TRICOT

V.1: Junio, 2014


© Ainhora Rebolledo Torrens, 2013

© del prólogo, Nacho Vigalondo, 2013

© de los títulos de capítulo y del epílogo, Didac Alcaraz, 2013

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2014


Diseño de cubierta: Violeta Hernando


Publicado por Principal de los Libros

C/ Mallorca, 303, 2º 1ª

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ISBN: 978-84-16223-10-7

IBIC: FA

Depósito Legal: B. 15930-2014

Maquetación: Taller de los Libros


Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

TRICOT

Ainhoa Rebolledo


Prólogo de Nacho Vigalondo
Títulos de capítulo y epílogo de Didac Alcaraz

1


1. Hojas rectangulares. Transformador en marcha. Te voy a dar la versión original. Preparados para la fiesta de las chaladuras.

Ficción. Se trata de escribir ficción. Y de no desperdiciar rayas, líneas, ni siquiera la primera página. Lo importante es ser capaces de llegar al final juntas, de la mano, sin despeinarnos, de forma que cuando empiecen a rodar las cabezas culpables de este estropicio literario nos sorprendan limpias y aseadas. A pesar de que cuatro de cada tres personas mencionadas o descritas en este libro existen de verdad, todos los hechos narrados son imaginarios y no deberían relacionarse con ninguna persona humana (viva o muerta). Tres, dos, uno, empezamos.



2. Ahora en serio, voy a ilustrarte. De las cosas buenas. De las luces de los neones y las calles anaranjadas y los rostros desdibujados…

Últimamente todo el mundo sueña con ser un personaje de El Desencanto y eso no me ayuda a relativizar mis problemas. Me demuestra que el mundo está lleno de esnobismo, «mujeres locas» y hombres con camisas de cuadros escribiendo con una Olivetti en un Starbucks. Un mundo lleno de poetas como símbolo de personas con una inteligencia desaprovechada por cuestión de ego. Poetas alcohólicos paranoicos, como Juan Luis; poetas esquizofrénicos encantadores, como Leopoldo María; poetas dicharacheros sin obra conocida, como Michi; mujeres sufridas y resignadas, como Felicidad Blanc.



3. Fusilaremos los estereotipos —me intentaba seducir con trifulcas—.

No hemos venido aquí para sobrevivir sino para vivir de forma difusa, irónica e iconoclasta. Sabemos que si nuestra vida fuese una película, no sólo querríamos verla en pantalla grande y tecnicolor, sino quedarnos en el cine aplaudiendo hasta que terminasen los títulos de crédito incluso. Y, en el videoclub, el DVD casi nunca estaría disponible. Seremos las productoras de nuestro biopic: buscaremos un guionista, un director, tres actores principales, un par de secundarios, un buen director de fotografía, ya tenemos a la estilista. Somos las diplomáticas de las emociones. Las controlamos, las frenamos. Nos alegramos. Como dice el poema de no sé qué poeta griego: Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca debes rogar que el viaje sea largo, lleno de peripecias, lleno de experiencias. Son unos versos muy bonitos para empezarlo todo.



4. Le arranqué una estrella al cielo para entregártela, pero te fuiste a vomitar.

Llevo muchas mañanas intentando imitar la forma de hablar refinada, dulce e inteligente de Felicidad Blanc. Llevo tres semanas practicando diez minutos al día —veinticuatro si es domingo— y no puedo, claro que no puedo, es imposible. Me veo incapaz de trasladar a mis relaciones sociales esta oratoria exquisita. Felicidad Blanc es una mujer que dejó de existir cuando se casó con Panero y que volvió a existir cuando el poeta [falangista] se murió. ¿Acaso todas las mujeres hacen un «desaparezca aquí» al enamorarse?

Me gusta mucho, me pone muy triste también, ver y revolver la escena cuando un Michi Panero de once años se pasó tres días gritando sin ilusión eso de «¡éramos tan felices!, ¡éramos tan felices!, ¡éramos tan felices!». Aunque la cita de El Desencanto que tuitea y retuitea todo el mundo después de ver esta película por primera vez sea: «Lo peor que se puede ser en esta vida es un coñazo #ElDesencanto». Así es, yo tampoco he visto la segunda parte.

Ninguno de los hijos de Leopoldo tuvo descendencia. Y eso creo que estuvo bastante bien, «eso» es un «desaparezca aquí» definitivo. No es por Nacho Vegas, ni por Bret Easton Ellis. Es por la familia Panero.

