Este libro está dedicado muy especialmente

a Pedro, por su presencia, y a Darío.

Y también para Almudena García Herreros

y Alicia Tosantos, por su ejemplo.

AGRADECIMIENTOS: Departamento de Medicina Legal de la Universidad Complutense de Madrid (Dr. Sánchez), Instituto Anatómico-Forense, Departamento de Orientación Jurídica (Juzgados de Plaza Castilla), Servicio Jurídico (Junta del Distrito, Tetuán), Gerencia de Urbanismo de la Comunidad Autónoma de Madrid (José Luis Teba), Archivo Municipal de Madrid, don Feliciano Montero García, don Mariano Santos, doña Belén Chaparro, doña Mª Isabel de la Torre, doña Pilar de Celis, don Manuel Alvarez, doña Maruja Gordo, doña Sandra Delgado, don Bartolomé Muñoz Plessis, don Ignacio Fonfría, don Juan Manuel del Río Moyano, doña Carmen Valero y don Javier Baonza.

El patio dormido

Primera Edición

© Mª José Galván

Diseño de portada:

© Sandra Delgado

© Ediciones Evohé, 2011

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ISBN: 978-84-15415-05-3

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Esquema del patio

Parte primera: pinto, pinto, gorgorito.

En la madrugada de aquel siete de septiembre una lluvia intermitente bendecía el descanso del vecindario con un sosiego del que raramente disfrutaba. Las horas habían transcurrido en puro susurro de agua. La sonoridad, discurriendo por las vertientes lujuriosas del tejado, regalaba al vecindario el sosiego que da la orilla del mar.

Sin duda, hacia las cinco, los habitantes del Patio vivían en el Paraíso.

Aquella perfección quedó suspendida cuando unos jóvenes traspasaron el hueco de la calle Coronel Sierra. Si alguien hubiese estado mirando, se habría dado cuenta de que algo iba a ocurrir, porque se paró el tiempo en seco; y, siendo tres los muchachos, fueron cuatro las sombras.

Bajaron la rampa a tientas.

Recorrieron el recinto como pájaros ciegos.

Uno de los chicos dijo una tontería y los otros dos rieron bajito.

Sus siluetas oscilantes buceaban entre los bultos aparcados.

El más alto tropezó con algo, dio un enorme traspié y cayó.

Quedó acurrucado en el suelo tiritando como no se tirita de frío o de miedo, sino más bien titilando como una estrella cuando acaba sus días de telescopio.

Los dos amigos le miraron mientras caía y una honesta carcajada sonó a despedida. Anduvieron dos o tres pasos sorteando los charcos y luego, al volverse, mitigada la hilaridad, solo les quedó tiempo para ver el tenue temblor con que el adiós bautizaba al amigo.

Lo llamaron: «¡Julio, Julio, levántate!... ¡Vamos, tío, que no es para tanto!... ¡Menuda hostia te has metido!... ¡Bueno, ahí te quedas!».

Se acercaron a mirar.

Uno de ellos tiró del cinturón para levantarlo con más intención que ganas, pero un peso de siglos reivindicaba desde la tierra aquel cuerpo que era ya suyo.

El chico más bajito trató de incorporarlo. Un zarandeo fuerte le situó ante algo desconocido, mientras el temor le inauguraba los dedos.

Alertó al compañero: «Julio se ha hecho daño... no despierta... ¡Joder, tío, que no es broma, que no se levanta!».

El otro se agachó y comenzó a llamarle en voz más alta: «¡Julio, Julio!».

Las llamadas eran gritos, gritos de socorro que alertaron a los vecinos de ligeros sueños.

Una persiana chirrió al ser levantada, las bisagras de varias ventanas sonaron al abrirse mientras algunas cabezas somnolientas comenzaban a asomarse por los agujeros de las fachadas.

El muchacho dejó de temblar y quedó inmóvil, ciudadano del ayer.

Estaba allí, quietecito sobre una banasta de barro, con la cabeza convertida en un cucurucho de fresas y los ojos abiertos mirando el revoloteo de infinitos serafines brillantes. Oía el trueno de los quiciales en los quicios lejanos y comenzó a sentir un aroma a uvas suaves de piel dorada.

El frío experimentado al caer se iba tornando en un calor confortable que apaciguaba los latidos de su corazón ausente.

No podía respirar; se le había olvidado. Pero lejos de asustarse, un sosiego desconocido le inundó por dentro cuando a él le pareció que sus manos asían la párvula blandura de su cuna.

Miró definitivamente el contorno de las cosas reales y una alegría inesperada latió en su pecho por última vez.

Se sabía seguro.

Libre. Sabio. Completo.

Eternamente acompañado.

Parte segunda: pío, pío, que yo no he sido.

I

El nuevo año amaneció encapotado y frío.

Vacías las calles después de la Nochevieja, que es en realidad un dilatado botellón; desiertos los pisos, cerrado el comercio, puede decirse que estaban tan ausentes los vivos, como vigilantes los muertos. Algún gracioso, la noche anterior, había soltado un saco interminable de confeti por todas las calles del Barrio de San Enrique y, como un reguero de flores rotas, su rastro derramó sinuosos círculos de colores por todas las aceras, llevando hasta el último rincón del Patio una huella colorida que poco más tarde el agua amasaría.

Pasada la fiesta de los Reyes Magos, los habitantes retomaron el ritmo cotidiano con la sensación de que aquello ni habían sido Navidades ni nada. Es verdad que algunos volvieron con el propósito de los cambios drásticos, pero fueron los menos. No aleteaba en el aire la esperanza intacta de otras veces. Decían los que saben de eso que la razón era la crisis económica, que corría sin pudor una galopada lúbrica, porque del mismo modo que los años anteriores podía decirse que el país entero se había ido por Los Cerros de Úbeda, ahora estaba varado en el Pantano de Larache. El caso es que el común de la población acusó un malestar indolente sin etiología precisa, y especialmente los ancianos sintieron sus crónicas dolencias más perpetuas si cabe. Incluso a los que no padecían achaques concretos, como el padre de María Centeno o el farmacéutico Tamayo, enero les despertó una tristeza indefinida, vistiéndoles de contables cavilosos, de esos a los que se les encomienda administrar el caudal escaso de los días prestados.

