conozco uno que no lo sea —dije yo, mosquito agazapado detrás del pan, mostrando una gota de mordacidad.

—Claro, el tópico de las etiquetas —dijo Juanjo, moscardón revoloteando cerca de mi nariz—, pero ya nos entendemos, ¿verdad?, no nos vamos a poner ahora a filosofar sobre la esencia de la independencia, la democracia y el liberalismo, ya somos los tres mayorcitos. Tú lo que quieres saber es a quién vamos a apoyar, con quién vamos de la manita y todo eso, ¿eh?

—Sí, claro; eso es sustancial —dije yo, aún agazapado.

—Díselo de una vez —dijo Basilio después de un vuelo lento (le gustaba quedar suspendido en el aire, vigilante, como un helicóptero) de la corteza de limón al palillo de la aceituna.

—Vamos con el Centro Liberal Unificado, con el clu, para intentar ganar las próximas elecciones —dijo Juanjo posando sus seis peludas patas sobre mi nariz, quizá con la intención de hacerme cosquillas.

—Ya sabes: defenderemos los valores cristianos, la familia tradicional, el libre mercado, los Derechos Humanos… Será un periódico monárquico y conservador, pero a la vez centrista y liberal; no queremos oler a rancio, ¿me entiendes? —dijo Basilio sobrevolando en círculos el área húmeda de mi copa.

—No hace falta que os diga que eso es muy difícil, un trabajo de equilibrista—dije yo, en un vuelo corto del pan a la servilleta.

—Tengo entendido que eres republicano, ateo y socialdemócrata —dijo Basilio con un vuelo esta vez rápido, directo, hasta el borde de mi plato.

—Sí, es verdad —dije volviendo a mi posición agazapada.

—Y, sin embargo —añadió, ya desde el centro mismo de mi plato—, escribes unos artículos en El Estandarte que enfervorizan a la derecha, al centro, a los liberales, y no despiertan las iras de la progresía. Está claro, ¿no? Tú eres nuestro hombre, nuestro equilibrista.

—El producto necesita un tono liberal —dijo Juanjo zumbando cerca de mi oreja derecha.

—Sí, no queremos oler a rancio, ya te lo he dicho; queremos un producto moderno —dijo Basilio zumbando cerca de mi oreja izquierda.

Ambos dijeron producto; no publicación, diario o periódico: producto. Y cuando Basilio dijo moderno, se me apareció la imagen patética de lo que la Iglesia entiende por modernizarse: unos muchachos jóvenes, guapos, de vaqueros limpios y planchados y discreta melenita, ligeramente arrebatados en su comedimiento, tocando la guitarra eléctrica en el templo como querubines roqueros y clones de Sor Alegría. Iba a ser el querubín roquero en el templo de san Basilio cuando en el fondo yo pensaba que Iglesia y modernidad eran términos antagónicos, tanto como capitalismo salvaje y reparto equitativo de la riqueza. Como neoliberalismo y justicia social. Y por mucho que se quieran equilibrar (camuflar), los equilibristas siempre acaban asomando la patita por debajo de la puerta.

Querían que yo le pusiera unos «manolos» a la pata peluda de la bestia.

—Si de algo puedo presumir —dijo Basilio agitando sus grandes alas ante mis ojos— es de saber para qué sirve exactamente cada hombre, dónde hay que situarlo para conseguir unos determinados objetivos. El empresario que no sabe para qué sirve cada hombre, fracasa.

—¿Cuándo descubriste que yo era el equilibrista necesario? —pregunté agazapado aún detrás del pan.

—Juanjo me dijo: No es de los nuestros, pero no parece que no sea uno de los nuestros. Empecé a leer tus columnas y me di cuenta de que tenía toda la razón. No serás de los nuestros, pero eso sólo lo sabes tú; algo muy meritorio —dijo Basilio, y me pareció que el moscardón sonreía.

Entendí que ellos entendían que debía sentirme halagado: correspondí con una ligera inclinación de cabeza. Naturalmente, dijo Juanjo, también queremos que escribas. Para nosotros es muy importante que escribas, añadió Basilio. ¿Todos los días? Con la frecuencia que tú mismo decidas, tú verás; al principio una columna diaria sería lo ideal. Sí, que el producto, dijo Basilio, se impregne de tu presencia.

Debía ser su equilibrista, su monaguillo roquero y su Chanel número 5.

Nada más sentarse a la mesa, Basilio había sacado del bolsillo interior de su americana un bloc alargado, de hojas rayadas y amarillas, que colocó sobre la mesa, a su derecha, junto al cuchillo. Y encima puso, con mucho cuidado de que quedara muy centrada sobre el bloc, su Montblanc negra. Una pluma exquisitamente centrada, equidistante. Desenroscó con calma el capuchón, escribió algo, arrancó la hoja, la dobló y la dejó delicadamente sobre la copa de mi Martini, aún sin tocar. Como si dijera: después de leer esto necesitarás un trago. Desdoblé la nota. Decía: cuatrocientos mil euros al año.

—¿Está bien? —dijo el gran moscardón desde el borde de la voluminosa carta.

—Sí, está bien —dije mientras me frotaba las patitas.

