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VISIÓN ESTELAR

DE UN MOMENTO DE GUERRA:

VERDÚN 1916

por

RAMÓN MARÍA DEL VALLE-INCLÁN

Verdún 1916: la batalla del millón de bajas

Arturo Gonzalo Aizpiri

Antes de que las hojas caigan de los árboles

«Estaréis de regreso a casa antes de que las hojas caigan de los árboles». Las palabras dirigidas por el Káiser Guillermo II a las tropas que partían hacia el frente en la primera semana de agosto expresaban una creencia compartida por casi todos en la Europa que asistía al inicio de la conflagración continental en el verano de 1914. Tras la guerra Franco-Prusiana de 1870-71, la doctrina de von Clausewitz de la victoria decisiva había sido asumida hasta tal punto por el pensamiento militar europeo, que todos esperaban que el conflicto no durara más allá de dos o tres meses.

Sin embargo, los acontecimientos pronto dieron la razón a los pocos que habían puesto en cuestión esa creencia. El 5 de septiembre, tras un mes de combates, el I Ejército de von Kluck, que debía haber puesto cerco a París por el oeste, cambió de dirección para pasar por el este de la ciudad, buscando reunirse con el grueso del ejército alemán. El general Gallieni, al mando de la guarnición de París, movilizó a los taxis de la capital para desplazar sus efectivos y lanzó al VI Ejército francés sobre el flanco alemán. El mariscal francés Joffre se apoyó en esa acción para desencadenar un ataque general contra el invasor al sur del río Marne, obligando al jefe del estado mayor alemán, von Moltke, a ordenar la retirada cuatro días después.

A pesar de ello, la victoria franco-británica del Marne fue incapaz de precipitar el desenlace de la guerra. Al contrario, en los meses siguientes los ejércitos contendientes se atrincheraron en sus posiciones, causando enormes bajas al adversario cuando este pasaba a la ofensiva para intentar desalojarlos de ellas. A finales de 1914 medio millón de hombres habían muerto en el frente occidental, y tanto Alemania como Francia e Inglaterra habían comprendido que se enfrentaban a una guerra larga y devastadora, en la que deberían comprometer la totalidad de sus recursos. El mundo entero contemplaba con horror cómo Europa se sumergía en un proceso de destrucción inimaginable.

Verdún: la batalla del millón de bajas

Tras el largo compás de espera impuesto en el frente occidental durante el año 1915 (salpicado con acciones de grandes dimensiones pero escasas consecuencias, como el ataque alemán sobre Ypres en mayo o la ofensiva aliada en Artois-Loos en octubre), una impenetrable barrera de trincheras y posiciones fortificadas se extendía desde el canal de la Mancha hasta la frontera suiza. Para entonces, los ejércitos contendientes habían perfeccionado su capacidad destructiva; con objeto de desgastar al adversario cualquier recurso era utilizado, incluyendo de forma masiva la artillería de gran calibre, la aviación, los carros blindados y los gases tóxicos.

A comienzos de 1916, en un intento por romper el statu quo y desgastar al ejército francés, el general Erich von Falkenhayn, sucesor de Moltke al frente del estado mayor alemán, decidió lanzar un ataque de grandes proporciones sobre la plaza fortificada de Verdún. El 21 de febrero, tras un bombardeo inicial en el que se lanzaron un millón de proyectiles en 21 horas y que pudo escucharse a una distancia de cien kilómetros, tres cuerpos de ejército alemanes avanzaron hasta conseguir ocupar el fuerte principal del sistema defensivo francés, Fort Douaumont. Joffre ordenó al general Henri-Philippe Pétain, al frente del II Ejército francés, reforzar la defensa de Verdún y resistir a toda costa. Ochocientos mil soldados franceses plantaban cara a un millón de alemanes.

A lo largo del mes de marzo se sucedieron los ataques y contraataques de ambos bandos. En la margen izquierda del río Mosa los alemanes atacaron las colinas de Cumières-le-Mort-Homme y Cota 304, empleando ochocientas armas pesadas para lanzar cuatro millones de proyectiles. La destrucción causada sobre el terreno fue de tal magnitud que, si hubiera tenido que ser bautizada de nuevo al final de la guerra, la Cota 304 hubiera pasado a ser Cota 300.