Entretanto el Patio siguió durmiendo y, como soñador inquieto, cambiaba de postura de vez en cuando. Con la pintada se movió un poco; con las broncas por el sitio, lo hacía en días alternos; y desde luego, dio un buen estirón cuando uno de los vecinos hizo de su capa un sayo justiciero. Las sacudidas, aunque exiguas, eran tajantes, y si alguien hubiese puesto un poco de atención al instante invisible con que la gracia nos dota, podía haber escuchado la oración que asiduo clamaba:

«¡Miradme bien, hermanos míos!

»¿Acaso no respiro el mismo aire que vosotros respiráis?

»¿Es que no fui el pastizal de vuestros corderos y la correa de sandalias ajenas?

»¿No os he entregado todo lo que era mío?

»¿Por qué entonces, ingratos testigos, me lastimáis con vuestro desdén?

»¿Por qué, requisidores cretinos, habéis sepultado mi corona en el charco?

»¿Quiénes sois vosotros, herederos altivos, para legarme la boca sedienta, los ojos cegados, la cintura baldía?

»¡Cerrad los puños frente al miedo! ¡Haceos fuertes! ¡Abrid las ventanas con júbilo!

»¡Miradme bien, y no digáis que todo está concluido!»

La demarcación del Patio tuvo siempre en la tapia su lugar específico para los dibujitos; en la parte de fuera, se entiende. El muro macizo que lo separa de los Jardines de Manuel Fraijó siempre ha ofrecido pantalla para la expresión callejera, y aunque de vez en cuando los operarios municipales lo enjalbegan de gris, ahí continúa: lienzo dispuesto para el bodegón subversivo. Pero todo lo malo se pega y también el espray se ha ido extendiendo a las paredes internas del almizcate. Hasta hará cosa de seis años fueron tenues siluetas monicacas, una firma retorcida, una palabra deshilvanada y alguna silueta obscena, que no llegaban a adentrarse más allá del límite que marca la rampa. Pero el seis de enero amanecieron aquellas letras enormes en el reverso de la tapia... y todos los espectadores supieron que alguien había roto la delgada línea de la desfachatez.

Cuando la farmacéutica se incorporó al horario asiduo del trabajo, el mismo día que sus hijos comenzaban las clases, tuvo la mala corazonada que dos días antes habían tenido Amalia y su madre, los Centenos, don Sérvulo, Macarena y Raimundo, Ana Ruiz, Ramón Quijano, la familia Bolaño, don Justo, su Santa, y todos los durmientes del Patio, porque a poco que se asomaran a calibrar las nubes, se les quedaban manchados los ojos por aquellas letras que habían transformado la tapia en un paredón. «¡ASESINOS!», escribieron con pintura fosforescente de color rojo y tamaño gigantesco. Ocho caracteres mayúsculos acotados por el signo de la admiración con su punto arriba y su punto abajo. La factura era perfecta, sin un rayajo ni un goterón; con molde parecían haberlo pintado criaturas sobrenaturales sabedoras de la herida. ¿Cómo se hizo? ¿Cuándo? ¿Quién pudo entrar con la intendencia necesaria sin que ruido alguno lo delatase? Y sobre todo: ¿por qué?, ¿qué razón siniestra latía en aquel mensaje?

—Eso lo han pintado desde un coche —dijeron unos.

—¡Qué va, con una escalera ha sido! —dictaminaron otros.

Y hasta hubo vecinos dispuestos a denunciar a la policía la agresión. Necios ofendidos que no reconocían en la pintada su dimensión de veredicto.

Gemma miró por una de las ventanas traseras del despacho y se quedó helada con la lectura torva: «¡Qué mal gusto!», exclamó soliviantada. Algo muy parecido experimentó Pepita, la florista, cuando pasada la semana de asueto que se tomaba por esas fechas, el mismo jueves ocho de enero, San Luciano, coincidió con ella en el criterio.

La hija mayor de don Carlos Tamayo se metió detrás de la cortina que separa la zona pública de la trastienda y justo delante de la vitrina donde esperan los evacuantes, restriñidores y depletivos para ser expedidos, le hizo un gesto a Pepita para que la acompañase. Marcó las teclas del teléfono que está sobre la cajonera de los ungüentos. Al otro lado de la línea oyó la voz somnolienta de su hija, a la que le habló conminatoria y severa; luego pidió hablar con el abuelo.

—Papá, vigila bien a Manuela que no toque el ordenador. Mejor, que se ponga a leer en mi cuarto, que allí nadie la va a molestar. Y tú no salgas que ha comenzado a nevar de nuevo. Por favor, papá, ¿me vas a hacer caso?

—¡Huy, con qué seriedad estrenas el año! —observó la florista cuando la otra colgaba.

—Es que si no me pongo así, me toman por el pito de un sereno. Resulta que la niña ha estado todas las vacaciones saliendo de un lado para otro y se me pone mala el día que comienzan las clases. No me digas que no es para matarla. Claro, que no me fío ni un pelo y no he permitido que mi padre se fuera a su casa. Mejor en la mía, y vigilante. ¡Ay, Pepita, cuántos problemas dan los hijos!

—No digas eso, que peor es no tenerlos.

—Es que a este paso no va a sacar el curso.

—Está en la edad —terció una de las auxiliares que abría el cajón de los tónicos con un manojo de recetas en la mano.

