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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2008 Cynthia Thomason

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Símbolo de amor, n.º 93 - agosto 2018

Título original: Return of the Wild Son

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com

 

I.S.B.N.: 978-84-9188-874-1

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Los Ángeles, California

Abril

 

Nate salió de Vincennti’s y deslizó por la ventanilla de la caseta el ticket del BMW. Carlo, que llevaba aparcando coches allí por lo menos desde que Nate acudía al conocido bistrot, descolgó unas llaves del panel que había a sus espaldas y salió.

—¿Qué tal la comida, señor Shelton? —le preguntó.

No tenía sentido responder con la verdad, así que Nate dominó los primeros síntomas de indigestión y respondió con normalidad:

—Bien, Carlo —Nate se volvió a mirar la entrada del restaurante con gesto nervioso—. Tengo bastante prisa, lo siento.

—Claro, lo entiendo. ¿Es que no la tienen todos los de esta ciudad? —Carlo echó medio a correr por el camino de entrada en forma circular con las llaves en la mano y avanzó en zigzag entre un laberinto de coches.

Nate necesitaba que Carlo volviera con su coche antes de que Brendan Willis y su socio terminaran su caro merlot y salieran del local. Ya era suficiente con que Nate hubiera tenido que pagar la cuenta de ciento cincuenta dólares por la comida; como para encima tener que soportar una ración de condescendencia.

Y había estado tan seguro esa vez…

Había elegido la empresa de Willis, Boneyard Films, porque le parecía la productora perfecta para su último guión, después de que los grandes estudios hubieran rechazado su proyecto. El innovador productor de Boneyard había sido objeto del interés de varias publicaciones como Vanity y Entertainment Weekly.

Aun así, Boneyard era una pequeña empresa independiente, lo cual quería decir que Willis no debería haber dejado pasar la oportunidad de firmar un guión para Nathaniel Shelton.

En ese momento, después de un almuerzo de hora y media, Nate estaba bastante seguro de que el productor, aunque había aceptado leer el guión, no colaboraría con él.

—Te llamaré en una semana más o menos —le había dicho Brendan Willis.

¿Una semana más o menos? Nate estaba acostumbrado a recibir ofertas una hora después de presentar su trabajo. Aunque eso había sido antes de producir tres fracasos seguidos.

Sin embargo, y aunque la mayoría de los que ostentaban el poder en esa ciudad se hubieran olvidado de sus logros anteriores, él ya había ganado un prestigioso galardón con su trabajo de guionista.

El BMW gris plata paró junto a la acera y Carlo salió del coche con agilidad.

—Que tenga un buen día, señor Shelton —dijo.

Nate le dio una modesta propina en la mano y se marchó.

Se dirigía a su apartamento de Beverly Hills. Con el fin de semana por delante, tenía que reagruparse, estudiar los últimos periódicos de economía y buscar otra productora que le lanzara su último proyecto. Aquélla era una gran ciudad, con numerosas posibilidades, y Nate era un buen escritor. No tenía nada que temer… Aún no.

El sonido del móvil lo devolvió a la realidad. Apretó el botón del manos libres y respondió.

—Shelton.

—¿Nathaniel?

Al oír la voz ronca de su padre a Nate se le encogió el corazón.

—¿Papá? ¿Estás bien?

—Mejor que bien.

—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

—No te lo he dicho antes, hijo, porque no sabía qué junta de libertad bajo palabra me iba a tocar.

—¿De qué me estás hablando?

Su padre llevaba veinte años encarcelado, de una sentencia de veinticuatro. ¿Sería posible que le dieran la libertad bajo palabra antes de tiempo con una condena de asesinato en segundo grado? Nate sabía que su padre sólo había estado ante la junta una única vez.

—No me hecho ilusiones —respondió Harley—. Casi siempre te echan para atrás las primeras veces.

—¿Qué quieres decir, entonces, papá?

—Van a aceptar mi petición, Nate. El doctor Evanston me dijo que salgo el veintitrés de mayo.

Nate se quedó mudo de asombro, pero con la mente hizo un rápido cálculo.

—¿De verdad, papá?

