EL AMOR QUE NOS VUELVE MALVADOS

V.1: Junio, 2014


© Marina Sanmartín, 2014

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2014


Ilustración de cubierta: Portrait of a Young Woman, Gustav Klimt. The Bridgeman Art Library

Diseño de cubierta: www.genisrovira.com


Publicado por Principal de los Libros

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ISBN: 978-84-16223-05-3

IBIC: FA

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Maquetación: Taller de los Libros


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EL AMOR QUE NOS VUELVE MALVADOS

Marina Sanmartín


1

1. El tatuaje de los pájaros


No hay espejos de cuerpo entero en la casa. Antes sí, tenían uno con marco de caoba en el dormitorio, que compraron en el rastro y ella restauró, aprovechando el tiempo libre de los sábados y los domingos. Luego, tras el incidente, una mañana en que Eduardo la dejó sola, bebió más de la cuenta y lo destrozó estampando una silla contra la luna. Si lo intenta, puede escuchar el ruido de huevo roto y visualizar las fracturas en su propio reflejo; la imagen de su rostro dividido en fragmentos sin posibilidad de encajar entre sí. Después de aquello, él contrató una enfermera y se deshizo del material que consideró peligroso. Tiró todas las botellas y guardó bajo llave las fotografías que la desquiciaban; las que le recordaban lo lejos que estaba de la mujer que había sido. Durante un rato, ella observó desde el sofá cómo entraba y salía de las habitaciones, con una bolsa de basura gigante y cada vez más llena entre las manos.

Ahora sólo queda un espejo de latón, desnudo y ovalado, muy pequeño, en el único cuarto de baño. Está picado por minúsculas manchas de óxido rojas. Tiene aspecto de sentenciado a muerte. Siempre se encuentra en él cuando termina de ducharse, mientras se seca y se pone desodorante; cuando se peina el pelo muy corto hacia atrás. Observa sus ojos más grandes, pero ya no están asustados. El miedo ha sido sustituido por una especie de fundido en negro. Aunque son azules, le parecen apagados, los ojos, porque hubo un tiempo en que estuvieron iluminados desde dentro. Es un tiempo que ya pasó: el miedo acabó con la luz. La agotó de un plumazo. Produjo una descarga eléctrica y ahora ya no queda nada.

Últimamente la obsesión de Sara es mirarse, porque a veces tiene la sensación de que es invisible, de que se ha convertido en un fantasma.

También ha engordado un poco. Sus padres fueron a verla la tarde de su treinta y ocho cumpleaños y se dedicaron a sonreír todo el tiempo, a elogiar el verdejo que Eduardo había elegido para la ocasión y a picar las patatas y aceitunas justas. A ella le dijeron: «Hija, te vemos muy bien»; y le regalaron un libro de autoayuda.

Mentían.

Su madre, sentada en el sofá con las piernas muy juntas, enfundadas en esa clase de medias tupidas, color carne, que utilizan las mujeres con varices, no paraba de tocarla: le acariciaba la rodilla, buscaba su mano y se la apretaba con fuerza, como si cada una de las palabras que no se atrevía a pronunciar hubiera de liberarse con una descarga de energía absurda. Sara apenas habló. Se limitó a dar las gracias y tuvo la impresión de que el tono de su voz había disminuido, le costó escucharse a sí misma por encima del ruido del papel de regalo al rasgarse. «Si ya lo has leído o prefieres otra cosa puedes cambiarlo. El ticket está dentro, en la primera página, aunque el dependiente nos dijo que es perfecto para quien necesita sentirse bien».

«La inutilidad del sufrimiento»… —leyó Sara, no demasiado convencida.

Y Eduardo dijo: «Es un título bonito».

Sin saber muy bien por qué, aquel comentario la hizo reír. Empezó con una sonrisa temblorosa, que intentó ocultar entre las manos y que muy pronto se convirtió en carcajada.

Nunca le había gustado leer.