Nos estrechamos las manos, brindamos con el vino blanco recién servido y luego hablamos de muchas e importantes cosas que ellos ya sabían y yo también, pero que convenía solemnizar mientras sorbíamos las ostras. Pregunté, por ejemplo, si podía contratar libremente a los columnistas y cargos de mi entorno. Eso, mejor de común acuerdo, dijo Juanjo. Escucharemos tus propuestas, dijo Basilio, porque tú conoces mejor que nadie el mercado, pero hay ciertos nombres que queremos que estén ahí, hombres de la Fundación Ateneo Liberal, que ya sabes que es del clu; por ejemplo, Pedro Cerco.

—El que le escribe los libros al ex presidente, ¿no? —dije.

—Y a mí los discursos —dijo Basilio.

—Así que la Fundación también está en esto… —dije.

—Hombre, ya sabes que la Fundación está para nutrir de ideas, programas y análisis el pensamiento y la acción política del partido —dijo Juanjo.

—En realidad —dijo Basilio— ya tenemos casi diseñada tu guardia pretoriana.

—Espero que no me apuñalen como a César… —dije yo.

Rieron. Reí. Para Basilio, ya no hacían falta Brutos: el asesinato, dijo mientras chupaba la cabeza de un langostino, ha sido sustituido por la indemnización. Ah, la patada de oro, dije yo. Una magnífica metáfora, dijo Basilio mientras la anotaba en su bloc. En el banquero toda su persona era un homenaje a la redondez: el abultado abdomen, la cabeza carnosa y episcopal, casi siempre sudorosa y sonrojada, el cabello negro muy ensortijado (un bucle le caía sobre la frente, y parecía muy orgulloso de su bucle), las gafas de aros metálicos… Una leyenda urbana contaba que a los pocos días de nacer o quizá recién nacido, fue abandonado en un contenedor de basura de la calle de Serrano, a la altura del número 30, precisamente donde ahora se encuentra la sede central de su entidad bancaria, dicen que por decisión personal de su presidente, el omnipotente Basilio. Dice la tal leyenda que la criatura abandonada sobrevivió porque el portero del inmueble vio un bracito agitándose fuera de la zarrapastrosa manta que la envolvía, entre la basura, y añade que, aunque el multimillonario no lo ha confesado jamás públicamente, se siente muy orgulloso de lo que él considera un prodigio: la capacidad extraordinaria de sacar y agitar un brazo fuera del apretado envoltorio a las pocas horas de nacer con la clara intención de llamar la atención de alguien y así salvar su vida.

Fue un milagro —dicen que dice Basilio—; sencillamente, Dios quiso que viviera.

Con las manos carnosas apoyadas en las yemas de los dedos a la altura de la papada, como si rezara, en el tono quedo del confesionario, ya en la hora de la lubina nos dijo que si Dios quiso que hiciera una gran fortuna, él, en justa correspondencia, debía ayudar a la Iglesia (que es ayudar a todos, puntualizó) y al clu con el objetivo de recuperar los valores perdidos. Por eso fundaba este periódico con Juanjo, porque estaba convencido de que era del todo necesario un rearme moral, ganar la batalla al laicismo agresivo, al relativismo imperante y al nauseabundo nihilismo.

Era un salvador.

Quizá soñaba con que, al morir, su brazo, el que agitó para que un portero le salvara de las ratas, quedara incorrupto y fuera adorado como el de santa Teresa. Quizá deseaba ser recibido por el Papa (iba a serlo en breve) para solicitar piadosamente que los Legionarios de Jesús hicieran la mili en el Vaticano. Quizá, muerto Marcinkus, aspiraba al título de banquero de Dios.

Pero sin duda era un salvador. Quería salvarnos a todos.

A mí no me gustaban los salvadores, es más, renegaba de los salvadores, pero ¿qué haces cuando eres periodista y un salvador te quiere nombrar director de su periódico? Apuntarte al ejército de salvación, eso es lo que haces. Parecía que no quedaba otra. Al fin y al cabo, me decía yo, apabullado por aquel rosario de piadosas intenciones, quiere hacer un periódico de centro, ¿no? ¿Acaso los salvadores no tienen derecho a estar también en el centro? ¿No caben ellos donde caben todos los mercaderes de la cosa, todas las políticas, todas las intenciones?

Porque el centro es, básicamente, un centro comercial. Un gran centro comercial en el que todos aspiran a poner su tienda.

Juanjo Saavedra, hijo de un notable militar franquista, rico de cuna, me observaba fijamente (estaba sentado frente a mí, a la derecha de Dios Padre) mientras Basilio pronunciaba su sermón de la montaña, y en algún instante intuí en su mirada traviesa de tipo más vividor que creyente, y en alguna sonrisa medio oculta por la mano sobre la boca, cierta complicidad irónica con mis pensamientos (él me conocía mucho mejor que Basilio) y a la vez un mensaje de ánimo: tú, tranquilo, que luego ya veremos qué se hace… Me notaba abrumado por la prédica de su socio e intervino sutilmente.

—Sí, todo eso está muy bien —dijo Juanjo—, pero no olvidemos que para vender bien un mensaje, hay que envolverlo convenientemente. Y para eso tenemos a nuestro director, ¿no?

—Sí, claro —dijo Basilio cambiando de tono: caía del éxtasis a la realidad— el envoltorio ha de ser atractivo, moderno…

Era el equilibrista, el monaguillo roquero, el Chanel número 5 y el empaquetador. Todo eso iba a ser yo.