Pero empecemos por el principio, todo eso de llegar a Ítaca, ese viaje de drogas y taxis metáfora de una escalada al templo en lo alto de la montaña donde habrá, por supuesto, lugar para las desencantadas. Por el camino gritaremos a los cuatro vientos que todo nos importa una mierda pero nos encontraremos con encantos y chicos encantadores para todas.



5. Tenía los ojos de cristal de serpiente enroscada de mar negro de agente secreto de informes acumulados en los archivadores del sótano.

Cuando conocí a Crisis Carballo era verano y yo estaba empaquetando todos mis libros y listas de Spotify para llegar a Ítaca. Ella era una chica pelirroja —con media melena y una piel blanca, casi transparente—, una deliciosa mezcla entre Dakota Fanning en Google Images y María de Medeiros en Pulp FICTION.

La conocí durante la primera mitad del verano de 2012, cuando todavía era julio y ella tenía su vida y yo la mía —nuestra vida todavía no se había convertido en una película de (la primera época) de Almodóvar, un «mujeres al borde del ataque de nervios», un «¿existe alguna posibilidad por pequeña que sea de salvar lo nuestro? a.k.a. La flor de mi secreto»—, y el calor de Barcelona era incluso agradable, todavía no era húmedo-pegajoso, todavía no era aceite de girasol,



6. A pesar de las gruesas gafas de sol, las pupilas me tiritan.

todavía lo celebrábamos en la terraza del Canigó en Sant Antoni, donde el aire acondicionado no podía hacernos daño, y todavía no era irrespirable como lo sería en agosto. No éramos conscientes de que, a pesar de la luz y la alegría, ese verano iba a estar lleno de muerte. Al principio todo estaba por la mitad: su media melena y mis uñas desconchadas, pintadas a trozos; su novio de los últimos meses todavía tenía un pie dentro de casa y V., mi candidato a novio-de-casarse de esas semanas, seguía viviendo con su novia pero tenía (todavía) casi la puntita dentro. Todavía no sentíamos la necesidad de formar la Liga de las Mujeres Extraordinarias para poder sobrevivir con elegancia y llegar a la felicidad, aunque ya sospechábamos que tendríamos que fundarla en algún momento, como al final hicimos. Aunque nos encontremos muy al principio de la historia, el lector debe imaginar ya que Tricot no es un manual de tricot ni una novela de misterio así que, tranquilidad. Relájese y vaya pasando las páginas. Lentamente.



7. Lo triste de beber (alcohol) solo, es beber solo. Al igual que lo malo de la resaca, es la resaca.

Empiezo a contar esta historia llena de esperanza y optimismo, como autoconvenciéndome de que al final todo termina bien porque se trata de una obra de ficción y mis dedos tecleando los hechos son la varita mágica que decide que, si hay una pared, nos la saltamos o incluso no la vemos y al final todo sale como a mí me gustaría, que terminamos en algún sitio celebrando todo lo sucedido y brindando a morro con tres botellas de Moët Chandon. (Una para cada una).

—Leopoldina, ¿cómo quieres terminar al final del libro?

—No lo sé, con novio, supongo. Ponme al final con un novio rico y judío, por favor.

[Pero no.]

—A mí —avisa Crisis— ponme haciendo el vestuario. Quiero hacer el vestuario del libro.


Los libros no llevan ropa en los libros. Es decir, no es que vayan desnudos. Normalmente no se describe con palabras. No te confundas, esto no es la revista ¡Hola!



8. Todavía no acierto a predecir en qué punto del dilema me encuentro.

Crisis era rubia, Leopoldina, morena, y las tres juntas éramos peligrosas. Nuestro ángel de la guarda se pasaba el día trabajando. Las tres nos tirábamos al suelo como niñas de tres años que no se sabe muy bien si están llorando o riendo. Las mandíbulas desencajadas como si estuvieran sufriendo mil millones de bostezos. Siempre se quiere pensar de ese tipo de niñas de tres años que están riendo pero luego, nunca es así.

Las tres rodábamos por la vía recta pero estábamos siempre a punto de descarrilar. A Leopoldina se le acababa de escapar el amor por la puerta de atrás, Crisis estaba siempre de rodaje pero a punto de perderlo y a mí todavía no me había pasado «eso». No teníamos mucho trabajo pagado con dinero, no teníamos nada de salud —tosíamos demasiado— pero teníamos demasiado tiempo libre para idear proyectos inútiles que luego se quedaban en nada porque era verano y después de debatir un plan extraordinario durante horas, terminábamos tan borrachas que nunca nos acordábamos de nada. Al día siguiente.

