Cover
Title
Copyright © 2018 Kakadu, LLC
Publicado por Wellspring
Todos los derechos reservados.
Ninguna parte de este libro puede set usada o reproducida en lo absoluto de manera alguna sin permiso excepto en el caso de citas breves en artículos o revisiones críticas.
Traducido por Mora & Iglesias, LLC
Diseño por Ashley Wirfel
ISBN: 978-1-63582-060-7 (cubierta de papel)
Número de control de la Biblioteca del Congreso: 2018949166
Primera Edición
10 9 8 7 6 5 4 3 2 1
Impreso en los Estados Unidos de América
CONTENIDO
1. LA VIDA ES UN ROMPECABEZAS
2. EL PROYECTO DE TU FELICIDAD
3. LAS MENTIRAS Y LAS FALSAS PROMESAS DE ESTE MUNDO
4. ME HE ESTADO ENGANAÑANDO
5. EXISTEN TANTAS MENTIRAS SOBRE EL CRISTIANISMO
6. LA MÁS GRANDE MENTIRA
7. ¡COMPRUÉBALO!
8. UNA BELLA VERDAD
9. EL MUNDO NECESITA CAMBIAR
10. SE HA LOGRADO ANTES
11. LA HISTORIA LE PRESENTA UNA NUEVA OPORTUNIDAD AL CRISTIANISMO
12. MILAGROS DE CADA DÍA
13. VIVE UNA VIDA FASCINANTE
14. NUESTRO MÍSERO SECRETITO
15. ¡HA LLEGADO TU HORA!
LA VIDA ES UN ROMPECABEZAS
Había una vez un empresario muy exitoso. Su compañía había servido lealmente a millones de clientes por muchos años. No obstante, recientemente, el negocio había empezado a decaer, y sus competidores estaban a la espera de que fracasara. Por meses el hombre sopesó la crisis, pero los problemas eran sumamente complejos y sin solución aparente.
Todos especulaban sobre lo que iba a suceder con esta gran compañía, así que finalmente el empresario anunció que iba a ofrecer una cena para todos los empleados en donde revelaría el plan que la salvaría y le devolvería su gloria. Quería transmitirles lo importante que era cada uno de ellos para el futuro éxito de la organización.
En la mañana del día de la cena, estaba sentado en el estudio de su casa trabajando en su discurso, cuando su esposa entró y le preguntó si podía cuidar al pequeño por unas horas mientras ella hacía unas diligencias. Estaba a punto de decirle: —Bueno, en realidad necesito enfocarme en terminar mi discurso —pero titubeó y en lo que se dio cuenta, había dicho que sí a regañadientes.
No habían pasado diez minutos después de que su esposa había salido cuando alguien tocó a la puerta de su estudio y allí estaba su hijo de siete años. —¡Papá, estoy aburrido! —exclamó. El padre pasó las siguientes dos horas intentando entretener a su hijo mientras hacía esfuerzos por terminar su discurso. Finalmente, cayó en la cuenta de que si no encontraba alguna forma de distraerlo nunca iba a lograr terminar su discurso a tiempo.
Tomando una revista, comenzó a hojearla hasta que se topó con un gran mapamundi de colores vivos. Partió la foto en docenas de pedazos y condujo a su hijo a la sala. Esparció los pedazos por el piso y le dijo: —Hijo, si puedes armar el mapamundi te daré veinte dólares.
El niño inmediatamente comenzó a reunir los pedazos. Estaba ansioso por ganarse ese dinero, pues justo necesitaba veinte dólares para comprar el juguete para el cual había estado ahorrando desde su último cumpleaños. El padre regresó a su estudio pensando que se había comprado un par de horas para terminar su discurso, ya que sabía que su hijo no tenía ni idea de cómo se veía el mapa del mundo.
Sin embargo, cinco minutos más tarde, cuando apenas estaba retomando su discurso, volvieron a llamar a la puerta del estudio. Ahí estaba su pequeño hijo con el mapamundi perfectamente formado. Totalmente sorprendido, el padre le dijo: —¿Cómo lo terminaste tan rápido?
El niño sonrió y dijo: —Ya sabes, papi. No tenía idea de cómo se ve el mapa del mundo, pero mientras recogía las piezas, noté que en la parte de atrás había una foto de un hombre —el padre sonrió, y el niño continuó—. Entonces, puse una hoja de papel por debajo y armé la foto del hombre, porque sí sabía cómo se veía el hombre. Luego puse otra hoja de papel por encima y sosteniéndolas firmemente les di vuelta —sonrió de nuevo y exclamó—: Me imaginé que si el hombre me quedaba bien, el mundo estaría bien también.
El hombre le dio a su hijo los veinte dólares. —Y me has dado el discurso para esta noche —agregó—. Si el hombre está bien, el mundo también lo estará.