Con un «bueno, creo que ya lo tenemos todos muy claro», Juanjo, espíritu lúdico, empezó a contar, obviamente con la intención de darle otro sesgo a la charla, la historia que había vivido unos días antes en Barajas: estaba en la cola del control y al que se encontraba delante de mí el guardia civil le dijo que no podía pasar una botella de Vega Sicilia que llevaba en una cajita de madera. Alegó que era un regalo para un amigo, pero el guardia ni se inmutó; le dijo que tenía que dejarla allí o facturarla como no sé qué, lo que le supondría perder el vuelo. ¿Os imagináis que hizo el tipo? Se fue al bar, pidió queso y pan y se liquidó él solo la botella. Me lo contó un conocido que subió más tarde que yo al avión: en el bar he visto a un tipo ventilándose él solito una botella de Vega Sicilia Gran Reserva con pan y queso…

Le gustaban este tipo de historias, de tipos que resolvían una situación imprevista de forma original o que a él le parecía original. La leve cicatriz que lucía en la mejilla le daba un toque canalla. Era un tipo espigado de mirada cordial y húmeda, labios carnosos muy sensuales (morros moros, decía él), guapo y muy elegante en el sentido etimológico de la palabra: el que sabe elegir. No iba a la moda: sabía elegir con notable buen gusto. También sus ademanes eran refinados, como si detrás de ellos hubiera muchas lecturas y varios colegios ingleses. Estaba casado y tenía dos hijas, pero la maledicencia nacional le ubicaba entre los que no habían salido del armario. Esa fama y otra menos encubierta de apasionado jugador de póquer (en Las Vegas le ponían alfombra roja cuando bajaba del avión) impidieron, cuentan, que le ofrecieran una cartera de ministro cuando el clu gobernaba en la anterior legislatura.

Me costaba imaginarlo en un partido conservador y obsesivamente católico y más aún junto al mitrado Basilio. ¿Qué hacía junto a aquella bola de grasa bendita un auténtico liberal y verdadero libertino? Intereses y política (son sinónimos) hacen extraños compañeros de cama, pensé entonces, pero allí estaban los dos unidos por una misma causa, y lo que querían y cómo lo querían estaba meridianamente expuesto, claro como el agua clara, aunque lo normal con esta gente es que lo que parece claro y bien a la vista sea manipulación de prestidigitador, o sea, el movimiento de una mano que distrae de lo que hace la otra para ocultar el truco a la mirada del espectador.

Además, yo no quería ver el truco. ¿Para qué?

Ahora, aquí, en Las Minas, al recordar esta importante escena del arranque de la historia, pienso en lo fuerte y cegadora que debía ser mi ambición para entregarme de aquella manera soez a seres que en el fondo (cada vez más en el fondo) me repugnaban. ¿Qué me llevaría hoy a hacer algo así? Nada, creo que nada, porque nada deseo. Tengo gran casa, comida, bebida, Händel y un perro. Tengo mi vieja máquina de escribir, el ordenador, un bosque umbrío y un río de aguas frescas y claras en las que bailan los peces. Y no los pesco. ¿Dónde se meten cuando se hielan las aguas? ¿Hibernan como los osos y luego renacen en primavera con sus lomos de plata? Quizá flaqueara mi virtud si me llamara un importante editor y me dijera que mi borrador (este borrador) le había gustado, pero que tenía que hacer algunos cambios… Ah, bueno, rectifico, aún me queda un deseo: quiero que me lean cuando haya muerto. Necesito que me editen, deseo que me editen. Así que, bien mirado, tampoco han cambiado tanto las cosas: sigo con el culo expuesto y en pompa, a disposición de lo que gusten mandar.

No creo que Kafka deseara realmente que la obra que dejaba inédita no se publicara después de su muerte. Creo, con Borges, que cuando un escritor quiere destruir su obra, la quema él mismo y no delega en un amigo sensible y enamorado de su escritura para que lo haga, pues es seguro que el admirador acabará dándola a la imprenta. Lo que el muy cabrón de Franz hizo fue una formidable operación de marketing: sabía que este detalle póstumo (Max, quema todos mis escritos cuando me muera) pondría la necesaria guinda morbosa a su ya misteriosa y desapacible vida, un punto negro entre tantos puntos negros, y le daría muchos más lectores. Un detalle de puta romántica que después de toser se condena a la hoguera. Y de fondo, música de Puccini. Genial, irreprochable. ¿Quién no quiere leer al escritor que ordenó quemar su obra? Salinger se esconde, no hay fotos de Salinger. ¿Quién no quiere encontrar a Salinger, aunque sea entre el centeno?

Otra cosa me preocupa esta tarde lluviosa: una joven cucaracha amanece convertida en un ser monstruoso, un ser humano. ¿Reaccionará igual la familia de cucarachas con su nuevo y abominable miembro que la de Gregorio Samsa?

Apareció un camarero con una botella de champán francés en su champanera. Lo sirvió en las altas copas. Imaginé que la cosa iba por mí, ya estaba a punto de decir algo así como bueno, cómo sois, ya sólo falta la gran tarta con la chica dentro, cuando Basilio se puso en pie, ceremonioso y grave, y dijo con el mismo tono emocionado que bien podría emplear para dar por inaugurada una sucursal de su banco en Huesca: mañana, 6 de enero, cumple años el Rey, nuestro Rey, seamos los primeros españoles en brindar por él, ¡salud y larga vida, majestad! Lo curioso fue que los comensales de las mesas próximas también su pusieron de pie y levantaron sus copas (me imagino que conocían a Basilio, o a Juanjo, o al Rey), e incluso una señora francesa, muy Dampierre, nos pidió permiso para hacerse una foto con nosotros; debió creer que éramos miembros de la familia real o algo así.

