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MATÍAS D’ANGELO

Dirección editorial: Natalia Hatt

Corrección: Florencia Casella

Diseño de cubierta e interior: H. Kramer

D’Angelo, Matías

Somos arcanos : recuerdos perdidos / Matías D’Angelo ; coordinación general de Natalia Hatt. - 1a ed . - Crespo : Natalia Alejandra Hatt, 2019.

Libro digital, EPUB - (Saga Somos Arcanos ; 1)

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-86-0201-1

1. Narrativa Fantástica. 2. Narrativa Juvenil Argentina. I. Hatt, Natalia, coord. II. Título.

CDD A863.9283

© 2019 Matías D´Angelo

© 2019 Editorial Vanadis

www.editorialvanadis.com

Todos los derechos reservados. Prohibidos, dentro de los límites establecidos por la ley, la reproducción total o parcial de esta obra, el almacenamiento o transmisión por cualquier medio las fotocopias o cualquier otra forma de cesión de la obra sin previa autorización escrita de la editorial.

ISBN: 978-987-86-0201-1

Vieytes 1254, Crespo, Entre Ríos. Abril de 2019.

Contenido

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Agradecimientos

Sobre el autor

A todos los que me vienen escuchando hablar una y otra vez sobre los arcanos desde mi adolescencia.

Capítulo 1

Búsqueda

Siento un temblor en la boca del estómago, pero igual salgo. Algunas luces gastadas parpadean y dejan varios rincones en sombras. Veo que mi reflejo en una vidriera me devuelve una expresión seria. Me concentro en lo que busco. Paso frente a un bar estilo medieval del que sale un rock desafinado. El viento húmedo golpea mi cuerpo. Sigo caminando. La vereda está resbaladiza. Miro alrededor. Nadie.

Chequeo la hora; no puedo volver muy tarde. ¿Será verdad lo que dice Nermal? De pronto, un estallido a mis espaldas. ¿Qué pasó? Giro con el brazo extendido y la mano abierta. Es una teja que se cayó; está hecha pedazos. Levanto la cabeza, alerta y busco en los techos de las casas. Nada.

Siento alivio y, también, algo de desilusión. Escuché que hay otros en Costa Santa. ¿Dónde están?

***

Cuando llego a casa, abro la puerta intentando no hacer ruido, algo que me cuesta horrores. Percibo el aroma familiar de los muebles y los libros, vuelvo a la seguridad y al calor. Papá está en medio del living con los brazos cruzados. Tenemos los mismos ojos azules, pero vemos las cosas tan distinto…

—¿Dónde estuviste, Bruno? ¿Por qué llegás a esta hora?

—En la plaza. —La transpiración cae por mi espalda, helada—. Fui a caminar un poco.

Debe estar cansado, porque solo hace un gesto con la mano y bufa.

—Andá a tu cuarto y acostate, que mañana tenés clases.

***

Despierto y me pongo el uniforme: un pantalón gris y una chomba con el escudo de la escuela, que es de color bordó y tiene un perro dorado con alas en el medio. Bajo las escaleras y voy directo al baño, sin responder al saludo de mis papás. Me lavo la cara para despabilarme y me miro al espejo. No me gusta lo que veo.

Estoy un poco gordo; detesto que me salgan tantos granos, a veces no me puedo contener y los aprieto; y estas pecas… Odio mi cuerpo. ¿Por qué soy tan horrible?

Me mojo el pelo y logro peinarme, o algo así. Salgo del baño dando un portazo. De pronto, un calor fuerte late en mi mano. La miro y la sacudo, pero no tengo nada.

En la cocina, encuentro a mamá que me sonríe; la ignoro. Me siento a la mesa y empiezo a engullir las tostadas, mientras apuro un vaso de leche. Llega mi viejo con unos cuantos libros debajo del brazo. Sus ojos, detrás de los lentes, me miran de arriba abajo.

—Buen día, pa.

—Hola, Bruno.

Se sienta frente a mí, y mamá, a su lado. Toman unos sorbos de café y untan mermelada en el pan.

—Marisa, ¿pagaste el seguro de la casa? —Papá guarda los libros en su maletín—. No quiero que nos sorprenda otro accidente.