—¡Sí, sí, la edad... del estudio, porque otra cosa...! Ya te llegará a ti la hora con tu niño, y veremos qué me dices entonces —replicó la boticaria, quitándose la bata uniformada—. ¡Vamos, Pepita, a por el café!

Salieron a la acera, que pintaba una blancura uniforme, y arrebujadas en sus abrigos cruzaron la calle venciendo el aire helado que les moteaba la silueta con virutas blancas. Pese a la corta distancia, entraron en la cafetería tiritonas y despeinadas, anhelando el desayuno con antojo de primerizas.

—Oye, volviendo a la pintada que han hecho abajo, ¿quién habrá sido?, ¿y por qué? Si parece un estarcido. Es obra de brujería. ¿Tú te has fijado bien? —preguntó Pepita, una vez instaladas ante la ventana.

—Es horrible.

—Cualquier día nos dan un susto, ya verás.

—¿Otro? Yo creía que con lo del chaval ya teníamos bastante —suspiró Gemma.

—Es verdad. Pero lo del chico ha sido un aviso; y la pintada, otro. Yo sé bien por qué lo digo.

—Un aviso ¿de qué?

—De lo que nos va a pasar. El patio nos está diciendo algo.

—Sí, que necesita un arreglo de arriba abajo —resopló la otra.

—Mira, yo tengo una amiga que sabe mucho de estas cosas y el verano pasado me dijo que en el trabajo me iban a pasar cosas muy extrañas, complicaciones y discordias. Eso me dijo.

—Y tu amiga ¿cómo lo sabe?, ¿se lo contó un pajarito?

—Lo vio en las cartas —confesó Pepita, abriendo mucho los ojos y bajando mucho la voz.

—¡Ah, bueno, si lo leyó en las cartas, es otra cosa!

—No te rías, Gemma, que mi amiga es muy buena, toda una profesional en lo suyo. Atiende en un despacho con secretaria y cita previa.

—Ganará una pasta.

—No sé. Yo no le pago porque somos amigas de la infancia. Pero fíjate si es buena persona que no cobra nada a quienes pasan por una situación achuchá.

«Es que si encima les saca dinero, es para darle con un palo» pensó Gemma, mirando con delectación el servicio de desayuno que acababan de poner sobre la mesa.

La florista siguió un rato ponderando las virtudes proféticas de su amiga a la que ella tenía ley y visitaba cuando no sabía por dónde tirar, o sea, siempre. La farmacéutica escuchaba como quien oye llover, incrédula como es en materia sobrehumana.

—También me reveló que se nos avecinan malos tiempos —concluyó Pepita, apesadumbrada.

—Las otras cosas que te dijo, no sé; lo de los malos tiempos lo ha clavado. Pero, vamos, ya te digo yo que no hace falta ser una lumbrera, con ver las noticias de las tres...

—Tú ríete. Pero lo del patio me lo advirtió.

—¿Y cómo te lo avisó?, ¿adivinó que iba a matarse un chico en la trasera de tu tienda?

—Me dijo que algo malo iba a sucederme en el trabajo.

—No sé, Pepita, a mí estas cosas me dejan fría. Pero de paso, la próxima vez a ver si le preguntas cómo va a terminar la cosa, porque el juicio llegará antes del verano.

—¿El juicio?, ¿qué juicio?

—Pues el que han pedido los padres del chico, ¿o es que a vosotros no os llegó la demanda?

—Sí, algo de eso oí, pero como no cuentan conmigo para nada de lo relacionado con el edificio, que parece que yo no estuviera debajo de ellos...

—¿Tú pagas la comunidad?

—Sí, claro, por el local. Como vosotros, supongo.

—Sí. Nosotros pagamos por la farmacia, el piso y los dos sótanos, aunque están unidos y cuentan como uno solo.

—Cuando compré la tienda, el sótano venía junto, tanto en los gastos comunitarios, como en la contribución.

—En eso las fincas deben funcionar de manera diferente. Da igual, el caso es que participamos de los gastos comunes y, por tanto, tenemos voz y voto. ¿Tú no?

—¡Qué va! Yo me entero de la junta porque leo el aviso colgado en el portal, si no, nada. Además, no tengo derecho a la presidencia. Claro, que eso me viene bien, porque era lo que me faltaba.

—Di que sí. A mí me ha tocado resolver esta papeleta y no veas.

—¿Y cómo lo habéis hecho?

—Contratando los servicios de un abogado. ¿Y vosotros?

—Que yo sepa, nada. El del primero recogió un papel del juzgado y se lo dio al presidente; eso es lo único que sé, y por las chicas que viven encima de mí, que vinieron a comprarme una maceta de Pascua.

—¿Una de ellas es una chica morena, con melena, que lleva un anorak verde? No recuerdo cómo se llama. Pasa a veces a la farmacia a pedirnos medicamentos de los que recogemos; ya sabes, de esos que empieza la gente y luego tira... Me dijo que trabajaba en una ONG, con niños de familias problemáticas.

—Esa es Laura, una de las religiosas. Viven tres juntas y son majísimas, la mar de educadas. Las pobres son clientas fijas, que todos los sábados vienen por claveles para la Virgen, porque deben tener un altarcito en casa o algo así. ¡Lástima que se gasten tan poco!

—¡Qué gracia, no sabía que eran monjas! —dijo Gemma encendiendo un cigarrillo.

—Pertenecen a una orden con un nombre muy raro: Mariunas, Chirunas, o algo así. Una es maestra de niños, la mayor, Inma. Está también Laura, que es asistenta social y luego Moisha, una eslovaca que debe de ser la mar de lista porque ya habla muy bien español y el año pasado no decía ni papa. Qué risa, el primer día que vino a comprarme unas flores, me dice que quiere un ramo de novia. Y yo le saqué el catálogo y no veas la cara que puso... ¡Anda, mira quién está ahí! —exclamó Pepita mirando a través del escaparate.

Gemma se fijó; era Nica Ojeda, que justo estaba entrando en la farmacia.