Ya sentado, Basilio nos miró como el perro que después de hacer algo extraordinario espera un trozo de carne o una caricia de su dueño.

—Ha sido una idea muy propia, excelente —dije yo.

—Siempre se te ocurre lo que no se le ocurre a nadie. No se te escapa una fecha —dijo Juanjo.

—Por algo soy banquero —dijo él, ya satisfecho.

Le pregunté, ya que teníamos al Rey tan presente, si era cierto lo que de él se había dicho siempre: que quizá porque vivió tiempos de cierta estrechez económica cuando era príncipe, quizá porque vivió las dificultades económicas de su padre en el exilio, sentía una notable preocupación por el dinero, y en cuanto llegó al trono le urgió la necesidad de reunir la fortuna suficiente para asegurar su propio futuro (había oído hasta la saciedad aquello de que España se acostaba monárquica y se levantaba republicana) y el de su real familia, vamos, añadí sonriendo abiertamente, como si al pie de un cedro de la Zarzuela hubiera jurado como Vivien Leigh en «Lo que el viento se llevó»: ¡Juro que no volveré a pasar hambre!

—Puede que al principio sintiera esa necesidad —respondió Basilio con cierta desgana, dejando claro que no le apetecía hablar del asunto—, ahora ya no; ahora ya está todo resuelto.

Inmediatamente, como quien escapa de arenas movedizas para alcanzar tierra firme, hizo grandes alabanzas de la familia real: le parecía una familia ejemplar en todos los sentidos, una familia cristiana y nada escandalosa, no como la monarquía inglesa o las monarquías nórdicas que alimentaban las primeras páginas de los diarios sensacionalistas, dijo: así que ya sabe, Simón, el periódico debe defender sobre todo la familia cristiana, la de toda la vida, porque sin familia no somos nada, es lo más importante del mundo. Bien podía decirlo él: había heredado de sus padres media Valencia, una cantidad enorme de tierras con naranjos, sin naranjos, en la costa y el interior, en pueblos y ciudades. Fue de terrateniente a constructor, y del ladrillo al banco, y del banco parecía querer ir directamente a los altares; escuchándole parecía que ya solo aspiraba a la santidad. No le tentaba la política (atisbé una sombra de desprecio hacia ella), eso lo repitió varias veces, como si quisiera dejar bien claro que ya no aspiraba al poder terrenal; sin duda prefería mandar a los políticos desde su cielo.

—¿Tienes hijos, Simón? —me preguntó al final de la sobremesa.

—No. Verónica no puede.

—Ah, lo siento mucho. Mucho. Eso es lo más triste que le puede pasar a un matrimonio.

La verdad es que desde el principio de nuestra relación Verónica había decidido (creo recordar que de acuerdo conmigo) hacerse una ligadura de trompas: éramos jóvenes y no queríamos que nada entorpeciera nuestras carreras (ella dirigía la cadena de agencias inmobiliarias de sus padres que un día heredaría) ni nuestro estilo de vida de clase alta: viajes, fiestas… Dejé a Basilio que me compadeciera por no tener hijos, por ser ateo, republicano y socialdemócrata, aunque en el fondo estuviera convencido de que lo mío era pura fachada. Puede que muchos de mi gremio pensaran algo parecido; no me importaba; eran los que aún no había entendido, como yo, que en estos tiempos sectarios, perdidos los altos ideales, cada medio defendía a su tribu y a los columnistas sólo nos quedaba un refugio: el estilo. En este país lo que conviene es que la derecha te considere digno de su confianza —no importa que te sepa discrepante en algunas cosas: eso le encanta— y que la izquierda no te considere un facha. Es difícil, pero si no escribes con claridad, se logra.

Era mi fe entonces que el centro se había inventado para estar donde más conviene. Es cierto que ahora no creo en nada, pero hasta el día de hoy, nadie ha podido refutarme esa idea, que, cuando despierto, sigue ahí.

El periódico se llamaría El Nacional y nos instalaríamos en un edificio propiedad de Basilio en la prolongación de la Castellana. Quedamos de acuerdo, ya en la puerta y en la euforia de los abrazos, en que la noticia de mi nombramiento se hiciera pública inmediatamente. Esa misma tarde yo la comunicaría a El Estandarte. Juanjo y Basilio desaparecieron en sus mercedes de lunas tintadas, con guardaespaldas por delante y por detrás, y yo me fui a terminar mi magnífico Cohiba a un bar cercano. No me gustaba fumar mientras conducía, y menos un buen puro, que exige la compañía de un whisky de malta. Un poco de Cardhu, por favor, le dije al camarero. Y pensé que era mi primera orden como director de El Nacional.

Seguro que Verónica recibiría la noticia con reproches; lo contrario no sería propio de ella. Diría: creo que tendrías que haberme consultado antes de aceptar, que tendríamos que haber hablado, ¿o es que ya no pinto nada en tu vida?, no, no digas nada, ya sé que no, pero al menos podrías guardar las formas, creo que tendrías que haberles dicho que te dieran veinticuatro horas para pensarlo, porque eso es lo normal, ¿no?, eso es lo que hace la gente que se da a valer, algo que tú ignoras, te derrites ante los halagos como un helado al sol, no puedes evitarlo, es superior a tus escasas fuerzas, Dios, eres la puta debilidad andante.