No se caracterizaba por ser una persona imaginativa. Se aburría en el cine y le sobraban dedos para contar las novelas que había conseguido terminar. De repente, fue consciente de la poca atención que le habían prestado sus padres a lo largo de su ya no tan escasa existencia y, sin dejar de acariciar la portada del libro ni detener la risa histérica, se preguntó si aquella indiferencia tendría algo que ver en cómo era ella ahora; en lo que se había convertido y en la relación de sumisión absoluta que, con la excusa del incidente, había aceptado entablar con Eduardo.

—Ya está bien, Sara. Si no te gusta, lo cambiaremos.

Encontraba cierto placer en conseguir que Eduardo se violentara. Había aprendido, con la pericia del que arranca el petróleo de las profundidades de la tierra, a extraer de él ese tono de disgusto e inquietud que delataba su malestar. A menudo se imaginaba clavándole alfileres en el corazón, pero ahora tocaba contenerse. «Perdón», murmuró rascándose la nariz y mirando al suelo. Había logrado que a su madre se le humedecieran los ojos; su padre, en un gesto brusco, se había puesto de pie y, alejándose del sofá, había encendido un cigarrillo. Ahora fumaba al lado de la ventana abierta, dándoles la espalda.

Pero Sara no sentía vergüenza ni arrepentimiento.

Más bien un placer sucio, desahuciado, de cerdos revolcándose en el lodazal.

A los pocos minutos llegó la hora de la tarta: treinta y ocho velas azules sobre un bizcocho cubierto de chocolate y chantillí. Eduardo la sacó de la cocina con las velas encendidas y la depositó frente a ella con mucho cuidado. Luego, mientras se sentaba, le dio un beso en la mejilla. Era extraño, había cierto parecido entre las celebraciones de los niños y las de los desequilibrados mentales, pensó Sara sujetando con cierta avidez el plato de plástico lleno de pastel que le ofrecía su marido. Lo que venía a continuación era la mirada indiscreta y cargada de aprensión de su familia, observándola comer.

Era el primer cumpleaños desde el incidente y guardaba grandes diferencias con el anterior. Un año antes, lo celebraron saliendo a cenar con amigos a un restaurante nuevo que habían abierto en Velázquez y del que ya no recordaba el nombre, porque el olvido era uno de los efectos secundarios de la medicación. Eduardo, al volver a casa, la había besado en el pasillo y contra la pared, al lado de la puerta de la habitación. Aquella noche, la del cumpleaños treinta y siete, habían follado como si acabaran de conocerse y él la había sorprendido con una reserva de avión y hotel para un fin de semana en París.

Pero nunca viajaron.

Todo ocurrió dos semanas después. El incidente les cambió la vida.


***


No hay espejos de cuerpo entero, pero ya no le importa. Ha aprendido a buscar su reflejo en el brillo impoluto de los muebles.

Por eso, un martes por la mañana ve por casualidad cómo sacan el cadáver.

Necesita comprobar que el tatuaje de los pájaros, que siempre le han parecido golondrinas, existe y todavía sigue en su sitio, confiando en que un día vuelva a ser la que era. Así que, cansada de esperar dócilmente a la enfermera con el desayuno, se acerca hasta la ventana de la habitación para adivinar el tatuaje en el tenue reflejo del cristal. El dibujo continúa allí: diminutos pájaros negros recorren su brazo y antebrazo derecho como un alambre de espinas y van desde la muñeca hasta su hombro.

Con la mano izquierda, los acaricia y, más allá de su piel, al otro lado de la acera, observa despreocupada, algo molesta por el exceso de luz al que le cuesta adaptarse, cómo se abre la puerta principal de la casa de enfrente.

Al principio, absorta en su propia imagen, no presta demasiada atención; pero muy pronto se despierta su curiosidad por lo que está ocurriendo en la calle, justo cuando una furgoneta azul marino, en cuyos laterales está escrito con letras blancas Servicios Funerarios de la Comunidad, dobla la esquina y avanza lenta por la calzada, bajo un frío y transparente sol de invierno.

