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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2007 Liz Flaherty

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Sentimientos heridos, n.º 1721- agosto 2018

Título original: The Debutante’s Second Chance

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-9188-613-6

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Índice

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Prólogo

 

 

 

 

Ventana sobre el fregadero, Taft Tribune: Permita que me presente. Me llamo Susan, estoy casada con el que fue mi «ligue» desde el instituto y tengo tres nietos. He titulado esta columna «Ventana sobre el fregadero» porque es mi parte favorita de la casa. La llamo la terapeuta de las mujeres pobres porque, cuando miro a través de sus cristales hacia el río Twilight e imagino la brisa soplando en los sicomoros y arces, me siento muy bien. Escribo estas líneas en las vísperas del Día de los Tontos de Abril porque ésa es otra cosa que me hace sentir muy bien: poder ser una maldita tonta de vez en cuando…

 

 

Aquella primera columna estuvo en la mesa de Micah Walker en el último día de marzo, antes incluso de que saliera el primer ejemplar del Taft Tribune que iba a llevar su nombre como editor y propietario. El artículo había sido enviado en un sobre sencillo, con un apartado de correos como remite. La columna tenía cerca de setecientas palabras y había sido impresa con impresora láser. Algunas partes, como aquello del «ligue del instituto», le resultaron chocantes desde el punto de vista periodístico, aunque la terminología encajaba a la perfección en aquel pequeño pueblo de Indiana. Si lo pulía un poco, encajaría sin problemas en el Tribune.

Allison Scott, la reportera que había viajado con él desde Lexington para trabajar en el Tribune, estaba de pie junto a la puerta de su despacho.

—¿Por casualidad has escrito tú esto? —preguntó él, tendiéndole la columna.

—No —respondió ella al instante y comenzó a leerla. Cuando terminó, añadió—: Me hubiera gustado hacerlo. No es perfecto desde el punto de vista técnico pero transmite mucho.

—Eres una romántica —comentó él y pensó que, también, era una de las mejores periodistas que había conocido—. Lo arreglaré un poco y lo imprimiré. No creo que se llame de veras Susan Billings, pero haremos el pago a ese nombre.

—No lo arregles. Así transmite muy bien los sentimientos —sugirió Allie y se giró para irse.

—¿Adónde vas?

—A una reunión. Sobre violencia doméstica. Van a hablar sobre la Red de Refugios Seguros, un sistema de acogida para mujeres maltratadas y para niños.

—Se supone que los pueblos pequeños son lugares idílicos. No deberían necesitar ese tipo de servicio. Avísame si podemos ayudar de alguna forma desde el periódico. Sin poner en peligro a nadie, claro.

—Ni siquiera sé si me dejarán entrar. Imagino que quieren mantener sus identidades en secreto.

Micah asintió, casi sin escuchar.

—¿Cómo está tu madre? —preguntó, sin levantar la mirada.

—¿Qué? —preguntó Allie, perpleja.

—Tu madre. ¿Qué tal está? —repitió él, sintiéndose orgulloso de recordar que la madre de Allie había estado enferma.

—Mejor, mucho mejor —repuso ella, un poco sorprendida por la pregunta.

—Bien —comentó él con aire ausente—. Eso está bien.

—Bueno.

—¿Hay algo más, Allie? —inquirió Micah, al ver que ella titubeaba—. ¿Necesitas más días libres?

—No. No, gracias. Bueno, me voy a la reunión. Pero tienes razón. ¿Cómo un lugar donde la gente piensa como la escritora de Ventana bajo el fregadero necesita una red de apoyo para mujeres maltratadas? No debería ser así.

Capítulo 1

 

 

 

 

Ventana sobre el fregadero, Taft Tribune: A veces, echo de menos a los héroes. Todos en los que creí cuando era joven resultaron tener pies de arcilla y se cayeron de los pedestales en los que los había colocado. Hoy fui a donar sangre. Miré alrededor a la gente que daba su tiempo de forma desinteresada y a los que también donaban su sangre. Vi a un sacerdote, al editor de un periódico, a una enfermera que dedicaba su día libre a sacar sangre y a medio equipo de fútbol del instituto de Taft. Y me di cuenta de que estamos rodeados de héroes que no necesitan subir a ningún pedestal porque no tienen tiempo para esas tonterías.