—La señorita Ojeda debe de andar de capa caída, porque hace mucho que no me compra nada. Eso es que ahora no tiene novio.

—Pues es lo que le faltaba, con el genio que se gasta... Oye, ¿y qué tiene que ver ir a tu tienda con que tenga novio? —preguntó Gemma desconcertada.

—Porque es de las pocas mujeres que envía flores a los hombres. Y no veas la lista que lleva.

—¿Y tú cómo sabes que son novios?

—Amigos, o amantes, que para el caso... Llámalos como quieras, pero la señorita Ojeda envía flores al hombre con el que sale. Te lo digo yo, que leo las tarjetas.

—¡Ah!

—No porque sea una cotilla, que no lo soy; es que a veces me hace a mí escribir las notitas. De verdad —insistió la florista ante la risa de Gemma.

Juntas atravesaron la calle pisando meticulosamente un suelo nevado que se iba compactando bajo sus pies, fijándose en la silueta mostrenca que el plumífero le marcaba a Nica, tal como la veían a pie de entrada.

—Espera, que tengo una cosa para ti —le dijo Gemma a Pepita cuando esta enfilaba hacia su puerta.

Retrocedió sobre sus pasos y ambas se metieron en el número diecinueve de Coronel Sierra sacudiéndose el abrigo y taconeando los pies sobre el felpudo del portal.

—¡Pasa! —oyó la florista que le decían desde el piso bajo.

—Gemma, que no puedo entretenerme más. Desde aquí no veo la tienda y si llega alguien y no estoy, pierdo un cliente y encima quedo mal.

—Toma, son muestras recién llegadas. Y este tubo es de una promoción que ya ha terminado. También te he echado un cacao para los labios y una crema para la circulación de las piernas.

—No sabes lo bien que me vienen, que tengo las manos hechas polvo con tanta humedad.

—Ya lo sé, por eso te las guardo.

—Gracias, Gemma, que Dios te lo pague. Cuenta con los mejores esquejes para la primavera.

El Clavel de Oro, la floristería que regenta desde hace por lo menos quince años Pepita Sandoval, y que antes pasó por ser panadería, ultramarinos, despacho de carne y tienda de juguetes, hoy es el negocio más agraciado de todo el barrio con su toldo de rayas amarillas y la amalgama de colores que asoma por el escaparate. Según se entra, el visitante es recibido por el aroma boscoso de una naturaleza detenida y, aunque hace siempre frío, el olor y la temperatura le mantienen a uno las ganas de quedarse para siempre. En la gran vitrina refrigerada se puede admirar algún ramo nupcial de camelias blancas y rosas de té, junto a canastillas de magnolias y cestitos de jazmines con alhelíes; mundillos listos para conmemorar la vida recién llegada. En los estantes de la parte baja asoman los centros florales de azaleas y narcisos; y en el suelo, según la temporada, unos cubos de cinc rebosan de gladiolos, varas de nardos, azucenas y lilas.

A mano izquierda, hay una estantería escalonada donde la dueña coloca las macetas de potos, el aloe vera, las yucas y los ficus, mezclados con algunos tiestos de violetas, ya en primavera, todos ellos sumidos en bellos maceteros de cuerda, cerámica y cristal. Sobre el mostrador, al fondo, están los baldes de las rosas y los claveles, lo más demandado, que la dueña entreteje con tallos de verde o manojos de mimosas, formando bellos ramos con su papel transparente y su cinta de seda.

Pepita regresó volada; lo primero que hizo fue mirar la temperatura que marcaban los termómetros distribuidos en diferentes paredes y comprobar el termostato de la vitrina, escasa de género para la época. Recogió un par de enseres que había fuera de su sitio y bajó por el caracol de peldaños que comunica con el sótano. A media mañana, la inactividad la llevó a reflexionar sobre la conversación mantenida con la farmacéutica y todo remitía al futuro vaticinado por la del turbante. Como si la providencia se hubiera puesto de su lado, pasado el mediodía entró en la tienda don Julián de la Torre, el militar retirado que habita el primero izquierda de la finca, quien después de saludarla y darle el noticiero de las fiestas que él había pasado en Cádiz cuidando de un hermano convaleciente, tuvo a bien preguntarle si ella sabía algo de lo referente al Patio, la denuncia, el presidente, la asesoría administrativa que les llevaba las cuentas o cualquier otra cosa que se le pareciera.

¡Cómo se le ocurría preguntarle eso, si ella era la última en enterarse de las cosas!, respondió Pepita, dando lugar a un rifirrafe vecinal que era lo que a la de las flores le faltaba para ratificar el diagnóstico de la amiga visionaria. La discusión fue amainando a medida que se enjabonaron los reproches con los buenos modales. Acordaron la necesidad de una reunión informativa, puesto que el resto de las comunidades habían respondido a la demanda y en la suya no tenían referencia de que tal cosa hubiese ocurrido. Pepita acompañó al vecino hasta la puerta y él se despidió muy cordial tomándole la mano y todo, porque don Julián es un caballero, aunque la gentileza a veces se la deja colgando en la punta de la lengua.

Nada más abandonar la tienda, el militar subió a su casa paso a paso por la escalera de mármol; el ascensor era algo que apenas usaba, en parte por lo cardíaco, que subir escalones alarga la vida, pero sobre todo porque desconfiaba de los aparatos eléctricos y aquello daba un tirón muy sospechoso cada vez que alcanzaba su destino. Al meter la llave en la cerradura se dio cuenta de que la esposa había salido y le sacó las casillas de su sitio notar la corriente de aire que pululaba por la casa. Ella, al irse, había dejado todas las ventanas abiertas y las ráfagas de aire campaban por sus respetos, dueñas de las habitaciones. Un puro bloque de hielo se había instalado en el piso, de modo que podía decirse sin equivocación alguna que hacía más frío dentro que fuera, y era menester echarse otro abrigo si se quería mantener el pulso.