Así que empiezo a contar la historia con dos amigas, sin dinero, sin trabajo, sin amor y sin salud. Con la sensación de haberlo hecho todo, mil veces, una extraña sensación de autosatisfacción. Y miedo.



9. Sueños de perdedor. ¿Mis pesadillas modernas de hoy?

Estoy bien, creo que estoy bien. Estoy tranquila. Nuestro país ha empezado el siglo xxi yéndose a la mierda y tengo miedo de lo que será de mí y, una vez asumido que nunca tendré hijas, de mis sobrinas. Por ello, he cerrado los ojos y he pensado seriamente en lo que me gustaría hacer con mi vida durante, como mucho, siete horas al día. Ésta es la forma que se me ocurre de crear, reproducir literatura. Hacer de la sociedad un lugar más habitable, más… [espera, me interrumpen]

—Déjate de chorradas y piensa algo que podamos hacer las tres juntas.


Mis amigas tenían razón. Además, ser intelectual en España mola muy poco. Aquí la gente intenta todo el rato vivir de la literatura olvidándose de que lo importante es vivir para la literatura. Teníamos que montar algo que pudiéramos desarrollar juntas contando, incluso, con personas indeterminadas. Crear algo que nos reportara salud, tranquilidad emocional, estabilidad económica. Algo que nos mantuviera vivas y felices. Una liga de mujeres extraordinarias dentro de un Estado bien organizado donde a los sentimentales, a los imbéciles malvados en general y a los mentirosos infieles en particular se les mantuviera perfectamente aislados, apartados de la sociedad, para evitar que pudieran seguir contagiando su sentimentalismo, su amor de mentira, para evitar que dejaran de rompernos la cabeza y destrozarnos la vida.

Así que una tarde, en sólo cuatro vermuts del Morro Fi, establecimos el objetivo (realista) de la Liga de las Mujeres Extraordinarias y su curiosa forma de reestructurar el núcleo familiar: conseguir un edificio donde pudiéramos vivir todas las MUJERES que formábamos parte de la Liga de las Mujeres Extraordinarias de forma tranquila, sin hombres pero con reproductor de DVD, conexión a Internet de banda ancha y un proyector para ver películas, con visitas esporádicas —una especie de vis-à-vis libre y aleatorio—, con una buena biblioteca y con varios hijos. De cualquier sexo, masculino, femenino o singular. Es decir, a los veinte años buscamos hombres porque el sexo nos parece divertido, a los veinticinco empezamos a buscar un acompañante para el ocio creativo en concreto y la vida en general, a los treinta ya buscamos irremediablemente un padre para nuestros hijos y lo máximo que podemos llegar a encontrar es la figura masculina que aparecerá a nuestro lado en los dibujos de familias desestructuradas que harán nuestros hijos para su psiquiatra. Ese hombre perfecto no existe, el resto de hombres siempre te abandona en algún momento: antes, durante o después de la fecundación. Sin remedio. Pero las mujeres de la Liga de las Mujeres Extraordinarias no abandonaremos a nuestras mujeres, nunca, en ningún momento. Ni siquiera cuando acaban de tener un hijo para salvar su relación, para aferrarse a una ilusión. Las protegeremos y cuidaremos de sus hijos cuando quieran ir al cine, salir a bailar (tumbadas también), cuando quieran alojarse con sus novietes en hoteles donde no admitan niños. Cuando quieran disfrutar de la vida. Obtendrán la protección que buscan en un hombre para ellas y para sus hijos sin tener que estar pendientes de controlar que no se escapen con otra chica más joven. Con otra señora cualquiera. Incluso con otra mujer de la Liga de las Mujeres Extraordinarias.

—¿Y cómo conseguiremos los hijos si no tenemos pareja estable? —preguntó Leopoldina—. Un tratamiento de inseminación artificial cuesta alrededor de mil euros, que ya me he informado en un hilo de Yahoo Answers.

—Ya, pero los fines de semana regalan semen en las discotecas. Su uso libre sería lo siguiente a legislar. Además, en las clínicas de inseminación no te dejan elegir del catálogo de hombres. Sería mejor invertir esos mil euros en invitar a copas y chupitos narcóticos a varios chicos durante unos meses hasta que consigamos quedarnos embarazadas. Será más divertido. —Me reí antes de tiempo.