 

 

Landy Wisdom no se parecía en nada al recuerdo que Micah guardaba de ella desde el instituto. Entonces, su cabello había sido dorado como el sol, sus ojos como las lilas que crecían en abundancia en el jardín de su abuela. Había tenido un cuerpo esbelto y delgado, que solía vestir con pantalones vaqueros de diseño, blusas de seda y rebecas de cachemir. Ropas que no habían sido compradas en los grandes almacenes del pueblo, como hacía la mayoría de la gente, sino en viajes a Cincinnati o Louisville. Era una joven de clase alta. Su abuela había sido dueña de la fábrica de cerveza y había sido una de las pocas personas del lugar que había tenido criados. Landy había salido con el hijo del abogado más prestigioso de Taft, que además había sido la estrella del equipo de fútbol del instituto.

Pero había aún más cosas sobre ella. Su mejor amiga había sido Jessie Titus, nieta del ama de llaves de la vieja señora Wisdom. Landy había ayudado en las obras de caridad de su abuela. Había lavado platos en las cenas, limpiado después de los bailes y no se había perdido ni uno de los maratones benéficos celebrados en Taft.

Micah recordó haber hablado con Landy en una ocasión mientras ella sudaba tinta china en nombre de los niños discapacitados. No llevaba impermeable porque le había dejado el suyo a la mujer del sacerdote y el barro le salpicaba las piernas mientras caminaba.

—¿Quién eres? —había inquirido él, furioso contra todos los ricos del planeta. El hecho de que Landy Wisdom no encajara en su idea de «rica» le ponía aún más furioso. Pensaba que no era normal que la gente que lo tuviera todo ayudara a los demás aunque aquello significara mojarse, enfriarse y llenarse de barro.

—Soy Landy, nada más —respondió ella, tranquila, con mirada herida—. Y siento no gustarte.

Veinte años después, mientras observaba a Landy Wisdom tomando los datos de los donantes para un banco de sangre de la Cruz Roja, Micah se sintió apenado por haberla herido. Su profesión como periodista y algunas buenas inversiones lo habían convertido en uno de los ricos que tanto despreciaba y, junto con el dinero, había adquirido el conocimiento de que no hay tanta diferencia entre las personas.

Pero aún se preguntaba quién era ella en realidad y qué había sucedido con la joven que recordaba. Su cabello se había oscurecido un poco y se había vuelto color miel. Sus ojos se habían tornado color violeta. Llevaba un suéter azul con vaqueros gastados, sin maquillaje, sin más joyas que dos pequeñas perlas como pendientes, sin siquiera brillo en sus uñas. Había engordado un poco con los años, pero no demasiado. Aún estaba hermosa.

Aunque no tenía el aspecto de una mujer de la alta sociedad. Ni el de ser la chica más rica del pueblo. Era obvio que no se había subido al tren de la cirugía plástica, por las pequeñas arrugas que le habían salido alrededor de los ojos, de la boca y en la frente. Tenía todo el aspecto de tener su edad, treinta y seis años.

—¿Es la primera vez que dona sangre?

Micah se sobresaltó al escuchar su voz ronca, dirigida a él.

—Es la primera vez que vengo aquí —respondió él, recordando la razón por la que estaba en el sótano de la iglesia metodista de Taft—. Acabo de mudarme aquí. Pero tengo la tarjeta de la Cruz Roja en alguna parte —murmuró y buscó en su cartera, sintiéndose patoso y tonto.

—Vaya, maldita sea —dijo otra voz, más suave y alegre—. Mira, Landy, a quién estás tomando los datos.

—No maldigas en la iglesia, Jess. Si lo haces, nuestras abuelas se levantarán de sus tumbas para castigarnos —dijo Landy y levantó la mirada.

Micah se dio cuenta de que Landy lo había reconocido. Tenía los ojos más como pensamientos que como violetas, oscuros, misteriosos y trágicos.

—Micah Walker —señaló ella, con un tono de cálida bienvenida en su voz—. Oí que habías vuelto con tu padre. ¿Has comprado el Tribune?

Micah asintió.

—Ya era hora de que alguien lo hiciera. A ver si tú puedes convertirlo en un periódico de verdad —comentó Jessie.

Al oírla, Micah recordó que estaba ahí, sentada junto a Landy, y le tendió la mano:

—Hola, Jessie, me alegro de verte —saludó él y, al ver la chapa que llevaba prendida en la chaqueta con el nombre de «Jessie Brown», recordó que era viuda.