—Sí, Ernesto, no te preocupes.

Agarro más tostadas, las unto con bastante mermelada y cae un poco al mantel. Tapo la mancha con la mano antes de que mamá la vea y me las devoro. Mi viejo sonríe y se abriga.

—¿Cómo vas en la escuela?

—Igual que siempre —digo, antes de llenarme la boca.

—¿Igual? —Papá se ríe—. Mejor que el año pasado, espero.

Desde que quemé un póster de Evangelion en mi cuarto, está insoportable. Sabe que mi cabeza está en otro lugar, pero no puedo decirle la verdad. Pongo los ojos en blanco y me levanto.

—Me voooy.

***

Apoyado en la baranda de un mirador, con los ojos entrecerrados por el viento y la arena, enfrento al mar. Es genial que vivamos cerca de la playa. Respiro profundo. Las olas me calman, como si al romper se llevaran parte de mi angustia.

Miro el reloj, bajo las escaleras y retomo el camino hacia la escuela.

La calle está casi desierta. Sigo escuchando el rugir de las olas. Luego de un rato, percibo que alguien me sigue. Es mi amigo Javier. Flaco, narigón y desgarbado. Tiene la mirada perdida, como si estuviera en otro mundo.

—¿Qué hacés? ¿Cómo andás?

—Bien, ¿vos? —Sonríe.

Llegamos a la escuela, un edificio verde y gris. Hoy le hicieron un grafiti que dice: «Nermal tiene razón». Ya lo están tapando. Varios autos tocan bocina. En la vereda, alumnos, padres y profesores, ansiosos. Javier entorna los ojos y se acomoda el pelo negro y lacio que se le derrama a ambos lados de la cara.

—Vení —indica, y lo sigo para poder esquivar a la gente.

Después de la formación, caminamos rumbo al aula. Cuando pasamos al lado de un grupo de chicos del último año, estos se callan y me observan. Les sostengo la mirada y formo un puño.

—Cortala, Bruno —dice Javier, codeándome.

No suelo caerle bien a la gente de entrada. Durante un tiempo, pensé que era por eso que dicen de los pelirrojos: que traemos mala suerte. Ahora creo saber lo que pasa, pero no significa que me vaya a bancar las jodas. Por suerte, con el tiempo, la mayoría de mis compañeros me aceptaron. Con Javier pegué onda desde el principio. Por eso es mi mejor amigo.

Una vez en el aula, nos acomodamos en nuestros bancos. Miro a mis compañeros, que conversan antes de que llegue la profesora. Saludo a los del fondo.

—¡Ehhhh, colorín! —me grita Simón.

Siempre me dijeron cosas por ser pelirrojo: zapallo, naranjín, fósforo. También, pecoso. Ya estoy acostumbrado, aunque ahora no lo hacen tanto.

Anabella me observa, acomodando su pelo también rojizo, y les comenta algo a sus amigas. Miro el banco quemado en un rincón del aula y cierro las manos.

Entonces, llega. Camina nerviosa, pero sin perder su estilo: despreocupada y segura, como si avanzara por una pasarela. Mira a todos lados y se acomoda el flequillo. Su nariz es pequeña y su cara tiene forma de corazón. Cuando se acerca, la luz da de lleno en sus ojos verdes, que hacen juego con su cabello rubio.

Viste una chomba blanca y una pollera escocesa tableada; el uniforme de las chicas. Pero a ella le queda pintado. Clavo los ojos en sus piernas. Se detiene. Levanto la vista, esperando una mirada recriminadora, pero me salvo. Débora está distraída yendo hacia su banco.

Se sienta al lado de Laura, que también es rubia. Son mejores amigas desde los cinco años. Las otras chicas se llaman Diana y Mariza. Débora está eufórica, habla a toda velocidad.

—Eh, pará un poco. Se va a gastar si la mirás tanto —interrumpe Javier.

—Callate, idiota.

Nos reímos. Anabella y su grupo, en cambio, la observan con desprecio. Javier saca un pilón de cómics y empezamos a leer. Algunos son de superhéroes, otros, mangas. También hay fanzines viejos.

