EL CISNE DE PAPEL



V.1: Enero, 2018


Título original: The Paper Swan

© Leylah Attar, 2015

© de la traducción, Marina Rodil, 2018

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2018

Todos los derechos reservados.


Diseño de cubierta: Estudio Nuria Zaragoza


Publicado por Principal de los Libros

C/ Mallorca, 303, 2º 1ª

08037 Barcelona

info@principaldeloslibros.com

www.principaldeloslibros.com


ISBN: 978-84-17333-08-9

IBIC: FR

Conversión a ebook: Taller de los Libros


Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

EL CISNE

DE PAPEL

Leylah Attar


Traducción de Marina Rodil para
Principal Chic

5

Sobre la autora

2


Leylah Attar es una autora de romántica contemporánea. Ha estado en las listas de más vendidos del New York Times y el Wall Street Journal y ha ganado el premio Indie Reader Discovery de ficción.

Leylah escribe historias de amor muy intensas. Cuando no está escribiendo, le gusta hacer fotografías, cocinar, pasar tiempo con su familia y viajar. A veces desaparece en el agujero de internet, pero es fácil conseguir que vuelva al mundo real si se le ofrece algo de chocolate.

CONTENIDOS

Portada

Página de créditos

Sobre este libro


PARTE 1

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11


PARTE 2

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19


PARTE 3

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25


PARTE 4

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31


PARTE 5

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Epílogo


Sobre la autora

EL CISNE DE PAPEL


¿Podrías enamorarte de tu secuestrador?


Skye Sedgewick es la hija de un magnate

hotelero. Su vida cambia cuando un

desconocido la secuestra a punta de pistola.

Tras pasar unos días en el barco donde

la mantienen cautiva, Skye empieza a sentirse

atraída por Damian, su secuestrador, un

hombre que le resulta vagamente familiar…

Una historia de amor oscura y épica, best seller del New York Times


«Fascinante y llena de suspense. Una novela espectacular.»

Claire Contreras, autora de Kaleidoscope Hearts


«El cisne de papel me ha conquistado con su prosa delicada y sensual y su apasionante trama.»

Gail McHugh, autora de Pulsión y Tensión

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Epílogo


La luna nueva asomaba en el cielo oscuro, era un arco fino de un tenue color plateado. El pequeño grupo de invitados con el que habíamos compartido nuestro día especial (Nick, Rafael, sus esposas respectivas, algunas mujeres con las que trabajo y un puñado de socios de Damian) ya se había marchado, pero los jardines de Casa Paloma todavía titilaban bajo la luz artificial. Damian, Sierra y yo estábamos sentados junto al estanque.

—¿Quién es Monique? —pregunté mientras sujetaba una tarjeta marcada con la huella de unos labios morados oscuros.

—Déjame verlo. —Damian dejó a un lado su trozo de tarta, que era de glaseado rosa y llevaba fresas frescas en la parte de arriba. Era una elección inusual para una tarta de boda, pero era una réplica de la tarta de cumpleaños que Damian nunca había llegado a probar. Había empezado a reírse al ver que la traían con la ayuda de un carrito. La figurita que coronaba la tarta era un gran diente blanco, un chiste que solo nosotros entendíamos y que tenía su origen en el día en el que Damian le había sacado un diente a Gideon Benedict St. John.

Le echó un vistazo a la tarjeta y sonrió.

—Monique es alguien que hizo que mi tiempo en la cárcel fuera mucho más agradable.

Me crucé de brazos, esperaba una explicación.

—No pongas esa cara, no es típico de una novia fruncir el ceño —me dijo.

—No hables de exnovias en el día de nuestra boda. No es típico de un novio.

—Se me ocurren algunas cosas típicas de un novio que me gustaría hacerte.

—No te atrevas. —Lo empujé con suavidad. No me sentía amenazada en absoluto por esa tal Monique, pero fingirlo era divertido. Rafael no había conseguido convencer a Damian de que se pusiera un esmoquin, pero estaba buenísimo con esa camisa blanca y bien planchada y esa americana a medida que le quedaban tan bien.

—De acuerdo. Un día te llevaré a ver a Monique, pero luego no digas que no te avisé. —Tiró la tarjeta y me agarró por la cintura—. Tengo algo para ti y para Sierra.

Sacó la caja de Lucky Strike de MaMaLu del bolsillo interior de la americana y la abrió.

—Le hubiera gustado que los tuvieras. —Me ofreció sus pendientes.

Los alcé: eran dos palomas que formaban un círculo que se cerraba en la unión de los picos, de donde colgaban unas turquesas. De golpe recordé el tacto de unas piedras frías y azules acariciándome la piel cuando MaMaLu me daba el beso de buenas noches.

—Eh. —Damian me abrazó. Era consciente de que había sido un día muy emotivo para mí. Había echado de menos los tres besos de mi padre y que me llevara al altar. Sierra había ocupado su lugar. Había elegido su propio vestido: verde como la rana Gustavo, a conjunto con unas deportivas nuevas. El único complemento que había aceptado llevar que indicara que iba a una boda había sido una diadema de flores que hacía juego con sus cordones naranjas. Se había despertado del sedante que Víctor le había administrado sin tener ni idea de la catástrofe de la que habíamos escapado; solo le había producido dolor de cabeza. Cuando recordé lo cerca que habíamos estado de perderlo todo, estreché el abrazo con Damian.

—¿Crees que le gustará? —me preguntó él, con el pasador para el pelo de MaMaLu en la mano.

Tenía forma de abanico y estaba hecho de abulón y metal blanco. Era bonito sin parecer demasiado infantil.

Sierra lo examinó antes de dármelo. Se dio la vuelta y se señaló el pelo, con lo que nos daba su aprobación en silencio. Junté dos mechones de los lados y los amarré con el pasador en el centro.

—¿Qué es esto? —preguntó según desdoblaba el artículo de periódico que Damian había guardado todos esos años:

«niñera de la región acusada de robar reliquia familiar».

—Es un pequeño pedazo de papel que causó muchísimos problemas —dijo Damian.