Era jueves y, por tanto, laborable. El puñetero presidente no iba a estar. Buscó en una agenda repleta de tachaduras unos guarismos secretos. Empezó por el cuarto izquierda: Juan Mataró, de profesión desconocida y moroso en cuanto se descuidaban, que había puesto el piso en venta ahora que nada se vendía. Tuvo la suerte de contactar con él, interrumpiéndole el sueño, según le pareció a don Julián. Le informó de las novedades recientes.

—No, no tenemos indicios de que fuese a haber una reunión, por eso te llamaba, a ver si preguntas un poco al presidente o al administrador.

Y así quedó la cosa. Uno despierto con una incertidumbre nueva amenazando la venta; el otro, satisfecho por la labor emprendida.

No se detuvo ahí el señor De la Torre, porque dejó sendos mensajes en el cuarto y en el segundo derecha, para luego enfilar en persona hacia el piso que tenía encima a ver si pillaba al dueño, que le había parecido sentir pisadas mientras hablaba por teléfono. Subió y mantuvo una larga disertación con Demetrio Bolaño porque Ana María, la señora, lo sentó en el saloncito de la entrada trayéndole al marido a continuación, a ver si así podía hacer ella las tareas del hogar sin el entrometido. Ambos hombres hablaron sobre el patio, el cierre del taller, el deterioro de la trasera, la pintada miserable, el estado de la escalera y la humedad en los trasteros. Un repaso completo dieron a la finca, que les dejó el ánimo de conserje elevado a director. Demetrio se comprometió a llamar al presidente y la visita hizo lo propio para con el administrador, de quien dijo no tener el número y que el otro respondió apuntándoselo en un papel.

A la viuda del tercero derecha, que vive justo debajo de Daniel Ursinos, don Julián también la involucró; y sentadito en el sofá de tres plazas tapizado de cretona que la señora compró allá por la década de los cincuenta, la estuvo convenciendo sobre la necesidad perentoria de una junta extraordinaria que pusiera las cosas claritas y las dudas resueltas, dejando a doña Virtudes preocupada. Él regresó a casa con la sonrisa de los trileros, pletórico porque llevaba los bolsillos llenos con promesas de actividad vecinal; rimas sueltas de esas que se las lleva el viento.

Siguiendo la tónica general del mundo, para la presidenta de Rosario Cinco el año se inició cuesta arriba. Por un lado, sentía las vacilaciones de su vocación docente a la vista de un alumnado preso del desinterés; por otro, el tema del Patio se instalaba en la víspera confusa de su sueño diario, entre otras cosas porque la abogada no había dado la más mínima señal de vida desde la tarde en que se vieron en el despacho de la calle Blasco de Garay. Es verdad que los vecinos no le habían dirigido aún las preguntas directas, pero bien presentía ella que las ganas estaban creciendo detrás de las mirillas.

La señorita Galán había llamado a la abogada Huertas en varias ocasiones desde aquel cuatro de diciembre; dejó mensajes en el contestador, poniéndole recados cada vez menos corteses, pero nada. Se dirigió al dueño del bajo izquierda, don Mariano Santoral, a ver si por intercesión del tío era posible obtener una respuesta de la sobrina; ni por esas. El vetusto aparejador se hizo de nuevas, mostrándose tan tranquilo que dejó pasmada a la pobre presidenta, y eso que su capacidad de sorpresa le iba menguando de día en día.

—¿Pero no le ha llamado para informarse sobre unos datos que necesitaba? —preguntó Amalia a principios de enero.

—¿Mi sobrina? No, ¿para qué iba a llamarme?

—Me dijo que iba a comprobar la propiedad del patio y necesitaba los datos que figuran en la escritura de compra-venta. Yo le di una lista de teléfonos con los integrantes de la comunidad.

—No sé, como no haya llamado al estudio y se les olvidara decírmelo...

Esa misma noche, la del tercer viernes del mes de enero, Amalia empezó a admitir que debía consultar la situación con alguien más. Sí, estaba claro, Centeno debía conocer el estado de la cuestión. Pero antes de ir al piso de arriba, que dicho sea de paso hacía mucho que no visitaba, inició la secuencia de las averiguaciones tirando del hilo que la otra mencionara. Pidió a la madre el paradero de la escritura de la casa.

—¿Para qué la quieres?

—Tú dámela que tengo que ver una cosa, por favor.

—De estar, estará en el cajón de mi cómoda. Mira abajo del todo, con los informes médicos y las cartillas antiguas.

La presidenta de Rosario Cinco removió Roma con Santiago en busca de aquel arca perdida que llevaba dentro el dichoso documento. Nada. Por casa no aparecía.

—Eso es que está en el trastero —sugirió la madre tranquilamente.

—¿En el trastero?, ¿y qué hace allí?

—Lo debió de llevar tu hermano cuando quitó sus cosas. Me parece recordar que subió un montón de papeles, algunos relacionados con Hacienda y el asunto de mi pensión. Llámale y pregúntaselo.

—¡Sí, a estas horas! ¡Como que va a estar!

—Son las diez, a lo mejor no han salido. Tú verás la prisa que te corre. De todas formas no sé yo para qué quieres semejante mamotreto.

Amalia, revestida de paciencia, marcó el número telefónico de la casa del hermano donde contestó una voz argentina pidiéndole filiación y espera. Enseguida reconoció el timbre áspero del niño que había crecido con ella.

«¡Hola!, ¿cómo estás?... Bien, todo bien. Como siempre... No, nada, solo necesito saber si tú recuerdas dónde puede estar la escritura del piso... Sí, de este.... Para un asunto de la casa, ya sabes, cuestiones sobre las zonas comunes... Sí, sí, de acuerdo. Muchas gracias... Para ti. Adiós». Eso fue todo. Amalia colgó con un grano de uva atravesado en la garganta, de esos que no dejan respirar, pero tampoco terminan de ahogarte.