—Micah, ¿tienes tu tarjeta de donante? Me encantaría hablar contigo, pero hay alguien esperando.

—Oh, lo siento —se disculpó Micah y se giró para ver a la persona que había detrás de él. Al descubrir que era su propio padre, sonrió—. No pasa nada, Landy, es un viejo conocido.

Ella le devolvió la sonrisa y él reconoció en ella a la joven que había conocido en el instituto, aunque llevara fundas en los dientes delanteros.

Después de que Jessie le sacara un litro de sangre, otros voluntarios le dieron un bocadillo de jamón y un vaso de zumo. Jessie le había aconsejado que esperara allí sentado un rato, para recuperar fuerzas.

Micah dio las gracias a los voluntarios y, entre ellos, reconoció a la señora Burnside, su antigua profesora de Geometría. Luego, estuvo hablando con la mujer sentada a su derecha, Jenny, dueña de la cafetería del pueblo, conocida como Down y Jenny. Entonces notó que los pelos de la nuca se le erizaban y supo que alguien lo estaba observando con intensidad. Miró hacia la mesa de Landy, pero ella estaba ocupada atendiendo a los donantes. Se dio cuenta de que estaba pálida y de que le temblaban las manos. Frunciendo el ceño, miró hacia el otro lado de la mesa.

Lucas Trent no había cambiado mucho en veinte años. Estaba un poco más gordo, pero aún era un hombre atractivo, con un indiscutible aire urbanita y un traje caro. Micah se preguntó, como tantas otras veces, por qué Trent se había quedado en Taft, cuando era de todos sabido que despreciaba aquel pequeño pueblo.

El abogado solía colocarse junto a la valla en los partidos de fútbol:

—Vamos, muchachos, burros de granja —solía gritar—. Proteged al delantero.

El delantero era, por supuesto, Blake Trent, novio de Landy e hijo de Lucas.

—Señor Trent —dijo Micah, haciendo un saludo con la cabeza.

—Walker —repuso Trent, devolviendo el saludo—. He oído que has vuelto al pueblo. ¿Vas a quedarte mucho?

—Sí, señor. He comprado el Taft Tribune.

—Eres un hombre de éxito —comentó Trent con una expresión sombría—. Seguro que pronto te comprarás una casa en River Walk y comenzarás a codearte con gente como mi ex nuera. ¿No te has enterado del cotilleo todavía? —preguntó Trent, con gesto enojado. Los rasgos del sufrimiento estaban impresos en su rostro—. ¿Tu nariz de periodista no ha olido el escándalo?

Micah se revolvió impaciente en su silla, preguntándose por qué su padre tardaba tanto, deseoso de marcharse.

—No me meto en escándalos, a no ser que sean una noticia seria.

—Es muy seria —repuso el abogado y se estremeció—. Blake está muerto. Y Landy tiene la culpa.

 

 

Landy estaba recogiendo, intentando no fijarse en Lucas Trent pero, cuando vio la expresión de Micah, supo que Trent se lo había dicho.

Micah creería cualquier cosa que Lucas le dijera. Ella nunca le había gustado y seguro que estaría ansioso de aceptar que, además de una pobre niña rica, era una asesina, pensó Landy.

—Landy —llamó la señora Burnside—. ¿Me ayudas con esto?

Aquello significaba pasar por delante de Lucas Trent y de Micah y sentir cómo sus miradas se le clavaban como dardos en la espalda. Se preguntó por qué las cosas tristes, como memorias dolorosas o personas que pensaran mal de uno, nunca se terminaban.

—No te hundas —dijo Jessie con voz suave, poniéndose junto a Landy. Ponte recta y sonríe como si nada pudiera afectarte. No me hagas pellizcarte la espalda para que no te encojas como la abuela solía hacerte.

Landy se estiró en la forma en que Evelyn Titus le había enseñado.

—Nos vemos luego, Jessie. Dales un beso a los niños de mi parte —dijo Landy y esbozó una sonrisa antes de atravesar la habitación.

—Hoy ha sido un día bueno —comentó la señora Burnside.

Landy asintió, intentando pensar en algo que decir:

—¿Qué le parece estar jubilada, señora Burnside?