—De verdad de la buena. Eso si no perturbo el orden ni incumplo las normas entretanto. Aún hay que rellenar algunos papeles… —hizo una pausa—. Queda un instrucción más antes de que la junta lleve a cabo mi puesta en libertad. Pero el médico no me lo habría contado si no estuviera seguro del resultado. Hemos pasado demasiadas cosas juntos.

Nate no dejaba de pensar. Tendría que arreglarlo todo para que Harley se trasladara a Los Ángeles. Su padre tendría que buscar un sitio donde vivir y un empleo para ganarse la vida. Pero de momento todo eso podría esperar.

—Felicidades —le dijo—. Es una gran noticia.

—Cuesta asimilarlo —continuó Harley—. Voy a pasar de no pensar en el futuro a tener futuro y a tener que tomar decisiones. Aún no me he hecho a la idea.

A Nate le pasaba lo mismo.

—No te preocupes, papá. Ya se nos ocurrirá algo. Yo me voy a encargar de planear tu llegada a Los Ángeles, y después…

—No, no, Nate. No me voy a California. De momento es de lo único que tengo claro.

—¿Pero entonces adónde vas a ir?

—Vuelvo a Finnegan Cove.

Nate dio un volantazo para no pegarse contra la acera.

—¡Pero papá, no lo dirás en serio!

—Totalmente en serio.

—Papá, allí no serás bien recibido; ni siquiera a mí se me ocurriría volver jamás a Finnegan Cove.

—Es el único sitio que conozco, Nate —dijo Harley—. El único sitio que he conocido. Es mi casa.

Nate no quiso señalar que en Finnegan Cove no se había tratado bien a los Shelton, y que lo más probable sería que todo siguiera igual.

—No me parece buena idea.

Su padre bajó la voz para tranquilizarlo.

—No te preocupes, Nate. Sé lo que hago.

En los últimos veinte años tal vez unas cuantas personas hubieran salido y entrado de la pequeña población de la costa oeste de Michigan, pero Nate estaba seguro de que la población no habría variado demasiado. La componían alrededor de unos mil habitantes que vivían en cómodos chalés y unas cuantas casas victorianas de los días del boom maderero. Seguramente los mismos negocios de familia seguirían ocupando Main Street.

Y por descontado prevalecerían las mismas actitudes de antaño. Los recuerdos de ciertos detalles se habrían sin duda acentuado; como el rostro de Harley Shelton en la portada del Finnegan Cove Sentinel; o la cara de su hijo de quince años a la salida del juzgado después de haberse pronunciado el veredicto; o también la ausencia del hijo mayor de Harley, que ni siquiera se había presentado ante el tribunal. A Nate le extrañaba que su padre quisiera volver a un sitio donde no era bien recibido.

—¿Dónde vas a vivir, papá? ¿Crees que vas a colocar una alfombrilla de entrada que diga «bienvenidos» y que los vecinos pasarán a visitarte?

—No, Nate, por supuesto que no; tan ingenuo no soy.

—Francamente, empiezo a creerlo.

—He encontrado un lugar donde vivir. Un lugar donde nadie me molestará, y donde podré estar solo.

—¿En Finnegan Cove?

—A las afueras. Pero necesito un poco de ayuda. Es posible que pida algo de dinero prestado para arreglarlo un poco.

—No me importa ayudarte, papá; siempre te he dicho que lo haría, pero debes ser razonable. Volver a Finnegan Cove no es buena idea. ¿Por qué no te piensas lo de Los Ángeles? Puedes empezar de nuevo, una nueva vida, papá…

—Lo creas o no, hijo, hay partes de mi anterior vida que recuerdo con cariño. No todo fue tan malo.

Nate accedió al aparcamiento subterráneo, contento de poder bajarse del coche. Tener que estar atento al pesado tráfico de Los Ángeles y mantener esa inesperada conversación con su padre le estaba resultando bastante difícil.

—¿Y qué sitio es ése que has encontrado? ¿Cómo lo encontraste?

—Leí un anuncio en el Sentinel hará unos seis meses.

¿Su padre leía el periódico de Finnegan Cove? Aquel hombre no dejaba de sorprenderlo. Nate no quería tener nada que ver con el pueblo, pero parecía que su padre no había querido cortar los lazos. Tal vez la vida en prisión tuviera ese efecto sobre las personas, de tal modo que les hacía apreciar lo que habían vivido antes, aunque no hubiera sido precisamente perfecto.

