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Chuquiago

Deriva de La Paz

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Título original: Chuquiago. Deriva de La Paz

Primera edición en LA LÍNEA DEL HORIZONTE Ediciones: marzo de 2018

© de esta edición: LA LÍNEA DEL HORIZONTE Ediciones

www.lalineadelhorizonte.com | info@lalineadelhorizonte.com

© del texto: Miguel Sánchez-Ostiz, 2018

© de la maquetación y el diseño gráfico:

Víctor Montalbán | Montalbán Estudio Gráfico

© de la maquetación y versión digital: Valentín Pérez Venzalá

Foto de cubierta: Ling Wang Marina | Foto del autor: Dominique Lange

ISBN ePub: 978-84-15958-91-8 | IBIC: WTL; 1KLSL

Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

CHUQUIAGO

DERIVA DE LA PAZ

-

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

-

COLECCIÓN

FUERA DE SÍ. CONTEMPORÁNEOS

nº9

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ÍNDICE

CHUQUIAGO MARKA

LA PLAZA DE SAN FRANCISCO O EL GRAN TEATRO DE LA PAZ

«¿¡CUÁNDO, CARAJO!? ¡AHORA, CARAJO!»

AMERICAN VISA

¿UNA DE BURUNDANGA?

Y VOLVER, VOLVER...

«¿QUÉ TE GUSTA DE LA PAZ?»

RICARDO GARCÍA CAMACHO

VISCARRA, UN (PESADO) MITO LITERARIO

EL AVERNO Y EL CALLEJÓN CARACOLES

EL CEMENTERIO DE LOS ELEFANTES

HOTEL DE LOS AGACHADOS

EL SOROCHE

LA PLAZA DE SAN FRANCISCO (VUELTA)

LA CÁRCEL MÁS LOCA DEL MUNDO

EL CAFÉ CIUDAD

PLAZA MURILLO Y ALEDAÑOS

EUGENIO NOEL EN EL HOTEL PARÍS

GIMÉNEZ CABALLERO EN LA PAZ

EL OLYMPIC

LA NOCHE PACEÑA

CEMENTERIO DE LA LLAMITA

«¡COMO LEÑA PUES!»

BOLIVIA, PARQUE TEMÁTICO

JUAN CONITZER EN SU TIERRA DE LAS MARAVILLAS

LAS COCANIS

DÍA DE LA EXALTACIÓN DE LA HOJA DE COCA

POR LA RUTA DE LAS RATAS

LOS NOVIOS DE LA MUERTE

CEMENTERIO GENERAL

CEMENTERIO GENERAL, EXTERIOR, DÍA

ZONA SUR

WALTER BENJAMIN EN LA PAZ

EL MERCADO RODRÍGUEZ

IMÁGENES PACEÑAS

JEAN-EDERN HALLIER EN EL HOTEL ESPAÑA

LOS LUSTRABOTAS

LA CALLE SEBASTIÁN SEGUROLA Y LOS CHOROS

«¡HAY BLOQUEO!»

JUDÍOS EN LA PAZ

DESAPARECIDOS

LOS JUNTACOSITAS

DERIVA DE PAMPAHASI

CARNAVALES PACEÑOS

LA FERIA DE ALASITAS

CALLE LOS ANDES

EL TAPADO DE CECILIO GUZMÁN DE ROJAS

JARDÍN DE LOS DESAPARECIDOS

ALLEN GINSBERG EN LA PAZ

FILICIDIO

LA VUELTA DEL GITANO

GLOSARIO

NOTAS

DÍA DE LA EXALTACIÓN DE LA HOJA DE COCA

Se celebra el día 12 de marzo para conmemorar la intervención de Evo Morales en un foro internacional sobre narcóticos que se celebró en esa fecha en Viena, en el año 2012, y en el que el presidente se proponía acullicar en público, acompañado de unos cuantos mallkus de cocaleros. «La hoja de coca no es cocaína» era el mensaje del día y también el eslogan callejero.

Ese año la convocatoria gubernamental a celebrar el día de la exaltación de la hoja de coca reunió alrededor de sesenta mil personas en la plaza Villarroel, en un barrio alto de La Paz, en el camino a los Yungas, para que acullicaran de manera masiva. Había coca gratis repartida por organizaciones gubernamentales, mucha, a montones. Las comunidades campesinas que acudieron aportaban la suya (sacos) y habían acampado en los jardines, mientras en la plaza una verbena colosal amenizaba el acto con bailes y tragos. Como dicen allá: «La gente estaba muy farreada».

Aquel día pasé por la mañana por las proximidades de la plaza, confundido con la riada de gente que acudía, las bandas de música, pero no me detuve porque en la plaza no cabía un alma. Regresé a media tarde y aquello estaba de capa caída. La gente se iba en masa con sus grandes bolos en la boca y las bolsas en la mano, pero en la plaza todavía había música andina.

Fui con un amigo al que había acompañado a la extraña casa de un anticuario en Villa Fátima para grabar un programa de televisión. Mi amigo llevaba corbata hasta que, cuando íbamos por medio de la plaza, se dio cuenta y se asustó: «Me van a matar». Se la quitó como pudo. Lo cierto es que en aquel ambiente, alguien blanco, de traje y corbata, chocar lo que se dice chocar, chocaba. Depende de por dónde andes, cómo y con quién, ojo con las corbatas. La corbata es el símbolo arbitrario de lo que le venga en gana a quien tienes enfrente, porque las llevan los cholos elegantes de las morenadas, y nadie dice nada, sobre todo no dice quien en otro momento te la cortaría o arrancaría de manera violenta. Cosas de la vida, cosas de que, como miembros de nuestra especie, todos resultamos estrafalarios.

Pero cuando nos íbamos aquello era una borrachería y el viento que había comenzado a soplar repentino, arrastraba miles y miles de hojas de coca resecas que hacían un ruido insidioso: otro ruido, otra furia. El suelo teñido de verde.

Y allí quedaba una pancarta abandonada colgando de la rama de un árbol: «La hoja de coca en su Estado Natural no es cocaína. Comunidad Nueva Esperanza Presente».