—… una cosa fucsia, como una mujer, que pasó volando sobre la camioneta —escucho, y giro hacia Simón y Andrés.

—¿De qué hablan?

Simón duda unos instantes, pero me contesta:

—No sé si mi viejo estaba borracho o con algo raro encima; me dijo que no, pero según él, vio a un extraterrestre. Cuando volvía de Mar de Ajó, manejando por la ruta a la noche. Notó un brillo por el espejo retrovisor, acercándose. Cuando se dio vuelta, estaba más cerca y pudo verlo bien. Ahí se dio cuenta de que el resplandor envolvía a una mujer que no era del todo humana y vestía ropas de color fucsia, muy extrañas.

»La nave, o lo que fuera, siguió de largo y pasó volando sobre la camioneta, como le decía recién a Andrés. Mi viejo estaba re nervioso cuando llegó, pensamos que se había vuelto loco. Después se calmó, lo contó de nuevo y le creí. Debe haber sido una especie de ovni.

—No es la primera vez que escucho algo de eso. —Andrés frunce el ceño—. Dicen que son peligrosos.

—¿En serio? —pregunto, y me doy cuenta de que elevé demasiado la voz—. ¿Estás seguro? —insisto, más tranquilo.

—Son todas leyendas urbanas. —Al escuchar el comentario, giramos sorprendidos. No notamos hasta ese momento que Anabella estaba al lado nuestro.

—Muchos creen que existen. —Javier levanta la cabeza—. Si no, ¿por qué se ven tantas luces en el campo?

—¡Basta, Javier! —chilla Anabella y resopla—. Esas historias me asustan. Son para locos como ustedes. —Se ríe, alejándose.

—Dicen que hay un lugar donde aparecen seres como el que vio tu papá —le cuenta Andrés a Simón—. Es peligroso, pero si vas, seguro encontrás algo.

Capítulo 2

Los sueños cósmicos de una chica

Diario de Débora

Un eclipse narra el juego

de una mujer sombra que supo

domar al fuego.

10 de marzo

Anoche soñé que era una diosa y caminaba por un templo en ruinas, con cadáveres alienígenas calcinados. Mis manos, envueltas en una especie de guanteletes con escamas, se agarrotaron y temblaron. Sentía un dolor insoportable en el pecho. Al principio, creía que tenía una espada ardiente clavada y me arrodillé, pero cuando puse las manos a la altura de mi corazón, comprendí que esa sensación provenía del odio y la angustia que sentía. Entonces, me levanté y dirigí un puño hacia el cielo.

Quizás, cuando vuelva a leer este cuaderno, encuentre algún sentido a estas visiones. Y a mis sentimientos.

En general la paso bien, no me puedo quejar. Hace poco fuimos con las chicas a comprar ropa y después al Café Emperador, donde pedimos tés y porciones de torta, y nos reímos criticando a Anabella y sus amigas.

Me olvidé de la tristeza, el vacío, la soledad… ¿Por qué siento esas cosas si tengo todo lo que quiero? Es una angustia que, por momentos, me resulta desconocida, pero otras veces creo que estuvo latente por años y que acaba de volver con fuerza.

Solo puedo quitármela bailando. Amo a Madonna y a Britney. Espero a estar sola, encerrada en el cuarto con la música a todo volumen, y empiezo a improvisar. La danza me transporta a otros mundos.

11 de marzo

Acabo de despertar. Son las tres de la mañana. Apenas se abrieron mis ojos, me largué a llorar. ¿Con qué habré soñado? Mejor vuelvo a dormir.

Capítulo 3

¿Dónde están?

La casa de Javier es grande, luminosa y tiene libros por todos lados. Saludo a Carlos, su papá, un hombre bajo y gordito. Trabaja como periodista en El Faro, uno de los diarios más importantes de Costa Santa.

—¿Cómo estás, Bruno? Cada día te veo más colorado.

—Este… gracias. —Me encojo de hombros.

Nunca conocí a la mamá de Javier. Me parece raro que, en todos estos años, nunca la haya mencionado. No sé si vive en otro lugar; quizás está muerta. Jamás le pregunté.