***
La transformación de cada ser humano, uno a uno, está en el corazón del plan de Dios para el mundo. Asimismo, es esencial para construir matrimonios dinámicos, familias que manifiesten el amor, comunidades cristianas que vibren, negocios y economías prósperos, y escuelas y naciones extraordinarias. Si el hombre está bien (o la mujer, por supuesto), el mundo también lo estará.
Cada vez que te conviertes en una mejor versión de ti mismo, las consecuencias de tu transformación hacen eco en tu familia, en tus amigos, en el trabajo, en la escuela, en tu barrio, en tu parroquia, en tu matrimonio, en tu nación y más allá; en personas y lugares a futuro. Es Dios el que transforma, pero solo en la medida en que nosotros cooperemos. La gracia de Dios es constante, nunca cesa. Por tanto, es vital que estemos dispuestos a cooperar con Dios en su deseo de transformarnos. Esa es la variable de la ecuación. ¿Estás dispuesto a dejarte transformar por Dios?
Si el hombre o la mujer están bien, el mundo estará bien. Este mensaje es tan simple, y, sin embargo, parecemos estar constantemente obsesionados con cosas de las que no tenemos ningún control, en lugar de enfocarnos en aquello con lo que podemos lograr un mayor impacto, que son nuestros pensamientos, palabras y acciones. Son nuestros propios pensamientos, palabras y acciones los que están en el epicentro de nuestro círculo de influencia. Entre más nos alejemos de ellas, preocupándonos por lo que otros puedan pensar, decir o hacer, más débil se vuelve nuestra influencia y el impacto que podemos ejercer. Enfócate en modificar lo que puedes modificar y así lograrás el mayor impacto. Todo empieza por ti.
EL PROYECTO DE TU FELICIDAD
¿Has notado alguna vez que toda la gente quiere ser feliz? ¡Todos! ¿Es esta acaso una coincidencia? Probablemente no. Al menos no lo creo así. Creo que hay una razón por la cual todos tenemos este anhelo tan increíblemente fuerte de felicidad. ¿Cuál es la razón? Nosotros, los seres humanos, hemos sido creados para la felicidad y más.
De alguna forma, la vida es un proyecto de felicidad y está lleno de paradojas. Por ejemplo, pareciera que todo gira en torno a ti, pero de hecho gira más en torno a lo que puedes hacer por otros. Resulta que darles felicidad a otros incrementa tus posibilidades de ser feliz, mientras que el buscar exclusivamente tu propia felicidad disminuye esas posibilidades.
De vez en cuando todos cometemos estupideces, y generalmente sabemos que nos traerán un cierto grado de miseria antes de que las hagamos. Puede que nos traigan cierto placer momentáneo o una descarga de adrenalina; sin embargo, estas cosas pasan rápidamente dejándonos aun más sedientos de verdadera felicidad. Luego probamos algo distinto, esperando que eso nos haga felices.
Entonces permíteme preguntarte: ¿cómo va el proyecto de tu felicidad? Analiza tu progreso. ¿Qué está funcionando? ¿Y qué no? ¿Qué lecciones de sabiduría has adquirido en tu propia búsqueda de felicidad que puedas compartir con los demás? Y lo más importante, ¿sientes que finalmente has desenterrado el secreto de la felicidad?
Lo que sucede es que nuestro profundo anhelo no es por placeres momentáneos; es por una felicidad duradera en un mundo cambiante. El mundo está cambiando siempre, y nosotros no tenemos el control de cada situación. La felicidad circunstancial es algo fácil. No es de sorprenderse que nos sintamos felices al pasar el día entero en una playa exótica durante una semana de vacaciones en el trópico; sin embargo, esta sensación de felicidad depende en gran medida de esa situación. Lo que realmente anhelamos es una felicidad que no dependa de las circunstancias.
Pablo el apóstol la tenía. En las cartas que escribió estando en prisión, se refería constantemente al gozo y, de hecho, ese era el tema más común de sus escritos en medio de la inmundicia y la miseria que caracterizaban su celda de prisión en el primer siglo cristiano. ¿Podrías tú ser feliz en esa situación? Creo que yo no, si soy totalmente honesto. Probablemente muy pronto me deprimiría y me sentiría totalmente miserable. Entonces voy justo a tu lado en ese camino y, al igual que tú, tengo que trabajar mucho a nivel personal. También estoy en medio de mi propio proyecto de felicidad, y así como en tu caso, enfrento altibajos. Entre los autores hay un dicho que dice algo así: «Escribimos los libros que necesitamos leer». Entonces quizás estoy escribiendo este libro para ti, o tal vez es el mensaje que más necesito escuchar en este momento.
A través de mi propia búsqueda de felicidad he aprendido algunas cosas:
La felicidad y el placer no son lo mismo.