Yo me fijé en las gentes que se iban del lugar chupando a gollete y acullicando, y con aspecto de haberlo hecho desde primera hora de la mañana… Rostros muy expresivos que prefiero no comentar porque los prejuicios me pueden. ¿Pro o contra? No sabría decirlo. ¿Más beneficiosa que perjudicial? Tampoco. Según y cómo, según cuando, según quién la acullique…

La prensa de derechas comentó mucho el acto —por ser gubernamental— e hizo hincapié en que aquello terminó en una borrachera colosal. Lo decían los periódicos y lo repetía todo el que está en contra de su consumo.

Las imágenes de la multitudinaria concentración sirvieron para que la derecha afirmara de manera rotunda «Morales ha despertado a la bestia». Eso oí al menos, y también, «Han ocupado la calle». Lo decían en un falso tono de temor circunspecto, teatro puro, porque nada ni nadie amenaza sus negocios, que de eso se trata, de los negocios, inmobiliarios, mineros, tanto da, o inconfesables, especulación pura. Pero aquella multitudinaria reunión de acullico les bastaba para imaginar la caza del k’ara, del blanco, como pieza a cobrar..., mientras otros la imaginan como cazadores, en pos de una venganza histórica. Miedo y prejuicios de raza y clase de unos, resentimiento histórico de otros, negados ambos. Basta quedarse a la escucha para apreciarlos. Unos lamentan la liquidación de su viejo mundo, que saben perdido para siempre, otros sospechan que el advenimiento de su mundo no está con Morales, que este no ha hecho ni todo lo que debía ni todo lo que podía.

POR LA RUTA DE LAS RATAS

La del Choco Milán y sus secuestrados no fue la única pesquisa literaria que me empujó por las calles de La Paz y casi más por las calles de mi imaginación.

En otro viaje me eché tras las huellas de un colaboracionista belga con los nazis, condenado a muerte in absentia, que después de pasar por el campo de concentración de Miranda de Ebro vivió en La Paz hasta comienzos de los años sesenta. Aquel nazi belga regresó a España y vivió hasta su muerte en San Sebastián. Una historia rocambolesca la suya.

El Rubio del revólver, nombre de guerra del belga, condenado a muerte, vivió con otro nombre, sin ser ni advertido ni importunado en San Sebastián, hasta su muerte en el otoño del año 2011, funcionario de la oit y casado con una boliviana. Cuando aparece en escena lo hace rodeado de trofeos de caza y viajes. Tuvo un restaurante en El Prado, El Corso, frente a la estatua de Bolívar. Unos me lo decoran con arlequines de carnaval, pepinos y chutas, mientras que otros lo sitúan en el barrio de Miraflores, otros más hablan de una casa de medio millón de dólares en Obrajes o Calacoto...

El belga se cruzó con Klaus Barbie, de eso estoy seguro, y aseguraba haberlo hecho con Martin Bormann o eso es lo que declaró ante las cámaras de televisión belgas antes de morir.

Mis investigaciones dieron en nada. Me facilitaron unos cuantos teléfonos y me entrevisté con Soria-Galvarro, biógrafo del Che Guevara y participante en la captura de Klaus Barbie, a quien ya conocía de las minas de Llallagua, pero Soria no sabía nada de aquellos otros nazis menores.

Pregunté a unos y a otros, pero nadie pareció acordarse de aquel restaurante propiedad del belga en el Prado paceño, El Corso, en los años cincuenta, los años de gloria de los del mnr. Me siguen llamando la atención esas súbitas desmemorias.

Fui a visitar a Hugo Moldiz, político de izquierdas de larga trayectoria y activista del mas, antes de ser ministro de Gobierno y mucho antes de meterse en líos, en su despacho de avenida Arce. Pasé un rato muy bueno escuchándole hablar de conspiraciones y rebeliones, y combates callejeros. Parecía un agente secreto en acción y me dio alguna información, pero sobre todo se mostró dispuesto a ayudarme en lo que fuera. Me previno contra los servicios de información de la Embajada española. Me hubiese gustado conversar con Cecilia Lanza, experta en nazis y paramilitares, pero no pudo ser. Moldiz quiso ir de inmediato a por un paramilitar de los de ­Barbie que seguro sabía algo: «Vamos, llamamos a la puerta y en cuanto abra le preguntamos... se asustará, seguro». Decliné la invitación porque me sonó a ir a cogerle del cuello y no me pareció oportuno.

A cambio de no darme noticia alguna sobre el belga, me pusieron tras la pista de un militar republicano español que vivió en La Paz hasta su muerte: Francisco Lluch Urbano, otro personaje cuya vida tiene lados oscuros y novelescos.

Lluch, sevillano, de Constantina, estuvo casado con Rosa Lema Dolz, la Pistolera, una mujer fuerte del mnr, de armas tomar como su apodo indica, la que se enredó con la herencia de Rosa Agramonte de Cusicanqui, que los del mnr hicieron más o menos añicos en beneficio, sostienen todavía, del pueblo boliviano, porque la herencia iba a ir a parar a un francés o, en general, a los extranjeros: terrenos y palacetes paceños, alguna quinta de las afueras, arcones llenos de orfebrería, montones de bienes suntuarios que se esfumaron o qué sé yo, que lo cuente quien lo sepa con certeza, estos no son más que jirones de conversaciones oídas al paso y sin más propósito que reunir piezas de un rompecabezas novelesco, no histórico. La Paz y sus novelas no escritas. Quienes estuvieron en el ajo no las escribirán. Arrancan a contar y se diluyen en no sé qué nebulosas, como si tuvieran algo que ocultar, o temieran verse comprometidos de cerca o de lejos —eso me ha pasado mucho, cuando el tema era vagamente conflictivo—, pero no quisieron soltar prenda porque tal vez se dieron cuenta de que podían sacar novela de la historia que les contaba.

Si digo que Lluch tenía un lado oscuro es porque colaboró con los servicios secretos (aparato represivo) que el mnr montó en los sótanos de la Prefectura, los que dan a la calle Ayacucho —me informaba el poeta Álvaro Diez Astete—, junto con un tipo siniestro de apellido San Román, y que tuvieron como principales víctimas a los falangistas de Falange Social Boliviana. Hay testigo que, en privado, dice haberlo visto trabajar estrechamente con alemanes nazis de los refugiados en Bolivia, que también se apuntaron a la cacería.