Le gustaba mucho lo de la puta debilidad andante, no había discurso sin la puta debilidad andante.

Yo no respondería nada, como siempre. Había decidido, mucho tiempo atrás, no desgastarme en vanas discusiones. Cuando ella atacaba —y atacaba siempre— yo me servía un whisky y me encerraba en mi despacho. Eso la enfurecía más y a veces sus gritos golpeaban la puerta. Entonces yo ponía a Händel a todo volumen. Nada como el barroco contra la histeria. Y si no tenía ganas de encerrarme en mi despacho con whisky y Händel, me iba al periódico: tengo que ir al periódico, querida, decía ya en la puerta mientras ella me escupía con la mirada.

Me equivoqué. Verónica atacó por el flanco político: no te cansas de repetir, al menos aquí, en casa, porque una cosa es lo que escribes y otra lo que dices en casa las pocas veces que dices algo, que lo que más te jode de la derecha es su meapilismo, que detrás de todo lo que hacen parece que hay un arzobispo o un cardenal, y resulta que aceptas sin cinco minutos de reflexión dirigir un periódico de meapilas, con el meapilas mayor del Reino a la cabeza, no te entiendo, Simón, la verdad es que no te entiendo, y mira que hago esfuerzos, pero es que lo tuyo no tiene nombre, y no es tan sólo que no lo entienda yo, no, es que no lo va a entender nadie, seguro que han estado media hora diciéndote lo bueno que eres, lo bien que escribes, y seguro que te has derretido como un helado al sol, Dios, eres la puta debilidad andante.

Presumía de ser más de izquierdas que yo. Era más rica que yo (muchísimo más, por supuesto, y un día la amé también por eso) y más roja que yo. Todo mucho más que yo. Estuve a punto de decirle que en este país —y me imagino que también en otros— o estás con los religiosos de derechas o estás con los religiosos de izquierdas o eres, como yo, el Espíritu Santo centrista que con un estilo tirando a hermético, o con parábolas que se presten al menos a tres interpretaciones, un día se deja caer al lado del Padre y otro al lado del Hijo (sin olvidarnos de la Virgen), porque lo mires como lo mires, querida, todos los partidos son iglesias o sectas con su dios entronizado o crucificado, depende del día.

Pero no le dije nada.

No sólo porque ya había convertido en costumbre mi mutismo ante ella y sus largas peroratas; también porque practicaba la táctica de no decirle a nadie, o a casi nadie, lo que realmente pensaba de la cosa política: era mi doctrina entonces que en este país, los columnistas con aspiraciones debíamos guardar nuestras verdaderas ideas, nuestros más íntimos pensamientos, en la caja fuerte de la prudencia; así, trabajaras donde trabajaras, podías ser como el agua que se adapta a la forma del recipiente que la contiene, taza, botella o tetera. Lo de Bruce Lee, ya saben: «Be water, my friend». Sé agua, amigo mío.

Me serví un whisky y ante el temor de que me refugiara en el despacho, Verónica endulzó ligeramente el tono:

—¿Y cómo te han dicho que va a ser el periódico, si puede saberse?

—Será de centro y liberal.

—¿De centro y liberal? ¿Con Basilio Otegui? Tú estás loco. Y además, ¿desde cuando eres tú de centro?

—No tengo carné de centrista, pero yo siempre he sido de centro izquierda, ya sabes.

—Tú eres lo que los demás quieren que seas.

Le iba a decir que el centro se mueve, que el centro es una abstracción, una nebulosa, pero me callé; le podría haber dicho que probablemente un día hasta los de Herri Batasuna serán centristas, que el eurocomunismo es una forma de centrismo, que… Pero me callé. En todas las circunstancias de la vida, he ganado más callando que hablando.

Incluso con Verónica. Era una fuente de críticas extemporáneas, una máquina de agraviar, la pura acritud, la eterna oposición, la incurable discutidora, y mis silencios parecían exacerbar todas esas hermosas facultades de su encantadora alma: veía en ellos desdén, menosprecio o una indulgencia que odiaba. Le exasperaba ser la jugadora de tenis a la que nadie devolvía sus golpes.

—¿Podrías decirme por qué has aceptado sin pensártelo dos veces?

Podría haberle dicho: porque tengo cuarenta y dos años y ésta es una ocasión única, ya nadie volverá a sacar en este país un periódico nacional de papel y de pago. Porque quiero ser mi propio jefe. Pero me callé otra vez. Yo era la puta debilidad andante, sí, pero había descubierto desde hacía ya tiempo que, frente a ella, con mis silencios gozaba de algo próximo o parecido a la victoria, gozo que no me impedía plantearme el final de aquella guerra lo antes posible.

Capítulo 2

Contra todo pronóstico, El Nacional tuvo éxito sin pasar por el purgatorio del tiempo necesario —un año o cosa así— para su acomodamiento en el mercado. Yo no sabía muy bien por qué, pero mi plana mayor aseveraba que el secreto estaba en que habíamos llenado un hueco que estaba ahí y que los demás no habían visto o no habían querido ver. Un buen grupo de masters y doctorados en las universidades de Pamplona, Deusto, o similares, cabezas con pelo de marine, miradas e ideas firmes, camisas blancas de manga corta con corbata, botellita de agua siempre en la mano, chicos serios de los departamentos de marketing, administración, publicidad, distribución y demás, con un montón de términos en inglés siempre en la boca, habían llegado a la sabia conclusión del éxito por el hueco. Si se ocupa el hueco que está ahí en el momento oportuno y de la forma adecuada, hay un 87,5 por ciento de posibilidades de éxito, decían. Lo mismo que cualquier viejo periodista del siglo xix.