—Mira. —Recogí una flor amarilla mientras la brisa nocturna soplaba entre los árboles. A la luz de la luna parecía casi de color marfil, como mi vestido. Damian me la puso detrás de la oreja.

—¿Te he dicho lo guapa que estás hoy?

Tenía la intención de diseñar mi propio vestido de novia, pero entonces Damian había encontrado los Louboutin que me había dejado en la isla y, una vez me los hube puesto, quise que tuviéramos una celebración por todo lo alto. Las instalaciones de WAM! estaban listas y en funcionamiento, de manera que me permití derrochar en un vestido palabra de honor diseñado por Vera Wang.

—¡Eh! ¡Lo conseguí! —Sierra estaba sentada al borde del estanque y señalaba algo en el agua. Alejándose de ella flotaba un cisne de papel perfecto.

—Bien. —Damian se agachó a su lado, pero entonces su sonrisa se desvaneció—. ¿Eso es… qué usaste para hacerlo?

—El trozo de papel que había en esa caja de metal vieja.

Damian extendió la mano y sacó el cisne del agua.

—¿Qué pasa? —preguntó Sierra.

Damian había llevado encima ese artículo de periódico durante tanto tiempo, que su primer instinto fue preservarlo. Me miró mientras lo sostenía y ambos recordamos la historia que nos había contado MaMaLu sobre un cisne mágico que honraba con su presencia los terrenos de Casa Paloma, un cisne que podía bendecirte con un tesoro excepcional.

Se me cortó la respiración cuando vi que Damian volvía a colocar el cisne en el agua y entonces lo comprendí.

No siempre se consigue un tesoro si te aferras a las cosas; a veces, al dejarlas ir es cuando sucede la magia.

Y Damian estaba dejando ir todo aquello que lo había alimentado durante tanto tiempo: la rabia, las injusticias, los horrores de los que había sido testigo en Caboras, la culpa que sentía por lo que había hecho. Sierra lo había doblado todo y lo había liberado. Nos quedamos en silencio, observando cómo desaparecía el cisne entre las sombras a un lado del estanque y todo lo que quedó fue una pitillera vacía de Lucky Strike.

—¿Qué quieres hacer con esto? —le pregunté.

—Exactamente lo que se tiene que hacer con una caja de metal vieja y que apesta a tabaco. —La llenó de piedras y la arrojó al agua. Se hundió en el fondo del estanque con un borboteo que resonaba.

—¡Os echo una carrera a los dos hasta la casa! —exclamó Sierra.

—¡Eh, eso es trampa! —Me quité los zapatos de una patada y me levanté y me recogí el vestido contra el cuerpo.

—¡A la de cinco! —dijo Damian.

«1, 2, 3, 4, 5».





FIN


PARTE 1:

SKYE

Capítulo 1

Era un día perfecto para ponerse unos Louboutin. No tenía planeado que mis tacones se convirtieran en un alegato en una pasarela que me conducía a la muerte; pero si tenía que acabar así, si me iba a matar un psicópata cualquiera con sed de sangre, ¿qué mejor manera de morir que enseñarle a mi asesino dos suelas de un rojo que decía «que te den por culo»?

«Sí, que te den por culo, capullo, por convertirme en la víctima de un crimen sin sentido».

«Que te den por culo, por la vejación que supone que no me dejes verte la cara antes de que me vueles la tapa de los sesos».

«Que te den por culo, por los cables con los que me has atado, que me aprietan tanto que me han hecho heridas en las muñecas».

«Pero, sobre todo, que te den por culo porque nadie quiere morir el día antes de cumplir veinticuatro años, con el pelo rubio y brillante recién cortado y unas uñas de gel perfectas y acabadas de hacer, mientras volvía a casa tras una cita con el hombre que podría ser “el definitivo”».

Mi vida estaba organizada para que fuera una sucesión de grandes acontecimientos: la graduación, la boda, una casa digna de aparecer en las revistas de moda y dos hijos perfectos. Sin embargo, ahí estaba, de rodillas, con una bolsa en la cabeza y con la boca fría de una pistola besándome la nuca. ¿Y lo peor de todo? No saber por qué estaba pasando, no saber por qué iba a morir. Claro que, ¿desde cuándo tienen sentido este tipo de cosas? ¿Ocurren al azar o se planean al detalle? Asesinatos, violaciones, torturas, abusos. ¿En algún momento somos capaces de entender la razón o simplemente necesitamos poner etiquetas y encasillar el caos que no podemos controlar?

«Para sacar un beneficio económico».

«Sufría un trastorno mental».

«Era un extremista».

«Odiaba a las guarras de uñas acrílicas».

¿Con cuál de estos móviles archivarán mi asesinato?

«Ya vale, Skye. Todavía no estás muerta. Respira. Y usa la cabeza».

«Usa la cabeza».

Mientras el barco se balanceaba en el agua me asaltó el olor penetrante y áspero de las arpilleras.

«¿Qué tienes que hacer, Skye?» Las palabras de Esteban resonaron, fuertes y claras, en mi cabeza.

«Pelear».

«Se la devuelvo y sigo peleando».

Se me escapó algo a medio camino entre una risa y un sollozo.

Hacía mucho tiempo que había ahuyentado a Esteban de mis pensamientos, pero ahí estaba, encaramándose a mi mente, repentino y sin anunciarse, como solía hacer, y sentándose en el alféizar de mi conciencia como si fuera la ventana de mi habitación.

Recordaba haber hecho un test por internet esa misma mañana:

«¿Quién es la última persona en la que piensas antes de quedarte dormida?».

Clic.

«Esa es la persona a la que más quieres».

Yo pensaba en Marc Jacobs y en Jimmy Choo y en Tom Ford y en Michael Kors. Pero no en Esteban. En Esteban nunca. Porque, a diferencia de los amigos de la infancia, ellos permanecían a mi lado. Podía dejarme seducir por sus tentaciones, llevarme a casa sus creaciones resplandecientes e irme a dormir sabiendo que al día siguiente seguirían allí. Como los dos pares de Louboutin sobre los que me había tenido que decidir: ¿los fucsia, coquetos, con las tiras de satén alrededor del tobillo o los taconazos medio d’Orsay dorados? Me alegro de haber escogido los últimos: son de tacón de aguja. Traté de imaginármelos en los titulares del día siguiente:

«unos zapatos para morirse».