Sin embargo, ninguna de estas acciones permitió desplazar el frente significativamente. Con el campo de batalla convertido en un mar de lodo, cualquier movimiento, bajo el fuego de la artillería enemiga, se convertía en un calvario que reclamaba un enorme número de vidas. Y aún continuaba la lucha, igual de furiosa y cruel, por toda la línea del frente occidental: se combatía en Flandes, en Alsacia, en Picardía.

Las miradas de todo el mundo convergieron en Verdún, conteniendo la respiración: del desenlace de aquel colosal enfrentamiento, que terminaría por cobrarse casi un millón de bajas, dependería la suerte de la guerra. Ambos contendientes recurrieron al uso masivo de la propaganda para mantener la moral de sus tropas y ganar apoyos y simpatía. En especial el gobierno francés se empeñó en mostrar al mundo el heroísmo de su ejército y su pueblo, presentando el conflicto como una guerra de civilizaciones, e invitó a numerosos intelectuales y periodistas de países neutrales a visitar el frente. Es este el contexto en que, el 27 de abril de 1916, Valle-Inclán salió de Madrid en tren con destino a Irún.

Arturo Gonzalo Aizpiri

Madrid, febrero 2014

Los ojos en la batalla

Jaime Alejandre

Cuando los ojos de un creador extraordinario como los de Valle-Inclán se posan en la experiencia más extrema que un hombre puede conocer, o sea, en la guerra, todo palidece.

Cualquier otro cronista viajero que se moviera por los campos de batalla de esa masacre absurda que fue la I Guerra Inmundal nos habría dejado estampas clónicas, que no responderían más que a la realidad más evidente y podrían intercambiarse de autor en autor sin adivinar quién las escribió. Pero Valle (1), Valle ve los detalles ocultos y que en sí atesoran lo que es la verdad más profunda y auténtica. Como el indispensable y magnífico dramaturgo que era, Valle-Inclán, tomando anécdotas aparentemente menores en medio de la conflagración, las convirtió en alegorías.

Y todo ello en los brevísimos textos de La media noche, que el académico Darío Villanueva (2) considera novela que «merece especial atención, pues en ella está el fundamento de la poética narrativa valleinclaniana posterior».

Son para nosotros también literatura de viaje, testimonio, parte de los puntos de vista que, como señala el manifiesto de nuestra colección de El Periscopio, nos ofrecen los viajeros en su papel de «testigos del mundo que no pretenden contar más que su propia vivencia, directa e individual, lo que ven sus ojos. Aunque en la trastienda de esos mismos ojos aún se agiten siempre los ideales, los prejuicios, las convicciones del viajero, su biografía, sus temores y esperanzas, sus sueños y anhelos».

No en vano, la primera parte del texto que aquí hoy publicamos, La media noche, como otra producción literaria de don Ramón, se fue publicando por entregas. En este caso fue en el periódico madrileño El Imparcial en 1916. Pero la crónica sería reescrita para su edición en formato libro al año siguiente, en el que, como señala en una interesante Comunicación la profesora Laura Giaccio, de la Universidad de La Plata (3), suprimió Valle dos capítulos. Estos dos capítulos, publicados el 14 de octubre se han trascrito literalmente en el Anexo I.

Cabe señalar que el día anterior a la publicación de los primeros capítulos de la crónica, El Imparcial anunció ésta con un breve texto en primera página que decía:

Un día de guerra, por D. Ramón del Valle-Inclán.

Don Ramón del Valle-Inclán, el ilustre autor de Flor de santidad, de Romance de lobos y de tantas obras maestras, regresó del frente francés para escribir en su retiro de Cambados las emociones de la guerra. La labor está hecha y lega a El Imparcial, quien la recibe con alegría que se apresura a transmitir al público.

Mañana comenzaremos a publicar en folletón Un día de guerra. Valle-Inclán agrega al título estas palabras: Visión estelar. Un plan singular, originalísimo, le permite fundir innumerables impresiones en una narración libre, llena de interés y de vigor. No se trata del paso de un corresponsal por las trincheras, sino de la convivencia de un alto espíritu de poeta con el pueblo que lucha desde el mar del Norte hasta los montes alsacianos. De la fortuna con que ha llevado a cabo Valle-Inclán su gigantesca concepción el lector ha de juzgar por sí mismo. El arte maravilloso del gran estilista en presencia de la lucha más heroica y más científica que vieron los siglos cristaliza en páginas llamadas a vivir a través de los tiempos como un eco del dolor de Europa en el corazón de España.