Para los profesionales serios y bien preparados de hoy, triunfar es igual que joder: se ocupa el hueco, se deposita la semillita y crece el éxito.

En el día de hoy, a pesar de lo que se supone que haya podido ganar en sabiduría, sigo sin explicarme el porqué de la buena acogida del público. La mujer que me visita de vez en cuando aquí, en Las Minas, dice que dudo demasiado, y yo le digo que sólo la duda nos salva de la estupidez total. Ahora lo veo claro. No hay que tener una respuesta para todo, hay que tener una pregunta para todo, como dice Kundera. A veces veo este mundo como un gigantesco concurso televisivo en el enorme plató que es la Tierra: todos tienen o creen tener las respuestas exactas o las buscan enfebrecidos; luego, unos pierden y otros ganan, nada más. Ese es el juego. Se supone que quien duda no participa, está fuera del plató, del paraíso. Es el perdedor entre los perdedores, el apestado: ni tan siquiera cuenta. Crece en mí la idea de que el hombre que duda es el auténtico marginado en la sociedad actual: no tiene sitio entre los hombres de fe, en el rito, en la tribu, es el eterno expulsado del templo. El descreído es, además, el enemigo de todos, el relativista, el burlador de los valores.

Los brujos de todas las tribus no quieren a los que dudan, a los agnósticos, a los ateos, a los ácratas. Y menos aún a los que se ríen de todo.

Si me pidieran una palabra para definir aquellos tiempos de El Nacional y de mi vida personal no tendría dudas: éxito. Vender mucho, venderlo todo, vender un ejemplar más que la competencia a costa de lo que sea, elevando a gran titular de portada la acidez no siempre justificada de la oposición contra el Gobierno o regalando cafeteras, vajillas, películas o lo que fuera. Vender, acertar con lo que quieren miles de personas que no saben muy bien lo que quieren —y si lo saben, cada uno lo quiere de distinta manera— y que mienten en las encuestas. Cada mañana, sobre la mesa de mi despacho estaba el sobre del departamento de distribución con la información más importante y confidencial: la venta real del periódico de anteayer.

Luego, la primera reunión de cerebritos de la Redacción para analizar por qué se había vendido algo más o algo menos. Se ha vendido menos, decían, porque ha llovido; el caso de la niña violada y descuartizada por cuatro menores ya no da más de sí; las víctimas de la violencia machista han dejado de interesar, ya no es tema de primera; no hemos llevado a la primera, como los demás, el caso de los concejales corruptos de ese pueblo de Valencia (eran amigos de Basilio); ha perdido el Real Madrid; no nos llegaron a tiempo las mejores fotos del atentado de eta en San Sebastián, El Progreso cerró más tarde y las lleva, etcétera.

Se ha vendido más, decían, porque no ha llovido; la foto de portada del presidente del Gobierno metiéndose el dedo en la nariz ha sido todo un acierto; director, tu columna sobre el lío de la financiación autonómica ha sido muy comentada en las emisoras de radio; el artículo de Tomás Vidal carcajeándose de las nuevas ministras también ha sido muy comentado en todas las emisoras y ha merecido duras palabras de los tertulianos de izquierdas; la entrevista con Al Gore anunciando el fin de la vida en la tierra en el 2079 ha sido un cañonazo, etcétera.

Al final yo lanzo algunas ideas y los cerebritos toman nota sin levantar las cabezas del papel: sube el paro, creo que había que encargar a alguien una sección titulada «Cómo buscarse la vida» o algo así. No se nos tienen que escapar vivos los tipos que ganan grandes cantidades en las loterías. Quiero un reportaje con opiniones de jurisperitos que expliquen la razón de la racha de sentencias ridículas, incomprensibles y polémicas de los jueces. Las crónicas parlamentarias deben hacerse con más humor: más negritas, más frases ingeniosas y menos pesadez. A trabajar, chicos.

Llenamos la Redacción de gente muy joven y muy barata. Becarios dispuestos a deslomarse por una plaza en el periódico. Muchos jóvenes colaboradores aspirantes a un puesto fijo. Redactores recién salidos de la Facultad con el entusiasmo intacto y el afán por destacar bullendo en sus audaces e ilusos cerebros. Y el grupo de redactores jefes y subdirectores elegidos por Basilio y Juanjo, procedentes de la Fundación del clu (Centro Liberal Unificado) o de periódicos conservadores que habían ido cerrando o de gabinetes de Prensa de ministros de derechas que ya no lo eran, con Pedro Cerco a la cabeza como director adjunto.

Pedro había sido jefe de Prensa del anterior presidente del Gobierno, y todos le suponíamos en posesión de numerosos e importantes secretos (yo lo imaginaba con un cilicio en el muslo). Ninguno salió jamás de su boca. Era todo lo contrario de lo que se supone que debe ser un periodista: abstemio, discreto, silencioso, disciplinado, serio, católico muy devoto y fiel esposo. Conducía un viejo Ford, nadie le había visto nunca por los bares de los alrededores y no jugaba ni a la Primitiva. Los fines de semana hacía senderismo con sus dos hijos de diez y ocho años y su joven mujer por la sierra de Guadarrama y en la anochecida del domingo se llegaba a la Redacción —no tenía obligación de ir, pero iba— en vaqueros y camisa de cuadros, como un boy-scout lleno de aires limpios, montañas arboladas, canciones de campamento y dulces trinos de pajaritos aureolándole la cabeza.