El conseguir lo que quiero no me hace feliz.
El enfocarme en mí mismo casi nunca conduce a la felicidad.
Nunca soy feliz cuando pretendo ser alguien que no soy.
Mucha de la felicidad que experimento depende de circunstancias y situaciones insostenibles.
Entre más ayudo a otros en su propia búsqueda de felicidad, más feliz parezco ser.
El mentir nunca me hace feliz.
La felicidad siempre se encuentra al vivir plenamente el momento presente.
Es imposible sentir gratitud y ser infeliz al mismo tiempo.
Cualquier cosa que me ayude a llegar a ser una mejor versión de mí mismo me hace feliz, aunque sea difícil y dolorosa.
La felicidad es contagiosa.
Sin duda tú has descubierto tus propias verdades acerca de la felicidad que podrían ser añadidas a esta lista. Pero hay una pregunta que quisiera hacerte ahora que empezamos a recorrer juntos este trayecto: ¿crees que sea posible ser más feliz de lo que hayas sido alguna vez en tu vida? Piensa en eso. No sigas leyendo, haz una pausa por un momento y reflexiona. ¿Crees que sea posible ser más feliz de lo que alguna vez hayas sido?
Creo que lo es y en este breve libro te mostraré cómo. Por tanto, mantente abierto a esta posibilidad.
La felicidad real es un signo de crecimiento del espíritu humano. Este es el crecimiento que anhelo y del que sospecho que tienes hambre. Queremos vivir una vida más plena; estamos impacientes por vivir la vida al máximo. Entonces dondequiera que te encuentres en tu proyecto de felicidad, aun si es un total desastre, todo lo que te pido en este momento es que te abras a la posibilidad de que Dios quiere que experimentes una felicidad más grande de la que nunca antes hayas experimentado en tu vida. Mantente abierto, disponible. ¡Juntos estamos a punto de descubrir algo maravilloso!
LAS MENTIRAS Y LAS FALSAS PROMESAS DE ESTE MUNDO
La cultura moderna constantemente nos alimenta de mentiras y falsas promesas.
Permíteme que te comparta algo de mí: no me gusta que me mientan, pero no considero que esto sea algo particular o especial. ¿Te gusta que te mientan? No creo que este sea el caso. Tampoco me gusta que se mienta acerca de mí. Una de las cosas más duras con las que hay que lidiar una vez que le das la cara al mundo como figura pública es que la gente, sin pensarlo dos veces, comenzará a difundir mentiras sobre ti, de forma totalmente imprudente y descarada. Sospecho que a ti tampoco te gustaría ser objeto de mentiras.
Ahora, puede que te importe menos que a mí y puede que a alguien más incluso le importe menos de lo que a ti te importa, pero a nadie le gusta. No conozco ni a una sola persona que le guste que le mientan. Tampoco conozco a nadie que le guste que difundan mentiras acerca de su propia persona. De hecho, una persona que desea que le mientan se consideraría que padece de una enfermedad mental.
Una de las mentiras más prominentes de nuestra cultura es que no hay verdades universales. El secularismo moderno se basa en la mentira de que no hay nada que sea cierto para todos. No obstante, con un ejemplo relativamente simple —a nadie le gusta que le mientan— parece que hemos desenmascarado esta mentira.
Las promesas de felicidad que el mundo ofrece son falsas promesas, y una falsa promesa constituye una mentira. La filosofía de nuestra cultura secular sobre la vida y la felicidad puede ser resumida concisamente de la siguiente forma: el sentido de la vida es conseguir lo que se quiere y entre más consigas aquello que quieres, más feliz serás.
Sabemos que es una falsa promesa. Sabemos que es mentira. Aun así, caemos en ella una y otra vez. ¿Cuántas veces nos convencemos a nosotros mismos, consciente o inconscientemente, de que si conseguimos tener el automóvil, el vestido, la cartera, el reloj, el chico, la chica, la casa, el viaje…seremos felices? Esto puede tener dos posibles efectos. El primero es negativo, pero no tan diabólico como el segundo. El primero es que logramos tener el auto, por ejemplo, y por unos cuantos días o semanas estamos entusiasmados y completamente fascinados con él. El obtener el auto ha traído cierta felicidad, aunque es una felicidad circunstancial; depende del auto. Si nos quitaran el auto, la felicidad se disiparía. De hecho, probablemente seríamos menos felices de lo que éramos antes de tener el auto. Ese es el primer efecto: obtenemos el auto, nos genera cierta felicidad y la felicidad pronto se disipa.
Como mencioné, el segundo efecto es peor aún. En el segundo escenario no obtenemos el auto, el trabajo o la chica, y pasamos el resto de nuestra vida victimizándonos, creyendo que si solo hubiéramos logrado tener el auto, el trabajo o la chica, habríamos sido felices por siempre. La persona que no llega a tener el auto nunca llega a darse cuenta de que el auto nunca le proporcionaría la felicidad que esperaba, entonces vive perpetuamente en esta falsa promesa.