Aún no son las diez, pero el vecindario ha quedado desierto, es la hora de que estén llenas las oficinas y los colegios; y se siente espectadora de una función privada que comienza cuando la furgoneta se detiene delante de la casa.

«La señora Lorán ha muerto», se dice sin apartar la mirada de la ventana.

No se equivoca: dos hombres hacen su aparición en lo alto de la escalera de cuatro peldaños, que separa la entrada principal del pequeño y descuidado jardín. Llevan un mono del mismo tono azul de la furgoneta y custodian una especie de carretilla a la que, atada con correas, va sujeta una bolsa de plástico blanca, que impúdicamente recorre una cremallera metálica.

El cadáver al sol.

El conductor se apea del vehículo y lo rodea para abrir las puertas de atrás, envuelto en los sonidos habituales del barrio, que flota pacífico, en medio de ninguna parte.

Sara se lleva las uñas a la boca.

El descenso del cuerpo es rápido. Se nota que los operarios tienen experiencia. La presencia de la muerte es fugaz, higiénica, como el grito ahogado con cinta aislante de la víctima de un secuestro. Y, aparte de Sara y los trabajadores de la funeraria, un cuarto hombre en lo alto de la escalera sigue con indiferencia la evolución de la maniobra. Parece tan ajeno al acontecimiento extraordinario, que Sara se detiene en él. Nunca lo había visto antes… ¿O sí? No es Carlos, el hijo único de la señora Lorán, pequeño y apocado, con la clase y la nariz de los personajes judíos en las obras de Shakespeare; un treintañero que, cada vez que coincide con ellos en las pocas ocasiones que visita a su madre, los saluda con una sonrisa rápida, de mal trago y buena educación, señal inequívoca de sus escasas dotes para relacionarse con el mundo. No, el individuo en lo alto de la escalera pasa de los sesenta y posee el interés de las ovejas negras. Su impasible papel en la escena sirve de contrapunto al cuerpo inerte y camuflado de la señora Lorán. Le da la réplica.

Hay algo en su actitud de desafío.

Y a Sara le suena e intenta recordar. ¿De qué conoce al anciano de barba blanca que, con las manos en los bolsillos, asiste resignado a la carga del bulto en la furgoneta? Quizás si pudiera verlo mejor, se dice, si por un momento mirara hacia ella, sería capaz de ubicarlo en un punto determinado de su memoria maltrecha, en algún lugar de su vida pasada, de la que parece haberse escapado para hacerle una visita, con su atuendo impecable, de señor: unos pantalones de pana marrón; un suéter azul marino, que delata una barriga incipiente, cuya aparición ha debido ser tardía, producto de los años vividos sin detenerse demasiado en meditar sobre los riesgos de una copa de más o un bocado menos; y el cuello y los puños bien planchados de una camisa blanca, que se intuye bajo el suéter.

¿Quién eres?, le pregunta muy bajito, desde su lugar seguro en la habitación.

Y entonces, mientras la furgoneta se aleja ya, deshaciendo el camino, deslizándose por el inquietante silencio de esa mañana cualquiera, antes de volver a entrar en la casa de la señora Lorán, el anciano se gira hacia la ventana, como si hubiera oído la pregunta de Sara y, al descubrirla espiando, clava en ella su mirada con una curiosidad que implica también cierto reconocimiento.

Existe un vínculo sin nombre entre la memoria y el corazón, un hilo muy fino que une la frecuencia de la sangre al arraigo de los recuerdos, y que hemos aprendido a cortar para engañarnos, convencidos de que lo mejor es evitar el regreso de aquello que vivimos con dolor. Los ojos del anciano son castaños y tristes, se protegen detrás de unas gafas enclenques y parecen haber visto muchas cosas. Es imposible que Sara pueda apreciarlos desde la distancia que los separa, pero los recuerda. Sin saberlo, los había estado esperando. Equivalen al sonido de un despertador.

Porque el anciano tiene algo que le pertenece y debe devolvérselo.

2. Un suceso traumático

La composición de los medicamentos le parece una fórmula mágica.