Unos recuerdan a Lluch en los entresijos del mnr y sus servicios secretos, y represor de la propaganda comunista que entraba en Bolivia; otros dando clases de Economía Política en la Universidad Mayor de San Andrés, otros más lo ven ya muy mayor jugando a las cartas de manera interminable en la Casa de España y afincado en una pensión de la calle México.

Si Lluch dejó algún recuerdo es algo que ignoro, pero sería una lástima que no fuera así. Lo digo por los pocos restos de su vida que se pueden encontrar: su vida militar como oficial de Intendencia y conferenciante en Marruecos, como teniente de Asalto luego, su participación en los combates asturianos de la Guerra Civil, jefe de Estado Mayor del XVI Cuerpo de Ejército, su pertenencia a la Masonería y consiguiente procesamiento por tal motivo por el muy franquista Tribunal de Represión de la Masonería, su llegada como abogado a la Argentina en el Aurigny...

Lluch regresó brevemente a España en una de aquellas operaciones organizadas por el franquismo para atraer a exiliados amnistiados, operaciones que salían a bombo y platillo en el nodo, una visita que casualmente coindice en el tiempo con el fallecimiento en Francia de Rosa Agramont y el disparo de salida de la carrera de su ejecución testamentaria. Me da flojera saber si hubo bienes franceses o españoles en la herencia Agramont y a manos de quién fueron a parar estos.

Estas son cosas para conversar con un buen pijchu y un singani Casa Real con sus limones de pica, y unas horas por delante y mucho humor vagabundo en la recámara, en un patio de Callampaya, después de mal jugar al sapo y de ver los colibrís enredando por el peral.

Y de la sombra de Lluch a la de Blanca Luz Brum Elizalde, cuando ya no era la compañera de Siqueiros e iba camino de convertirse en la Robinsona de Juan Fernández; mucho antes de ser la pinochetista convencida y agria, hecha mito y mediocre pintora. Mariano Baptista, que no tenía veinte años y ya era el secretario particular de Paz Estenssoro, conoció a la uruguaya Blanca Luz Brum cuando esta viajó a La Paz para conocer de cerca la revolución de 1952, la del MNR. Ella tenía entonces cuarenta y siete años. Escribió unas crónicas de su viaje a Bolivia que no he encontrado. ¿Se habría cruzado con Lluch? Aquella ciudad era muy pequeña y los movimientistas hacían peña.

Pero dejo a esas sombras novelescas y vuelvo a las ratas o a su vaga traza, consciente de que el tema lo han tratado a fondo Peter Mac Farren y Fadrique Iglesias, y Soria-Galvarro y Gustavo Sánchez Salazar, el Chino... Es un asunto muy conocido y más literario que el de la presencia judía en La Paz, que ese les da corrientes. Ambos mundos se cruzaron en La Paz.

Las ratas, los nazis que huyeron de Europa y encontraron refugio en varios países de Latinoamérica, Bolivia entre ellos. Nazis alemanes y colaboracionistas de otros países, franceses, belgas, que aquí se tropezaron con los otros refugiados, los republicanos españoles y los judíos.

Está Klaus Barbie por supuesto y otros que se desvanecieron, y estaba aquel belga detrás del que anduve y del que nadie parecía acordarse y a quien tuvieron por fuerza que conocer. Con Hans Ertl pasó lo mismo, la absolución del olvido sin que las marejadas de los recuerdos le inquietaran... Su hija Monika, la Imilla, fue delatada por Barbie y asesinada en 1973. Hay película en marcha, de la mano del director austriaco Stefan Ruzowitzky, sobre aquella mujer, relacionada con el editor Feltrinelli, que vengó la muerte del Che matando a quien le cortó las manos.

Y detrás de los más conocidos hay otros que se esfumaron o que están relacionados con Bolivia por otra razón, como Wilfred von Oven, que era boliviano de nacimiento (La Paz, 1912) y que también huyó de la justicia por la Ruta de las Ratas. Mano derecha de Goebbels en cuestiones de prensa y propaganda, él mismo se situó más tarde, en sus memorias, a bordo de uno de los aviones que bombardearon de manera criminal la población vasca de Guernica, el 23 de abril de 1937, día de mercado. Desde comienzos de los cincuenta, Oven vivió en la Argentina, haciendo continua profesión de fe nacional socialista y negacionista del Holocausto, sin ser jamás inquietado, hasta el año de su muerte, en 2008. Uno más… ni arrepentimiento ni perdón ni justicia.

Eso es lo que me dije, un día de 2012 que fui a acompañar a un amigo reportero a una casa de Villa Fátima, en una calle desangelada, cerca de unos burdeles. Se trataba de hacer un reportaje para televisión sobre un coleccionista de curiosidades, a quien en realidad mi amigo quería comprar un rifle Winchester de la Guerra del Chaco para un museo, cosa que consiguió. Mientras mi amigo filmaba autómatas y pacotillas diversas, me dediqué a curiosear por el batiburrillo y en un recodo de la sala, encontré medio escondido detrás de un murete un retrato de Adolf Hitler a todo color. Y no solo eso, sino que en una estantería, entre libros basura, había un ejemplar de Mi lucha, en edición castellana de Federico Nielsen —el auspiciador del nazismo en Bolivia, padre de Roberto Nielsen Reyes, el jinete olímpico que cambió un destino diplomático por un caballo, dicen; como dicen que era amigo y anfitrión de Sixto de Borbón-Parma, el de Montejurra 76—, y en una vitrina, una condecoración superlativa, la Gran Cruz de la Orden del Águila alemana, repartida por millares entre militares, diplomáticos y funcionarios de países aliados del Eje o colaboracionistas. No tengo ni idea de dónde venía aquella parafernalia. El coleccionista no nos lo dijo y parecía turbado de que hubiésemos reparado en aquellos detalles, tanto que se empeñó en mostrarnos un tren eléctrico alemán. El ambiente espeso de aquel día lo curó unas cuadras más abajo la fiesta de la coca de la que ya he hablado.