El obtener lo que deseas no te hace feliz. Esto es cierto por muchas razones, comenzando porque simplemente nunca puedes tener suficiente de lo que realmente no necesitas.
¿Por qué caemos en la trampa de esas falsas promesas de felicidad tan fácil y tan frecuentemente? Hay miles de razones, pero principalmente se resume en el hecho de que nos dejamos llevar por la pereza y nos atrae la promesa de la felicidad fácil. Parece demasiado bueno como para ser cierto y así es. Es un gran timo.
Un estafador es aquel que engaña a la gente persuadiéndola a creer algo que no es cierto. Han transcurrido casi cien años desde que Carlo Ponzi, homónimo del esquema Ponzi, fuera encarcelado. Pero los esquemas de Ponzi prevalecen hoy aun más que ayer. ¿Por qué? ¿Será que el cerebro detrás de los esquemas de Ponzi continúa engañándonos? Sí, pero también nosotros nos engañamos a nosotros mismos. Sabemos que es demasiado bueno como para creerlo, pero nos engañamos a nosotros mismos por pereza, por avaricia o por cualquier otra distorsión de nuestra bella esencia humana. Caemos en las falsas promesas de felicidad que el mundo nos ofrece de la misma forma y por las mismas razones.
Estos son simplemente un par de simples ejemplos, pero el mundo nos ofrece felicidad en un sinfín de maneras. Cedemos ante estas falsas promesas con mayor facilidad en ciertos momentos de la vida que en otros. El deseo de placer, dinero, posesiones, éxito, poder y otras cosas mundanas nos seduce. El punto principal, evidentemente, es que deseamos cosas que no nos convienen. Sabemos que cambiar felicidad por placer es un mal trueque, pero aún así lo hacemos. Sabemos que el hacer simplemente lo que queremos no nos brinda felicidad, pero queremos creer que sí. Las mentiras y las falsas promesas en torno a la felicidad lucen mil máscaras distintas, pero todas tienen sus raíces en la filosofía de la cultura moderna: el sentido de la vida es conseguir lo que quieres, y entre más consigas aquello que quieres, más feliz serás. Llevamos tanto tiempo conformados y acostumbrados a una imitación de mala calidad de la felicidad, que nos hemos hecho inmunes a estas falsas promesas y mentiras.
A lo largo de nuestra vida se nos ha mentido tantas veces acerca de la misma naturaleza de la felicidad y de cómo se consigue. Aun en círculos cristianos tenemos formas de mentir al respecto, diciendo cosas como: «Es egoísta pensar sobre tu propia felicidad», o «Dios no quiere que pienses en tu propia felicidad». Eso no es cierto, estas también son mentiras. Has sido creado para la felicidad y Dios quiere que seas feliz. Vale la pena reflexionar al respecto: Dios quiere que seas feliz. El mundo te dice que Dios quiere que seas miserable, pero eso es una mentira. De hecho, Dios te creó para la felicidad, por eso es que los seres humanos alcanzan su mejor desempeño cuando son felices.
No me malinterpretes, no estoy siendo un iluso creyendo que Dios quiere que estemos eufóricos todo el tiempo y que nunca experimentemos desilusión, inconveniencias o sufrimiento. Claramente todo esto es parte inherente de nuestro camino y nos ayuda en la faena de convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos. Lo que en mi propia vida puedo discernir hasta el momento es que Dios quiere que experimentemos felicidad e incluso momentos de una alegría incomparable en esta vida y luego una alegría intensa e inagotable en la próxima. Sin embargo, estas cosas no son incompatibles con el sufrimiento inevitable que todos experimentamos en la vida.
Supongo que todo se reduce a una pregunta fundamental: ¿por cuánto tiempo quieres ser feliz? Si quieres ser feliz por un par de horas tómate una siesta. Pero yo deseo más que eso y también tú. Anhelamos una felicidad prolongada, una felicidad duradera y cuando pensamos detenidamente en ello, esa inquietud, ese gusanillo que sentimos en nuestro interior no es más que el anhelo por un gozo que trasciende la simple felicidad.
La buena noticia es que hay un camino distinto. No tienes que quedarte en la autopista de las mentiras y en el camino de la miseria. Tarde o temprano nos damos cuenta de que lo que el mundo tiene que ofrecer simplemente no es suficiente para satisfacernos. Es solo en ese momento en que la mayoría de nosotros nos planteamos cuatro de las preguntas más importantes en la vida:
¿Quién soy?
¿Para qué estoy aquí?
¿Qué es lo que más importa?
¿Qué es lo menos importante?