Se encaminó al trastero echándose a la espalda los reparos que le daba el lugar. Subió hasta la cuarta planta en el ascensor, continuando necesariamente a pie el tramo que lleva al vacío señero del quinto nivel. Abrió una puerta y afrontó el largo pasillo acodado con el temor supersticioso que inspiran los habitantes de las piezas deshabitadas. A lo largo del corredor se distribuían nueve puertas cerradas, esmaltadas en verde oscuro con un número en el cuarterón central. Cada una se correspondía con una vivienda del edificio; el comercio y los sótanos no contaban con aquel desahogo. No todos los cuartos gozaban del mismo perímetro, siendo unos ligeramente más pequeños que los otros; lo que sí tenían era su correspondiente abertura arqueada al exterior, casi a ras de suelo, cerrada por una doble hoja de cristal y con un pequeño pretil de hierro en la parte de fuera. Los desvanes que daban al Patio tenían una vista privilegiada del horizonte madrileño, puesto que se podían llegar a ver, en los días claros, los piquitos de la sierra norte. El sobrado correspondiente al primero derecha, en cambio, daba a la calle principal, y desde allí solo se oteaba la última planta de otro edificio.

Cuando Amalia abrió la puerta señalada con el número tres notó el olor peculiar de los recuerdos encerrados bajo llave, sintiendo con la primera bocanada que se le arremolinaban las emociones agazapadas en el tuntún de la memoria. La profesora de filosofía tuvo que apoyarse en el quicio de la puerta porque sentía en la lengua la sed de los escorpiones. Miró alrededor aquel desorden ordenado con el que las manos de su madre habían guardado el ayer y notó que la sangre se le convertía en un engrudo de sal.

Veinte años llevaba sin subir a esa esfera del cielo, exactamente desde la tarde que ella misma guardó su ajuar intacto. «Los regalos, hay que devolverlos. Y esto, para arriba», recordaba haber resuelto al día siguiente de aquello.

El olor, como a alegría rota, que impregnaba la habitación le constató la certeza de que las cajas escondidas seguían guardando el menaje sin rayar, las sábanas novicias y varios juegos de toallas con una A y una F entrelazadas. Amalia se repuso como pudo y siguió mirando el acúmulo de bolsas selladas por donde asomaban carámbanos de recuerdos. Había también utensilios trasnochados, piezas inservibles, cajas, una máquina de escribir y libros, muchos libros domeñados por cordeles con hilachas. El espacio se completaba con una mesita descompuesta, dos sillas con las patas torcidas, un diván boca abajo haciendo de tejado sobre hileras de envoltorios, dos arcones, un pandero enorme y varias perchas enfundadas en plásticos blancos. Encontró lo que buscaba en el armarito situado detrás de la puerta, tal como le dijo el hermano, aunque para ello tuvo que sacar al pasillo una escalera enorme, el cristal de una mesa camilla y varios listones de madera que al cogerlos la soliviantaron con un estruendo siniestro. Cerró el catafalco sacudiéndose las manos sucias por la harina ocre del tiempo. Bajó los peldaños ligera, saltándolos de dos en dos y, al llegar al rellano de la cuarta planta, sintió que el miedo se había quedado arriba, escondido con los fantasmas que le tiraban del pelo.

Ya en su casa, sentada junto a la madre que contaba puntos en una aguja muy larga, se entretuvo leyendo el escrito de marras. Tras diseccionar las páginas una a una, sintió el corazón acelerado porque al final de aquellas hojas amarillas reconoció las firmas de sus padres, una junto a la otra. Legible la de mamá; obtusa la del padre.

—¿Qué te pasa, Amalia?

—¿A mí? Nada —contestó la hija, disimulando.

—¿Por qué estás tan sudorosa?

—Es que hace calor. ¿Tú no tienes calor?

—¡Jesús, la edad cómo te está poniendo! Si hace un frío que pela, ¿no ves cómo están los cristales?

La hija dirigió la mirada hacia el balcón donde las gruesas cortinas de terciopelo no habían llegado a cerrarse sobre sí mismas permitiendo ver la humedad condensada sobre el vidrio plano que da a la calle, y que casi parecía esmerilado.

Amalia intentó tranquilizarse leyendo en voz alta las coordenadas espaciales que describía el texto.

—¿Ves? Aquí nombra el patio. Significa que es nuestro, ¿no?

La madre se bajó las gafas, osciló los ojos entre la cara y el regazo de la hija, donde yacían los pliegos leídos y sentenció:

—¡Entonces, Amalia, apaga y vámonos!

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I

El Patio de mi casa es particular, pero cuando llueve no se moja como los demás.

Todo depende de cómo se presente el día. Si la lluvia es fina, un brillo marengo lo adorna todo; pero si el agua tiene prisa, se forman dos enormes balsas en el centro que dan a los vecinos la ilusión de estar flotando sobre un suelo de mercurio. En esas ocasiones, los conductores que diariamente alojan sus coches de cualquier manera los precipitan aprovechando el bies recóndito de todo hueco, soslayando muy bien los dos lagos centrales no sea que, al salir, sus zapatos queden atrapados en el lodo.

Cuando llueve, el Patio, más que nunca, es trinchera de una guerra que ha ganado la indiferencia.

No siempre fue así. Construido a lo largo de los años cincuenta, los propietarios originales que aún viven lo describen como un claustro diáfano en cuyo centro se elevaban árboles que crecieron hasta rebasar el nivel de las azoteas. Recuerdan el tapiz verde mezclado con rosas que, por el muro ciego, llegó a subir hasta la tercera planta; sus jardineras de geranios y azaleas; los arbustos de adelfas, más altos que muchas personas; el cerezo que nació solo y llegó a dar guindas; y los dos almendros, centinelas blancos ante la tapia. Se acuerdan, como si aún estuvieran viéndolas, de las aceras que festoneaban su perímetro, pavimentadas de baldosones rojos y ocres dispuestos a espina, con su encintado de piedra; y también del estrecho arcén en hormigón punteado que marcaba el sendero exacto hacia las dos cocheras.