El de Klaus Barbie es un caso aparte. A él y a su mundo le dedicó Kevin MacDonald su película Mi mejor enemigo y Marcel Ophüls su Hôtel Terminus. Los libros que tratan de su vida en Bolivia ya los he citado.

Al Chino Sánchez lo conocí en el año 2008, en un café de Cochabamba. Estaba orgulloso de haber participado en el secuestro de Klaus Barbie. Decía que recordar era doloroso, pero había que hacerlo. Fue la primera noticia que tuve de que Luis Arce Gómez, el Arcesino, había nombrado a Barbie teniente coronel ad honorem del Ejército. Tenía los documentos que le acreditaban en ese grado militar. De su conversación retengo el dato de que hubo más nazis escondidos en Bolivia, además de Barbie y de Hans Ertl, el fotógrafo y compañero de andanzas cinematográficas de Leni Riefenstahl, cuyo nazismo niegan con vehemencia sus hijas, y si están en lo cierto, hacen bien.

Enredando y enredando, me quedé asombrado de la amplitud de la impunidad de quienes colaboraron en Bolivia con Klaus Barbie en un delirio de narcotráfico y narcodictadura —se hizo famosa la frase: «Es como si los gánsteres se hubiesen adueñado de Washington»—, pero nadie parece acordarse de quienes le apoyaron en Bolivia, de quienes fueron sus subordinados y a cuyas órdenes formaron un ejército de ochocientos delincuentes —cifra que algunos suben hasta a tres mil—, entre los que había españoles.

A treinta años vista ni siquiera se puede contar con eficacia todo lo sucedido entonces, a 1981 me refiero... Los tribunales y la policía española no creo que hicieran nunca nada por investigar, detener y procesar a Delle Chiaie o a Joachim Fiebelkorn, entre otros. Y aquella gente actuaba con un plan premeditado de aniquilación de personas en razón de ser quienes eran, pero eso en el mundo en el que vivimos, qué importa..., solo cuando conviene y se le puede sacar tajada política o mediática.

Klaus Barbie fue detenido, deportado, juzgado por sus crímenes contra la humanidad, condenado por ellos y murió en prisión. Las cartas que se cruzó con su secretario boliviano, Álvaro de Castro, el espectro de El Prado paceño y del Café de La Paz, han sido publicadas. Ninguno de sus más directos colaboradores mercenarios en Bolivia ha sido juzgado, condenado ni ha cumplido condena por los crímenes cometidos en Bolivia, en España, en Paraguay, en Chile...

Del vuelo de deportación de Barbie me habló Carlos Soria-Galvarro: Barbie no sabía por qué estaba a bordo de aquel avión y solo se inquietó cuando vio uniformes franceses en la pista de aterrizaje.

LOS NOVIOS DE LA MUERTE

Vuelvo una vez más, por fuerza, a escribir sobre los Novios de la Muerte, los matones de Klaus Barbie, entre los cuales estaba su hijo, según me aseguró la hija del embajador alemán en Bolivia en los años sesenta. Y lo hago porque por las calles paceñas me he tropezado con sus sombras, en su pesquisa, en conversaciones mañaneras del Café La Paz, el de Barbie, en la Camacho, con ese whisky que suelta las lenguas y da ritmo al corazón desbocado por la altura..., así dicen, antes de pedirse el segundo y romper a hablar.

Sabía de su existencia por el libro de Sánchez Salazar y por conversaciones con Ramón Rocha Monroy y el inolvidable Gregorio Iriarte (O.M.I.), boliviano de Olazagutía/Olazti, en Navarra, pero sus rostros, al menos el de alguno de ellos, me los encontré revolviendo un cajón de fotografías en el despacho de Mariano Baptista. Allí estaban, uniformados o sin uniformar, disfrazados de macarras. Entre los uniformados, una cara para mí muy conocida, la de Stefano Delle Chiaie, mercenario fascista italiano, que participó en el golpe que, organizado a todas luces desde el Gobierno español, asestó un golpe mortal a los partidarios de Carlos Hugo de Borbón-Parma, el día 8 de mayo de 1976, en Montejurra, en Navarra.

Paramilitares en Bolivia ha habido siempre —de hecho, conocí al Danger Salamanca, uno de los de la época de Barrientos, acusados de haber cometido atrocidades—, pero Los Novios, cuyo nombre de guerra tiene resonancias de la Legión española, en la que alguno de ellos estuvo alistado, aparecieron a la sombra de la narcodictadura de García Meza (1980-1981).

Barbie reclutó mercenarios de extrema derecha que llegaron de Europa —italianos, franceses, alemanes, españoles...—, o que ya estaban acogidos en la Argentina, aprovechándose de la dictadura militar.

En Criminal hasta el final, Gustavo Sánchez Salazar escribe que, con el golpe militar de García Meza y las actividades de los Novios de la Muerte:

Se inició en Bolivia una ola de asesinatos. La primera víctima fue el jefe del Partido Socialista, diputado electo por Cochabamba, Marcelo Quiroga Santa Cruz; brillante intelectual, ex ministro de Estado y principal gestor de la nacionalización de la empresa petrolera Gulf Oil Company. Los cuarteles se convirtieron en cárceles. Grupos no identificados asaltaban domicilios particulares. Fue destruido el edificio donde funcionaba y tenía su sede la Central Obrera Boliviana. Se impuso el toque de queda. Los paramilitares patrullaban las calles de las ciudades. Por primera vez en Bolivia, fueron utilizadas ambulancias como carros de asalto.

Consta de forma sumarial que las ambulancias eran el vehículo de combate de los Novios de la Muerte.

El asalto a la sede de la Central Obrera Boliviana, en el centro de La Paz …—un edificio hoy derruido— me lo contó hace años Liber Forti, activista libertario y hombre de teatro, que estaba presente y, detenido, salió con vida. Me dijo que vio cómo bajaban a Quiroga ensangrentado, arrastrándolo por las escaleras. Dudaba que estuviera vivo.