—Puedes llamarme Nancy, querida. Ya no estamos en clase de Geometría. Estar jubilada está bien. Echo de menos a los niños, sobre todo a los de primer año, que solían absorber la información como esponjas —confesó la señora Burnside y ladeó la cabeza, bajando el tono de voz—: Como ese Walker. No es que fuera un superdotado, ni que tuviera una inteligencia extraordinaria, pero le gustaba aprender más que a nadie que haya conocido. Aunque no era muy popular, fue un placer tenerlo como alumno.

—¿Ah, sí? —preguntó Landy, recordando que Micah había estado dos cursos por delante de ella, en clase de Blake. Micah siempre parecía estar enfadado. A Blake no le gustaba, así que ella siempre lo había evitado porque, incluso entonces, no era buena idea contrariar a Blake.

Lucas se acercó llevando su vaso y su plato en la mano.

—Es mejor que tengas cuidado con a quién dejas entrar aquí, Nancy —advirtió el abogado—. Nunca sabes lo que llevan en la sangre.

—Vuelve a tu despacho —repuso ella con un tono helado—. No tenemos tiempo para esto.

Landy miró más allá y vio que Micah seguía sentado allí, con su padre. Estaba observándolos, con ojos inexpresivos, sin perder detalle.

—Landy —llamó Micah—. Jenny me ha dicho que eres agente inmobiliario. ¿Podrías enseñarme algunas casas? El hostal no está mal, pero quiero algo más permanente.

Landy casi sonrió. Había estudiado para ser agente inmobiliario, pero no se había dedicado mucho a ello, sólo para responder el teléfono de Davis Realty cuando la recepcionista no se presentaba a trabajar.

—Claro —respondió ella y, un impulso malicioso le impulsó a añadir—: ¿Alguna zona en particular?

Micah se levantó de la silla y se puso el abrigo:

—Sí. Estaba pensando en la zona de River Walk.

Micah no había pensando en qué zona quería vivir, pero dijo aquello sólo para disfrutar de la expresión que Lucas Trent puso al oírlo y del gesto de alegría de Landy.

—¿Ya has terminado aquí? —preguntó Micah—. Te invito a un café y así podré contarte qué es lo que busco.

La señora Burnside le quitó de las manos a Landy los vasos que estaba secando:

—Ya ha terminado. Pero invítale a cenar también, Micah —indicó la antigua profesora—. Come menos que un pajarito.

—Id vosotros, yo ayudaré aquí —se ofreció el padre de Micah.

Landy estuvo a punto de contradecirlos, pero no pudo. La señora Burnside le tendió su abrigo y la miró con expectación.

—De acuerdo —dijo Landy al fin, poniéndose el abrigo.

Micah la tomó del brazo mientras bajaban las escaleras de la iglesia. Landy cojeaba un poco y él se preguntó si se estaría reponiéndose de un tobillo torcido. No dijo nada, pero la sujetó más fuerte.

—Lo cierto es que no sé mucho de casas —confesó ella—. Estudié eso sólo para tener algo que hacer en determinado momento.

—Ya lo sé —contestó él, pues Jenny se lo había comentado también.

Cruzaron el patio de la iglesia, del brazo y Micah disfrutó del calor de su contacto. En cuestión de minutos, estuvieron sentados frente a frente en la cafetería de Jenny, con dos humeantes tazas de café entre ellos.

—¿Qué tipo de casa quieres? —preguntó Landy.

—Antigua. Grande. Junto al río.

—¿Algo llamativo?

—No realmente, aunque seguro que Lucas Trent y los que son como él lo verán así —comentó él y se encogió de hombros—. No puedo evitarlo.

—Háblame de ti —pidió ella—. ¿Qué ha sido de tu vida?

Micah observó las manos de ella mientras tomaba café. No eran como las recordaba de hacía veinte años, aunque por entonces se había interesado más en otras partes de su cuerpo. Eran fuertes pero delgadas, sin anillos ni uñas arregladas. Tenía un dedo torcido. Aunque no movía las manos demasiado, como la gente nerviosa solía hacerlo, mostraban algo de tensión.

—Fui a la Universidad de Kentucky y me quedé en Lexington como reportero y columnista. Me encantaba mi trabajo, aunque no me dejaba mucho tiempo para mi vida privada. Hace un año y medio, murió mi madre. Mi padre se quedó muy deprimido y sólo mostraba algo de interés por lo que tenía que ver con Taft. Nos enteramos de que se vendía el periódico y aquí estamos.