—¿Así? ¿Sin avisar? Por lo menos en los bancos de semen, los hombres que donan son conscientes del objetivo final de sus espermatozoides. Pero sería un poco feo utilizar las corridas de los pobres chicos que conocemos en el Apolo para quedarnos embarazadas.


En mi cabeza, la Liga de las Mujeres Extraordinarias ofrecería la estructura vital para que las mujeres pudieran vivir felices y tranquilas. Sería una secta amable, de la que cualquiera se podría borrar en caso de enamorarse y querer convivir con un hombre. También estaría invitada a volver, por supuesto, cuando esa relación saliera mal. Le repetiríamos unas mil veces esa horrible advertencia de «Te lo dije» pero la dejaríamos volver, con un par de reticencias, pero podría volver a formar parte de la Liga de las Mujeres Extraordinarias sin muchos problemas. Todas estábamos de acuerdo en este punto, sólo que yo era la más exigente a la hora de establecer las condiciones de regreso a la Liga de las Mujeres Extraordinarias.

Si te vas, te vas, maldita sea.

Mira, un ejemplo. Vengo del futuro. Una de las mujeres de la Liga de las Mujeres Extraordinarias sale durante ocho semanas todos los viernes y sábados por la noche buscando espermatozoides en el Sidecar y en el Apolo, donde van los jóvenes. Semen fresco, carne joven. Y cuando por fin encuentra uno que encaje con sus óvulos, ya en la primera falta, le notifica la existencia del embarazo extraordinario al susodicho y el hombre primero no dice nada y ella le dice que se lo comunica a efectos informativos pero que no le va a exigir nada porque ya cuenta con la infraestructura de la Liga de las Mujeres Extraordinarias para poder desarrollar con éxito (WIN) la existencia de su pequeño o pequeña y él le dice vale, bien, pero luego la abraza y le dice que quiere tener ese hijo con ella, así que la mujer se pone a llorar, avisa a la Liga de las Mujeres Extraordinarias que lo deja, que se va a vivir con él, nosotras la despedimos entre lágrimas y dejamos que nuestra pequeña vuele. Cuando termine, cuando le salga definitivamente mal, la sometemos a las malignas pruebas y, si las supera, que las superará con sangre, sudor y lágrimas, pero las superará, la dejamos volver.

Pero Leopoldina tenía miedo.

—Estoy segura de que si yo salgo a ligar varias noches con el objetivo de quedarme embarazada, además de que me costaría mucho conseguir follar, lo único que pillaría, antes que semen de buena calidad, sería el SIDA. Y luego, cuando ya pudiera avisar al hombre en cuestión de que me habría quedado embarazada de él, el tipo no sólo no querría vivir una maravillosa historia de amor conmigo mientras criamos a nuestro hijo, sino que me sacaría el feto de la barriga a patadas.

Entonces, yo me puse a llorar.


10. UNA HISTORIA DE FANTASMAS CREÍBLE PERO DE MENTIRA. Enfrentémonos a la realidad. Cualquiera que se suicide está chiflado.

Yo —a partir de ahora podéis llamarme indirectamente Elena, gracias— de verdad que no quiero vivir un melodrama, no quiero escribir el no-guión de una historia de terror sin escaleta: una snuff movie filmada sin efectos especiales, sin cortes ni pausas para mancharlo todo con sangre falsa. Intentaré evitarlo en la medida de lo posible y lo imposible, buscando distracciones, encontrando agujas, enganchándome al tricot, la droga legal de las terroristas de la lana vestidas con pasamontañas tejidos por nosotras mismas. [Ay, cómo me ha afectado la película de Spring Breakers]



11. Me expreso con retórica de libro de cuento de hadas porque no creo que nadie me tome en serio.

Quedamos para rodar la primera escena cerca de la plaza de Lesseps, en el solar que quedó después de que derribaran La Casita Blanca. Sujeto la cámara y Crisis hace equilibrios con el micrófono.

—A ver, Leopoldina. Da una palmada.

Y Leopoldina se pone a aplaudir con la misma emoción que derrocha una niña de cuatro años hiperventilando de alegría al final de su primera película de Disney en VHS, cuando la ve por sexta vez consecutiva.

—No, Leopoldina. Una palmada, como si fuera una claqueta.