En la foto, un tacón de charol mortal sobresaldría del cuerpo de mi secuestrador.

«Sí, así es como va a acabar esto», me dije a mí misma.

«Respira, Skye. Respira».

Pero bajo el capuchón el aire era sofocante y estaba viciado y la fatalidad y el pánico me oprimían los pulmones. Empezaba a ser consciente de la situación. Aquello me sucedía de verdad. Era real. Pero cuando has tenido una vida regalada, te invade una sensación que te protege de sufrir un shock: pensar que tienes derecho a que alguien se encargue de solucionar las cosas por ti, como si en este caso también fuera a ocurrir. Aferrarme a eso me hizo sentir más atrevida e indiferente. Yo era alguien importante y la gente me quería y me apreciaba. Sin duda, aparecería alguien que me rescataría. ¿A que sí? ¿Verdad?

Oí cómo deslizaba hacia atrás la corredera del arma y sentí la caricia metálica del cañón en la nuca.

—Un momento. —Me dolía la garganta y tenía la voz ronca después de haber gritado como una loca cuando me di cuenta de que estaba atada como un jabalí en el maletero de mi propio coche. Sabía que era el mío porque todavía olía al perfume de sándalo y nardo que había derramado unas semanas antes.

Me había capturado en el aparcamiento, justo cuando me metía en mi descapotable azul cielo. Me había agarrado y me había empujado, bocabajo, contra el capó. Había pensado que se iba a llevar el bolso, la cartera, las llaves, el coche. Tal vez se trata de un instinto de supervivencia, o tal vez una solo piensa en lo que le gustaría que ocurriera.

«Cógelo todo y vete».

Pero eso no era lo que había pasado. No quería el bolso, ni la cartera, ni las llaves, ni el coche. Me quería a mí.

Dicen que es mejor que grites «¡Fuego!» en vez de «¡Ayuda!», pero no había sido capaz de pronunciar nada porque me estaba asfixiando con el trapo empapado en cloroformo que me había puesto sobre la boca y la nariz. El problema del cloroformo es que no pierdes el conocimiento enseguida o, al menos, no como lo pintan en las películas. Estuve pataleando y luchando durante lo que me pareció una eternidad antes de que los brazos y las piernas se me quedaran inertes y me sumiera en la oscuridad.

No debería haber gritado al recuperar el conocimiento. Tendría que haber intentado abrir el maletero, o haber sacado las luces de freno a empujones, o haber hecho algo digno de contar después a los periodistas que quieren entrevistarte. Pero no hay forma de cerrarle la boca a doña Ansiedad, ¿sabes? Es una puta escandalosa que te devora y solo quería que la exteriorizara.

Los alaridos lo habían puesto furioso. Me había dado cuenta cuando había aparcado el coche y había abierto el maletero. No podía ver nada por culpa la luz fría y azul de las farolas que brillaba a sus espaldas, pero lo había notado. Y, para que conste, me había llevado a rastras cogiéndome del pelo y me había metido en la boca el mismo paño empapado en cloroformo que antes había usado para hacerme perder la consciencia.

El trapo me producía arcadas y seguía teniendo las manos atadas a la espalda, pero él me había obligado a avanzar hacia el muelle. El olor acre y dulzón ya no era había dejado de ser tan penetrante, pero aun así me sentía mareada. Había estado a punto de ahogarme con mi propio vómito cuando me había sacado el pañuelo de la boca y me había cubierto la cabeza con una bolsa. En aquel momento, había parado de gritar. Podría haberme dejado morir asfixiada, pero me quería con vida, al menos hasta que terminase de hacer aquello para lo que me había secuestrado, fuera lo que fuera. ¿Violarme? ¿Mantenerme cautiva? ¿Pedir un rescate? Mi mente desbocada evocó un caleidoscopio de reportajes y artículos horripilantes que solían aparecer en las noticias y en las revistas. Vale, sí, siempre he sentido cierta compasión, pero solo tenía que cambiar de canal o pasar la página y el horror se esfumaba.

Pero no podía hacer desaparecer lo que me estaba ocurriendo. Podría haberme convencido a mí misma de que todo era una pesadilla muy realista, si no hubiese sido porque la intensa picazón que sentía en el cuero cabelludo, donde me había arrancado el pelo, escocía de cojones. Pero sentir dolor era bueno. El dolor me indicaba que aún seguía con vida. Y mientras estuviera viva, aún tendría esperanza.

—Un momento —le había dicho cuando me había obligado a ponerme de rodillas—. Lo que tú quieras. Por favor, solo... No me mates.

Me había equivocado. Él no me quería viva. No me iba a encerrar ni iba a pedir un rescate. Tampoco me iba a arrancar la ropa ni iba a sentir placer haciéndome sufrir. Solo había querido traerme aquí, donde fuera que estuviéramos, para matarme y no iba a perder el tiempo.

—Por favor —supliqué—. Déjame ver el cielo por última vez.

Necesitaba conseguir algo más de tiempo para averiguar si había alguna manera de escapar. Y, si realmente me había llegado la hora, no quería morir a oscuras, asfixiada por el miedo y la desesperación. Quería respirar una última vez en libertad, llenar mis pulmones de brisa marina, oleaje y sal. Quería cerrar los ojos y fingir que era un domingo por la tarde y que yo era una niña pequeña con un hueco entre los dientes que recogía conchas con MaMaLu.

Hubo un momento de calma. No sabía cómo era la voz de mi captor, ni su cara. No tenía ninguna imagen en mente salvo una presencia oscura que se erguía a mis espaldas como si fuera una cobra gigante, lista para atacar. Contuve la respiración.

Me sacó la bolsa y noté la brisa nocturna en la cara. Tardé unos segundos en poder enfocar la mirada y ver la luna. Ahí estaba: un astro con forma de gajo, plateado y creciente; la misma luna que solía contemplar de pequeña cuando me dormía escuchando las historias de MaMaLu.