Era un hombre sin dudas, estricto en su cruzada por la salvación de España y contra los socialistas. Y yo soñaba con encontrarle algún cadáver en su mochila, porque nadie podía ser tan recto ni tan puro. Pedro se encargaba, entre otras cosas, de la sección de opinión y de los titulares. Era un ángel titulando como un demonio, toda su pureza o rectitud se volvía malvada intención cuando esgrimía el rotulador rojo —quizá era su forma de ser recto y puro— y me decía: mira, éste para la primera, «Sube el paro un 30 por ciento con los socialistas en la Moncloa»; también tengo: «Crecen los delitos un 40 por ciento desde que gobierna el ps», «Nuevo turismo: vienen a abortar a España desde la ue», «El 60 por ciento de los delitos los cometen los inmigrantes regularizados por el Gobierno». «Los socialistas pactan con los nacionalistas que buscan la ruptura de España» o «Sin centrales nucleares siempre dependeremos de Francia».

Nunca sonreía. Tenía el sentido del humor de una ostra fosilizada. Era el tipo gris, cumplidor, fiel y siempre dispuesto que adoran los políticos. Ex seminarista, procedía de una acomodada familia abulense de agricultores que había hecho fortuna con la venta de terrenos para nuevas urbanizaciones en las afueras de la ciudad. Me lo comentó otro abulense de la Redacción; Pedro jamás contaba nada de su vida privada ni de su familia. Nada. Ante aquel frío y concienzudo fustigador de herejes, ateos, abortistas, socialistas, comunistas, sindicalistas, nacionalistas, republicanos, anticapitalistas o antisistema, homosexuales y librepensadores en general, yo a veces sentía miedo, el escalofrío que produce el fascista recién comulgado que en defensa de España, Dios, la Virgen y la Sagrada Familia un día de alzamiento te fusila contra una tapia y luego va a llevar a los niños al colegio.

No tuve graves problemas con Pedro ni con ninguno de los acólitos de la Fundación y su entorno, sobre todo porque yo era —lo soy, siempre lo he sido— un tipo cordial y abierto al diálogo, pero mi batalla para limar las aristas reaccionarias del equipo fue dura. Siempre hay otra forma de decir las cosas, repetía al devolver un editorial. A los columnistas les pedía que recurrieran más a la ironía, al humor, que a las afrentas y a la acritud desaforada. Y en contra de lo que temía en un principio, no me costó mucho trabajo convencerme para el normal desenvolvimiento de la rutina diaria (la necesaria coartada para ir tirando) de que en verdad, objetivamente, el Gobierno no estaba haciéndolo muy bien y que su presidente —mi querido presidente— no era tan listo como los socialdemócratas de toda la vida habíamos supuesto en los primeros días, por lo que ambos, Gobierno y presidente, eran merecedores de nuestras críticas. El primer deber de un buen socialista es la autocrítica, le decía a mi conciencia; mejor dicho, éste es el gran deber de un auténtico hombre de izquierdas.

Pero, ¿qué es hoy la izquierda, qué es hoy ser de izquierdas?, me preguntaba. Para mejor justificarme, decidí que el ps no era la izquierda, sino lo más parecido al clu. Cuando decides golpear a los que supuestamente son los tuyos, lo mejor, lo más práctico, es que dejen de ser los tuyos. Así oraba para distanciarme: el poder les ha pervertido, el poder corrompe, el poder iguala a todos los partidos, confunde las siglas, el síndrome de la Moncloa crea imbéciles. Y para acabar con las zozobras de conciencia, era suficiente con repetir cada noche a los pies de la cama: estos no son los auténticos socialdemócratas, los hijos de Keynes y de Willy Brandt; estos son, acaso, los nuevos liberales que, como los viejos liberales, sólo aspiran al poder; son la nueva derecha que para intentar marcar diferencias con la vieja derecha recurren al llamado discurso progresista: ampliar los plazos del aborto, llenar el Gobierno de mujeres, retirar algún crucifijo de alguna escuela y las estatuas de Franco de todas las plazas, pero al final estos hijos de la Thatcher siempre acaban bajando los impuestos a los banqueros.

Así que no pareciéndome que el Gobierno fuera realmente de izquierdas sino algo que me resultaba ajeno, era evidente, me decía, que yo no estaba golpeando a la izquierda, ni traicionando mis viejos ideales: estaba criticando al poder. ¿Y qué cosa hay más propia de la auténtica izquierda que golpear al poder?

Un verdadero hombre de izquierdas, reflexionaba en mi transubstanciación, no se encierra en doctrinas ni se enceguece con la épica de los dogmas: vuela libre y con sus alas golpea los tejados de los templos para recordar a los supersticiosos, a los adoradores de líderes, que aún quedan espíritus libres. Así mi sangre roja se convirtió en plasma liberal, aunque presumiera de libertario y ácrata, como muchos de mis columnistas.

Ah, los columnistas. Qué especie tan pícara, canalla y mutable.