El sábado ha amanecido nublado y el olor de la lluvia ha llegado con él hasta el baño e impregna de gris el blanco de los azulejos. Se ve reflejado en el espejo de latón: el pelo muy corto y las facciones herméticas invitan a pensar en cierta disciplina castrense. Con uniforme, podría pasar fácilmente por un oficial del ejército, pero ni siquiera hizo el servicio militar. Fue de los primeros en evitarlo, gracias a los contactos de su padre.

Todo fácil.

Deja las dos bolsas de plástico en el suelo y, observándose todavía, busca el llavero en el bolsillo. Le gusta estar pendiente de su aspecto. Pasa de los cuarenta y lleva décadas, desde su entrada en una adolescencia plagada de los tópicos que persiguen a los inadaptados, intentando sobreponerse a una complexión enclenque y un rostro de color enfermizo, en el que, eso sí, unos ojos negros muy pequeños y una sonrisa amplia, que sorprende al que lo trata por primera vez, construyen la expresión de un hombre bueno. No es mala persona, Eduardo; tampoco se caracteriza por ser amigo de las excentricidades, ni oculta fantasías que deban permanecer sin confesar. Quizás por eso, cuando se acuclilla delante de los dos armaritos de PVC cerrados con llave, que hay bajo el lavabo, le sorprende reconocer, entre el marasmo de emociones cotidianas que flotan en el ambiente, una punzada de remordimiento.

Cierra los ojos; con el índice y el pulgar se masajea el tabique nasal y, ahogando un repentino acceso de llanto, que le sobreviene como una arcada, abre el primer armario, donde las cajas de medicamentos para Sara se ordenan formando torres inestables de pastillas y polvos, respetando un riguroso orden alfabético: Alprazolam, Clorazepato, Quetiapina, Venlafaxina… El contenido de la primera bolsa, como cada fin de semana, contribuye a apuntalar las construcciones de cartón. Es metódico en su repaso del botiquín, previsor hasta el extremo.

Cada mañana de sábado de los últimos seis meses ha empezado igual, con su visita a la farmacia después de la carrera diaria y la ducha de agua fría.

Los escrúpulos que sentía por la responsabilidad de administrarle a Sara el tratamiento se esfumaron muy pronto.

El motivo de su malestar es el contenido de la otra bolsa: una botella de whisky Bushmills que guarda en el segundo armario con una lentitud antinatural, porque tiene la impresión de estar asistiendo, desde fuera, a su propia acción. Es actor y público a la vez y, como esto último, siente un rechazo visceral ante los inminentes acontecimientos y el espacio: la casa tan limpia.

La enfermera, que se irá a mediodía para no volver hasta el lunes, prepara el desayuno de Sara en la cocina. Si se concentra, Eduardo puede identificar a qué gesto pertenece cada ruido: la cafetera en el fuego; el abrir y cerrar el microondas para calentar la leche; el chocar de la loza y el cristal al elegir al azar una taza y un vaso para el zumo; la nevera, las tostadas saltando ya listas; el clic de las cápsulas al salir de sus blísters… Cuando la haya aseado y vestido, la enfermera se marchará y el silencio dócil de Sara se convertirá en su propio silencio, inundará el pasillo y las habitaciones con el efecto de una prensa.

Ha acabado sentado en el suelo, la espalda apoyada en el alicatado; los codos en las rodillas; la cabeza entre las manos. Le parece mentira que sólo haya pasado un año desde el incidente.


***


Antes de recuperar el control sobre sí mismo, se permite repasar por enésima vez los hechos.

La noche de enero en que lo llamaron del hospital para que fuera a buscar a Sara, porque algo terrible le había ocurrido al volver a casa, el médico de guardia sugirió que se quedara ingresada hasta el día siguiente, en observación. Alabó la eficacia de los betabloqueantes, que habían podido suministrarle con rapidez, e insistió en restar importancia a lo sucedido.