—El día que naciste el cielo estaba cubierto de nubarrones de tormenta —me contaba ella, mi niñera, mientras me acariciaba el pelo—. Creíamos que iban a descargar lluvia, pero el sol se abrió paso en el cielo. Tu madre te tenía en brazos junto a la ventana y vio que en tus pequeños ojos grises se reflejaban unas motitas doradas. Tus ojos eran del mismo color que el cielo aquel día. Por eso te llamó Skye, amorcito, que viene de «cielo» en inglés.

Hacía años que no pensaba en mi madre. No tenía recuerdos de ella porque había muerto cuando yo era pequeña. No sabía por qué la había evocado justo entonces. Tal vez fuera porque en unos minutos yo también iba a estar muerta.

Se me revolvió el estómago al suponerlo. Me planteé si iba a ver a mi madre en el más allá. Si me iba a recibir como atestiguaba la gente en las entrevistas, aquellos que aseguraban que habían estado allí y habían vuelto. Me preguntaba si existiría, siquiera, el más allá.

Desde allí podía ver las luces centelleantes de los bloques de pisos del puerto y el tráfico moviéndose por el centro de la ciudad como una serpiente carmesí. El barco estaba atracado en una zona desierta del puerto deportivo, al otro lado de la bahía de San Diego. También pensé en mi padre, al que había conseguido manejar de modo que no se preocupara y me dejara vivir, solo respirar y existir. Era hija única y él ya había perdido a mi madre.

Me preguntaba si estaría cenando fuera en el patio, sobre un acantilado mientras contemplaba alguna cala tranquila de La Jolla. Había conseguido dominar el arte de beber vino tinto sin mojarse el bigote. Para ello, usaba el labio inferior e inclinaba lo justo la cabeza. Iba a echar de menos su barba cana y tupida, aunque me quejara cada vez que me besaba. Tres besos en las mejillas. Izquierda, derecha, izquierda. Siempre. Daba igual si solo bajaba a desayunar o si me iba a dar la vuelta al mundo. Tenía armarios llenos de zapatos, bolsos y bagatelas de diseño, pero aquello era lo que iba a echar más de menos. Los tres besos que me daba Warren Sedgewick.

—Mi padre te pagará lo que quieras —le dije—. Sin preguntar nada. —Le suplicaba. Regateaba. Te sale solo cuando estás a punto de perder la vida.

Mi manifestación no obtuvo otra reacción que un empujón que me hizo a bajar la cabeza.

Mi asesino había venido preparado. Me había hecho arrodillar en el centro de una gran lona impermeable que cubría casi toda la cubierta. Las esquinas estaban encadenadas a unos bloques de hormigón. Me podía imaginar cómo iba a enrollar mi cadáver en aquella lona y lo arrojaría en medio del océano.

Mi cerebro se negaba a aceptarlo, pero mi corazón… Mi corazón sabía lo que iba a ocurrir.

«Señor, bendice mi alma. Y cuida de papá. Y de MaMaLu y de Esteban». Era una plegaria que formaba parte de mi pasado, una que hacía muchos años que no pronunciaba, pero las palabras se formaron de modo automático y brotaron de mis labios como unas gotitas de consuelo.

Entonces me di cuenta de que, al final, todo el dolor, el rencor y las excusas no son más que apariciones que acechan y se conjuran como espectros pálidos en los rostros de las personas a las que quieres y en los de las que te han querido. Porque al final, mi vida se resumía en tres besos y tres caras: mi padre, mi niñera y su hijo, y a dos no los había visto desde que, por última vez, nos alejamos en coche por la seca y polvorienta carretera que salía de Casa Paloma.

«¿Quiénes son las últimas personas en las que piensas antes de morir?»

Cerré los ojos con fuerza, esperando oír el clic, la fría y provocada inevitabilidad de la muerte.

«Esas son las personas a las que más has querido».

Capítulo 2

Estaba oscuro. Oscuro como la boca del lobo. El tipo de oscuridad que parece irreal: profunda, silenciosa e insondable. Y yo flotaba en aquel vacío como una mota de consciencia sin manos, ni pies, ni pelo, ni labios. Era una sensación casi apacible, si no fuera por el sordo palpitar que me mecía. Ascendía y descendía, como si fuera una ola, cada vez más fuerte y embravecida, hasta que me azotaba y rompía en lo más profundo de mi ser.

Dolor.

Parpadeé y me di cuenta de que ya tenía los ojos abiertos, aunque no había nada a mi alrededor, ni encima, ni debajo, solo aquel dolor punzante que me martilleaba en la cabeza. Volví a parpadear. Una vez. Dos. Tres. Nada. Ninguna forma, ninguna sombra ni nada vago e impreciso. Solo oscuridad, envolvente, total y absoluta.

Me erguí de repente.

En mi imaginación.

En realidad, no ocurrió nada. Era como si mi cerebro hubiera cortado la conexión con el resto del cuerpo. No sentía los brazos, ni las piernas, ni la lengua, ni los dedos de los pies. Pero podía oír. Gracias a Dios, podía oír, aunque solo fuera el sonido de mi corazón desbocado que estaba a punto de salírseme del pecho. Cada latido frenético acentuaba el dolor que sentía en la cabeza, como si todas mis terminaciones nerviosas confluyeran allí, en esa cavidad punzante llena de sangre.

«Puedes oír».

«Puedes respirar».

«Quizá has perdido la vista, pero aún estás viva».

«No».

«¡No! ¡No! ¡No!»

«Antes muerta que estar a su merced».

«¿Qué coño me ha hecho?»

«¿Dónde cojones estoy?»


***


Me había preparado para recibir el disparo, pero se había producido un momento de silencio después de mi oración. Me había levantado un mechón de pelo y lo había acariciado con suavidad, casi con veneración. Después me había pegado con la culata del arma, un golpetazo seco que me había dado la sensación de que se me partía el cráneo en dos. Las siluetas de los edificios de San Diego habían empezado a inclinarse y se desdibujaban entre grandes manchas negras.