Entro a su cuarto. Tiene un póster de la película El monstruo de la Laguna Negra y otro de los X-Men. En una biblioteca, ordenadas por fecha y protegidas por plásticos individuales, están sus historietas. Siempre me las presta, haciéndome jurar que van a volver en perfecto estado.

Tanto rejunte de cómic y ciencia ficción me recuerda a lo que me contó Andrés sobre el lugar donde aparecen esos seres. Es una iglesia abandonada, cerca del bar medieval por el que pasé. Tal vez debería ir y… Siento un remolino en el estómago. Estoy pensando boludeces.

—¿Estás bien? —Javier llega con un paquete de papas fritas.

—Sí, medio cansado. Nada más.

—¡Tengo una sorpresa! —El chico camina hacia una cómoda y abre un cajón—. Conseguí la versión de Drácula con el actor argentino que queríamos ver. —Agita la caja de la película en el aire.

—¡Buenísimo! —Chocamos los cinco.

***

El bar de rock desafinado se llama Enoc. El nombre está tallado en la puerta. Entro y me dirijo a la barra. Me siento al lado de un gordo pelado que toma cerveza en una jarra inmensa y le susurra cosas a su compañero.

Se acerca un barbudo de tez oscura con pelo castaño claro largo y ondulado. Lleva una camisa leñadora y un rosario tibetano como pulsera. Me sonríe, amable.

—Una coca light, por favor.

¡Qué mierda! Di vueltas por la zona cercana a la iglesia hasta que no di más. Hacía mucho frío y quedé re cansado. Mientras espero la bebida, observo a las personas y me pregunto si habrán visto algo extraño en Costa Santa. Debería volver a casa…

Las voces del bar se vuelven un murmullo. No soy como ellos, tampoco como mis compañeros de escuela o mis viejos. Cierro los ojos. Quisiera perderme, desaparecer.

—Tomá. —El hombre me alcanza la gaseosa.

—Gracias.

Le pago y doy unos sorbos, esperando a que se vaya.

—¿Todo bien? —Entrecierra sus ojos color avellana; yo asiento con la cabeza—. ¿No es muy tarde para que estés acá?

—Termino esto y me voy.

Vacío la bebida y me alejo de la barra. El pelado se levanta, apenas lo miro y salgo del lugar. Camino disfrutando el aroma a agua salada que trae el viento. Vuelve esa extraña sensación de que me siguen. Busco en los rincones de la calle, pero no encuentro a nadie. Me apuro.

¿Habrá alguien como yo en el bar? ¿O en esta ciudad? ¿Cómo puedo encontrarlo?

Escucho un aleteo pesado, similar al de un ave inmensa, y giro con la mano extendida, listo para enfrentar lo que sea. Otra vez, nada.

Suspiro y sigo caminando a casa.

Capítulo 4

El mensaje de Nermal

Zapeo en la tele hasta llegar al canal zonal. La mujer pelirroja en pantalla, de unos cuarenta años, viste un traje violeta y lleva lentes de marco grueso que magnifican sus ojos. Sentada en un trono plateado, mira a cámara. Detrás hay paneles naranjas y cuelgan esferas blancas, algunas con anillos. Acompaña la escena una música misteriosa con silbidos agudos, truenos y aullidos. Patético.

—Mi nombre es Flavia Nermal. Soy la parapsicóloga más reconocida de Latinoamérica y este es un espacio para que tú, que siempre sigues mis investigaciones, descubras conmigo el otro lado de la realidad. —Entrecierra los ojos y se acomoda los lentes—. El misterio, lo paranormal, lo que está más allá de nuestros sentidos nos espera. Bienvenidos a Ingresando a la nueva era con Flavia Nermal.

Su estilo de película de terror sobreactuada me hace reír. Comienza la presentación: muestra casas abandonadas, restos de una iglesia, un templo pagano y varios campos con círculos en los sembradíos.

Flavia Nermal camina por esos lugares con péndulos, varas y aparatos medidores de campos electromagnéticos. Dibujos de extraterrestres, hombres lobo, mantis gigantes y fotos de ovnis y fantasmas vuelan por la pantalla. Cuando termina, aparece la conductora en una mesa con un grupo de investigadores.