—Me alegro de tu vuelta —comentó ella con educación—. ¿Te gustaría ver algunas casas ahora? Puedo recoger las llaves y mostrarte algunas que estén vacías. No sé qué está disponible, pero podemos verlo en la agencia.

Micah sintió deseos de tocarle la mejilla y de murmurarle que no tenía nada de lo que preocuparse. Pero no lo hizo.

—Con esta lluvia, al menos, verás las casas en su peor momento y así luego no te llevarás sorpresas desagradables —observó ella, dándole a la conversación un tono de negocios y evitando mirarlo.

—Bien —dijo él—. Vayamos.

 

 

Estrecho y retorcido, el río Twilight corría con lentitud entre el bosque, para terminar en el Ohio. Justo antes de llegar al Ohio, hacía un delta, formando la silueta de lo que en un mapa parecía un puño con el dedo gordo extendido. Taft estaba en ese delta.

Los anteriores habitantes de Taft habían construido un puente y un camino sobre el «pulgar», el paseo River Walk. El empedrado del camino había sido conservado con esmero durante los años, sus farolas de gas reemplazadas por otras eléctricas y los bancos de madera pintados de verde cada año.

Varias casas rodeaban el camino, escondidas entre densos árboles. La mayoría de las casas eran antiguas. Algunas grandes y elegantes, otras pequeñas y acogedoras.

Landy había crecido allí, en casa de su abuela. Blake Trent había vivido a cuatro casas de ella.

Micah había crecido al otro lado del pueblo, en una zona con casas apiñadas de tres habitaciones y un baño.

—¿Vives en casa de tu abuela? —preguntó Micah.

—La vendí después de que… Blake muriera. La compró la iglesia. Yo pensaba empezar una nueva vida en otra parte, pero al final decidí que no quería irme de Taft. Mi casa está por allí —dijo ella y señaló el camino.

Micah se giró para observar la casa en venta que habían ido a ver.

—Ésta es mi casa favorita de River Walk —señaló ella y se desabrochó el cinturón del coche—. Es donde creció Eli St. John. ¿Lo recuerdas?

¿Quién iba a olvidar a Eli? Había sido el delegado de la clase. Otro de los jugadores del equipo de fútbol. Había sido el mejor amigo de Micah.

—¿Aún vive en Taft? —preguntó él.

Landy asintió:

—Se fue, pero ha vuelto, como tú. Se divorció hace unos años y vino para criar a sus hijos aquí.

—¿A qué se dedica? —inquirió Micah y, antes de que Landy pudiera responder, salió del coche para abrirle la puerta, aunque ella había sido más rápida y salió sola.

—Es el …

Eli la interrumpió dando un grito:

—¡Es él!

Micah se giró para encontrarse con su viejo amigo. Su cara no había cambiado apenas desde la última vez que se habían visto, con dieciocho años.

—Micah, me alegro de verte.

—Eli —saludó Micah y sintió un nudo en la garganta.

—Landy me llamó y dijo que venías a ver la casa, así que he venido para ocultar las partes donde hay goteras y para evitar que el agua inunde el sótano.

De pie en el recibidor de la casa, con el impermeable chorreando, Micah sintió que no quería irse nunca de allí. No había estado allí desde hacía veinte años, pero recordaba muy bien dónde estaba la chimenea, flanqueada por librerías con puertas de cristal. Sabía que el suelo del cuarto de estar era de baldosas antiguas, bellas e irregulares. Incluso antes de ver todas las habitaciones, supo que había llegado a casa.

—Me la quedo —afirmó, a medio camino en las escaleras principales.

—¿No quieres saber cuánto cuesta? —preguntó Eli.

—¿Vas a estafarme acaso? —replicó Micah.

—No.

—Entonces, no, no necesito saberlo ahora mismo —repuso Micah con una sonrisa—. ¿Cuándo puedo mudarme?

—Mañana.

Los dos hombres se estrecharon las manos.

—¿Mañana? ¿Cómo sabes que no soy un ladrón en busca de un sitio donde blanquear dinero?

—Estuve en el equipo de fútbol contigo y te conozco —señaló Eli con una sonrisa enigmática—. Landy, ¿tú te encargas de la venta?

Micah había olvidado la presencia de Landy, tan emocionado estaba por la casa. La miró y se la encontró riendo, con los ojos brillantes.