—No te he dado permiso para hablar —me había escupido mientras yo me desplomaba por culpa del impacto. Mi cara había chocado con la cubierta, con violencia y a gran velocidad, aunque para mí todo había ocurrido con una lentitud insoportable.

Había alcanzado a ver sus zapatos, justo antes de que se me cerraran los ojos.

Eran de cuero italiano blando, cosidos a mano.

Yo sabía de zapatos y no había demasiados pares de ese tipo por ahí.

«¿Por qué no ha apretado el gatillo?», había pensado justo antes de perder el conocimiento.


***


No sabía el tiempo que había estado inconsciente, pero tenía la pregunta clavada en la cabeza, como un dragón que, en la entrada de una cueva, se queda ahí plantado, listo para desatar un incendio con todas las posibilidades atroces que podían ser peores que la muerte:

«¿Por qué no ha apretado el gatillo?»

A lo mejor planeaba mantenerme ciega, drogada y atada a su lado.

A lo mejor quería descuartizarme y vender algunas partes.

A lo mejor ya me había sacado los órganos y solo era cuestión de tiempo que se me pasase el efecto de la anestesia.

A lo mejor creía que me había matado y me había enterrado viva.

Con cada pensamiento, el dolor se convertía en Terror y, perdona que te lo diga, pero don Terror es un cabrón mucho peor que doña Ansiedad. Terror se te traga entera.

Me daba la sensación de que ya estaba llegando a su estómago.

Olía a Terror.

Respiraba Terror.

Terror se me estaba comiendo viva.

Sabía que mi secuestrador me había suministrado algo, pero no sabía si la parálisis era temporal o permanente.

No sabía si me había violado, golpeado o mutilado.

No estaba segura de querer saberlo.

No sabía si él iba a volver.

Y, si lo hacía, desconocía si el estado de las narices en el que me encontraba, fuera el que fuera, era mejor o más seguro o más fácil de sobrellevar.

Terror había anidado en algún rincón de mi mente, pero había un lugar en el que no podía atenazarme, un sitio en el que siempre me sentía segura. Me encerré en ese refugio de mis recuerdos y me aislé de todo menos de la canción que me cantaba MaMaLu para que me durmiera.

No era realmente una nana, sino una ranchera. Era una canción popular que trataba sobre una belleza cautivadora, el enamoramiento y la tristeza de la despedida, pero la forma en la que MaMaLu la cantaba, en voz baja y dulce, siempre me había calmado. Me la cantaba en castellano, su lengua materna, y aún la recordaba:


De la Sierra Morena,

cielito lindo, vienen bajando

un par de ojitos negros,

cielito lindo, de contrabando…


Evoqué una imagen de mí misma tumbada en una hamaca, bajo el cielo azul, y Esteban me mecía de vez en cuando, distraído, y MaMaLu cantaba mientras tendía la ropa. Aquellas siestas por la tarde en el jardín de Casa Paloma, con mi niñera y su hijo, eran los recuerdos más antiguos que guardaba.

Los colibríes revoloteaban sobre el hibisco rojo y amarillo y la buganvilla brotaba por fuera de los setos espesos y descuidados.


Ay, ay, ay, ay,

canta y no llores,

porque cantando se alegran,

cielito lindo, los corazones…


MaMaLu nos la cantaba cuando Esteban o yo nos hacíamos daño. Y cuando no podíamos dormir. Y cuando estaba contenta, pero también cuando estaba triste.

Canta y no llores…

«Canta y no llores».

Pero se me anegaron los ojos en lágrimas. Y lloré porque no podía cantar. Lloré porque mi lengua era incapaz de articular palabra alguna. Lloré porque MaMaLu, el cielo azul y los colibríes desafiaban la negrura. Lloré mientras me aferraba a ese recuerdo y, despacio, poco a poco, Terror se batió en retirada.

Abrí los ojos y respiré hondo. Todavía estaba sumida en la más absoluta oscuridad, pero percibía un balanceo continuo. Quizá mis sentidos se empezaban a despertar. Intenté flexionar los dedos.

«Por favor».

«Moveos».

«Activaos».

Nada.

Aún me palpitaba la cabeza, sobre todo en el punto en que él me había pegado para dejarme inconsciente, pero si ignoraba aquel pum-pum-pum incesante, percibía unas voces que estaban acercando.

—¿Suele pasar por Ensenada? —Era la voz de una mujer.

No pude entender toda la respuesta, pero era una voz más grave y, sin duda, masculina:

—Nunca me habían parado antes —dijo.

Era la voz de mi secuestrador. Se me había quedado grabada, igual que sus zapatos.

—No se preocupe. Este es un control rutinario antes… cruzar la frontera. —La voz de la mujer iba y venía—: Necesito asegurarme de… el número de serie del barco es el mismo que el del motor.

La frontera.

Ensenada.

«Mierda».

De pronto, ese balanceo constante cobró sentido: estaba en un barco, probablemente el mismo al que me había subido antes. Estábamos en Ensenada, el puerto de entrada a México, a más de cien kilómetros al sur de San Diego, y la mujer era, con toda probabilidad, una agente de aduanas.

Se me disparó el corazón.

«Ha llegado el momento. Es tu oportunidad para escapar, Skye. Llama la atención. ¡Tienes que llamar su atención!»

Grité y grité, pero no era capaz de emitir ningún sonido. Lo que sea que me hubiera administrado me había paralizado las cuerdas vocales.

Oí pisadas sobre el techo de la habitación, lo que me hizo pensar que lo más probable es que me encontrara en algún tipo de almacén bajo la cubierta.

—Y ya solo para confirmar, ¿es usted Damián Caballero?

—Damian —la corrigió él—. Es Damian, no Damián.

—Bueno, parece que todo es correcto. Haré una foto del número de identificación del casco y podrá seguir adelante.

«¡No!» Estaba perdiendo mi oportunidad para salvarme.

No podía patalear ni gritar, pero descubrí que sí que podía rodar y eso fue lo que hice. De izquierda a derecha, de un lado a otro. Me movía cada vez con más ímpetu, más rápido, sin saber si me estaba golpeando contra algo o si realmente servía de algo. La sexta o séptima vez que giraba, oí que algo chirriaba por encima de mí, como si la madera rozara madera.