—Hoy hablaremos de algo que nos ha sido velado por mucho tiempo para impedirnos despertar a nuestro ser cósmico —escucho y pongo los ojos en blanco. Nermal se acomoda un mechón de cabello largo enrulado y toma aire—. Las leyendas urbanas dicen que viven ocultos entre nosotros. Han sido perseguidos y los registros de su existencia, eliminados. Solo un grupo selecto de personas somos conscientes de que caminan entre nosotros. Hablo de… ¡los arcanos!

Flavia y el decorado se esfuman de la pantalla para ser reemplazados por un video fuera de foco, muy trucho, en el que se ve a una figura con múltiples brazos escabulléndose de un camping hacia el bosque. Otro video, también de mala calidad, muestra a un humanoide con ropas fosforescentes en la playa, saltando hacia el mar. En el último, filman desde la calle la terraza de un edificio, donde se asoma una silueta oscura. El camarógrafo y la gente que lo rodea gritan. La cámara se sacude cuando la figura salta y despliega sus alas.

—Los que saben la verdad nunca se atrevieron a hablar —dice Flavia, cuando vuelve a aparecer en pantalla—. Hasta ahora, que los avistamientos crecen en nuestra ciudad, Costa Santa. Pero antes de seguir, ¡un aviso! El programa de hoy está basado en mi libro Arcanos, que recoge mis últimas investigaciones sobre el tema. Pueden conseguirlo en todas las librerías del país.

***

Salgo de casa y camino hacia el centro. Después de unas cuadras, llego a la peatonal. La gente entra y sale de los negocios. Todavía hay puesteros que buscan vender lo que les quedó de la temporada de verano: artesanías, gemas, sahumerios, pareos, velas. Tanto movimiento crea un fuerte contraste con la tranquilidad de la zona residencial.

Entre la casa de tatuajes y el bazar surge, casi luchando por su espacio, una pequeña librería. Más allá de la vidriera veo unos estantes repletos, mesas con ofertas apiladas y un mostrador. Me recibe el aroma de unas varillas de incienso quemándose. En algunos estantes descansan estatuillas de animales mitológicos; también están esas artesanías de hilo y madera: los cazadores de sueños.

—¿Hola?

Nada. Encuentro las secciones de libros escolares, novela histórica y fantasía. ¿Dónde estará el de Nermal? Sigo buscando hasta detenerme frente a un cartel que dice «Ocultismo y Nueva Era». Debajo hay estantes con una extraña mezcla de libros viejos y otros más nuevos de colores saturados.

Enseguida veo la obra de Flavia Nermal: Arcanos. La tapa es violeta. Tiene el dibujo de un hombre con el símbolo del infinito sobre la cabeza y rayos de luz que salen de sus manos. En la contratapa está la foto de ella. ¡Por Dios, voy a parecer un idiota si compro esto!

—Disculpá, ¿puedo ayudarte?

Giro y encuentro a un hombre un poco más alto que yo, de cabello castaño y despeinado. Parece de unos treinta y cinco años. Sus ojos son de un azul oscuro. La luz reflejándose en ellos me hace alucinar que están hechos de algún cristal o gema.

Me llevo una mano a la frente. ¿Quién es este tipo? Lo observo mejor: tiene bigote largo y rizado.

—Llevo esto —le digo, algo avergonzado.

Mientras pago, siento un fuerte dolor de cabeza, como si una energía extraña me rodeara. No termino de entender qué está sucediendo, solo quiero que me entreguen la bolsa con el libro y salir corriendo. El dolor se pasa en cuanto salgo a la calle.

***

A la noche, recostado en la cama, empiezo a leer. Paso la biografía extensa y pomposa de Flavia Nermal. Apenas miro una introducción llena de frases como «tú, mi fiel seguidor», «mi compañero de investigaciones» o «el comienzo de la Era de Acuario», y llego al capítulo que me interesa:

No fue fácil comenzar a investigarlos. No solo por su naturaleza evasiva, sino también por los peligros a los que me enfrenté. Tuve que armarme de mucho valor y arriesgar mi vida incontables veces. Gracias a una voluntad incansable y a los contactos que tengo por mi gran trayectoria como periodista, logré acceder a un antiguo manuscrito, quizás el primero en hablar sobre estos seres humanos tan peculiares.