Los diferentes capítulos de La media noche fueron publicados en las siguientes fechas: el 11, 14 y 17 de octubre en primera página. El 23 de octubre apareció en Los lunes del Imparcial, en página 3 del diario mientras que en relación con la guerra, en primera página se reproduce un curioso artículo satírico titulado «De cómo la guerra acabará el año que viene», esto es, en 1917. Este artículo reproduce la propuesta del cronista Pierre Mille del Excelsior para adivinar el fin de la guerra: apuntar la fecha de nacimiento del lector, elegir el año en el que el lector haya sido más feliz, y sumarlo; sumarle además la edad que cumpliera el lector en 1916 y también el resultado de la diferencia entre el año en que el lector fue más feliz y el año actual de 1916; a continuación se le sumaban dos, «puesto que la guerra ha durado ya dos años». Y después de todas estas sumas se dividía el total por dos. Y siempre salía 1917: «podéis hacer la experiencia con vosotros mismos, con vuestra mujer —decía el humorista francés—, con el cobrador del tranvía, hasta con el propio presidente de la República a condición de que quiera revelaros en qué año ha sido más feliz. Siempre saldrá 1917. La guerra acabará, por lo tanto, en 1917. La misteriosa potencia de los números lo proclama». Desgraciadamente otro incontable número, el de los muertos que cayeron hasta el 11 de noviembre de 1918, día del armisticio, rebatiría lo proclamado por Pierre Mille en el artículo que arrebató la primera plana a Valle.

Los siguientes capítulos de la crónica valleinclaniana aparecieron el 30 de octubre. En esta ocasión desplazados de la primera página por un artículo que bajo el epígrafe de «La raza. Legiones españolas al servicio de Francia» glosaba las gestas de unos voluntarios en el Somme.

El 13 de noviembre vuelve La media noche a la primera página; pero el 23 de noviembre pasa a página par, la segunda del diario, porque en portada se reseña ampliamente la muerte del Emperador de Austria-Hungría, Francisco José; el 4 de diciembre el texto de Valle pasa a tercera página destacando en portada las posiciones de varios diputados sobre el juego. Finalmente el 18 de diciembre, que concluye la publicación de la crónica regresa a primera página, compartiendo espacio con otra noticia de la guerra referida al «Frente inglés en Francia» (4).

No podemos olvidar que estos textos de Valle se escriben en su primer viaje a Francia, donde tuvo una extraordinaria acogida, fundamentalmente debido a su apoyo a los aliados, hecho patente en 1915 al firmar un manifiesto de adhesión (5). Motivo por el cual fue invitado a participar en diversos actos de intelectuales parisinos e incluso fue recibido por el presidente del Consejo de Ministros, Aristide Briand.

No obstante, al margen de por su posicionamiento político en la guerra, ya era conocido Valle en Francia como escritor literario de especial interés pues el diario L’Illustration (13 de mayo de 1916) reseña su llegada a París calificándolo de ser «posiblemente el más ilustre, y ciertamente el más original de los escritores españoles, (que) es a la literatura española lo que Zuloaga a su pintura» (6).

Años después, desde su exilio en Lima (Perú), su amigo y compañero de viaje, Corpus Barga, rememoraría el acontecimiento de la llegada a París de Valle-Inclán, haciéndolo con deliciosa prosa, reseñando su encuentro con nuestro dramaturgo en un restaurante del barrio Latino, enfrente del jardín de Luxemburgo. Con indiscutible acierto, parafraseando a Cervantes y la batalla de Lepanto, el periodista madrileño, corresponsal en París, tituló a su viaje a Francia en plena Gran Guerra como «Valle-Inclán en la más alta ocasión» (7). Una guerra que muchos han considerado —Corpus Barga tal vez el primero— que marcó el comienzo del siglo XX, y no la mera peripecia cronológica del cambio de dígito de 1900. Y así, alumbrando un nuevo siglo esa guerra anunciaba también un nuevo mundo del que Valle nos dejó viva impresión.