Se ha publicado que los restos de Quiroga están en dependencias del Estado Mayor del Ejército. El propio García Meza, desde el penal de Chonchocoro donde está recluido, ha intentado en varias ocasiones obtener beneficios penitenciarios a cambio de información sobre el paradero del asesinado; de él y de otros. Evo Morales tampoco ha conseguido nada, pese a haber manifestado su voluntad de hacerlo.

Quiroga no estaba solo, también desaparecieron para siempre Juan Carlos Flores Bedregal y, en Oruro, el día 22, Renato Ticona... Hay más, desaparecidos, torturados, asesinados.

Las acampadas de damnificados frente al Ministerio de Justicia, en El Prado paceño, que empezaron en el año 2012, acabaron resultando molestas para la administración del MAS, y acabaron ardiendo, de modo fortuito o por mano negra, eso según quién lo cuente.

Se sigue hablando de los militares bolivianos que participaron de manera directa en el asalto a la cob y consiguiente represión, y que entran y salen de prisión según criterios poco jurídicos y menos estrictos, pero muy poco de los paramilitares que formaban bajo el nombre los Novios de la Muerte a las órdenes de Klaus Barbie, entre los que había españoles, insisto... Algunos lucían insignias del Ejército español, algo que no creo pudiera pasar inadvertido a la Embajada española y su permanente servicio de información. En concreto insignias de Tropas Nómadas y de goes —popularmente conocidos como «guerrilleros»—. ¿Quiénes eran esos españoles? ¿Quiénes los que habían sido legionarios del Ejército español?

Nadie ha respondido por lo cometido en Bolivia, ni creo que haya sido perseguido en serio. La Costa del Sol española es un pozo de podre. Los Novios de la Muerte eran una cuadrilla de malhechores internacionales que actuaron de manera impune y van camino de ser historia negra y solo eso, o materia novelesca. ¿Qué relación tiene en Bolivia el ultraderechista Sixto de Borbón-Parma y Borbón-Busset, protagonista de los sucesos de Montejurra 76, con el ex jinete olímpico Roberto Nielsen-Reyes..., o no se conocen de nada? Me extraña, porque un compañero suyo del Colegio Alemán me dijo haber visto a Sixto en casa de Nielsen, no sé si antes o después de que este empezara una deriva katarista, la del Mallku Quispe, uno de los más firmes opositores de Morales desde el indigenismo... La gente que te cuenta cosas novelescas, no debería beber por la mañana y pedirse otro «para el corazón».

Resulta interesante el testimonio del ultraderechista esotérico, el catalán Ernesto Milá, recogido por Manuel Vázquez Montalbán en Mis almuerzos con gente inquietante. Me pregunto qué hizo exactamente Milá y a las órdenes de quién, tanto en Bolivia como en España, donde vive el alemán Fiebelkorn...

No creo que a Gregorio Iriarte, con quien conversé de este asunto en varias ocasiones, le hubiese importado que reprodujera este fragmento de su libro Narcotráfico y política:

Fiebelkorn llegó a Santa Cruz y allá, poco a poco, formó el grupo de los mercenarios alemanes. Helos aquí uno por uno. Estaba yo, ex boxeador de peso mediano. Estaba «Ike», es decir Herbert Kopplin, de cincuenta y dos años, berlinés, ex ss en la División Acorazada del general Steiner. Hasta 1952 había estado prisionero en Rusia: sabía desmontar y volver a montar todo tipo de armas. El más simpático era Hans Juergen, ex electricista de ferrocarriles, un alcohólico que murió después por beber demasiado. El más hábil conductor era Manfred Kuhlmann, un alemán de Rhodesia, un enano mordaz, siempre dispuesto a pelear con Kay, el alemán-chileno huido desde los tiempos de Salvador Allende. Rudi, un austríaco siempre sin dinero. Y Jean, el francés. Su verdadero nombre era Napoleón Leclerc. En Argelia, con la Legión, había torturado a mucha gente. Andaba siempre con uniforme militar y con granadas de mano en la cintura. No pagaba las cuentas en los negocios y veía comunistas por todas partes.

El amigo íntimo de Joachim era, sin embargo, Hans Stellfeld, de sesenta y cinco años, ex Gestapo, huido a Sudamérica al fin de la guerra. Instructor militar, ceramista, comerciante de animales exóticos, contrabandista de drogas, guardaespaldas, importador de armas de los Estados Unidos, Stellfeld se suicidó hace pocos meses.

Nuestro grupo de nueve personas estaba en contacto directo con la central nazi de La Paz, dirigida por Klaus Altmann, ex capitán de las SS...

CEMENTERIO GENERAL

Al cementerio general he ido en varias ocasiones, después del clandestino de La Llamita y de otros a la buena de Dios, como aquel camino de la Muela del Diablo, más allá de la calle del Pensamiento Turístico: panteoncitos pintados de blanco y de azul, cruces de madera medio derrumbadas azules y blancas, deslavadas, una chola arrebujada confundida con las tumbas, junto a una cruz azul añil, con dos niños pequeños, el viento le agitaba el mantón. El vasto paisaje de la hoyada a los pies y los cerros al fondo...

Lástima haber «perdido» las fotos que saqué en un cementerio camino del lago, tal vez en el de Huarina: aquella cabeza envuelta en trapos que asomaba de un nicho. Me explicaron que los enterraban con la cabeza hacia afuera para que el muerto pudiera salir a vengarse. Vengarse, no vengarse. Víctima o victimario. Más iguales en la muerte que en la vida o tampoco ahí, en ese más allá oscuro. Ritos funerarios: dar vueltas al cadáver, enterrarlo boca abajo para que no identifique a quien lo ha matado o al revés: colocarlo en una posición desde la que pueda descubrir a su victimario, sacar sus huesos y conservarlos en el domicilio debajo de la cama, hacerse con una chullpa tullo (brazo o pierna) o un moroko (rodilla), la muerte siempre presente, la muerte el día 8 de noviembre, la fiesta de las ñatitas, la de los tragos bravos. Toda la hoya de La Paz es un farolito en el que despeñarse; no, esto es una exageración, la Zona Sur es otra cosa, lo sabe todo el mundo, todo el que puede huir de la Zona Norte sobre todo.