Su autor era un estudioso de las ciencias ocultas llamado Elías Moulian. Hasta el día de hoy no hay pruebas físicas de su existencia, y muchos creen que varios escribieron bajo ese mismo nombre.

Lo cierto es que los primeros manuscritos de Moulian aparecieron en Francia a mediados del siglo XV, pero se cree que datan de siglos atrás.

En el ejemplar que pude observar, Moulian identificaba a unos “nuevos humanos”, sucesores de los avatares; dioses encarnados de la vieja era.

El ocultista decidió utilizar un término diferente para incluir no solo a los dioses, sino también a los ángeles, a los demonios y a los seres de otros mundos que empezaban a nacer en la Tierra y que podían transformarse. Eligió la palabra arcano porque significa secreto, misterio y refiere a los poderes y atributos increíbles que estas personas guardan bajo su apariencia normal.

¡Imaginen la emoción que sentí al leerlo! ¡Por fin hallaba una explicación para los prodigios que vengo documentando hace tantos años!

Según el manuscrito, la capacidad de estos arcanos para transformarse les permitía acceder a grandes poderes, pero también ocultarlos por completo bajo su forma humana. Gracias a esto, se mantuvieron en secreto durante todo este tiempo. En honor a ellos, se les dio el nombre a las cartas del tarot, que se dividen en arcanos mayores y menores.

Quedan muy pocos manuscritos de Moulian. La mayoría fueron destruidos; y sus seguidores, eliminados por herejía. Incluso en la actualidad, sociedades secretas, complotadas con las religiones y el gobierno, continúan persiguiendo a quienes queremos darlos a conocer.

Tengo mucho material sobre los experimentos horrorosos que estas sociedades realizaron con el objetivo de apropiarse de los poderes de los arcanos, cuando no controlarlos, y sus desastrosos resultados. Vinieron a buscarme; fui perseguida y amenazada para evitar que sacara esta información a la luz, pero no lo conseguirán.

A mis seguidores y amigos: calma. Todavía no pueden conmigo. Sé bien cómo protegerme.

Gracias a mis investigaciones, que he encarado con gran valentía a pesar de quienes denuestan mi trabajo, acusándolo de fantasioso o ridículo, el contenido de los manuscritos de Moulian se está dando a conocer.

Mi experiencia dice que enfrentaré mayores peligros y que seguirán tildándome de loca. Mas es el precio a pagar por aventurarme en lo desconocido y traerte la verdad en esta nueva era.

Cabeceo un poco, tratando de seguir el discurso patético de Nermal. No entiendo cómo se anima a escribir algo tan ridículo. Y la gente le cree… Sin embargo, es la única que habla sobre el tema, y siento que hay algo más allá de sus palabras delirantes. Cierro el libro y me recuesto. ¿Y si es verdad? ¿Cómo serán esas otras personas con poderes? Siento escalofríos al recordar esa parte sobre los experimentos con los arcanos.

Camino por un prado de flores. Estoy acompañado. Nos acaricia una lluvia de pétalos blancos, que sigue hacia un cielo con estrellas nuevas y ominosas. La luz surge de burbujas que flotan a nuestro alrededor.

Me siento liviano, no existe cansancio al andar; voy decidido y firme. Algo corre en mi interior. Es fuego. A mi lado, veo a un hombre alto, de cabello largo y dorado, con una espada envainada y algunas cicatrices. Siento que compartimos una amistad muy antigua. Hay otros similares a él y murmuran. No entiendo lo que dicen, pero sé que estamos preocupados.

Una explosión roja abre el firmamento y su fuerza nos hace caer. Siento el golpe de mi espalda contra el suelo y me salta el corazón. Lo último que veo es una luz que sale de mis compañeros. Abro y cierro los ojos un par de veces. La luz sigue ahí. Es solo la lámpara que ilumina el libro en mi regazo.