—¿De acuerdo, dónde está? —dijo él.

—Está junto al Lago Michigan —respondió Harley—. En realidad, tú lo conoces muy bien —hizo una pausa—. Es el faro de Finnegan Cove, Nate. Está en venta.

—¿El faro? —repitió Nate con voz chillona.

—Sí. Es un lugar perfecto.

¿Cómo podía estar en venta un faro? ¿Acaso no eran lugares públicos? Nate pensó en la vieja estructura de madera. Casi todos los que vivían en Finnegan Cove tenía alguna relación con el faro; algunos buena, otros mala, y en el caso de dos familias, trágica.

Sin embargo para él aquel edificio había sido un refugio, un lugar que con el tiempo se había convertido en su espacio personal; casi como si el edificio abandonado lo hubiera necesitado tanto a él como él lo había necesitado… Hasta aquella noche de 1988.

Harley se aclaró la voz.

—¿Es que no vas a decir nada?

—No se me ocurre peor sitio para ti que el faro del pueblo —Nate trató de mantener la calma—. No puedo creer que estés siquiera pensándolo.

Harley vaciló.

—Debes confiar en mí en este asunto, Nate.

—¡Pero, papá, no tiene sentido!

—Lo he estado mirando, y es un buen precio; cuesta ochenta mil dólares.

Como si el precio fuera la única preocupación. Pero Nate pensó en lo que acababa de decirle su padre.

—¿Nada más? No puede valer mucho el edificio si eso es lo que piden. ¿Quién lo ha puesto a la venta?

—El ayuntamiento. Es suyo desde que el guardacostas se lo cedió en los años sesenta.

De pronto el tiempo quedó suspendido. Nate imaginó la torre de seis pisos que sobresalía del tejado de la pequeña casa rodeada de robles. Cuántas veces su padre y él se habían valido de su luz para cruzar el canal con su embarcación. La luz de aquel faro anunciaba la llegada a casa.

Nate se dijo que por lo menos eran buenos recuerdos; y también habían tenido un hogar, una familia.

Trató de ver la decisión de su padre desde el lado positivo. Harley tenía razón cuando decía que el faro de Finnegan Cove era un lugar remoto, privado y al abrigo de los elementos. Y como parecía estar muy decidido a volver allí, seguramente aquél sería el mejor sitio para él.

Nate se echó hacia delante y apoyó los brazos en el volante.

—¿Sabes en qué condiciones está el faro? —le preguntó a su padre.

No sabía cuándo se había construido, aunque tenía idea de que había sido a finales del XVIII.

—Podría estar en ruinas.

—Supongo —concedió Harley—. Pero he visto una foto, y no tiene mal aspecto. Yo podría arreglar lo que hiciera falta. He pensado que me gustaría mucho hacerlo cuando salga de aquí.

—Deberíamos enviar a alguien para que le eche un vistazo; a algún perito arquitecto —dijo Nate con la esperanza de que aquel paso lógico pusiera punto y final al irracional plan de su padre.

—Bien —hizo una pausa—. A lo mejor podríamos intentar llamar…

Sabiendo lo que estaba a punto de decir su padre, y sabiendo cómo reaccionaría su hermano al recibir la llamada de Harley, Nate lo interrumpió.

—Deja que me ocupe yo —dijo él.

Hacía veinte años que no había puesto el pie en Finnegan Cove; sólo había ido a Michigan un par de veces al año a visitar a su padre a la prisión de Foggy Creek. Sin embargo, Nate sabía que su hermano Mike, maestro de obras de profesión que vivía en Sutter’s Point, una población a unas veinte millas de distancia, era en el presente un extraño para los dos. Mike así lo había querido.

—Deja que llame yo —dijo él, pensando que disponía de unos días libres y que nada lo retenía en Los Ángeles—. A lo mejor tomo un avión y voy yo a ver el faro.

—Eso sería estupendo, hijo —dijo su padre, claramente complacido—. Bueno, entonces tal vez te vea muy pronto.