«Venga, por favor».

«Por favor, por favor, por favor, por favor».

Puse todo mi empeño en seguir dando vueltas, aunque estaba empezando a marearme.

Algo se rompió con un golpe fuerte y seco. Y, de repente, ya no estaba tan oscuro.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó la mujer.

—No he oído nada.

—Parecía que venía de abajo. ¿Le importa si echo un vistazo?

«¡Sí!»

—¿Qué guarda aquí? —Oía su voz con mucha más claridad.

Se encontraba cerca.

Muy cerca.

—Cuerdas, cadenas, equipo de pesca…

Empezaba a distinguir unas líneas verticales apenas visibles sobre mí, a escasos centímetros de mi cara.

«Ay, sí. ¡Puedo ver! ¡Tengo los ojos bien!»

Oí que se abría una cerradura y la habitación se inundó de una maravillosa luz cegadora que hizo que me entraran ganas de llorar.

Traté de mirar por los agujeros que había encima de mí y por los que se colaba la luz. Parecía que estaba tirada en el suelo, atrapada bajo tablones de madera.

La silueta de un hombre apareció en la escalera y otra figura lo seguía.

«Estoy aquí».

Empecé a sacudirme frenéticamente.

—Parece que se le ha caído una caja —dijo la agente de aduanas.

«La he tirado yo. Encuéntrame. Por favor, encuéntrame».

—Sí. —Él caminó hacia mí—. Tengo que sujetarlas mejor. —Apretó su pierna contra la caja que me retenía, y así impidió que se moviera.

Ahora podía distinguir a la mujer con claridad a través de las rendijas de la tapa, aunque no entera, tan solo las manos y el torso. Sostenía unos formularios y le colgaba un walkie-talkie del cinturón.

«Hola, estoy aquí».

«Levanta la mirada del papeleo. Verás que la luz se me refleja en el ojo».

«Un paso más y es imposible que no me veas».

«Un. Puñetero. Paso».

—¿Necesita ayuda? —preguntó ella mientras el hombre agarraba la caja que yo había conseguido tirar y me la colocaba encima de nuevo.

«¡Sí! ¡Ayuda! ¡Ayúdame a mí, imbécil de mierda!»

—Ya está —contestó él—. Un poco de cuerda, algunos ganchos y listos para zarpar. Ya está. Todo bien sujeto.

—Lleva unas cajas muy grandes. ¿Espera pescar mucho? —Oí que sus pasos sordos se alejaban, ya estaba en la escalera.

«¡No! Vuelve».

«Perdona por haberte llamado “imbécil de mierda”».

«No, no te vayas».

«POR FAVOR».

«NO. TE. ¡VAYAS!»

—A veces consigo pescar una buena pieza —contestó él.

La petulancia que irradiaba su voz me provocó un escalofrío.

Entonces, cerró la puerta y me sumió de nuevo en la oscuridad total y absoluta.

Capítulo 3

Me arrastraba por un túnel de papel de lija. Con cada impulso hacia adelante, me arañaba la piel con esa superficie áspera y seca.

Crich, crich, crich.

Así sonaba mi piel despellejándose, capa a capa. A pesar de que tenía las rodillas, la espalda y los hombros en carne viva, podía percibir el calor que irradiaba el sol. Sabía que si continuaba intentándolo conseguiría salir, y eso hice, hasta que tuve suficiente espacio para ponerme de pie. El suelo estaba cubierto de grava.

Los pies se me hundían en las piedras pequeñas y los guijarros.

Crac, crac, crac.

Seguí caminando. Me dolía todo el cuerpo, pero avancé penosamente hacia la luz. Y de repente, me iluminaba, a mi alrededor, con un esplendor tan puro que no tuve más remedio que entrecerrar los ojos. Parpadeé y me desperté. Exhalé un profundo suspiro.

«¡Oh! Pero qué pesadilla más rara». Por suerte, me encontraba sana y salva, metida en la cama y el sol entraba a raudales por la ventana. Suspiré de nuevo y me acurruqué bajo las sábanas. Unos minutitos más y luego bajaría a reclamar mis tres besos antes de que mi padre se fuera a trabajar. No volvería a darlos por sentado nunca más.

Crac, crac, crac.

Fruncí el ceño.

Se suponía que esos crujidos no formaban parte de la realidad.

No abrí los ojos.

Notaba las sábanas extrañas, eran ásperas y bastas, desde luego no se parecían en nada a mi suave edredón de seda.

La ventana que había visto de refilón era pequeña y redonda. Un momento: pequeña y redonda. La clase de ventana que hay en una embarcación.

Y estaba dolorida. En ese momento, sí que lo sentía: me dolía todo. La cabeza me pesaba una tonelada y tenía la lengua pegada al paladar.

Crac, crac, crac.

No sabía qué producía ese sonido, pero tenía claro que no era bueno. Procedía de detrás de mí y estaba convencida de que era algo nefasto y diabólico, me iba a arrastrar de nuevo al infierno.

—Ya era hora —dijo.

«¡Joder, joder, joder!»

Damian.

Damian Caballero, el Arrancapelos, Rompedor de Crismas e Inductor de Comas.

Estaba allí, de carne y hueso.

Cerré los ojos con fuerza. Estoy segura de que se me hubiera escapado alguna lágrima de no haber sido porque tenía los ojos tan secos que parecía que los párpados fueran papel de lija. En realidad, me daba la sensación de que mi cuerpo entero era de lija: abrasivo e irritante, tanto por fuera como por dentro. No era de extrañar que hubiera tenido pesadillas con túneles de papel de lija. Lo más probable es que estuviera deshidratada. ¿Quién sabía cuánto tiempo había estado inconsciente o qué efectos secundarios tendría lo que me habría administrado?

—¿Me has…? ¿Qué me has hecho? —No me reconocí la voz, sonaba extraña, y yo no podía estar más agradecida. Lo mismo pensaba de los brazos y las piernas, y de mí entera. Me dolía la cabeza y hasta los huesos, pero al menos seguía entera, así que nunca jamás volvería a odiar la barriga, el culo o la celulitis que tenía en los muslos.