A Blancanieves la despertaron con un beso de amor y a nosotras hace meses que nadie nos da un beso de buenas noches. Nuestra película (basada en hechos reales, que seguro que acabarán poniendo algún sábado por la tarde en Antena 3) empieza.



12. Tan sólo disponían de unas semanas para elaborar una historia de locos creíble pero de mentira.

—Entonces —me pregunta riendo María Torras, sujetando un mojito con la mano derecha y un cigarro con la izquierda—, estás escribiendo un libro sobre todo lo que hacéis Leopoldina, Crisis y tú.

—Sí. Es un libro hecho en casa con familiares y amigos de Facebook.

—Y lo estás escribiendo como si ya hubiera pasado todo, hace años.

—Sí. Como si ya hubiera terminado y ya todo nos importara una mierda. Lo estoy escribiendo traicionando en todo momento nuestros ideales y sentimientos.

María se ríe hasta que se queda sin aire, hasta que decide que ya es momento de pedirse otro mojito.

Ésta es la historia del invierno que fundamos en el barrio de Gràcia un club semiclandestino de tertulia literaria y calceta creativa denominado por Leopoldina como las «Tejedoras del Metal».

—Eso es, que quede bien claro que el nombre lo puse yo. Cita bien el copyright.

Una tapadera bastante retorcida para prestarnos libros (lo siento, no puedo dejarte el libro de Elevación, Elegancia y Entusiasmo de Francisco Casavella porque me lo prestó alguien que no presta libros a nadie) al principio en el altillo de la librería Pequod Llibres y en una pastelería ideal después, y poder debatir, buscar soluciones a nuestros problemas del primer mundo que no dejan de poner barreras a nuestra felicidad mientras movemos los hilos de los bajos fondos de Barcelona: la aristocracia del barrio, las mujeres, las peleas absurdas, los desencuentros del día a día, los reproches inventados y los chicles pegados en el pelo de forma oportuna; los hombres, sus actos cobardes y sus terribles consecuencias.

Todo lo que hubo antes de que nos sintiéramos amenazadas de una forma irracionalmente empírica y pasional y nos viéramos obligadas a fundar la Liga de las Mujeres Extraordinarias para ser capaces de neutralizar a nuestro principal enemigo que impedía el crecimiento de nuestro bienestar personal y felicidad femenina: el desamor.

Nuestra vida real (fuera de las Tejedoras del Metal) es completamente opuesta a la tranquilidad que produce un tren circulando por la noche: una vida de lunes a viernes de salir del trabajo, volver a casa, ver la tele con un novio y prepararse la cena y un tupper (cocinar dos platos). Los viernes salir con los amigos de él, los sábados, con las amigas. Los domingos, comer con los padres.

Dadnos eso durante apenas diez años y veréis cómo se nos llena la cara de arrugas, el culo de grasa, la casa de niños, la retina de programas de Telecinco, la estantería de revistas de cocina. Veréis que nos pudrimos.


EL AMBICIOSO PLAN DE SUPERVIVENCIA:


Este invierno tejeremos las bufandas más gordas, suaves, infinitas y eternas del mundo, con la ilusión de que ahí fuera, no muy lejos de aquí, exista un hombre que se muera de ganas de abrigarse el cuello con las bufandas gordacas que tejamos. Incluso en agosto. Tejeremos horas y horas de amor no correspondido y, al final, muy al final del todo, [cuando ya tengamos los pasamontañas de lana llenos de sangre y trocitos de cerebro] le preguntaré a Leopoldina Roble:

—Leopoldina, ¿qué haremos cuando llegue la primavera, cuando se abra el cielo azul y nos volvamos todas buenas, cuando haga demasiado calor y demasiada felicidad como para seguir sacando el té y las galletas y la tristeza y las lanas de colores mientras sorbemos, a traguitos, nuestras agrias miserias maquilladas con azucarillos robados y comentamos, con frivolidad, la opinión que nos merece la existencia humana?

—Has usado un montón de palabras bonitas para preguntar una chorrada de la que ya sabes la respuesta. Pues qué vamos a hacer, Elena, tejer las bufandas del invierno que viene, para que no nos pille desprevenidas como esta vez. ¿Qué otra cosa podríamos hacer?



13. La verdad es que no entiendo nada. Me gusta tu mierda. Eres una gran influencia. Todo es arte si lo cuelgas de una pared.