—Sí, papá; tal vez. Te llamo.

Colgó el teléfono y salió del coche. Aquello era una locura. Si ese faro no se había hundido en el Lago Michigan, debía de estar a punto de hacerlo… Por otra parte la idea de comprar el viejo faro, de arreglarlo, le parecía interesante… Nate se dijo que a lo mejor el plan de su padre tendría su lado bueno. A lo mejor un proyecto para trabajar con su padre codo con codo, tal y como lo habían hecho años atrás cuando solían arriar las redes con la pesca diaria, era exactamente lo que a Harley y a él les hacía falta.

Nate sabía que los primeros pasos a la hora de evaluar si era o no un plan práctico no iban a ser fáciles, porque Nate llevaba años sin hablar con su hermano.

Tomó el ascensor hasta el piso décimo cuarto, entró en su apartamento y fue a buscar la agenda que tenía sobre la mesa. Entonces se sirvió un gin tonic y se sentó a la barra antes de marcar el número de su hermano, Mike Shelton. Tal vez Mike no estaría muy ocupado un viernes por la noche para hablar con él; eso si quería hablar con él.

Un niño respondió a la llamada, y Nate supo que era su sobrino, que tendría unos diez años.

—¿Está Mike, por favor? —preguntó.

—¿Sí, quién es?

El niño no reaccionó al oír el nombre de Nate, y sólo le dijo que iría a llamar a su padre. Su hermano se puso enseguida.

—¿Nate? —Mike no trató de ocultar ni su sorpresa ni su desconfianza.

—Sí, soy yo.

—¿Qué es lo que quieres?

Se imaginó a su hermano mayor, fuerte y musculoso del trabajo físico que realizaría a diario, con la vista cansada de leer planos y una perpetua expresión ceñuda que Nate llevaba años sin ver pero que imaginaba seguiría allí.

—Tengo una noticia que darte —Nate hizo una pausa, esperando su reacción, pero no hubo ninguna—. A papá le van a dar la libertad bajo palabra.

—¿Lo van a soltar? —gruñó Mike.

—Han pasado veinte años, Mike. Ya era hora.

—Bien. ¿Y esto me afecta ahora a mí?

Nate pensó en sugerirle que hiciera un esfuerzo por ver a su padre, pero sabía que sería inútil. Mike sólo vivía a dos horas de distancia de la penitenciaría; pero en todos esos años nunca se había acercado a Foggy Creek; y jamás le había enviado ni una tarjeta por Navidad.

—Me vendría bien tu ayuda —dijo Nate.

—Oye, si lo que me vas a pedir tiene algo que ver con Harley, no cuentes conmigo. Ya sabes lo que pienso.

—Sí, lo sé, pero te lo estoy pidiendo para mí.

Nate aguantó la respiración, sabiendo que un favor a un hermano que era como un extraño no iba a provocar una reacción más favorable que entre un hijo y un padre que se habían distanciado tanto.

—¿Qué necesitas que haga? —dijo Mike, sorprendiéndolo.

—Papá quiere volver a Finnegan Cove cuando salga dentro de unas semanas.

—¿Cómo? —ladró con incredulidad.

—Lo sé. A mí también me pareció mala idea; pero está empeñado.

—Está mal de la cabeza, Nathaniel.

Nate negó con la cabeza, pero no discutió con su hermano. El Harley Shelton que él conocía del presente era tan tranquilo y sensato como el que más. Al menos eso había pensado Nate hasta que su padre había salido con lo del faro.

—Para resumir —continuó Nate—, papá ha decidido comprar el viejo faro porque es allí donde quiere vivir.

—Ahora sí que estoy seguro de que se ha vuelto loco de remate —dijo Mike—. ¿Has visto cómo está ese sitio?

—No. ¿Y tú?

—He estado en Cove un par de veces con dos proyectos distintos. Pasé cerca de allí.

—Ah.

Nate le explicó la situación con calma, dándole a Mike oportunidad de criticarla entre frase y frase.

—No quiero tener nada que ver con todo esto —dijo Mike cuando Nate terminó de contarle.