Damian no contestó. Seguía detrás de mí, fuera de mi vista, y en ningún momento paró de hacer lo que fuera que estuviera haciendo.

Crac, crac, crac.

Empecé a temblar, pero contuve el lloriqueo que amenazaba con escapárseme.

Era un juego psicológico de desgaste: él detrás de mí ejercía un control absoluto y me mantenía totalmente ajena a lo que iba a ocurrir luego o cuándo, dónde o por qué pasaría.

Me sobresalté al oír que arrastraba un taburete a mi lado. Encima había un cuenco lleno de algún tipo de estofado, un pedazo de pan que había arrancado (sin delicadeza y sin la ayuda de un cuchillo) y una botella de agua. Me rugió el estómago en cuanto lo vi. Tenía la sensación de no haber comido en días y, aunque quería tirárselo a la cara, me estaba muriendo de hambre. Erguí la cabeza y tuve que volver a tumbarme: el movimiento, combinado con el balanceo del barco, me hizo sentir atontada y desorientada. Lo intenté de nuevo, esta vez más despacio, y me apoyé en los codos antes de levantarme.

Crac, crac, crac.

¿Qué narices provocaba ese ruido?

—Si yo fuera tú, no me daría la vuelta— dijo él.

Interesante. No quería que le viera la cara. Si su plan era matarme, ¿qué más le daba? Solo sería importante si no quisiera que yo lo identificara.

Me di la vuelta. Me mareé y empecé a verlo todo borroso, pero me di la vuelta de todos modos. Quizá yo estaba como una puta cabra, pero quería verle la cara. Quería memorizar hasta el último detalle para poder atrapar a ese cabrón si se presentaba la oportunidad. Y si me mataba, pues adelante, al menos estaríamos en paz.

«Te he visto la cara: pum pum».

En lugar de «No sé qué he hecho para merecer esto: pum pum».

No reaccionó ante mi desafío, ni el más mínimo gesto. Simplemente se quedó sentado, introdujo los dedos en el cucurucho de papel que estaba sujetando y se metió algo en la boca.

Crac, crac, crac.

Llevaba puesta una gorra de béisbol y casi no se le veían los ojos, pero sabía que me estaba observando. Me estremecí al darme cuenta de que se estaba tomando su tiempo: sopesaba cuál iba a ser mi castigo, igual que saboreaba lo que fuera que estaba comiendo antes de masticarlo y tragárselo.

No sabía qué era lo que me esperaba. Era consciente de que lo odiaba, pero ahora mi odio era aún más profundo, si cabía. Me había imaginado a alguien completamente diferente, alguien tan mezquino y feo físicamente como lo era su carácter. Algo así hubiese tenido sentido. Pero no lo que me encontré. Era un tipo cualquiera, una persona normal que podías encontrarte por la calle sin darte cuenta de que acababas de cruzarte con el mismísimo diablo.

Damian era mucho más joven de lo que había supuesto. Era mayor que yo, pero no era el matón canoso y curtido que había dado por hecho que sería. Puede que tuviera una altura y una complexión normales, pero era fuerte de cojones. Lo sabía porque lo había pateado y golpeado y me había resistido como una fiera en el aparcamiento. Cada centímetro de su cuerpo era de acero, frío y duro, y me pregunté si sería un requisito para aquel tipo de trabajo: secuestro, ejecuciones simuladas, tráfico de chicas al otro lado de la frontera.

Enganchó el pie en una pata del taburete y se lo acercó. En lugar de aquellos zapatos de diseño relucientes, ese día llevaba unas botas de pescar corrientes y feas, un pantalón de chándal también corriente y feo y una camiseta igual de corriente y fea. Sus labios se curvaron en una sonrisa burlona, como si fuera plenamente consciente de lo mucho que lo despreciaba y lo estuviera disfrutando. Aquel imbécil se estaba regodeando.

Partió el pan por la mitad, mojó un pedazo en el estofado, dejó que se empapara bien con el caldo espeso y oscuro y se lo comió. Se puso cómodo mientras seguía masticando y lo miré. Era pan de masa madre. Lo supe por el olor. Casi podía degustar la corteza crujiente y el toque ácido de la masa que se deshacía en la boca. El vapor que desprendía el estofado me llenaba el estómago con la promesa de zanahorias, cebolla y tiernos pedazos de carne, una promesa que sabía que Damian no iba a mantener. Ahora estaba segura. Ese era el castigo por haberme dado la vuelta cuando me había dicho que no lo hiciera. Iba a obligarme a ver cómo se terminaba la que se suponía que iba a ser mi comida.

Me repateaba porque él ni siquiera tenía hambre. Se notaba que estaba tan lleno que tenía que obligarse a comer cada cucharada de esa delicia, joder, mientras el estómago no me paraba de rugir y me mareaba por culpa del hambre voraz y acuciante que tenía. Cada vez que removía el pan en el estofado y con él se llevaba trozos de verduras cocidas a fuego lento junto con el caldo, era incapaz de evitar poner morros. Me era imposible desviar la mirada hacia otro lado, así que observé cómo se terminaba el cuenco y me sentí como un perrillo muerto de hambre que espera su turno para abalanzarse sobre las sobras, pero ya no quedaba nada. Damian rebañó con un trozo de pan hasta el último centímetro de cuenco que pudiera saborearse y lo dejó todo limpio. Después se levantó, abrió la botella de agua y me la ofreció.

«Ay, gracias a Dios. Sí. Sí».

Extendí las manos cuando empezaba a verter el agua para mojarme los labios, secos y agrietados, que esperaban aquellas gotas de agua que me iban a saciar la sed.

Y el agua cayó. Ahí estaba. Pero Damian colocó la mano, manchada de comida, en la trayectoria, de manera que el agua se filtraba entre sus dedos sucios antes de llegar a mi boca. Podía elegir: aceptar esa humillación o morirme de sed.