Mientras ella dormía en un box de Urgencias, bajo el efecto de un Orfidal, le aseguró que volvería a ser la misma por la mañana; que descansara unos días pero tampoco retrasara demasiado su regreso al trabajo; y que hablase del incidente con naturalidad. Él debía escucharla, animarla a salir. Estaría bien, sugirió el doctor, que hicieran alguna escapada. Consideró una gran idea el viaje que tenían previsto a París. «Confirme la reserva y no deje que se obsesione si lee algo en los periódicos. Necesita ver cosas bonitas».

Le explicó que acababa de vivir un suceso traumático.

Pero Sara no habló, ni quiso ir de viaje.

Insistió en reincorporarse a su puesto en apenas cuarenta y ocho horas. A pesar de que en su empresa, unos grandes almacenes en Nuevos Ministerios, donde llevaba una eternidad trabajando en el departamento de contabilidad, la apreciaban e insistieron en que su recuperación era lo primero, ella dijo: «No tengo que recuperarme de nada».

Y Eduardo, que la quería y creía conocerla, lo aceptó.

Durante los primeros cuatro meses, aparte de un silencio viscoso, que empezó a apoderarse de los ratos de intimidad, la rutina transcurrió normalmente. Un día, se dio cuenta de que ella había dejado de escuchar música. Le gustaba sintonizar emisoras de radio fórmula mientras hacia las tareas domésticas. Le encantaba el pop; cuanto más se acercara al estilo de los ochenta, mejor. Había una canción de desamor que solía tararear con frecuencia, de forma inconsciente, sobre la que él, melómano aficionado al jazz y la clásica, bromeaba haciéndola reír, fingiendo ataques de desesperación y poniendo muecas, mostrándose ante ella, en definitiva, como no se mostraba con nadie. Se titulaba Sólo luz y equivalía a un código de piloto automático en el cerebro de Sara; un código que, de repente, se borró.

Pero que ahora él recuerda.

Habían transcurrido cinco meses del incidente cuando ella se emborrachó por primera vez. Le localizaron en el museo. Fue a recogerla a la oficina y la encontró en la zona de descanso con una compañera, que intentaba sin demasiado éxito hacerle beber un café de máquina. Aún no era mediodía y apestaba a alcohol; Sara, que se mareaba con dos cervezas. Al verlo entrar no cambió la expresión. Se limitó a levantar ligeramente hacia él la mirada de la superficie rugosa de la mesa para mostrarse alerta; un gesto animal. Perfilados de negro, Eduardo identificó en sus ojos, de un azul hiriente, una agresividad en ciernes, la promesa de una violencia contenida que le asustó y, sin embargo, despertó en su interior una excitación nueva.

Con cautela, se sentó a su lado y le dio un beso fugaz en los labios, sonriendo a la mujer que le hacía compañía y a la que no había visto antes; agradeciéndole sin palabras que no la hubiera dejado sola durante la espera e indicándole que ya se podía marchar.

—Ha llegado así. No sabemos qué le ha pasado, no ha querido decirnos nada.

Él volvió a sonreír; volvió a darle las gracias, le hubiera gustado liquidarla con un chasquido de sus dedos, pero tuvo que ser paciente. Acarició a Sara en la mejilla con el dorso de la mano y ella ni se inmutó. Tenía la piel caliente. No levantó la vista del suelo, mientras aquella mujer tan solícita se alejaba despacio y se esfumaba al otro lado de la puerta, atraída ya por otra historia, o tal vez no; probablemente no. Seguro que la estaban esperando en algún despacho cercano para escucharla desgranar con pelos y señales hasta el más mínimo detalle de la escena; ansiando esa dosis de placer casi físico que provoca la lástima.

Cuando se quedaron solos, él la ayudó a ponerse el abrigo; le cruzó el bolso en bandolera y dijo, sosteniéndola por el brazo izquierdo, que había llegado la hora de irse a casa.

Y Sara obedeció. Permitió que sin soltarla ni un segundo, la condujera hasta el aparcamiento, la ayudara a entrar en el coche y le abrochara el cinturón. Inmersa en el mutismo, parecía querer transmitirle un mensaje de capitulación: «A partir de ahora, estas serán las reglas».