—Sólo quiero que le eches un vistazo por mí —dijo Nate—. Necesito una opinión profesional sobre el estado del edificio, y lo que costaría arreglarlo. ¿No podríamos vernos tú y yo allí? No tendrás que ver a papá.

Siguió un silencio incómodo que se prolongó durante varios segundos.

—De acuerdo —dijo por fin Nate—. ¿Cuándo vas a ir?

—Tengo que ocuparme de algunos asuntos, pero voy a tomar un avión el martes. ¿Podríamos vernos en Finnegan Cove el miércoles por la mañana?

—Muy bien; te veo en el faro sobre las diez —respondió Mike—. Antes haré un par de llamadas, a ver lo que puedo averiguar del viejo faro —hizo una pausa—. ¿Y, Nate?

—Dime.

—No me pidas que me implique en nada más, aparte de esta visita.

—De acuerdo, trato hecho.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

Finnegan Cove, Michigan

Abril

 

Jenna conducía deprisa por el estrecho camino costero. No le preocupaba que llegaran coches de frente. Había pocos conductores a las seis de la mañana de un miércoles. Si se daba prisa llegaría por los pelos a la pastelería para ayudar con las primeras bandejas de donuts.

Estiró la espalda y sacó el brazo por la ventanilla abierta. La idea de quedarse en la biblioteca hasta las once y dormir un poco en casa de una amiga que vivía cerca del campus tal vez no había sido la mejor. Ya no era una joven estudiante que pudiera saltar de la cama y empezar el día llena de energía después de pegarse la paliza a estudiar la noche anterior. A los treinta y tres años sus músculos empezaban a protestar.

Dio la vuelta a una curva y miró hacia delante, empeñada en no mirar hacia el faro. Pero, como de costumbre, no pudo resistirse a la obsesiva atracción que el faro tenía sobre ella. Y no sólo lo miró, sino que además aminoró la velocidad.

El edificio abandonado se elevaba al amanecer como un espectro. Incluso a través de los macizos de robles, Jenna distinguió la pintura desconchada de las paredes exteriores, y las escaleras medio derrumbadas del porche de la casita del guardés. Habían retirado el foco en la extremo de la torre años atrás después de que unos niños lo rompieran de perdigonazo.

La abuela de Jenna detestaba ver el edificio en ese estado. Ella se había criado en la pequeña cabaña, donde su padre había sido el último de los fareros de Finnegan Cove. Hester tenía buenos recuerdos de su infancia en el lago y del hombre que había protegido aquella costa. Ese sentimiento se lo había transmitido a Jenna, para quien el faro siempre había sido símbolo de seguridad; claro que ese sentimiento había quedado destrozado con el asesinato.

El cartel de «Se Vende», que llevaba más de seis meses en el patio del faro, chirrió con el impulso de la brisa matutina. Que Jenna supiera, no había ido nadie a verlo. Pero si se salía con la suya muy pronto ese cartel dejaría de estar allí.

Pisó el acelerador y dejó atrás el faro. Diez minutos después cruzaba las puertas de cristal emplomado que separaban la zona pública de la Pastelería Cove de la tahona. Su madre había dejado la puerta de entrada abierta, una idea algo arriesgada a esas horas de la mañana. Todo el mundo, y sobre todo Marion Malloy, sabía que incluso en aquella pacífica población también había crímenes.

Su madre estaba colocando los panes recién salidos del horno en la bandeja de acero.

—Siento llegar tarde —dijo Jenna.

—No pasa nada. Tengo los cruasanes en el horno y tres docenas de pastas preparadas —Marion se limpió las manos en el delantal—. ¿Te has enterado de la noticia?

¿Noticia? Jenna sólo había faltado desde el día anterior, cuando se había marchado para ir a clase.

—No creo. ¿Pasa algo?

—Eso parece. Bill Hastings llamó anoche para decirme que alguien se ha interesado por el faro.

Jenna se quedó de piedra, con el cuenco de acero inoxidable en las manos.

—¿Qué? ¿Quién?

—No lo sé; no me lo dijo. Sólo me dijo que un tipo hizo muchas preguntas sobre el estado del edificio al encargado de la inmobiliaria.

Jenna agarró un rodillo y empezó a aplanar con fuerza la bola de masa que acababa de lanzar contra la superficie rociada de harina.