Por el Cementerio General he pasado hasta por el aire, en el teleférico, a la caza de los cholets —los asombrosos chalets de los cholos adinerados convertidos en atracción turística— y de las publicidades estrepitosas que han colocado sobre los tejados. En una ocasión me tocó viajar hacia La Ceja de El Alto en compañía de una mujer aimara, de edad, es decir, de la mía, que iba con su nieta, y de una joven parlanchina. La mujer mayor estaba encantada con la vista, hasta el lejano Illimani, mirándolo todo y comentando para sí lo que veía. Estaba feliz. La joven, por su parte, comentó temerosa que los días de tormenta, con la lluvia y el viento que mece las barquillas, las almas de los muertos subían del cementerio a la caza de pasajeros, algo que le hizo desternillarse de la risa a la vieja aimara que echaba al aire conjuros en su lengua. Se veía que no tenía día de creer en aparecidos y que desde el aire las cosas se ven de otra manera a como aparecen en el Rincón de las Almas Perdidas envuelto en humazos de inciensos, y de fuegos alimentados con mortajas y restos de ataúdes. Con gente como aquella abuela da gusto volar.

Esa del cementerio es para mí una visita obligada en todas las ciudades por las que paso. Decirlo es un lugar común gastado hasta la trama, lo sé, pero con esas cartas jugamos en esta timba de la memoria y del escritor de manual para viajeros en casa15. Quedas como un viajero avezado diciendo que es en los mercados y en los cementerios donde se ve la auténtica vida de las ciudades, etcétera... Eso está más tocado que los boleros de Caballería. Pero lo cierto es que estoy convencido de que en los cementerios de las ciudades está escrita una parte de su historia, y de que en el saber cómo somos, cuenta cómo honramos a nuestros muertos o cómo nos olvidamos de ellos a la carrera.

En el Cementerio General de La Paz he entrado en días festivos y en días desolados, en los que escasean hasta las plañideras y los reciris. Te advierten que esos días el cementerio no es un buen sitio para vagabundear, que si no andas vivo pueden darte un palo, pueden cogotearte, pero eso es tan común que le haces orejas de mercader, aunque luego pongas cuidado en mirar por encima del hombro.

Unas veces no encontré la sepultura que buscaba, sino otras. Como cuando iba buscando las de Jaime Saenz y el Viscarra, y acabé junto a la del líder populista Carlos Palenque y los nichos de los sacerdotes Lucho Espinal y Mauricio Lefébvre, asesinados ambos, uno (Lefébvre) en 1971 en el golpe de Banzer, otro en el de García Meza, diez años después. La sepultura de Palenque es más objeto de culto que las segundas. El primero está en panteón de lujo y los curas en unos nichos modestos.

Hay gente que anda bendecida ya en vida y sirve para milagrerías. Su muerte marca.

A Lucho Espinal lo asesinaron los esbirros de Klaus Barbie y García Meza. A Wilson, mi acompañante de aquel día, le impresionaba más que uno de los señalados como autores del asesinato fuera Mister Atlas, un luchador de lucha libre, y sobre todo le traía loco la popularidad de Carlos Palenque, un comunicador de radio que postuló a la presidencia de la República, muy don Juan, que falleció, decía con admiración Wilson, haciendo deporte de cama, «duuuro», dijo. Eso concita más milagros que el martirio religioso, evidentemente. A quien le ha dado vueltas al mondongo popular no le vayas con seriedades.

En otras ocasiones deambulé solo, me acerqué a las plañideras y a los rezadores, a los limpia nichos, a las cocanis, a los guitarristas; seguí cortejos, pegué la oreja, me enteré a medias de lo que decían o de nada, de esas letanías en las que las vagas oraciones católicas se mezclan con los conjuros, mezcla de castellano, de latinajos, de aimara o de quechua. Los muertos y sus poderes.

Las sepulturas que buscaba —vagabundeos literarios los míos— las encontré gracias a Ricardo García Camacho y a Alfonso Murillo. Aquella mañana nos costó llegar al cementerio porque la ciudad estaba medio bloqueada por marchas masistas. Ricardo no estaba seguro de que no hubiese caducado el nicho de Viscarra, fallecido en el año 2006, y no hubiesen arrojado sus restos al botadero, al deshuesadero, allí por el siniestro descampado del que la gente huye, salvo los amantes de la magia negra o blanca, el terreno baldío, ceniza pura, del culto de las almas que flotan con humos y murmullos de rezos en el aire, y ese prurito de arrearse con un hueso de muerto protector para tener debajo de la cama en defecto de una buena ñatita.

El nicho lo encontramos intocado, con un revoco de cal y unas iniciales arañadas, y signos de que allí acuden sus devotos paceños con ofrendas y recuerdos. Más tarde le pusieron el sello de la P de perpetuo y una pequeña hornacina donde, en otra ocasión, dejamos un puñado de hojas de coca. Como homenaje, Ricardo levantó el puño cerrado. Le replicó Murillo, haciendo el saludo falangista. Compondríamos al sol del mediodía un extraño grupo. Como buenos peregrinos, nos sacamos muy serios unas fotos antes de ir a visitar la tumba de Jaime Saenz, debajo de un ciprés de las Guaitecas, en un rincón.

Sobre la tumba había agujas secas del ciprés, dijes diversos, piedrecitas, flores agostadas y de plástico, restos de velas, y una botella de Vat 69. Señalé que solo en un rincón de la sepultura había cagadas de pájaros. Y no parecía corresponder a la disposición de las ramas de los cipreses.

De pronto se acordaron de que Saenz tenía mala sombra.

—¿Cómo mala sombra? —pregunté.

—Sí, que trae desgracias… también las provocaba en vida —dijo Murillo.

Mis amigos se quedaron algo sobrecogidos, se descubrieron y santiguaron y no sé qué salmodiaron circunspectos in pectore. Ese fue el momento que escogió una paloma para cagarle a uno de ellos en el hombro derecho de manera rotunda. Discutimos si aquello traía buena o mala suerte, y concluimos que buena. Por si acaso, dimos por concluido nuestro homenaje literario y salimos pitando.