Pocos años antes, hacia 1949, el Barrio de San Enrique se había constituido sobre el llamado «Sector B-noroeste» de Cuatro Caminos, que no era sino un campo amarillo de lomas terrosas, recalificado por el Ayuntamiento ante la necesidad de una ciudad creciente que no tenía cabida en el centro. Allí fue proyectado un entramado de calles y parcelas donde erigir manzanas de casas con varios portales en cada una de ellas, organizadas en torno a un almizcate lo suficientemente amplio para estar ajardinado. Algunos terrenos quedaron en propiedad del Ministerio del Ejército, cuyo Patronato de Casas Militares se encargó de hacer pabellones geométricos de seis alturas como alojamiento familiar para la tropa. Otros lotes se destinaron para los trabajadores de la Empresa Nacional Bazán, la Compañía Metropolitana y también para empleados de prisiones y del ferrocarril. Entre medias, conjuntos de casas de renta limitada para gente un poco más libre: comerciantes bien situados, funcionarios de grado medio, oficinistas competentes, y algunos profesionales de esos que enmarcan su título y lo cuelgan en el despacho. El trazado de las nuevas calles se fue titulando con nombres de militares nacionales de la Guerra Civil, que todavía siguen vigentes: General Yagüe, Varela, Moscardó; Comandante Zorita o Capitán Haya. Tan solo una fue cambiada cuando murió Franco: la avenida de Queipo de Llano, que vino a llamarse Avenida de José María Gómez Caffarena, honorable señor cuya gracia nadie sabe.

A mediados de los años cincuenta, en una de aquellas manzanas del Sector B, se proyectó un espacio más grande de lo usual con objeto de salvar el desnivel natural de la topografía. Por eso el Patio es enorme: un rectángulo de ochocientos metros cuadrados, limitado en sus lados menores por edificaciones; y en los mayores, por una tapia alta de mampuesto que limita con los Jardines de Manuel Fraijó y con la trasera ciega de otros edificios, en el lado opuesto. En realidad son dos bloques gemelares, uno frente al otro, los que le dan cobijo; fincas sólidamente erigidas con esqueleto de pilares y muros de carga en hormigón armado. Al de arriba le corresponden los números diecisiete y diecinueve de Coronel Sierra; al de abajo, otros dos portales: el tres y el cinco de la calle de El Rosario.

En la construcción del Patio y sus aledaños, se incorporaron los adelantos tecnológicos más modernos: las cabrias de hierro recién importadas, el cemento Pórtland de nueva generación y un enladrillado de primera. Gracias al titán colocado donde luego plantarían cuatro hayas, dio gusto ver cómo iban alzándose sus márgenes, con toda aquella caterva de gentes del polvillo trabajando sin cesar durante un año, el de mil novecientos cincuenta y siete. Cuadrillas de peones, alarifes, tabiqueros, escayolistas... trasegando carretas y árganas; colocando bosques de troncos para sujetar los encofrados, enluciendo los interiores, solando el firme, pegando azulejos... Todo ello animado por el chirrido giratorio del aguilón en su continuado subir, bajar, traer y llevar viajes, y más viajes, de ladrillos, baldosas, cemento, yeso y arena, a los siete niveles que más tarde ocuparían los compradores.

De factura sencilla, las fachadas fueron proyectadas con un revoque de cemento hidráulico sin tintar que los años se han encargado de bruñir hasta dejarlas del color de la alpaca; donde el cuerpo central, separado de la base y del remate por sendas impostas, tiene los vanos acotados por tranqueros de piedra colmenareña. En la parte superior de cada edificio, separada por una cornisa con tres hileras de tejas, se abre una sucesión de arcos peraltados con las albanegas cerámicas, que son, en realidad, las ventanas de los trasteros y de la portería.

Si a finales de mil novecientos cincuenta el conjunto lucía con esmero el orgullo de unos propietarios que se sabían citados en la Escuela de Arquitectos, hoy en el Patio es imposible encontrar huellas del vergel que fue, porque los locales pensados como almacenes se convirtieron en talleres ilícitos donde arreglar coches, construir rejas o serrar tablones, y su neblina diaria de soldaduras, lijados y percusiones fue agostándolo todo. Con los dos garajes ocurrió un hecho parecido: a medida que fueron cambiando de dueño, cayó en el olvido su función custodia y actividades bastardas se adueñaron del paisaje; así, a finales de los sesenta, el de la calle de El Rosario, número tres, se transformó en un taller de reparación mecánica que colonizó el recinto con las cáscaras de mil vehículos averiados. Ellos, y solo ellos, suprimieron los arriates de hiedra perenne y los arbustos de adelfas; luego mutilaron los laureles y ahogaron las azaleas; poco después, uno de los almendros amaneció doblado; y el cerezo murió de esa tristeza sin nombre que les entra a las plantas cuando se reconocen sobreras. La devastación dejó viudos a los árboles del centro que, por fin, en la década de los ochenta, corpulentos y prominentes, el que no fue talado se cayó solo, dejando una estela de virutas estercolando el suelo enfermo. Más o menos por esa fecha cambió la propiedad del otro garaje, el de Rosario Cinco. Quien lo adquirió lo dedicó a oficina comercial, que resultó ser un negocio fraudulento y por poco no acaba precintado por la autoridad competente. Se cerró al público, quedando como almacén de utensilios donde, de paso, iba su dueño con puntualidad inglesa a lavar una flotilla de coches que él titulaba familiares. Como la tarea la realizaba al aire libre, comenzó el asedio de una zona que hasta ese momento se había preservado un poco. Los fregoteos incesantes y el vertido químico mató el otro almendro y acabó taponando la buzonera cercana, dejando en su lugar un humedal terroso que, a fuerza de repetirse, ahora se enseñorea por las paredes del edificio.