—¿Qué hora es?

Marion miró el reloj.

—Las seis y veinte. ¿Por qué?

—Tengo que estar en un sitio a las ocho y media, cuando llegue Shirley.

—¿Dónde?

—Es un recado.

Marion frunció el ceño.

—Sé lo que vas a hacer. Vas a ir al despacho del alcalde para ver lo que sabe Bill del posible comprador.

—A lo mejor puedo sonsacarle quién es el interesado.

—Déjalo estar, Jenna. No te merece la pena perder el tiempo ni preocuparte por ese viejo edificio.

—Lo sé, mamá. Nadie lo sabe mejor que tú y yo. Pero siempre he tenido planes para ese sitio.

Jenna tuvo que aguzar el oído para escuchar lo que le decía su madre, pero le pareció oír la palabra «obsesión».

—Conozco tus planes, cariño —dijo Marion—. Sólo es que no quiero que la gente empiece a hablar de nosotros si te pones a presionar a Bill Hastings.

Jenna no daba crédito a la insulsa reacción de su madre ante la posible venta del faro.

—Quiero que la gente hable, mamá. Me hará falta más dinero y más apoyo para poder adquirir esa propiedad y derribarla después —Jenna dejó de amasar y miró a su madre—. Ese faro no sólo representa un acontecimiento muy triste en nuestras vidas, sino también en la historia de esta ciudad.

—¿Y qué te falta para hacer el pago inicial de los ochenta mil dólares?

Jenna frunció el ceño, tomó un cortador de galletas y colocó la bola de masa de galletas en una plancha de horno.

—Sólo necesito unos meses más; tal vez un año.

—A mí me gustaría que te olvidaras de esto, Jenna —dijo Marion—. Una joven como tú debería mirar al futuro, pensar en casarse, en formar una familia, y olvidarse de ese faro.

—En eso también pienso. Todo el tiempo.

Marion espolvoreó azúcar y canela sobre una fila de roscas.

—Si te refieres a George, debo recordarte que llevas tres años planeando ese supuesto futuro con él, aunque de momento no te veo ningún anillo.

Jenna se volvió a mirar a su madre.

—¿De verdad quieres hablar de eso, mamá? Porque si discutimos sobre quién es la que vive anclada en el pasado, también podría decirte que tú no has salido con nadie desde que papá murió hace veinte años.

Jenna se arrepintió inmediatamente de lo que había dicho al ver la tristeza en el rostro de su madre. Dejó lo que estaba haciendo y le tomó la mano.

—Lo siento. No había necesidad.

Marion se encogió de hombros.

—No te disculpes. Tienes razón, hija. Precisamente, no quiero que tú sigas el mismo camino que yo. Sólo tienes treinta y tres años. Puedes crearte una vida fuera de la pastelería. Has hecho bien apuntándose al curso de enfermería en la facultad… pero tienes que superar esto que tienes con el faro y que te tiene tan obsesionada.

Jenna se retiró.

—No me quedaré tranquila hasta que no lo tire y en su lugar se edifique algo positivo. Algo que honre el recuerdo de papá.

Jenna metió la plancha de metal en el horno.

—Y sí que me estoy haciendo una vida, mamá. Pronto tendré la diplomatura en enfermería. Y tengo a George. En cuanto vea un precioso parque donde ahora está el faro, mi vida será casi perfecta.

Marion suspiró. Jenna pasó junto a ella, tomó una bolsa de papel de estraza y metió media docena de donuts de chocolate en la bolsa.

—¿Para quién son? —le preguntó su madre.

—¿Para quién van a ser? Para Hastings —Jenna movió la bolsa—. Si no puedo persuadirlo con suavidad, estoy segura de que aceptará un chantaje.

—¿Y qué vas a hacer si te dice quién es la parte interesada? ¿Vas a acosar a la persona en cuestión?

Jenna cerró la bolsa y la dejó a un lado.

—Puede ser. A lo mejor me hago amiga de esa persona. Podría sugerirle que derribe el faro y que se construya un parque en su lugar. Lo llamaría Parque Joseph Malloy.

 

 

Dos horas después, Jenna entró en la recepción de la oficina del alcalde y asintió con la cabeza al ver a la secretaria de Bill Hastings.