¿Cómo podía haberse olvidado de su presencia?, se reprendió él para sus adentros.

—¿No queréis negociar un poco más para que yo sienta que me he ganado mi comisión? —preguntó ella.

—No. No tengo tiempo. Tengo que ir a atender el comedor público y tengo que prepararme para dar la misa de la tarde. Llámame por la mañana, Micah, y cerraremos el trato en el desayuno.

Eli estrechó la mano de Micah de nuevo, saludó a Landy con la mano y se fue.

—¿Dar la misa? —inquirió Micah.

—Eli es el sacerdote de la iglesia metodista del pueblo.

—¿Sacerdote? —repitió Micah y, tras un momento, pensó que le encajaba el puesto, pues Eli era un buen hombre. De pronto, enfocó su atención en Landy—: ¡No has comido nada! Deja que te invite a cenar.

Capítulo 2

 

 

 

 

Ventana sobre el fregadero, Taft Tribune: Abril es un mes hermoso. Todo reverdece junto con las esperanzas y los campos de béisbol se llenan de gritos de júbilo.

Pero debes estar atento a las tormentas en abril, tener en cuenta los avisos de tornados y tener listo tu sótano, con una botella de agua y un equipo de primeros auxilios por si algo malo sucede. A veces pagamos un precio muy alto por la primavera.

 

 

Al reconocer que quería cenar con Micah, Landy se sorprendió. No había cenado con un hombre desde la última vez que lo hizo con Blake. Su marido había lanzado el filete al otro lado de la mesa como quien tira un guijarro a un estanque y ella se había disculpado, a pesar de que la carne no tenía nada de malo. Lo que andaba mal era su matrimonio: el terror y el abuso ocupaban un lugar a su mesa.

Se quedó perdida en los recuerdos durante unos instantes, hasta que volvió al presente y se encontró con la mirada interrogativa de Micah.

—De acuerdo —aceptó ella—. Pero ven a mi casa. Mi cocina es el mejor ejemplo de comida rápida mediocre que encontrarás en el pueblo. Pero tengo unas judías que puedo calentar y nos sentarán bien en una noche lluviosa como hoy. Llegaremos en dos minutos.

Y era seguro, pensó Landy. Nada podía sucederle en una casa donde Blake nunca había estado, donde nunca había sufrido dolor.

Micah asintió y sonrió. Landy cerró la casa de los St. John y le dio la llave a él, que se la guardó sin hacer comentarios. Ella se dio cuenta de que las casas no tenían para los hombres el mismo significado que para las mujeres. Para ellos parecían ser meras inversiones, edificios donde resguardarse de la lluvia, mientras las mujeres las veían como refugios de seguridad y calidez, además de como extensiones de sí mismas. Ellas querían que la decoración reflejara su personalidad y fuera acogedora; los hombres sólo deseaban que fuera barata y que no estuviera sucia.

—¿Qué planes tienes para el periódico? —preguntó Landy—. Se había politizado mucho en los últimos años. ¿Vas a mantenerlo así?

—No.

Él la tomó del brazo y Landy supo que se había dado cuenta de su cojera. Todo el mundo se daba cuenta.

—¿Recuerdas cuando éramos niños? —preguntó él—. Las noticias siempre eran sobre temas locales. Bodas, funerales, aniversarios. Los columnistas, incluso los que escribían sobre temas políticos, partían siempre del hecho de que vivían en un pequeño pueblo junto al río. El tipo de pueblo sobre los que escribían Garrison Keillor y Tom Bodett.

—Lo recuerdo. Todos en el pueblo leían el periódico entonces.

—Eso es. Y si el chico de los repartos olvidaba entregar el periódico a alguien un día, el editor se encargaba en persona de llevarle una copia al suscriptor aquella misma noche y le compensaba con una semana de periódico gratis.

Estaban subiendo las escaleras traseras de la casa de Landy y ella se esforzó en no apoyarse demasiado en el brazo de él. Aunque la pierna no le dolía más al subir, el esfuerzo le resultaba agotador.

—¿Eso es lo que te propones? ¿Volver a hacer las cosas como en aquellos tiempos? —preguntó ella, con el propósito de distraerle de su cojera.

—Voy a intentarlo —contestó él—. Ése era el tipo de periodismo que me hizo elegir mi carrera.