Aún paramos ante la tumba de aparato del músico Adrián Patiño, el autor del himno de la Falange Socialista Boliviana, abuelo de Alfonso. Algo pasó allí, pero no lo voy a contar todo, no, escatologías no, además, la visita nos había abierto el apetito y nos fuimos a meternos un picante de lengua con abundante llajua en un boliche de una de las calles que hay frente al cementerio, hacia la avenida Apumalla. No sé por qué no paramos aquel día en los comedores de la puerta, que dan el mejor pescado de La Paz, entre deudos y berridos, con mucho borrachón por los alrededores, de los que salen afectados y de los que acuden a la bulla a ver qué sacan.

Al salir, en uno de los callejones, nos topamos con tres indígenas sentadas en el suelo frente a un nicho. A su espalda salmodiaba una reciri, esto es, una plañidera por encargo, de las que hacen piña a la sombra, a la entrada del cementerio, junto a los guitarristas que cantan, también por encargo, delante de las sepulturas. Imposible hacer una fotografía de la escena. Las tres originarias no nos quitaron ojo hasta que desaparecimos.

Cementerio General y carnavales, la resurrección del Pepino, fiesta esta que dispara los carnavales paceños. El Pepino, esa máscara paceña por excelencia que parece festiva y tiene algo siniestro en su rictus, dentro de su ataúd de colorines, y su acompañamiento de falsas plañideras que siguen su entierro el día que lo despiden hasta otro año... El Pepino que saluda desde el interior del ataúd... la música; pero fuera del camposanto, no dentro como querría la tradición hecha leyenda, entre las tumbas.

Foxá cuenta que vio los carnavales paceños, poco antes de 1950, desde la ventana de un hospital y que las máscaras llevaban un número en la espalda para identificarlas por si cometían crímenes... Los crímenes de carnaval, el Madrid de Cansinos-Assens. Eso mismo señala Christopher Isherwood en su crónica viajera de parecida época.

El barrio del cementerio es tremebundo: autobuses, mochileros, manguis al acecho, artilleros en grupo, chicos cleferos a la deriva aspirando pegamento, bodegas de vida diurna y sobre todo nocturna… Es, con todo, un barrio rico, gracias al contrabando, una de las tres industrias bolivianas.

Aquel día nos metimos en una bodega de grandes perolas, penumbra intensa y mucha Coca-Cola, porque no daban cerveza, a comer un sabroso picante de lengua, y un par de cuencos de llajua batida en batán de piedra, que se veía al fondo, nada de batidoras, piedra contra piedra, y en el aire todos sus aromas: el tomate, la huacataya o la quilquiña, la ulupica para la depresión y el locoto rabioso que lo mismo.

Ricardo nos habló de la noche del cementerio: borracherías, droga, sexo, crímenes…, algo más que una leyenda urbana del dominio público, que a ninguno nos quitó el apetito; Alfonso por su parte lo hizo del mundo tenebroso que creó Saenz en su casa: su uniforme nazi, sus fotografías, collages, dibujos, relojes, libros, discos, su manía de oler cadaverina o de hacerse con restos humanos, su cuarto oscuro, el llamado «Taller Krupp»… Parece que mucho ha sido robado y se trafica con ello como reliquias.

Ensalzado poeta Saenz y con igual fervor desdeñado o rechazado. Demasiada coca, demasiada noche, demasiada muerte y demasiado tenebro, demasiada leyenda, para todos los gustos. Saenz, poeta de La Noche, publicado hasta el último papel que dejara escrito por la editorial Plural, protagonista de un monólogo teatral grandioso de David Mondacca, protagonista también de una película de Mela Márquez que no acaba de estrenarse... Lo publicó en España José Miguel Ullán y ha vuelto a publicarse hace poco.

¿Autor muy leído Saenz? No lo sé, pero lo dudo. Es un mito literario y como tal está excusado de ser de verdad leído. A cambio se le puede citar con soltura. Lo peor que le puede pasar a un escritor es convertirse en un escritor de culto. Esa es una muerte medio gloriosa, pero muerte al cabo, tanto en vida como cuando se ha ido. Sus Imágenes paceñas son desdeñadas por costumbristas, después de haber sido consideradas una gran cosa. Todo a ratos, todo según quién escriba y en dónde, y qué público tenga.

Y todavía regresé en una última ocasión y recordé que en la puerta del Cementerio es donde comienza esa película estrepitosa que es ¿Quién mató a la llamita blanca? Al nicho de Viscarra le habían puesto una puertecita metálica que estaba abierta. «L’han debido de robar el jarroncito, pues», dijo una muchacha que arreglaba ramos de flores en un nicho cercano. Por una esquina apareció una originaria, con un aguayo de colores al hombro, al grito de «¡¿Quieren oraciones?!... ¡¿Qué quieren pues?!».

Ricardo le puso unas flores que habrían sido de otro finado y andaban por el suelo, y le dejamos como ofrenda un puñadito de hojas de coca que acababa de comprar a una coquera junto a los comercios de disfraces de morenada. Barrio de muertos ese y de carnavales, y de maleantes.

Abigarrado cementerio el General de La Paz, con grupos de familias de luto, challando a pie de nicho, muchas flores, descalabros, ritos, rezadoras por encargo con el saquito de coca en el regazo, enterradoras jóvenes acullicando, músicas, amenazas de desahucio y crematorio pegadas en multitud de nichos —ay, los difuntos, el olvido y la falta de dinero para pagar su recuerdo—… Por encima de nuestras cabezas pasaban las modernas cabinas del teleférico, y al fondo, entre los panteones y por encima de ellos, se veía el paisaje ladrillar de los cerros, por un lado, y por el otro los nevados lejanos.

CEMENTERIO GENERAL, EXTERIOR, DÍA

El exterior de la tapia del Cementerio General es un bullebulle de yatiris y ensalmadores, vendedoras de frutas, de ropa, de cositas, cocanis orondas con sus tambores tapados con viejos aguayos, mendigos, chifleras que te venden lo necesario para una mesa ritual, borrachitos durmiendo al sol, rezadores por encargo, casi todos ciegos en el interior de sus tabucos oscuros, y a ratos hasta guitarristas para rondar a los muertos. Enfrente, para aliviar las penas, los comedores. Ahí llegan los autobuses de Copacabana, el lago y la frontera peruana. Es fácil echarle el ojo a un gringo despistado y hacerse pasar por policía para pelarle.