Cerré los ojos y empecé a beber. Bebí porque habría sido incapaz detenerme incluso aunque hubiera querido. Bebí porque era como un animal muerto de hambre y de sed que estaba en los huesos. Pero, sobre todo, bebí porque una parte estúpida e irracional de mí, que cantaba nanas igual de estúpidas e irracionales, todavía mantenía la esperanza. Bebí hasta que el agua se redujo a un goteo. Y cuando Damian lanzó la botella de plástico vacía al otro lado de la habitación, observé cómo rodaba por el suelo y deseé que él se marchara para así poder meter la lengua en la botella y lamer las últimas gotas.

Recordé la botella de Bling H2O decorada con cristales Swarovski que Nick y yo apenas habíamos tocado en nuestra última cita. Lo acababan de nombrar ayudante del fiscal del distrito y tenía su primer caso al día siguiente. Así pues, lo celebramos de un modo tranquilo e inofensivo, solo con una botella recién abierta de champán. Tendría que haberme terminado aquella preciosa botella de agua con gas helada y haberme ido a casa con Nick. Nunca debería haberme metido sola en el aparcamiento.

Levanté la mirada hacia el que me había secuestrado. Estaba limpiándose las manos en los pantalones y aproveché la oportunidad para echar un vistazo alrededor. Era un pequeño camarote individual con una litera grande. Las paredes eran en realidad armarios de madera oscura y deduje que también los usaba de almacén. Había una ventana («no lo suficientemente grande para escapar»), una claraboya en el techo que dejaba entrar bastante luz («pero que estaba cerrada con una cadena») y una puerta. Incluso si conseguía salir, seguíamos en un puñetero barco, en medio del océano. No tenía dónde esconderme.

Miré a Damian de nuevo. Me observaba por debajo de la visera de la gorra de béisbol. Era azul marino y tenía bordadas en blanco las iniciales «SD», la insignia oficial de los Padres de San Diego. Por lo visto le gustaba el béisbol. O tal vez la llevase porque describía perfectamente la clase de persona que era:

«Sádico Desgraciado».

A lo que habría que añadir, si realmente era fan de los Padres, el calificativo de «Soñador Desequilibrado», pues nunca habían llegado a la final, a pesar de que mi padre siempre mantenía la esperanza al principio de cada temporada:

«Vamos, Padres de San Diego. ¡Mucha suerte!».

—Si intentas cualquier tontería, va a cambiar tu suerte. —Damian recogió el cuenco vacío y se dirigió hacia la puerta.

Tendría que haberle golpeado la cabeza con el taburete.

Tendría que haberlo tirado para que se cayera el cuenco y se rompiera y así pudiera apuñalarlo con un cristal roto. Pero en vez de todo eso, dije:

—Por favor, necesito ir al baño.

No podía pensar en otra cosa que en vaciar la vejiga. Me vi obligada a centrarme solo en el hambre, la sed y las funciones corporales. Y dependía de él por completo. «Por favor» y «gracias» son expresiones que uno usa automáticamente cuando está a expensas de alguien. Incluso aunque lo odies a muerte.

Me hizo un gesto para que me levantara. Me temblaban las piernas y tuve que apoyarme en él. Yo aún llevaba la misma ropa, pero cualquiera lo diría: una blusa color crema de crespón georgette y pantalones pitillo por encima del tobillo. Daba la sensación de que la elegancia parisina de Isabel Marant se había pasado la noche de juerga con Rob Zombie.

Damian me condujo a través de un pasillo estrecho. A la derecha estaba el baño, pequeño, con una cabina de ducha compacta, un tocador y un váter. Me di la vuelta para cerrar la puerta, pero Damian puso el pie para evitarlo.

—No puedo hacer pis si me estás mirando.

—¿No? —Tiró de mí para llevarme de vuelta a la habitación.

—No, no, no. —Joder, cómo lo odiaba. Mucho más de lo que nunca pensé que podía llegar a odiar a cualquier ser humano.

Esperó en la puerta sin molestarse en mirar hacia otro lado. Quería asegurarse de que yo entendía la situación: yo no importaba, ni tenía opinión, ni iba a concederme intimidad de ninguna clase, ni compasión, ni amabilidad, ni consideración. Era su prisionera y estaba a merced de todos sus deseos.

Me fui pitando hacia el inodoro, agradecida de que el tocador me protegiera más o menos de la vista de Damian. Me desabroché los pantalones y me di cuenta de que estaba llena de arañazos. Tenía la piel destrozada, probablemente me había herido con los lados de la caja en la que me había encerrado. Me toqué la nuca y noté un bulto del tamaño de un huevo que no había dejado de palpitar desde que me había despertado. Mis piernas se quejaron al sentarme y vi que tenía unos pronunciados moratones en las rodillas, de tanto sacudirme dentro de la caja de madera durante quién sabe cuánto tiempo. Lo peor era que no me salía el pipí y, cuando lo conseguí, me dolía como si fuera ácido caliente. No tenía mucho, seguro que por lo deshidratada que estaba, pero seguí sentada y aproveché para respirar profundamente antes de limpiarme. Me subí los pantalones e iba a lavarme las manos cuando me vi en el espejo.

—¿Qué coño…? —Me volví hacia él—. ¿Qué coño me has hecho?

Me miraba impasible, como si no me oyera, como si no mereciera la pena contestarme.

Mi vista se dirigió de nuevo al espejo. Me había cortado la larga melena rubia, que se había vuelto de negro azabache. En realidad, me la había destrozado: era obvio que los cortes se habían hecho con unas tijeras melladas y había usado un tinte corrosivo de supermercado. Habían quedado algunos mechones rubios en la capa interior del pelo teñido, de modo que parecía que llevaba puesta una peluca gótica barata. Aquel color discordante hacía que mis ojos grises, que siempre habían hecho que mi cara llamara la atención, parecieran apagados. Todo el desastre, junto con las pestañas y las cejas, hacía que pareciera un fantasma de carne y hueso.

Tenía arañazos en la nariz y en las mejillas. Además, tenía gotas de sangre seca en el borde de las orejas, allí donde me había arrancado el pelo. Tenía los ojos enmarcados por unas ojeras profundas y azules y los labios, secos y doloridos, reflejaban la sensación que me producían.