Ahí asistimos, con los mismos ojos asombrados de nuestro genial autor, a la carrera del perro entre las trincheras llevando el desalentado y sucinto mensaje de un teniente informando de que las tropas alemanas han entrado en sus trincheras. «¡Viva Francia!, ¡Arriba los muertos!». Nadie más quedará, sino los cadáveres para erguirse ante las tropas invasoras. Y en nosotros permanece la imagen de ese perro inquebrantable que corre y bajo la acusadora luz de los reflectores se agacha igual que hacen los soldados. Porque los propios soldados se han convertido en auténticos perros de la guerra que a sus mandos ya solo les sirven para taponar con sus cuerpos las heridas de la imaginaria línea de un frente que apenas se mueve.

En las palabras de Valle, implacablemente sucintas, sabemos de las ruinas de Arras, en las que, humilladas por su propio pasado y por su destino, dos muchachas huyen de pueblo en pueblo. «Su padre se fue a la guerra, y ellas —nos dice Valle— están encinta de un soldado alemán». Si un verdadero dramaturgo alcanza más gloria literaria por lo que calla, por los silencios, los mutis, Valle-Inclán demuestra aquí ser uno de los grandes autores de su tiempo.

Así se instala en nuestros corazones la duda de saber si fue él, Valle, quien creó el esperpento en su propio y personal teatro o si el estremecedor esperpento de la guerra de trincheras con sus muertos absurdos, con su desatino universal, fue quien impregnó la vida de Valle del esperpento que luego se derramó sobre sus obras. Nada deforma y distorsiona tanto la realidad como la experiencia de ese sinsentido organizado que es la guerra. Así reconocemos a Jesús Rubio Jiménez cuando afirma que el esperpentismo que caracteriza a Valle, lo inventó Goya (8). Precisamente el horror de la guerra queda como fuerza expresionista generadora de un modo de relatar la realidad llamado esperpento.

La bellísima prosa de Valle sirve de brutal contrapunto a la realidad que nos narra, la de la muerte y la desolación haciendo más lacerante y «esperpéntica» nuestra sensación: «la vasta línea del horizonte se abre con el relámpago de los cañones, son tantos, que su claridad se enlaza, y parece un enorme pestañeo de la tierra en tinieblas». O «la resaca arrastra hacia la orilla los cadáveres amoratados e hidrópicos de algunos soldados alemanes: flotan entre aguas: una ola los levanta en la espumosa cresta, otra ola los anega. Sus botas negras y encharcadas se entierran en la arena, sus grandes cuerpos hinchados tumban sordamente…». O ese «mugir de espanto como en los eclipses de sol tienen los toros en la dehesa». O aquel final «el aire tiene un aullido de gata parida al rasgarlo la bala».

Quedan en los capítulos de Valle referencias a ciudades que pronto se convertirían en símbolo, como la de Ipres en la que se usarán armas químicas por primera vez poco después de la visita del escritor. Quien, según transcurren sus días en el frente, va integrándose en la «arquitectura ideal de la guerra», que arcanamente se hermana en la propia tradición ocultista y esotérica de nuestro autor cuando reconoce que esa arquitectura ideal «solo los ojos del iniciado (la) pueden alcanzar, y así está llena de misterio telúrico y de luz».

La atrocidad acaba por convertirse en las crónicas de Valle en frases cuya inclemencia es tanto más atroz cuanto destaca a menudo entre la belleza de las descripciones que ya hemos citado y con los silencios y elipsis que nuestro dramaturgo utiliza magistralmente para que la breve frase, que ni siquiera desarrolla en su total brutalidad, se convierta en algo prácticamente insoportable para un ser humano no inmerso en la vesania de la guerra: «En muchos días no haremos prisioneros, porque es preciso castigar la felonía».

Así, en la segunda parte de sus crónicas de guerra (que no llegaron a publicarse entonces en libro), que titula En la luz del día, Valle-Inclán opta por contarnos «los horrores de la guerra a los que da su luz el sol del alba» con un breve texto teatral, una especie de «auto sacramental» (del sacramento de la extremaunción, claro) donde puede así poner en la boca y los gestos de los auténticos protagonistas de la barbarie la múltiple visión de la demencia humana y también del heroísmo y la entereza moral.