—Buenos días, Jenna —dijo Lucinda.

—Hola. ¿Está aquí Bill?

La secretaria volvió la cabeza y echó una mirada furtiva.

—Bueno, sí, creo que sí; pero deja que me asegure.

Jenna vio a Bill dando la vuelta a su mesa de despacho. Estaba tirando de la cuerda para bajar un poco la persiana cuando Jenna respondió:

—No importa, ya lo veo —Jenna entró en el despacho directamente—. Hola, Bill.

—¿Te lo ha contado Marion? Quería que ella te diera la noticia con suavidad.

—Me lo ha dicho directamente.

Bill alzó una mano.

—Jenna, no te enfades.

—¿Quién es el comprador, Bill?

El hombre sacudió su cabeza casi calva.

—No lo sé. El agente inmobiliario me llamó para decirme que alguien se había interesado por el sitio. Es lo único que sé.

—No se lo vendas a nadie, Bill. Tú sabes que mi plan es comprarlo.

Bill dio la vuelta a la mesa y se sentó en su sillón.

—Sé razonable, Jenna. ¿Qué vas a hacer? ¿Organizar un rastrillo y lavar coches para hacer el pago inicial?

—Tengo un comité que me apoya. Estamos reuniendo el dinero poco a poco. Sólo llevamos poco más de seis meses; necesitamos más tiempo.

Bill tuvo la decencia de fingir arrepentimiento.

—No pienso servir a tu comité. Pero si con esto te sientes mejor, debo confesar que no habría imaginado que pudiera aparecer ningún interesado más. De todos modos, no saques conclusiones precipitadas. Esto no es más que un primer paso. El tipo seguramente se echará atrás.

—No me gusta cómo se está llevando todo este asunto —dijo Jenna—. Para empezar, nunca has convocado una reunión con los vecinos de Finnegan Cove para discutir si se debe o no poner en venta el faro.

—No teníamos necesidad de hacerlo, Jenna. Es un asunto que podíamos decidir entre los concejales —Bill la miró—. Léete el manual de la política del ayuntamiento, Jenna.

—El faro es de todos, Bill. No tienes derecho a…

Él levantó un dedo.

—Debo corregirte. El guardacostas de Estados Unidos vendió la propiedad al ayuntamiento en 1969. Los cinco miembros del consejo que había en ese momento quedaron listados como copropietarios. Recibieron escrituras legales y un poder notarial para mantener o vender la propiedad mientras fuera en el mejor interés de los habitantes de Finnegan Cove. Y cada vez que se celebraba una elección y entraban nuevos concejales, éstos recibían también las escrituras.

Bill apoyó las manos sobre la mesa.

—Como dirigentes de esta ciudad, podemos decidir el futuro del faro, Jenna, y eso es lo que estamos haciendo, en el mejor interés para los habitantes de nuestra población.

Jenna dejó la bolsa de donuts sobre la mesa de Bill y notó cómo éste se fijaba en el vaso de plástico de humeante café con el emblema de Pastelería Cove.

—Te he traído unos donuts.

—Es muy amable por tu parte, Jenna.

—Si paralizas la venta del faro te traeré media docena de donuts cada mañana durante seis meses.

Él miró la bolsa con ganas.

—Aunque me encantan los donuts, y sabes lo mucho que me gusta todo lo que hace tu madre, el asunto no depende de mí, Jenna. El pleno del consejo ha votado —le echó una sonrisa tranquilizadora—. Además, lo único que queréis hacer tú y tus agitadores es derribar el faro. La Sociedad de Faros de Michigan se me echaría encima si te permitiera hacer eso. Si es posible, quieren preservar todos los faros del estado.

Jenna estaba que echaba humo. ¡Bill no la entendía!

—Es un edificio en ruinas, Bill. No es un lugar seguro. Nadie puede acceder al interior. Yo quiero derribarlo y hacer un parque para niños, merenderos… dejarlo mejor incluso de lo que estaba antes.

—Jenna, los dos sabemos que quieres que ese edificio desaparezca —dijo Bill en tono comprensivo—. Y lo entiendo muy bien. Me caía bien Joe.