En todos estos años no se vieron unas malas paletadas de obra que restañasen la fisonomía del Patio. Nadie plantó una rama de hiedra o un simple esqueje de clavellinas; ni siquiera la cizaña fecunda ha ido creciendo por las grietas de la rampa o entre los rotos de las aceras. Nada. Cuando la floristería sustituyó a la tienda de juguetes, la dueña puso unas jardineras con geranios a la puerta de su sótano; no cumplieron ni el mes: un maldito coche se las llevó por delante. ¡Y gracias puede dar Pepita porque aquel conductor airado no le pusiese una denuncia por daños al vehículo! Hará cosa de un lustro ha vuelto a colocarlas, pero algo le pasa al sitio, dice ella, que cada temporada tiene que reponer tallos nuevos porque la anterior siembra se ha quedado pegada en el fondo de la tierra.

Los años pasaron rápidamente y el distrito entero floreció guiado por una expansión urbanística inusitada. El barrio de San Enrique fue escenario de nuevas construcciones cuyas oficinas rascaban el cielo con sus antenas. En los sesenta se erigió el Palacio de Congresos y Exposiciones, justo enfrente del Bernabéu, con su original carpintería de hormigón y el mural de Joan Miró que lo remata. Un poco más tarde, con el edificio de El Corte Inglés a la cabeza, la zona inició el andamiaje del conjunto arquitectónico más vanguardista de todo el país: Azca. Y aquello fue como si al distrito entero le hubiese tocado la lotería. Una población de nuevo cuño acaudaló las calles con sus traslados, ya fuera para estrenar los pisos recién hechos o para reemplazar a aquellos propietarios que descubrían la plusvalía que se gana cambiando de aires. En este proceso de transformación urbana los comercios tradicionales fueron sustituidos por refinadas tiendas que dieron en llamarse «boutiques», y con la misma rapidez que desapareció la pollería, la tienda de colchones, o los ultramarinos, nació la Perfumería Soledad, el Salón de Eladio y la Boutique del pan.

Todos llegamos a ver cómo echó el cierre la carbonería del señor Manolo, porque en cosa de una década nadie precisó su regular visita con el suministro de carbón y leña ajustado a la espalda. Las cocinas económicas y la caldera de hierro fueron lo primero que salió de las casas, hartas sus dueñas de aquel trasiego de hollín que lo dejaba todo perdido. En su lugar llegó el butano y, con él, un aleteo de voces ávidas pidiendo bombonas a la camioneta pimentona que lo traía tres veces en semana. Pocos años más tarde salió el gas natural, y la coartada del bienestar brilló de nuevo; entonces se descolgaron los calentadores campanudos y se procedió al derribo de los viejos fogones, haciendo hueco en la anatomía de las cocinas a tuberías desconocidas, mientras las encimeras plastificadas sustituían las mesetas de azulejo y las lavadoras automáticas se ponían en el rincón que ocupara la pila de estregar la ropa. El Patio puede dar fe de los agostos sinfónicos a cargo de martillo y espátula que le dejaban el suelo convertido en un yacimiento de escombros.

Las cosas cambiaron al hilo de la historia pequeña que esconden los dietarios. Y así, al arrullo de los motores enfermos, de las trompadas metálicas y del rimbombo general, al Patio le fue entrando sueño. Y, entumecido, se quedó traspuesto.

Con el cambio de siglo, en el barrio de San Enrique se fue asentando la práctica fervorosa de beber por las noches, en la calle; y, desde entonces, veinte o treinta seres siembran con el eco de sus risotadas las noches finisemanales. A lo largo de esas horas el Patio recibe la visita de jovencísimos conductores que aparcan allí su más preciada posesión, buscadores de cobijo donde poder hablar porque la aglomeración callejera les ahoga las palabras, parejas copulativas, toxicómanos y, sobre todo, chicas que bajan a orinar; algunas, no todas, solo aquellas que son capaces de mantener la decencia según avanzan los destilados. Pese a la profunda oscuridad, los intrusos han cogido el hábito de tomarse el Patio a su pecho y ya no hay fin de semana que no aparezcan. No hay nada que hacer. Ni forma de echarlos fuera. Entre los habitantes se ha extendido el miedo, ese que ofusca los ojos y agarrota la lengua, helando el corazón con la escarcha de la cobardía. Nadie dice nada en voz alta, ni amonesta, ni regaña; ni siquiera llama a la policía o escribe una queja en la Junta de Distrito. Y la infame milicia bebedora que no se sacia nunca lo sabe; y engorda poco a poco, como un tumor callejero. La mayor parte de las reuniones se hacen en los jardines de Manuel Fraijó, pero su impronta sonora lo tiñe todo hasta que, cercano el alba, se van vistiendo las aceras con el anhelado despegue de tanto peregrino ebrio. A partir de ese momento, la insomne población disfruta de un sosiego bien ganado y comienza a entornar los ojos. El silencio se impone y surge el trino vertiginoso de un estornino que, con autoritario gorjeo, organiza su intendencia entre los árboles; al rato se oyen otros pájaros, gorriones seguramente, respondiendo con su piar populoso a la arenga que acaban de escuchar. El aire se llena de un sonido nuevo, alegre y natural. Entonces, en la frontera morada que tiñe de día la noche, se produce la misteriosa avenencia entre ruido y sigilo, fundiéndose el desenfreno y la quietud en un abrazo. Solo la belleza de ese instante es capaz de obrar el milagro del indulto, el que se produce en la memoria de los vecinos, gracias al cual pueden seguir habitando los pisos el resto de la semana.