En aquellos días en los que ahora casi no me reconozco, apunté en mi diario (dejé de escribirlo y ahora lo echo en falta) algo que me pareció muy curioso: la comunión de ideas que, de forma natural, sin necesidad de que yo tuviera que decir casi nada, y mucho menos impartir doctrina o marcar los mensajes del mes, se producía entre el espíritu de la empresa y el ideario de los columnistas llegados a El Nacional. Era como si el espíritu de Basilio —también el mío— se hubiera posado en sus cabezas en forma de lengua de fuego para iluminar y moderar sus pensamientos y guiar sus plumas por el camino de la virtud. Todos los viejos rojos sacudían estopa al Gobierno socialista; todos habían descubierto, como yo, que los auténticos espíritus libres o revolucionarios siempre están contra el poder, y así pasaban a proclamarse, como yo, ácratas o librepensadores, hijos de la Ilustración, herederos de Voltaire, y en ningún caso permitían que se cuestionara su independencia sin rasgarse las vestiduras.

Eso no estaba en el debate. En el tiempo que duró aquella aventura —qué infantil me parece hoy todo aquello, todo— no recuerdo que en las muchas y largas sobremesas y reuniones se admitiera la más ligera autocrítica en este sentido, ni siquiera una leve reflexión. Hablar del cambio ideológico o, por ser más finos, de la evolución personal era tabú: los que habían cambiado eran los otros, a los otros había que pedir cuentas, eh, tú, ministro, presidente, ¿qué era lo que decías hace unos años?, ¿dónde ha ido a parar la búsqueda de la igualdad y la justicia?, ¿qué hacéis encerrados en los despachos de caoba y los coches blindados sin escuchar la voz del pueblo? ¿No prometisteis una nueva forma de gobernar?

Aquella extraordinaria metamorfosis se producía por generación espontánea: el columnista absorbía desde el primer minuto el magma del periódico que le publicaba y pagaba y se fundía en ella para ser un sólido pilar de la empresa. Ya era de Basilio y de El Nacional, aunque luego en el café Gijón hablara pestes de Basilio y de El Nacional. Era parte del eterno juego: el español domesticado o maltratado necesita hablar en el café, decir allí lo que nunca dirá a sus jefes ni a su mujer, para que respire un poco el orgullo que aún le queda. Allí se desahoga el espectro del rebelde que fue o se muestra el rebelde que nunca fue.

Ahora contemplo a todos ellos —y a mí mismo— como el necesario coro que colaboraba —a veces, pocas, inconscientemente— en la representación teatral de aquella democracia fingida. Ya dice Greertz, el antropólogo, que el ejercicio del poder es siempre una actividad teatral, un gran espectáculo. Todos los credos e ideologías inventados para la salvación del hombre —porque todos te quieren salvar— son en realidad para dominar al hombre y en el mejor de los casos para entretenerlo y así suavizar la angustia que nos produce la muerte. La democracia es una idea que nunca ha sido llevada a la práctica, como el comunismo. Utopías. Sólo el anarquismo parece tener algún sentido, y es también utópico.

Hoy, aquí, en Las Minas, reivindico el derecho a no creer en nada; aunque, bien pensado, mejor no reivindicar nada.

De todo aquel coro, sólo a uno, al joven Daniel García, tuve que reconvenir amablemente cuando escribió una columna en la que apuntaba que el clu parecía dominado por el criterio bendito de los obispos y que para ampliar el abanico social de votantes debía abandonar el camino bajo palio e iniciarse en el sendero de la sensata y liberal laicidad.

Se cuenta, le dije cuando lo tuve sentado frente a mí en el despacho, que en la Guerra de la Independencia, aquella guerra de bandoleros y navajeros, había en las calles de Cádiz un ciego que cantaba por las calles, sin pausa, las victorias del bando español ante los franchutes. Un viajero, quizá inglés, oyó sus exaltadas loas y le preguntó irónicamente si los franceses no ganaban ninguna batalla.

—¿Sabes lo que respondió el ciego gaditano?

—No.

—«Esas las cuentan los ciegos de Francia». Eso respondió. ¿Lo entiendes, Daniel?

—Ya: debemos ser ciegos y dejarnos guiar por la cruz.

—No has entendido nada. ¿No crees que el Gobierno, el ps, ya cuenta con suficientes turiferarios y cantores de gestas en los otros medios, en sus medios, como para que también nosotros nos sumemos al coro?

—No he escrito a favor del ps.

—Éste es un periódico liberal que defiende el liberalismo. Atacar al clu es alimentar al ps. Lo que tú has dicho es lo mismo que dice el ps para desacreditar al clu. Ataca al poder, Daniel. La crítica al poder es una de las características históricas de la auténtica izquierda. Y te lo dice alguien que no es dudoso.

Repetía yo entonces mucho aquel estribillo: te lo dice alguien que no es dudoso, convencido de que de alguna manera los jóvenes, sobre todo los jóvenes, veían aún en mí a un periodista de ideas progresistas, alguien de la auténtica izquierda. Antes de que saliera del despacho, invité a Daniel a que reflexionara sobre la encuesta que publicábamos hoy: fíjate, casi el veinte por ciento de los socialistas o de los que votaron socialista, ahora mismo prefieren al clu para resolver la crisis económica, afrontar la batalla contra eta, resolver la inseguridad ciudadana, frenar los nacionalismos radicales, etcétera.