De las casetas de yatiris y amautas que flanquean la puerta principal, la que más clientela tiene y la más famosa es la de la Hermana Santusa, ciega, porque «ha sido tocada por el rayo» y eso le confiere poderes que otros no tienen. La gente hace cola para que les adivine su suerte, algo que en la nueva sociedad boliviana ha cogido unas proporciones que nunca había tenido, eso dicen: la suerte, el futuro, el destino, convertido en un gigantesco negocio. No me explico cómo el escritor paceño desdeña como asunto literario (por costumbrista) ese mundo que tiene delante de las narices y que, diga lo que diga, le es tan ajeno. Si alguna riqueza literaria tiene La Paz es sus calles, las gentes que las pueblan, su Gran Parada, y sus entrañas enrevesadas. Hasta el Presidente tiene un yatiri, particular digamos, de Pampahasi me parece, y un día vi salir a un famoso mentalista del Palacio Quemado como si fuera un hombre de negocios. Eso sucede cuando, como decía el arqueólogo Sanzetenea en la noche cochala, la realidad es gelatinosa, frágil, fluctuante... Nadie sabe lo que se le viene encima, como no sea una repetición tenaz del presente. Hay que mirarse pues, el presente y el futuro, todo... Yo lo he hecho varias veces, pero todo quedó en agua de cerrajas.

Las chiflerías, los yatiris, los amautas, las kawuayos, verdaderas o falsas, están situados en zonas bien definidas. Una de ellas es la que llaman de manera turística «la calle de las brujas», en el centro turístico paceño; otras están en varios lugares de El Alto, en los alrededores del puente Abaroa, en Pampahasi, por encima de Villa Victoria, el barrio que fue bastión de la pobreza y la causa obrera, en los recovecos del mercado Uruguay... Frente a este, en la calle Max Paredes, están los tabucos de las famosas hermanas Saenz, Ana María y Polonia, que a un lado y otro de la calle solventan su competencia y poderes lanzándose conjuros —dicen los vecinos que las temen por si les echan mal de ojo a sus negocios—, el de la boca abierta uno de ellos, que no sé en qué consiste, solo que sirve para revelar los propios secretos, los más profundos, las ocultas intenciones..., amén. Alrededor del primero de agosto, mes de la Pachamama, frente a sus puestos se forman colas enormes de gente que acude a comprar mesas (a la Ana María) para luego ir al otro lado de la calle con el envoltorio de papel blanco lleno de misterios, esas figuras de azúcar en forma de llamas, calaveras, casas, dinero, flores frescas o secas, frutos y azúcares a que la Polonia las bendiga para más tarde, en sus casas, quemarlas en familia en la ceremonia nocturna de la hko’a, challando con alcohol Guabirá o vino de indios o singani... Las mesas son un negocio fabuloso.

En el interior del mercado Uruguay, en uno de sus recovecos, cerca de la venta de entrañas, puestos de sebo y fetos de llama en abundancia que no hay que mirar demasiado, no vayan a acusarte de quitarles poder, mecha para explosivos, cualquier cantidad de flor amarilla de la aulaga, estrellas y erizos de mar... Como en todas partes.

La «calle de las brujas», la Santa Cruz, el callejón Jiménez que va a parar a la Linares, el de los alojamientos turísticos, mesas a la Pachamama, misterios de azúcar con formas de llamas, casas, calaveras, monedas; dijes, boberías, ungüentos, Santas Muertes, herraduras, cruces, abalorios, estrellas de mar, piedras, tierra de cementerio, polvos mágicos para todo y para nada: para el dinero y para el odio, para todo.

Los yatiris de El Alto son otra cosa, tanto los de las casuchas de La Ceja como los que están cerca de la estación del teleférico o más lejos, en una de las salidas hacia Oruro, que challan camiones y atienden a la clientela indígena debajo de una carpita hecha con un plástico —también hay una prostitución miserable de descampado que emplea el mismo método. Casuchas con los hornillos humeantes a la puerta, pintadas de azul añil o verde, en el interior el altar de cajones con las ñatitas, las calaveras milagrosas, cubiertas con su chullo de lana y unos bolos de algodón en las cuencas de los ojos, hojas de coca y cigarritos en la boca y misivas para el otro barrio bajo las mandíbulas, gladiolos, cromos de santos y de vírgenes... A mí, cuando voy, me lo suelen adivinar todo, que para eso pagas... Tal vez lo lleve pintado en la cara.

Una cosa es sacar unas fotografías más o menos expresivas o testimoniales —piezas de esa cacería que va aparejada a la deriva de toda ciudad que te es ajena—, y otra bien distinta es saber de verdad algo de ese mundo de creencias ancestrales, supersticiones difíciles de descifrar y comprender, que pertenecen al mundo andino y al del altiplano, al culto a la Pachamama, el de las ofrendas domésticas y cotidianas, las llamadas «mesas» y su complejidad simbólica.

Ni la represión inquisitorial ni el catolicismo pudieron con ello, los evangelistas tampoco. Es el Otro Mundo, el que nos es positivamente extraño, relegado al apartado de la superchería, la brujería, la burla o las más banales supersticiones. Los cultos «mágicos» gozan ahora mismo de una excelente salud.

También he visitado varias apachetas donde ofician los yatiris y donde se hacen ofrendas (challas) diarias para compras de casas, coches, negocios, o se practica la llamada «magia negra». La bibliografía que hay sobre la materia es abrumadora. Te pierdes en ella.

Todos los días, en la esquina de la calle Melchor Jiménez, la gente hace cola para consultar al yatiri que ahí atiende sentado en el suelo sobre un cuero de oveja. Buscan un consuelo que no encuentran en otra parte, necesitan saber si el azar de su vida les es favorable. Necesitan. Esperan.

Los turistas gringos pasan a diario por delante de los puestos de estas chifleras y herboristas —algunas de ellas, las mujeres kawayu,