El escenario lo ocupa al principio una iglesia bombardeada cerca de Reims. Los protagonistas iniciales son el Abate Baudin que se dirige a un grupo de oficiales mientras la vida, empecinada, porfía con la destrucción fingiendo normalidad: las gentes oyen la misa, un auvernés vende espejos con marco de latón, peines, papel de carta y jabón de olor. Como si la existencia no hubiera sido atravesada brutalmente por la guerra, cuyo rumor «adquiere un sentido de vida sacrílego y bárbaro».

Después los contundentes diálogos de este «entremés» sin humor alguno, que corta la respiración, los protagonizan grupos de soldados, unos anónimos, desconocidos, como aquella propia guerra acuñó por vez primera la atroz figura del «soldado desconocido», otros con evocadores nombres. Todos ellos miembros de «la raza de hombres que Valle-Inclán pone en pie, (que) es de santos o de demonios, pero nunca de tibios» (9), de los que Valle se sirve para poder verter sus propias opiniones sobre una Alemania tribal que representa el dies irae. O sobre una Inglaterra fría, económica e interesada, culpable del inicio de la guerra por inacción, una Inglaterra «a la que solo preocupa el aumento de su escuadra» y que «como el embozado de las comedias viejas, todo lo complica y espera a descubrirse cuando ya nadie queda fuera del enredo». Magistral, sutil modo valleinclaniano de definir la centenaria política exterior del viejo imperio británico.

Dijo Max Estrella en Luces de bohemia: «yo soy el dolor de un mal sueño». Ese sueño, esa pesadilla, se había hecho realidad para Valle, con todo su padecimiento, en su viaje al frente de Verdún cuatro años antes, dejando en él una huella tanto más profunda cuanto menos evidente por no tener cicatrices que mostrar presuntuosamente. Pero lo más significativo es que esa huella, la de su impresión directa de la guerra (y algunas casualidades biográficas como la muerte ese mismo año de su gran amigo Rubén Darío) transformó definitivamente la visión del mundo de Valle-Inclán convirtiéndolo en el autor indispensable que sería en el siglo XX, el de la destrucción en masa de los hombres.

Jaime Alejandre

Madrid, febrero de 2014

1. Ya lo dijo Castro-Gil: «El que más vale no vale tanto como vale Valle».

2. Valle- Inclán. Narrativa completa, Espasa clásicos, 2010.

3. «Una reescritura de Valle Inclán: La media noche de la prensa al libro». Comunicación de Laura Giaccio en Diálogos transatlánticos. Memoria del II Congreso Internacional de Literatura y Cultura Españolas Contemporáneas. Volumen III: Literatura, arte, cine, otros medios: diálogos, cruces y convergencias. Raquel Macciuci (Ed.).

4. De acuerdo con la consulta realizada por los editores en la Hemeroteca Municipal de Madrid. Queremos aprovechar para agradecer al personal de la misma la amabilidad y facilidades prestadas para poder consultar los fondos.

5. Véase en esta misma edición la entrevista «En el campo de batalla. Impresiones de don Ramón del Valle-Inclán en el frente». Adicionalmente en el Anexo II se encuentra trascrito el Manifiesto tal y como se publicó el 5 de julio de 1915 en El Liberal.

6. Un interesante artículo refiriendo la llegada de Valle a París se puede consultar en «Sobre la recepción de Valle-Inclán en Francia», Margarita Santos Zas, Universidad de Santiago, en Teatro español. Autores clásicos y modernos. Homenaje a Ricardo Doménech, Fernando Doménech (ed.), Monografías RESAD, Editorial Fundamentos, 2008.

7. «Valle-Inclán en la más alta ocasión», Corpus Barga, Revista de Occidente Año IV, 2º época, números 44 y 45. Número extraordinario «Homenaje a Valle-Inclán en el primer centenario de su nacimiento», noviembre-diciembre, 1966 (Anexo III).

8. «El esperpentismo lo ha inventado Goya», Jesús Rubio Jiménez, Monografías RESAD, Editorial Fundamentos, 2006. (Los editores agradecen al autor y director teatral y miembro de RESAD, Pedro Víllora, las facilidades proporcionadas para tener acceso a las monografías RESAD referenciadas).

9. Historia del teatro contemporáneo. Volumen 1, Juan Guerrero Zamora, Juan Flors editor, 1961.

Breve noticia

V.-I.